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“La novela es como un matrimonio”

Gonzalo Celorio

“La novela es como un matrimonio”

Gonzalo Celorio

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Gonzalo Celorio

Gonzalo Celorio es escritor, editor, académico y una figura central de la vida literaria mexicana. Hijo undécimo de una familia de doce, creció en un entorno donde la palabra y la literatura fueron parte esencial de su formación, influido especialmente por su hermano mayor, Miguel. Licenciado en Letras Hispánicas por la UNAM, ha sido profesor durante más de medio siglo en esa casa de estudios, donde también fue director de la Facultad de Filosofía y Letras y coordinador de Difusión Cultural.

Dirigió el Fondo de Cultura Económica y actualmente es director de la Academia Mexicana de la Lengua. Autor de novelas como Amor propio, Y retiemble en sus centros la tierra y Los apóstatas, así como de ensayos y memorias (Mentideros de la memoria), Celorio ha explorado la relación entre vida privada y pública, y la riqueza del español. Ha cultivado amistades y colaboraciones con escritores como Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Su obra y gestión han contribuido a la reflexión sobre la literatura mexicana y la unidad del idioma español.


Transcripción

00:00
Gonzalo Celorio. Según mi acta de nacimiento, yo nací un día 25 de marzo, que es curiosamente, en términos religiosos, el día del Verbo encarnado, es decir, el día en que finalmente la Palabra se realiza. Y a eso me dedicado toda la vida, como si hubiera sido una premonición, a encarnar el verbo sin ningún matiz religioso. Pero con toda la mística que supone la escritura y la literatura. Soy el undécimo hijo de una familia de 12 hermanos. De manera tal que algunos hermanos se dedicaban a las letras, dos vistieron o profesaron en congregaciones religiosas. Los dos desertaron, por cierto, uno se dedicó a la arquitectura y el otro se fue a hacer la revolución, cuando todavía se creía en las posibilidades de la Revolución sandinista en Nicaragua, donde por cierto, acaba de morir. Pero yo tuve la fortuna de que mi hermano mayor, mi hermano Miguel, era un hombre muy culto y me llevaba muchos años de edad porque él era el primogénito y yo el undécimo. Me llevaba 22 años de edad, que son curiosamente los mismos años que le llevo yo a mi hijo primogénito. Y este hermano realmente me ayudó mucho en materia de mi vocación literaria. A mí me decían, “¿Cómo te decían de chico? ¿Chalo?” “No, no, me llamo Gonzalo, pero no me decían Chalo”, “¿Cómo te decían?” “Me decían ‘chiquillo de mierda’”, “Pero ¿por qué te decían chiquillo de mierda?” Bueno, porque mi padre, que ya era un hombre anciano cuando yo nací, como es natural, ya estaba jubilado cuando necesitaba algún apoyo de alguno de sus hijos varones, Empezaba a decir, eso sí, en un orden estrictamente cronológico, pero ya se le arrebujaban un poco los nombres de sus hijos en la cabeza. Y empezaba diciendo “Miguel, Alberto, Carlos, Benito, Ricardo, Jaime, Eduardo, como te llames tú, chiquillo de mierda, ven para acá”. Ese chiquillo de mierda era un servidor entonces, era muy difícil en ese contexto familiar tener una personalidad propia. Pasábamos siempre por el mismo rasero. Mi madre sostenía la tesis, y era una tesis pedagógica de elemental observancia para poder educar a tantos hijos, de que todos éramos iguales y que no había ningún privilegio. A veces eso tenía aristas terriblemente complicadas o dolorosas. Yo recuerdo que en alguna ocasión me inscribieron en los Boy Scouts y cuando fui a la primera sesión de Boy Scouts, me dieron un tríptico verde que tenía una flor de lis.

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Gonzalo Celorio. Tenía una raya horizontal y un óvalo donde yo debería poner en la raya mi firma –mi primera firma– y en el óvalo una fotografía mía, y le pedía en las últimas horas de la noche, después de la cena, a mi madre que me diera una foto mía y mi madre, con mucho trabajo, se subió a un banquito y en la parte más alta de su ropero sacó una caja donde estaban las fotografías de muchos de sus hijos, de mis hermanos y no encontró ninguna mía. Y entonces sacó una fotografía de mi hermano Eduardo y me dice, “Ahí, ponle está. Total, todos mis hijos son iguales”. 22 años de psicoanálisis no me quitaron este trauma, porque ese documento que decía que yo era yo, pues no me representaba a mí, sino a un hermano que presuntamente se parecía a mí. Mi hermano mayor, este del que les hablo, que fue como mi padre putativo, me tomaba de los codos que me los hacía acercar al cuerpo, al tórax, me subía de espaldas al trinchador del comedor, me volteaba y delante de la novia me hacía la pregunta “¿Hasta dónde me quieres?” Y yo entonces me soltaba la retahíla de que “te quiero hasta el último confín del universo, hasta la última estrella de la Vía Láctea, hasta el Ponto Euxino”. Y la verdad, yo me sentía muy contento porque era entonces objeto de reconocimiento cuando nadie me conocía, porque yo era el chiquillo de mierda, el que no se diferenciaba de ninguno de los demás, porque “todos mis hijos son iguales”, de acuerdo al dictum de mi madre. Y entonces ese acto de ser reconocido por la palabra dicha, de granjearme un aplauso, un reconocimiento y un cariño, yo creo que fue –y una singularidad– fue el punto de partida de mi vocación literaria. Toda mi vida a partir de entonces la he dedicado a la Palabra en sus diversas manifestaciones, al Verbo encarnado, a la Palabra, a la Palabra como lector en primer lugar, como escritor, como profesor de literatura, como académico, etcétera, etcétera. Volverle la fotografía esta que ven ahí, a esa credencial original mía, que tenía una fotografía ajena, y decir, este que ustedes ven aquí y que habla de esta manera, soy yo, Gonzalo Celorio y que estoy además, no nada más para decirlo en términos protocolarios a sus órdenes, sino muy, muy contento de estar con ustedes esta mañana.

