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Van Gogh no vendió casi nada en vida y hoy es un mito

Thomas Schlesser

Van Gogh no vendió casi nada en vida y hoy es un mito

Thomas Schlesser

Historiador del arte y escritor


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Thomas Schlesser

Thomas Schlesser es historiador del arte, escritor y director de la Fondation Hartung-Bergman, además de profesor en la École polytechnique de París. Su trabajo conecta la historia del arte con la vida cotidiana y busca acercar la pintura, la poesía y la cultura a públicos diversos.

En Los ojos de Mona, publicado en español por Lumen en 2024, explora cómo las obras de arte pueden convertirse en una fuente de aprendizaje y reflexión sobre la vida. En El gato del jardinero, publicado en 2026, vuelve a acercarse a la relación entre los seres humanos, los animales y el mundo que nos rodea.

En esta conversación con Aprendemos Juntos, Schlesser reflexiona sobre cómo aprender a disfrutar del arte, por qué algunas obras necesitan contexto para revelar su profundidad y cómo la poesía puede ayudarnos a expresar sentimientos que no siempre sabemos poner en palabras. A través de figuras como Van Gogh, Frida Kahlo, Picasso, Goya y Malevich, propone mirar las obras con curiosidad, aceptar lo extraño y descubrir el poder del arte para conectar con los demás y con nosotros mismos.


Transcripción

00:00
Thomas Schlesser. El fútbol provoca emociones inmensas, pero para disfrutarlo hace falta un mínimo de conocimiento. Y cuando nos gusta el fútbol, olvidamos por completo que hubo un momento en el que tuvieron que explicarnos las reglas. Pues bien, en el mundo del arte ocurre lo mismo. Puedes percibir colores o composiciones bellísimas, puedes percibir una musicalidad extraordinaria cuando escuchas o lees un poema. Pero el verdadero sabor, la profundidad simbólica, la pluralidad de los significados, esas cosas llegan si trabajas un poco. En ese momento, con un esfuerzo mínimo por tu parte, obtendrás una gran recompensa. Voy a confesaros una cosa: cuando era adolescente e iba al colegio, era un pésimo estudiante. Siempre estaba a punto de repetir curso y creo que casi hubiera sido mejor repetir algún curso. El caso es que no me gustaba la escuela. Me gustaban algunos profesores. En clase no me sentía cómodo. Esto es algo que le pasa a muchos adolescentes. Yo era un chico de esos a los que a veces les cuesta expresarse porque tienen muchas emociones contradictorias. Eso me pesaba mucho. Fue entonces cuando descubrí la poesía y el arte. Y no lo hice gracias a las clases, sino a través de mi propia manera de ver las cosas. ¿Qué me aportó? La idea de que el arte y la poesía son experiencias existenciales. Las obras de los grandes genios están ahí para alimentar nuestra vida cotidiana. El arte, amigos míos, está al servicio de la vida.

02:24
Lina. Hola, Thomas. Mi nombre es Lina. Hola. Supongamos que tengo dos novios, un pintor y otro poeta. ¿Cuál me aconsejarías presentarle a mi madre?

02:38
Thomas Schlesser. Voy a deciros una cosa. Una madre siempre necesita escuchar que la queremos. Cuando somos pequeños le decimos muchas veces a nuestra madre que la queremos. Sin embargo, en la adolescencia se produce un cierto distanciamiento. Eso no quiere decir en absoluto que dejemos de querer a nuestra madre, pero nos sentimos menos cómodos expresando nuestros sentimientos. Todos hemos vivido esta experiencia, ya sea porque estamos en la posición de padres o porque recordamos cómo éramos de pequeños. Y siempre es un poco difícil, aunque cuando llegamos a adultos volvamos a decirle a nuestra madre que la queremos. Pero pasa que ya no existe la misma espontaneidad, ni el mismo fervor, ni la misma inocencia que cuando somos niños. Los poetas son quienes se apropian del lenguaje del amor. La poesía es siempre, fundamentalmente, una forma de hablar de amor y de decir palabras que hacen resonar nuestras emociones y nuestros sentimientos. Así que creo que, con tu madre, lo primero que habría que hacer sería presentarle al poeta. Para que escuche esa especie de zumbido afectivo que no es solo el suyo, sino también un poco el tuyo y el de toda la humanidad. Y, después, ¿por qué no tener dos novios? Preséntale también al pintor para que le haga un retrato.

04:24
Edwin. Hola, Tomás. ¿Qué tal? Mi nombre es Edwin. Actualmente estoy haciendo un máster en administración de empresas y he conocido una chica la cual quiero conquistar y seducir. ¿Qué me recomiendas? ¿Por Instagram o por un poema?