07:25
Allison. Hola, mi nombre es Allison Pérez. Es un gusto poder saludarlo, Maestro Gonzalo. Usted como escritor, como editor y novelista, ¿cómo podemos convertir aquellos hechos reales, aquellos sucesos que han pasado en algún momento de nuestra vida para poder convertirlo en una novela?

07:46
Gonzalo Celorio. Yo creo que cada experiencia puede ser distinta y yo no quisiera que mi experiencia personal se considerara como modélica. Yo creo que cada escritor tiene su propia poética escritural y resuelve este problema, si se le puede llamar problema, de una manera diferente. Lo que es verdad es que de una experiencia real puede efectivamente surgir una novela, porque, en mi opinión, no hay imaginación pura. Nunca. La imaginación está de alguna forma anclada en una experiencia, en un recuerdo, en una vivencia, y esto se transforma a través de la palabra, en un texto literario. Y en ese sentido, me atrevería a decir que de alguna forma toda novela tiene una dosis mayor o menor de autobiográfica que uno quiere transformar en literatura y compartirla con otros. ¿Qué se necesita? Bueno, yo creo que lo primero que se necesita es muchas ganas de escribir una novela, porque escribir una novela no es un asunto fácil, porque implica mucho esfuerzo, mucha constancia y mucha disciplina, mucho trabajo. Es decir, que la escritura de la novela tiene momentos afortunados, felices, pero tiene momentos aburridísimos, difíciles, muy escabrosos, con muchos escollos, con muchas dificultades, con muchos impedimentos. Creo que eso diferencia al género novelístico del género cuentístico. Para mí el género, el cuentístico es un género breve, no quiere decir que menos valioso o más fácil. Lo que quiero decir es que un cuento sale o no sale. Es muy difícil corregir un cuento y generalmente un cuento sale como una especie de alimaña, decía Julio Cortázar, que uno se tiene que sacudir de inmediato y la configura en un cuento. Julio Cortázar, que yo creo que es el mayor cuentista que ha dado la literatura hispanoamericana, hacía una comparación. Él era muy aficionado al box y decía que el cuento siempre era de nocaut, un solo golpe que tumba al adversario. La novela, en cambio, es de decisión técnica, es por puntaje. A ver cuál de los dos pugilistas tuvo mejor evaluación. No sé si es clara la metáfora o la comparación. Y creo que sí. Decía también Cortázar que un cuento es como un diamante, mientras que una novela es la historia de cómo se descubrió, se pulió ese diamante. Es una cosa distinta. Yo hago una comparación un poco más atrevida, no me la tomen a mal, pero creo que un cuento es como una aventura amorosa. Sale o no sale. Una novela es como un matrimonio, hay momentos felices, hay momentos cargados de ilusión y de esperanzas, pero hay momentos aburridísimos, hay momentos difíciles, momentos de mucha inseguridad y de mucho hastío, de mucha incomprensión, incluso de pleitos.

11:25
Gonzalo Celorio. Es difícil permanecer durante todo el tiempo que una novela exige, con la disciplina que la novela implica. Hay que estar ahí todos los días, dejar de escribir un día la novela que se está escribiendo, es como no ir a dormir a casa. Después la prosa no se lo perdona, es muy celosa la novela. Y bueno, pues si uno tiene la voluntad y las ganas de hacerlo, hay que hacerlo. Ahora, la satisfacción de haber terminado una novela es una satisfacción que quizás pueda ser también comparable a la de un matrimonio. Puede ser una satisfacción mayor después de tantos años de esfuerzo a diferencia de una aventura amorosa que, bueno, pudo haber generado un momento efímero de ilusión y de placer. Y para mí la novela es el género por antonomasia, es el género que más veneración me causa, que más trabajo me cuesta, que más disciplina me impone, porque la novela se nutre muy golosamente de todo. Todo cabe en una novela. Es el género de géneros. En una novela cabe el ensayo, cabe la crónica, cabe el diálogo, cabe la reflexión ensayística, cabe todo lo bello y lo grotesco, lo maravilloso y lo atroz. La novela es un género de géneros y por eso no creo que haya otro género más competente para conocer la realidad que le sirve de referencia que la novela. Porque la novela, como decía en el caso de Rulfo, amplía las escalas y las categorías de la realidad. Yo perdón, pero sé mucho más del campo mexicano a través de la lectura de Pedro Páramo que leyendo todos los libros de historia, de sociología, de estadística, de economía, referentes al medio rural de nuestro país. Porque lo que ha hecho Rulfo es darnos una realidad mucho más amplia, donde la historia o la economía, o la ciencia o la estadística se detiene, incompetente, como delante de un precipicio. La novela se avienta al precipicio y lo que nos da es un mundo mucho más amplio y mucho más rico. Porque además la novela –y esta es mi experiencia personal y a ver si me lo creen– pero es un género indagatorio. Uno no sabe nunca dónde va a terminar una novela, un cuento sí. Dicen por ahí que un cuento se empieza por el final.

15:18
Gonzalo Celorio. Cuando uno escribe la primera palabra es que ya sabe cuál va a ser la última. Una novela, decía un gran teórico francés, Maurice Blanchot, es como lanzarse al mar sin cera en los oídos y estar dispuesto a oír el canto de las sirenas. Uno sabe de dónde salta y cuáles son las dimensiones de su embarcación, pero no tiene la más remota idea de a dónde va a llegar, con qué Cirse, o con qué Polifemo, se va a encontrar a la mitad de su travesía y si va a llegar a Ítaca o no va a llegar a Ítaca. Una novela es una gran aventura. Y lo que es cierto es que en el proceso de escritura uno va descubriendo una gran cantidad de cosas que ignoraba totalmente antes de escribir la novela. Y ese descubrimiento para mí es lo más revelador y lo más satisfactorio que me ha pasado en toda mi vida. Porque yo soy el escritor de una novela. Le doy una serie de datos que tengo, quiero escribir, como lo hice en esta saga familiar, la historia de mi familia, primero de mi familia materna, luego de la familia paterna, luego la de mis hermanos, en fin. Y yo le daba a la novela datos que había averiguado, que había investigado, ¿por qué?, por los documentos que había leído, por recortes de prensa, por cartas en donde yo me metía a hurtadillas indiscretamente, como si fuera yo el destinatario de cartas que no iban dirigidas a mí, etcétera, etcétera. Fotografías, mapas, genealogías. Pero de repente surgían aspectos que yo no había previsto. Porque una verdadera novela no te deja mentir, por más imaginativa que sea. Y entonces yo, que era el lector de la novela, el autor de la novela, le daba datos y la novela como que los procesaba por su cuenta y me los devolvía a mí, su autor, ya procesados, convertidos en discurso. Y me hacía a mí el lector de una novela que me sorprendía porque lo que esa novela me revelaba, yo no tenía la más remota idea de que existiera. En mi última novela, llamada Los apóstatas, descubrí una cosa terrible, pavorosa. Yo estaba escribiendo la historia de este hermano que profesó en una orden religiosa que después apostató, es decir, abandonó la orden religiosa donde había profesado y se dedicó a cumplir labores sociales y políticas, pues muy comprometidas con una vocación igualmente redentor.

18:55
Gonzalo Celorio. Pero este muchacho había sido violado de niño por el padre de mi mejor amigo. Es una historia terrible que yo desconocía por completo y que la novela me reveló con toda lucidez y sin ninguna posibilidad de equivocación. La novela también es un género peligroso. Puede descubrir cosas que uno no se sospecha. Por eso creo yo que no hay mejor representación de la vida que la novela. Más que la historia. La historia está limitada a la verosimilitud. O a la veracidad, que todavía es peor. La novela no tiene límites y por eso puede llegar a donde otros discursos se quedan detenidos.

21:29
Alejandra. Mucho gusto, maestro Gonzalo. Me presento, mi nombre es Alejandra González. Es un gusto estar aquí y le agradezco por compartir su experiencia el día de hoy. Mi pregunta es, con toda la experiencia que tiene en la literatura, ¿quiénes considera que son los autores más reconocidos en nuestro país?

21:46
Gonzalo Celorio. Eso siempre es muy difícil porque al elegir a unos se excluye a otros y el panorama literario mexicano es particularmente rico, a lo largo de su historia. Pero pienso que uno de los momentos más importantes de nuestra expresión literaria fue precisamente la novela de la Revolución Mexicana. La novela de la Revolución Mexicana reviste una importancia literaria singular porque acaba con toda una tradición, que estuvo vigente durante todo el siglo XIX, de dividir en las novelas a los buenos y a los malos. Unos eran los buenos y otros eran los malos. Nuestra literatura decimonónica era bastante dicotómica, bastante moralista. Cuando surge la novela de la Revolución Mexicana, hay que decir que nace en el momento mismo de la revolución, es decir, que no hay un tiempo de espera para ver de lejos, con la distancia histórica, con cierta perspectiva, lo que ya ha ocurrido, política y bélicamente. Y entonces los escritores de la novela de la Revolución son como cronistas de lo que está ocurriendo en ese momento. Es el caso de Los de abajo, de Mariano Azuela, ya con un poco más de perspectiva, Martín Luis Guzmán escribe sus novelas El águila y la serpiente, por ejemplo, las memorias de Pancho Villa. Pero es curioso, porque aquí surge una figura muy importante que ya no es la división tajante entre los buenos y los malos, entre los héroes y los bandoleros. Salvador Novo, este gran poeta mexicano, decía con un sentido del humor crítico que ya, en la novela de la Revolución Mexicana, todos los personajes no eran ni héroes ni bandoleros, eran ‘bandolheroes’. Y ese es un término que él acuñó y que me parece muy pertinente. Después de la Revolución Mexicana, pues surge, como es natural, un espíritu nacionalista muy fervoroso que se manifiesta en la pintura de los grandes muralistas, como Diego Rivera, como Siqueiros, como Orozco, sobre todo, como Alva de la Canal, con grandes compositores como Carlos Chávez, como Moncayo. Todo esto se da al mismo tiempo que va surgiendo otro grupo de escritores que tienen muchas reservas con respecto al nacionalismo. Este es el grupo que nace en el año de 1928. Aglutinó a escritores tan valiosos como Javier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Gilberto Owen, Jorge Cuesta, Salvador Novo, que fueron realmente escritores de una gran, gran, gran modernidad. Quiero citar a una mujer muy importante, poco valorada hasta hace relativamente poco tiempo, que es Nelly Campobello, que escribió una novela extraordinaria llamada Cartucho, que es la visión de una niña de todo el proceso revolucionario. Ella también se dedicó a la danza y quizás pasó más a la historia de la cultura por sus coreografías que por su gran obra novelística. Pero después, ya andando el tiempo, a mediados de siglo, pues surgen para mí, dos escritores muy notables, uno más notable que otro. Empiezo por el menos notable, pero muy importante que es Agustín Yáñez, un escritor que escribe tres novelas –bueno, muchas– pero tres novelas. Una que se ubica antes de la revolución, que se llama Al filo del agua, otra que se llama Las tierras flacas, que es en el proceso de la Revolución y otra que se llama La tierra pródiga, que es después de la Revolución, la última es bastante, ideologizada. Hay que tener en cuenta que Agustín Yáñez fue secretario de Educación Pública y fue también gobernador del Estado de Jalisco.