04:43
Thomas Schlesser. La verdad, no estoy seguro de ser el mejor consejero en cuestiones de amor. Voy a intentar responder a tu pregunta. Lo primero es que nada te impide hablar todo lo que quieras por Instagram y enviarle fotos bonitas. Eso lo entiendo perfectamente. Dicho esto, como decía antes, la poesía es el lenguaje del amor. Y lo genial de la poesía es que podemos hablar de amor de una manera mucho más variada que con un simple «te quiero». Decir «te quiero» es muy bonito. A mí me encanta que me lo digan y también me gusta decirlo. Pero estarás de acuerdo conmigo en que «te quiero» es una expresión que hemos dicho o escuchado tantas veces que tenemos la impresión de que se ha convertido un poco en un cliché. Por eso no tiene el mismo encanto que cuando usamos otras palabras. Con la poesía tenemos derecho a hacerlo de una manera extremadamente libre. Y, si uno no se siente del todo cómodo con la poesía, puede tomar prestados los versos de los demás. Podemos rebuscar en Cervantes, si queremos. Pero voy a darte un consejito. Quizá podrías fijarte en algunas poetas del pasado, poetas mujeres. Por ejemplo, María de Francia. Una poeta de la Edad Media. Imagínate tomar la palabra en aquella época siendo mujer. María de Francia dijo en un poema las palabras más simples y más conmovedoras para definir lo que es la fusión amorosa. Dice así: «Tal ocurre con nosotros: ni tú sin mí, ni yo sin ti». Es tan simple, tan evidente. Pero, como ves, se percibe esa especie de simetría en la que se encuentra toda la energía del sentimiento. No te digo que vaya a funcionar, pero es un buen comienzo. Hay otra cosa que quisiera añadir. Hay un lugar en el mundo que es absolutamente perfecto para intentar seducir a alguien: un museo. ¿Por qué? Porque, para empezar, en un museo estás en un lugar donde hay belleza por todas partes. Eso resulta bastante práctico. Porque aunque uno mismo no sea especialmente agraciado, la persona a la que intentamos seducir está rodeada de obras hermosas. Eso compensa. Y, sobre todo, en un museo podemos contemplar las cosas en silencio, lo que permite ahorrar palabras y, aun así, sentir emociones. Además, un museo está bastante bien porque, a diferencia del cine, donde no se puede hablar, en un museo, sí. Delante de un cuadro que represente un paisaje o de una escultura que represente, qué sé yo, a un personaje histórico, algo se puede decir. Y así se inicia una conversación. Seamos sinceros: cuando intentamos seducir a alguien, a veces es muy complicado tener cosas que decir. A veces resulta un poco artificial. Pues bien, un museo te ofrece infinidad de temas de conversación. Así que ya podéis ir al Prado.

08:26
Edwin. ¿Es una mala señal que tu cita esté más interesada en la tienda del museo que en el propio museo?

08:36
Thomas Schlesser. Bueno, yo no juzgo absolutamente a nadie. Si a alguien el trayecto en metro le resulta más interesante que el museo, o la tienda, o la cafetería, a mí me parece perfecto. La gente es absolutamente libre de pensar lo que quiera. Pero es verdad que las tiendas de los museos son lugares geniales. Un ejemplo muy sencillo. En mi casa yo tengo una taza con el dibujo de un cuadro muy famoso del Museo de Orsay que es ‘La iglesia de Auvers-sur-Oise’, de Van Gogh. Es un cuadro absolutamente magnífico. Es un cuadro que Van Gogh pintó al final de su vida. Y se puede palpar la sensación de que está muy cerca de una especie de locura, porque toda la composición está muy alterada por pinceladas retorcidas y colores vivos. Además, en el cuadro tenemos la impresión de que hay una mezcla entre la noche, en la parte superior, y la mañana, en la parte inferior, con unos verdes muy frescos. Adoro ese cuadro y lo veo a diario en la taza en la que tomo mi café por la mañana. Claro, puede parecer un poco ridículo. Uno puede pensar: «Ah, sí, pero eso no es más que ‘merchandising'». Yo no lo veo así en absoluto. Creo que es una manera de apropiarse de las obras de arte y que no existe una manera tonta de hacerlo. Tenemos derecho a que nos gusten los productos que encontramos en las tiendas de los museos. Tenemos derecho a pensar que un puzle de un cuadro de Van Gogh para un niño es una excelente manera de iniciarlo en la historia del arte. Incluso tenemos derecho a preferir ver obras de arte en una pantalla antes que verlas en persona. A mí eso no me molesta. Si me preguntas mi opinión personal, evidentemente soy muy sensible a la pincelada del pintor, a la materialidad, a la presencia. Podemos utilizar un vocabulario muy erudito para explicar hasta qué punto es importante estar delante de un cuadro. Pero no todo el mundo tiene la suerte de poder ir a París a visitar el Museo de Orsay. Y, en ese caso, ¿qué significaría? ¿Que tenemos el acceso vetado a Van Gogh para siempre? En absoluto. Hay muchas maneras de llegar hasta las obras de arte y muchas maneras de llevárnoslas con nosotros. Y quiero añadir una cosa más. Muy a menudo, cuando estáis en los museos, os molesta que la gente de vuestro alrededor esté haciendo fotos de las obras. Lo entiendo. A mí también puede molestarme un poco a veces. Pero creedme, si la gente lo hace es porque, en cierto modo, no puede tocarlas. No puede cogerlas y metérselas en el bolsillo. Hacer una foto de una obra no es tan banal como creemos. Es una manera de decirnos que ese patrimonio de la humanidad, que es tan bello, tan poderoso, como pasa con toda la emoción que hay en un Van Gogh, cuando él pintaba a pocos días de cometer lo irreparable, a pocos días de suicidarse, esas obras tan llenas de grandeza y desesperación, podemos llevárnoslas con nosotros en el bolsillo. Del mismo modo que podemos beber el café con su efigie en la taza.