26:22
Gonzalo Celorio. Pero ya que estamos en Jalisco, creo que el gran, gran, gran, gran escritor jalisciense –hay dos, pero uno de ellos es enorme– que es Juan Rulfo, que con un par de libros, Pedro Páramo, de 1955 y un poco antes El llano en llamas, de 1953, revoluciona totalmente la literatura mexicana. Le da una gran modernidad, un sentido crítico, amplía las escalas y categorías de la realidad para no solamente reflejar lo que los seres humanos hacen, dicen o piensan, sino también lo que inventan, lo que recuerdan, lo que sueñan, lo que anhelan, aquello en lo que creen. Y eso es parte de la realidad entendida en un sentido más amplio. Y otro jalisciense que yo tuve oportunidad privilegiadísima de conocer y tratar mucho porque fue mi maestro, fue un gran cultor de la forma que es Juan José Arreola. Uno de los dos es un escritor de tipo popular, otro es un escritor de tipo muy cosmopolita. Y no deja de ser muy paradójico que el escritor muy popular, que nunca sale de las fronteras mexicanas haya sido el escritor traducido a más de 50 lenguas y más reconocido, uno de los más reconocidos en el mundo, mientras que el otro, que era el cosmopolita y el universalista, como Juan José Arriola, pues difícilmente ha salido de las fronteras mexicanas. Y después, bueno, viene obviamente la figura notabilísima de Octavio Paz, a la que no se le puede escatimar ningún mérito. Es un hombre universal que también pensó en México y cuya obra es una obra fundamental, amplísima, riquísima, diversa y universal. Y bueno, tan importante es que no en vano se hizo acreedor al Premio Nobel. Después, yo creo que de la generación del boom de la literatura latinoamericana, la gran figura mexicana fue Carlos Fuentes, muy importante para la literatura, pero también para la historia de la literatura, porque hay escritores importantes para la literatura con cuyas obras la literatura se va a quedar, y hay otros escritores importantes para la historia de la literatura, porque ejercen una influencia muy significativa y muy notable en las generaciones sucesivas.

29:41
Gonzalo Celorio. Ese es el caso de Carlos Fuentes. Y si tuviera que hablar de escritores más recientes, me gustaría hacer una disección y una parcialidad. Me gustaría hablar de que quizás lo más importante que le haya ocurrido a la literatura mexicana de las últimas… de los últimos años, de las últimas décadas, es la incorporación al discurso literario, de las mujeres. Y creo que tenemos ahora realmente a un conjunto de escritoras de primerísima categoría, como puede ser Rosa Beltrán, Mónica Lavín, Verónica Murguía, que son… –Cristina Rivera Garza– que son escritores realmente muy, muy notables, que están dándonos a conocer, pues lo que durante mucho tiempo quedó más o menos guardado en cierta secrecía. Me parece que esta es la gran contribución de la modernidad a la literatura. La literatura escrita por mujeres.

31:51
Samantha. Hola, mi nombre es Samantha Martínez y le quería preguntar, durante su trayectoria como editor ¿nos podría compartir alguna anécdota que ha compartido con algunos escritores?

32:02
Gonzalo Celorio. Sí, cómo no. Me va a costar mucho trabajo elegir alguna. Acabo de publicar un libro –es mi libro más reciente– que se llama Mentideros de la memoria. Mentidero no necesariamente significa que sea un libro de mentiras. Reuní 20 textos en donde hablo de las relaciones –algunas de ellas muy cercanas– con grandes escritores. El hecho de haber sido profesor durante medio siglo en la Universidad Nacional, el hecho de haber sido el Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México durante nueve años, de haber sido Director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de haber sido Director del Fondo de Cultura Económica y de haber sido, como lo sigo siendo, Director de la Academia Mexicana de la Lengua, me ha dado el privilegio enorme de tratar a muchos escritores. Y tengo una relación de muchos afectos con algunos de estos escritores. Algunos porque los pude tratar de manera muy cercana, como fue el caso de Juan José Arreola, que fue mi maestro, o de Augusto Monterroso, este gran escritor hondureño guatemalteco avecindados en México, caracterizado por la brevedad de sus textos. Tuve la oportunidad privilegiadísima, de recibir –y la fecha para mí es imborrable– un 3 de marzo de 1993, a Julio Cortázar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad. Tuve la oportunidad de emborracharme a causa suya con Umberto Eco en algún espacio universitario y fuera de él, particularmente en algún antro del Centro Histórico. Me gustan los antros. Alguien decía que yo debería haber sido antropólogo, estudioso de los antros. Pude conocer y tener cercanía y amistad con Gabriel García Márquez. Fui muy cercano a Carlos Fuentes.