12:05
Hombre 2. Hola, Thomas. Un gusto estar aquí contigo. Hace poco pude estar en el Museo del Louvre en París y apreciar la ‘Mona Lisa’. Debo decirte que no me pareció un cuadro especialmente llamativo. Iba con muchas expectativas, pero no lo vi tan espectacular. No sé que me puedes decir sobre esto.

12:28
Thomas Schlesser. Mira, eso es muy interesante. Porque es una de las cosas que más comparten quienes van a descubrir la ‘Gioconda’ en el Louvre: que genera una enorme decepción. Estoy seguro de que entre vosotros hay muchos que os reconocéis en esa decepción. Como historiador del arte os lo puedo garantizar: creedme, desde mi legitimidad académica, digo que la ‘Gioconda’ es un cuadro extraordinario. Es una obra maestra de las obras maestras. Es el equivalente, qué sé yo, a la ‘Novena Sinfonía de Beethoven’ en música o de ‘Ciudadano Kane’, de Orson Welles. Es un cuadro extraordinario. Pero entiendo perfectamente esa especie de frustración. Uno de los motivos que te puedo dar como respuesta es que te han dicho tantas veces que ibas a vivir algo fabuloso, que el resultado solo podía estar por debajo de las expectativas. Además, la ‘Gioconda’ está en todos lados. La hemos visto mil veces y reinterpretada de miles de maneras. Por eso no podemos asombrarnos igual que cuando nunca hemos oído hablar de algo. Yo lo que diría es que para apreciar de verdad la ‘Gioconda’, hay que pasar mucho tiempo delante de ella. Y no es fácil, porque cuando vamos al Louvre, como todo el mundo quiere verla, hay cola y, además, nos incomoda la presencia de los demás turistas, igual que nosotros les incomodamos a ellos. La ‘Gioconda’ es un cuadro ante el que hay que estar tranquilamente y sumergirse en sus detalles para darse cuenta de hasta qué punto es un cuadro misterioso, enigmático, con una enorme cantidad de vibraciones interiores, algo parecido a un paisaje sobrenatural. Algo cercano a una especie de sueño despierto. Y luego está ese personaje. Y de ese personaje, lo que suele decirse es que su sonrisa es perfecta. No sé si lo es. Lo que sí sé es que, efectivamente, es una sonrisa que expresa una gama increíblemente amplia de sentimientos. Es una sonrisa de afecto filial, como la que una madre podría tener hacia un hijo. Es una sonrisa de complicidad. Es una sonrisa de ironía. Es una sonrisa de placer. Es una sonrisa, quizá incluso, de deseo. Es una sonrisa que tiene un espectro infinito de significados. Pero, sobre todo, escuchad bien lo que voy a deciros: es una sonrisa que os invita, que nos invita, a sonreír nosotros mismos. Leonardo da Vinci creía en lo que llamamos «imitación refleja». Lo experimentamos todos los días. Alguien tose y nos entran ganas de toser. Alguien bosteza y nos entran ganas de bostezar.