35:03
Gonzalo Celorio. Y de todos ellos escribí algunas anécdotas, algunas memorias, con un criterio que me parece muy importante: Yo no soy el protagonista de estas historias, soy un mero testigo presencial que dejo que estos grandes personajes ocupen el papel más importante. Yo me quedo en la sombra porque no quisiera, como dicen los españoles, pasar por trepa, es decir, por arribista. Yo cuento esas historias con alguna dosis de ficción. Hay un cuento ahí, hay un cuento, es un cuento. Se llama La cama de Julio Cortázar, donde cuento la historia que tuve con la segunda viuda de Julio Cortázar, llamada Ugné Karvelis, una mujer rumana con la que Julio Cortázar vivió 11 años –los peores de su producción literaria, por cierto– y yo me convertí en una especie de secretario suyo. Y después me enamoré de una secretaria suya, de adeveras, una francesa. Y yo, en algún viaje a París, la busqué a esta francesa y me di cuenta de que la tal Ugné Karvelis le había encargado que se quedara a cuidar su departamento de la Rue Savoie, número 19, en la Rive Droite, en París, y cuidar al perro que se llamaba Doguito. Y cuando yo me di cuenta de que, a donde yo estaba asistiendo, había sido el lugar donde Julio Cortázar había vivido 11 años de su vida, bueno, la verdad me sentí muy conmovido, muy sorprendido, muy estupefacto. Y cuento –bueno, eso puede ser cierto o no– que tuve la oportunidad de dormir en la cama de Julio Cortázar. Una vez con una escritora argentina, –voy a cometer, ahora sí, una infidencia muy buena escritora llamada Luisa Valenzuela– le conté esta anécdota. Ella era muy amiga de Cortázar, la cama de Cortázar, estaba en una esquina de la habitación, es decir, que la cabecera estaba pegada a la pared, y un costado de la cama también estaba pegado a la pared con la que hacía ángulo.

38:11
Gonzalo Celorio. Yo le conté esto, y le pregunté, porque ella pues bueno, no se aguantó las ganas de decirme que ella también había dormido en la cama de Julio Cortázar, y entonces me dijo, “Bueno, pero tú dormiste, pero sin Julio, ¿verdad?” Le digo, “Pues sí”. Me dice, “Bueno”, y yo le pregunté, “¿Y de qué lado de la cama dormías, Luisa? ¿Del lado de la pared o del lado del pasillo?”. Dice “No, de lado de la pared”. “Ah”, le digo, “pues estabas como quien dice, entre la espada y la pared”. Y me dijo, “Che, Gonzalo, ni tan espada”. Hasta aquí, se acaba la indiscreción. Quiero contar una anécdota que le gustaba mucho a Tito Monterroso y que a mí me la contó un gran escritor colombiano llamado R. H. Moreno Durán, a quien quise mucho y que murió de un cáncer tremebundo hace unos diez años. Y esta historia me gusta porque tiene mucho que ver con el rigor lingüístico. Y tiene mucho que ver con la academia y tiene mucho que ver con el peso que cada palabra debe tener en un texto. Y Tito Monterroso, Augusto Monterroso, pues era el gran maestro de la brevedad. Es famosísimo este cuento que dice, ‘Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí’. Es un cuento redondo, completo, perfecto y de una economía apabulla ante. La última vez que vi a Tito Monterroso, me había invitado a comer a su casa, en la colonia de Chimalistac en el sur de la ciudad. Y me pidió que le contara esa historia. Esa historia es la siguiente: Hay un académico colombiano. Se caracterizan generalmente los colombianos por ser los más puristas del lenguaje. Y en algún fin de semana que iba camino a Barranquilla pasó por un establecimiento comercial que tenía un letrero que decía, “Aquí se vende pescado fresco”. Él detuvo su automóvil, se bajó y le dijo al pescadero, “Oiga, la verdad me parece que sobra la palabra ‘Aquí’. Basta con ‘Se vende pescado fresco’, porque todo mundo sabrá que es aquí. Si no, ¿dónde? Pues aquí es donde está el letrero y donde está el establecimiento”. “Bueno, pues sí, tiene razón”. Y cuando pasa a la semana siguiente, pues se da cuenta de que efectivamente había acatado su sugerencia aquel académico y le había tachado la palabra ‘Aquí’. Se baja para felicitarlo y le pregunta, “Oiga, ¿usted conoce algún lugar donde el pescado fresco se regale?”, y “No, no”. “Se vende. Siempre se vende el pescado. Quítele eso, ‘Se vende’, pasa con ‘Pescado fresco’. Todo el mundo entenderá que es un establecimiento donde se vende el pescado”. Pues sí, pasa la semana siguiente y ya nada más dice ‘Pescado fresco’.

42:18
Gonzalo Celorio. De todas maneras se baja, lo felicita y le dice, “¿Usted de casualidad conoce algún lugar donde el pescado que se venda esté podrido?” “No”. “Quítele eso de fresco, porque la gente va a sospechar que si lo pone es porque no es cierto. Si no, no lo pondría. Basta con que diga ‘Pescado’. Todo el mundo dará por sentado que está fresco”. Pues sí, muy bien. Y a la siguiente sesión, a la siguiente semana, pasa, y ve allá, nada más que dice, ‘Pescado’. Se baja, le da un abrazo al pescadero y dice, “Oiga, ay, aquí huele a pescado. Quite eso”. Él era Tito Monterroso. Hay que escribir a veces más con la goma de borrar que con el lápiz. Muchas veces el trabajo escritural es más parecido al de la escultura que al de la pintura. Hay que quitar lo que sobra para que lo que quede sea realmente importante y medular. Decía uno de los grandes poetas sudamericanos, Horacio Quiroga, que el adjetivo que no da vida, mata. Cuidemos la economía de la lengua.

44:45
Tania. Hola Gonzalo, mucho gusto. Soy Tania Muñiz y vengo de la Escuela Superior de Comercio y Administración. Mi pregunta para ti es, ¿en qué consiste la riqueza del español?

44:57
Gonzalo Celorio. Yo creo que la riqueza del español, si puedo sintetizarlo, tiene que ver con tres factores fundamentales: El tiempo, el espacio y la magnitud. Es, la lengua española, una lengua que tiene una larga, larguísima historia en términos temporales. En términos geográficos es una lengua que se habla en muchísimos países y por otra parte, es una lengua que tiene un número muy alto de hispano-parlantes. Vamos a empezar por la historia. Efectivamente, la lengua española es una lengua que tiene más de mil años de haberse diferenciado estructuralmente del latín de donde procede. El español es una lengua que se habla en cuatro continentes. Obviamente que donde más se habla, donde hay el mayor número de hablantes es en América, porque hay 19 países hispanoamericanos que tienen al español como la lengua común. Y digo la lengua común y no la lengua oficial, porque en muchos países el español, aunque sean países hispanoparlantes como el nuestro, no tienen al español como lengua oficial. Es el caso de México porque se considera que si se le diera carácter oficial a la lengua española estaríamos despreciando a las lenguas aborígenes. Aquí en México, al no ser oficial, el español, no pueden ni ser oficiales o co-oficiales las lenguas indígenas, y el Estado de alguna manera se desentiende de la difusión, la preservación, el estudio de estas lenguas originarias que son tantas y tan importantes. Si trazamos una línea recta desde el Río Bravo hasta la Patagonia, serían 12.000 kilómetros en línea recta en donde se habla la misma lengua –eso no ocurre en otras partes del mundo– sin perder inteligibilidad. Eso es un verdadero milagro. Podemos atravesar 20 fronteras y nos seguimos entendiendo. Claro que hay diferencias, pero esas diferencias no son suficientemente sustantivas como para que estemos hablando de lenguas distintas. Muchos pensadores del siglo XIX, tuvieron el temor de que al español en estos territorios tan vastos, con una geografía tan indómita, porque en estos 12.000 kilómetros, pues hay desiertos, hay selvas inexpugnables, hay ríos caudalosos, hay cordilleras gigantescas, etcétera, hay desiertos, bueno, pues se corría el riesgo de que al español le pasara lo mismo que al latín. Es decir, que se fuera diferenciando en lenguas distintas entre sí, lenguas, llamémosles neo-españoles, que perdieran ya inteligibilidad. Esto, por fortuna, no ha ocurrido y podemos decir que sigue habiendo la misma lengua, a pesar de la inmensa vastedad del territorio donde esta lengua se habla. Claro que hay variantes y no es igual el español que se habla en Cuba que el español que se habla en Argentina o en Ecuador, o en Chile, o en México, o en Guatemala, o en Honduras, o en Colombia, o en Bolivia, ni tampoco en España.

48:28
Gonzalo Celorio. Eso a mí me parece que es un milagro. Y quiero decir, como académico de la lengua que soy, que mucho han contribuido para esta unidad de la lengua española las Academias de la Lengua, la Primera Academia, la Real Academia Española se fundó hace ya más de tres siglos, a principios del siglo XVIII, pero después, 150 años después, se fueron creando las academias americanas. La mexicana que yo ahora dirijo es la tercera academia que se funda en América en 1875, inmediatamente después de la ecuatoriana y de la colombiana, que fueron las primeras. Ahora tenemos 23 academias, una asociación de Academias de la lengua española que tenemos como objetivo fundamental velar por la unidad de la lengua española. Pero también, y esto es muy importante, ver y estudiar y consignar las variantes de esta lengua en todo el ámbito hispanoparlante, porque estas variantes, que las hay, obviamente, –como decía, no es igual el español de Argentina que el español de Puerto Rico– estas variantes, lejos –esto es muy importante– de atentar contra la unidad de la lengua, lo que hacen es enriquecerla. Pero por otra parte, y ya con esto cierro, está el asunto del número de hablantes. Hay 500 millones, 500 millones de personas que tienen al español como lengua materna y otros 100 millones que la tienen como una lengua segunda, como una lengua aprendida, como una lengua sobrepuesta. Cuando hablo de los 500 millones no estoy contando, por ejemplo, a los hispano hablantes de los Estados Unidos. El segundo país con el mayor número de hablantes sería Estados Unidos. Por lo pronto, ahora la segunda ciudad que tiene el mayor número de hablantes de español –a lo mejor no lo van a creer ustedes– inmediatamente después de la Ciudad de México, en la zona metropolitana, es la ciudad de Los Ángeles. En Los Ángeles hay tantos hispano hablantes como los hay, casi tantos como los hay, en la zona conurbada de la Ciudad de México. ¿Qué significa esto? Significa que en términos cuantitativos, nuestra lengua es la lengua materna, materna, de comunicación internacional, internacional, que tiene el mayor número de hablantes en el mundo. Sí, efectivamente, hay más hablantes nativos de chino que de español, pero hasta ahora sucede que el chino es una lengua que se habla dentro de la República Popular China y que no tiene presencia en otros países de una manera significativa, a diferencia del español, que es la lengua común de más de 20 países.

51:48
Gonzalo Celorio. Cuando uno se refiere a lo que nosotros en México llamamos español, pues uno dice castellano porque hay otras lenguas igualmente españolas que no son el castellano, como es el caso del catalán, o es el caso del euskera, o es el caso del gallego, que son lenguas que se hablan en España pero no son castellanas. Lo que quiero decir es que entonces esta lengua, el español, vamos a llamarla ya, pues se enriquece evidentemente con una gran cantidad de palabras provenientes de las lenguas originarias de América. Las primeras, pues, del Caribe, de las Antillas, la palabra huracán, la palabra cacique, la palabra caníbal, son palabras que proceden de las lenguas antillanas, pero después se enriquece con las lenguas autóctonas de todo el continente prácticamente. ¿Qué serían de las cocinas mexicanas sin el molcajete, el aguacate, el jitomate, el metate, el chocolate? Bueno, todas estas palabras que proceden del náhuatl y que han enriquecido no nada más el vocabulario en México, sino la cultura gastronómica, por citar un mero caso. Pero lo podríamos hacer extensivo a tantos otros. Pero lo mismo ocurre con la lengua maya y lo mismo ocurre con la lengua quechua. Y lo mismo ocurre con el guaraní. En fin, con una diversidad enorme de lenguas indígenas que hicieron sus aportaciones importantes a la lengua española. Y quiero decir, por más respetable que me parezca el español peninsular, que no puede erigirse en la lengua de autoridad del español por cuestiones meramente cuantitativas, más del 92% de los hablantes de español están en este lado del océano. Y España, pues, no es más que un mínimo porcentaje de 8 o 9% del total de los hispanohablantes. Pero hay variantes generales que diferencian al español peninsular, de España, del español de América. Por ejemplo, aquí no se pronuncia la C. No se pronuncia en ninguna parte de América. Otra cosa que hemos perdido, lamentablemente es así, yo creo que es digna de lamentarse, pero así, es que hemos perdido la manera de hablarnos de tú en plural. No podemos hablar de tú a varios porque no tenemos el vosotros. Ese vosotros es maravilloso en España y aquí, pues en México y en muchos países, en todos los países hispanoamericanos, cuando hablamos con los niños –eso sorprende mucho a los españoles– les hablamos de usted. “Niños, vengan acá”, “Ya, pónganse a comer”, “Pónganse a hacer su tarea”. Estamos hablando de usted a los niños. A personas a quienes en lo individual hablamos de tú, les hablamos en plural siempre de usted. Bueno, esa es una diferencia y hay muchas diferencias de carácter general. Yo creo que una de las diferencias entre el español de España y el español de México y en general, es que el español de España resulta ser para los oídos mexicanos terriblemente áspero y brusco.

56:14
Gonzalo Celorio. Mi esposa durante algún tiempo se fue a España a hacer su doctorado y entonces estaba ahí, alojada en un departamento, en un piso lo llaman allá, y pues bajaba todas las mañanas a una pequeña cafetería que estaba ahí abajo y se llama La Flecha o se llamaba La Flecha. Quizás ya no existe. Y ella aunque fuera –o es– regiomontana y los regiomontanos tienen fama de ser más bruscos que los del altiplano, de todas maneras, no podía evitar decir, “por favorcito me regala un cafecito con leche”. Y bueno, eso desesperaba al camarero. “Hombre, que aquí no se regala nada porque aquí se vende, ¿no? Y ese de ‘por favorcito’, hombre, que si es mi obligación yo no tengo porque… no le estoy haciendo un favor. Estoy cumpliendo un servicio que usted está pagando, ¿no?” Y entonces, bueno, siempre tenía problemas porque llegaban todos los españoles y decían “Un café” e inmediatamente se lo servían y llegaba mi esposa y decía “Ay, ¿me da un cafecito si es tan amable?”. Nunca le hacían caso. Una mañana ya se hartó, se vio en el espejo y dijo “Ahora sí, voy a hablar como ellos para que me pelen, para que me hagan caso”. Y llega y dice, “¿Me da un café con leche?” “Sí, señora”. Y entonces se queda ella muy sorprendida y dijo “Oye, qué eficaz”. Se sintió muy contenta. Se fue a su mesa e inmediatamente le dan la taza de café y el camarero va con dos jarras, una de leche fría y otra de leche caliente, y le dice, “Señora, ¿la leche fría o caliente?” “Hombre, que me da igual”, “¿Cómo que le da igual? Yo no estoy aquí para pensar por usted. ¿O fría o caliente?”. “Ay, calientita, por favor”. Se jodió la cosa. Hay una serie de normas, de dulzura, de protocolo, de cortesía muy, muy acusada, sobre todo en México, pero también muy particularmente en los países que tienen una fuerte carga cultural Pre-hispánica. Lo mismo pasa en Perú, lo mismo pasa en la región maya de México. Lo mismo pasa en las zonas donde ha habido una cultura náhuatl tan importante como en la Ciudad de México, y estamos muy acostumbrados a estos eufemismos y estas fórmulas de tratamiento que discrepan mucho del modo de hablar de los españoles de España.

01:00:05
Sebastián. Hola Gonzalo, soy Sebastián y es impresionante la trayectoria que has tenido a lo largo de tantos años. Es impresionante los trabajos que has hecho. Sin embargo, mi pregunta no va tan relacionada a lo que has hecho, sino más a lo que vas a hacer en un futuro y es si tienes algún libro, alguna obra o algún trabajo en el que estés, pues realizándolo en estos momentos, o en un futuro cercano.

01:00:32
Gonzalo Celorio. Gracias por tu pregunta, Sebastián y todo lo que he hecho tiene que ver, sobre todo con la vejez. Es la edad. Ahora, si ya llegué a la edad en que quiero escribir mis memorias, y ya las escribí. El problema es que es un libraco de 570 páginas, que está a punto de entrar a imprenta. Ya lo aceptaron, lo están formando y este es un libro que tiene un título que procede de un poema de Borges, que es Ese montón de espejos rotos. Esa es la definición que Borges da de la memoria, “ese montón de espejos rotos”. La memoria es selectiva y no tiene necesariamente continuidad, es fragmentaria. Uno recuerda cosas de manera caprichosa, selectiva. Y lo que uno recuerda no necesariamente es lo que ocurrió. Por dos motivos. En primer lugar, porque pasan por el tamiz del lenguaje y el lenguaje simula la realidad, pero no es la realidad, es una representación, es un simulacro. Por más que el propio Borges, siguiendo a Platón, dijera en un poema “Si (como afirma el griego en el Cratilo), el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de ‘rosa’ está la rosa, y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’”. Pero bueno, si uno no es platónico, pues primero es la cosa y luego el nombre que la nombra. Y entonces, el lenguaje representa la realidad, pero siempre distorsiona la realidad. Y si al lenguaje le añadimos el tiempo, la distancia en el tiempo, pues esa distorsión es todavía mayor. No sé si habrán tenido la experiencia de compartir presencialmente con alguien un recuerdo cuando los dos han estado presentes en algún suceso que ocurrió hace muchos años y cada quien lo recuerda de manera distinta y dice… pero uno puede decir, “Es que allí estaba la fulana…” “No, fulana no estaba”. “Pero claro que sí, sí me acuerdo hasta de cómo iba vestida”. Entonces son distorsiones. Pero lo que sí es cierto es que me reflejan, porque lo que uno recuerda es también su reflejo y son reflejos fragmentarios porque no pretendí nunca hacer una autobiografía, sino de amontonar una serie de recuerdos que van de algo que sí me parece singular en nuestra tradición literaria, que es la de combinar la vida privada y la vida pública.

01:03:39
Gonzalo Celorio. En la literatura de lengua española y muy particularmente en la tradición mexicana. De acuerdo a toda esta cortesía de la que hablaba hace un momento, hemos sido muy pudorosos y hablamos muy poco de nuestra intimidad. Si un expresidente de la República Mexicana escribe sus memorias, escribe sobre su vida pública, sobre su gestión, sobre su administración. Si un expresidente de los Estados Unidos escribe sus memorias, empieza por hablar de cómo se llamaba la perrita de sus hijas y cómo les preparaba los hot cakes los domingos en la mañana. Hay una tradición sajona muy distinta a la tradición de lengua española o castellana. Solemos ser muy pudorosos y la gente no habla de su intimidad. Y yo aquí hablo de las dos cosas, de la vida pública y de la vida privada. Claro que hay excepciones en la literatura hispanoamericana. Una de ellas es José Vasconcelos, que escribió una autobiografía que se llama El Ulises criollo, en donde habla de algunos de sus pecados de la carne. Pero curiosamente, en la segunda edición quitó algunos pasajes. Que ya no volvió a incluir en las reediciones sucesivas. Y habla más de la vida pública. Pablo Neruda sí habla de su vida privada en Confieso que he vivido, y también de todo un entorno social, político, militante de su vida. El gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante escribe sin ningún tipo de pudor de su vida sexual adolescente con un desparpajo verdaderamente inquietante. Mario Vargas Llosa publicó un libro que se llama El pez en el agua, que es su autobiografía juvenil, cuando al mismo tiempo fue candidato a la presidencia del Perú y compitió contra Fujimori. Por fortuna perdió porque, como decía Carlos Fuentes, muchos pueden ser presidentes del Perú, pero nadie puede escribir las novelas de Mario Vargas Llosa. Y ahí se combina muy bien la vida privada y la vida pública.

01:07:03
Gonzalo Celorio. Pero son excepcionales. No tenemos en nuestra tradición nada equivalente a En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. No hay equivalente en las memorias de Casanova, nada equivalente a las confesiones de Russeau. Y bueno, yo me quise aventurar en esa combinatoria de vida privada y de vida pública. A ver si no me arrepiento, porque eso de salir encuerado a la calle es un poco difícil. Aunque ahora quiero decir que hay un nuevo género, y ya con esto termino, que se ha dado en llamar autoficción, que son las novelas que escriben con una pequeña dosis de ficción los escritores y muy particularmente las escritoras, que cubierta sus partes íntimas con esta ligera hoja de parra de la ficción, cuentan lo que se les pega la gana. Yo no creo, sí en esa literatura, pero no en su nombre, porque la palabra autoficción no me gusta por dos motivos porque todo texto, por más inventivo y fantasioso que sea, de alguna manera es autobiográfico. Todo procede de nuestra experiencia y de nuestra imaginación, que es propia y no es compartida. Y por otra parte, toda literatura es ficcional, porque la literatura no es la realidad. De manera tal que, a lo mejor este libro que acabo de mandar a imprenta, se publicarà dentro de una literatura cuyo nombre no me gusta –la autoficción– pero que ahora está en las estanterías de las librerías. Y termino diciendo que ya que entregué este libro a la imprenta, pues uno se queda, como dirían las mujeres que acaban de parir, en una especie de fiebre puerperal, con un terrible vacío. Después de estar navegando durante tantas páginas en un libro, entregarlo a la imprenta es abandonarlo, es cortar el cordón umbilical y aceptar que ese libro ya no es mío. Será de los lectores. Y como no puedo estar sin escribir, estoy terminando un libro pequeño, dedicado a un muy querido amigo, un gran escritor, que murió en los idus de marzo, el 15 de marzo, llamado Hernán Lara Zavala, un gran escritor de cuento corto, también gran novelista y sobre todo, un gran, gran conocedor de la literatura de lengua inglesa.

01:10:12
Gonzalo Celorio. Y este librito, que es un homenaje a su memoria, y que quiero escribir muy rápidamente a manera de duelo, se va a llamar Mi amigo Hernán. Y tan tan. Muchas gracias por su atención, por sus preguntas, por su paciencia y por su buen oído, porque casi no tengo voz. Tuve un cáncer en la garganta hace ya cuatro años, y ya he podido recuperar un poco la voz, pero me llegué a quedar totalmente mudo. Y eso de ser director de la Academia Mexicana de la Lengua y mudo era una ironía parecida a la de Borges cuando en el año de 1955 lo nombran director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, justamente el mismo año que acaba de perder la vista. Escribió un poema muy bello que dice, “Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche”.