15:45
Thomas Schlesser. Tenemos esa especie de empatía unos hacia otros que hace que nos imitemos. Pues bien, la sonrisa de la ‘Gioconda’ es una invitación a sonreírle a la vida. Quizá esa sea una manera de mirar la ‘Mona Lisa’ de una forma un poco nueva. Pensando que es una pintura que merece la pena ver. Yo diría incluso que es una pintura que merece la pena vivir. Hay muchos artistas con los que pasa esto. Por ejemplo, el Leonardo da Vinci del siglo XX, Pablo Picasso. Cuando hay que citar a un artista estrella del siglo pasado, Picasso es siempre el primero que aparece. En España es un monumento. Pero Picasso también puede provocar incomprensión. La gente piensa: «No lo entiendo, no siento nada frente a un Picasso». Cuando Picasso empieza su carrera, a principios del siglo XX, se dice que lo que busca no es atraer la mirada, no es seducir al ojo, sino, al contrario, producir formas agresivas que funcionen como algo irritante, algo molesto, algo que despierte a la gente. Pues así hay que acercarse a un Picasso. Picasso no es un pintor que busca consenso, sino algo un poquito más raro. Voy a citaros una definición de belleza del poeta francés Charles Baudelaire. Baudelaire decía: «Lo bello siempre es extraño”. Lo bello siempre es extraño. Es una frase que adoro porque, muy a menudo, cuando pensamos en lo bello, pensamos que está del lado de la armonía, del lado de la simetría. Baudelaire dice: «No, no, no. Es lo extraño». Y os doy un pequeño consejo para cuando vayáis a visitar un museo. Por ejemplo, a los jóvenes o a los niños, que no siempre son muy receptivos a toda la pesadez que podemos encontrar en los cuadros religiosos, decidles lo siguiente: «No quiero que busques un cuadro que te parezca bonito. Busca el cuadro que te parezca más raro, que parezca un poco de otro mundo”. Así despertaréis su curiosidad y también la vuestra. Porque os encontraréis frente a cosas un poco torcidas, un poco al margen de lo convencional. O sea, quedaos con esto: lo bello siempre es extraño.

18:55
Thomas Schlesser. Dicho de otro modo, tanto en Leonardo da Vinci en su época como en Picasso en el siglo XX, su rareza estaba a un nivel altísimo, aunque hoy podamos tener la impresión de que está mucho más integrada en nuestras costumbres y en nuestra cultura clásica.

19:20
Daniel. Hola, Thomas, soy Daniel. Como mencionabas, muchas veces la intención del artista es comunicar, sea poesía o pintura o incluso una obra de teatro. Si el artista debe explicar su obra, ¿esa obra ha fracasado, entonces?

19:38
Thomas Schlesser. Siempre esperamos que una obra de arte nos emocione inmediatamente. Nos decimos: «Al estar delante de un cuadro o leer un poema voy a sentir satisfacción inmediatamente». Esas son nuestras expectativas. Pero estaréis de acuerdo conmigo en que es una expectativa un poco consumista, como cuando pensamos: «Si me tomo una buena copa de vino, voy a sentir una embriaguez inmediata, además del sabor agradable en la boca». Pero incluso una copa de vino puede apreciarse mejor si tenemos alguna explicación sobre el viñedo y sobre la calidad de la uva. Para responder a tu pregunta, piensa en esta analogía. Estoy seguro de que entre vosotros hay muchos aficionados al deporte. Estoy seguro de que hay aficionados al fútbol, al baloncesto o a deportes más complicados, como el rugby o el béisbol. Si no conocemos las reglas, no vamos a sentir emoción, ni siquiera la emoción estética que hay en ver un gran gol. El fútbol provoca emociones inmensas pero, incluso en este caso, hace falta un mínimo de conocimiento para disfrutar del espectáculo que tenemos ante nuestros ojos. Los que aseguran que les gusta el fútbol, olvidan que hubo un momento en el que tuvieron que aprender las reglas. En el mundo del arte ocurre lo mismo. No es posible sentir esa emoción si nos faltan los códigos mínimos para comprender lo que tenemos delante de los ojos o lo que estamos leyendo. Podemos percibir colores o composiciones hermosísimas. Podemos percibir una musicalidad extraordinaria ante un poema. Pero el verdadero sabor, los símbolos, los significados, esas cosas llegan cuando trabajamos un poco. Y, en ese momento, con un esfuerzo mínimo por nuestra parte, obtenemos una recompensa máxima. Ahora bien, no soy ingenuo. Entiendo perfectamente lo que estás diciendo. Lo que estás diciendo es que, a veces, tenemos la impresión de que no hay nada que sentir ni que captar hasta que no nos han dado una montaña de explicaciones. Es verdad, es cierto. En este caso, yo también creo que, si una obra necesita para poder apreciarla el mismo manual que se necesita para pilotar un avión, es que se ha quedado un poco corta en cuanto a eficacia. Y en ese caso podemos dudar de la calidad de la obra. Pero hay artistas que precisamente han jugado con eso, que se han dicho: «Vamos a hacer obras que sean muy exigentes en el plano intelectual y que, materialmente, sean prácticamente nada». No digo que esté bien o que esté mal, pero forma parte de nuestra historia. Y, evidentemente, podemos descartarlos de un plumazo. No hay ningún problema.

22:54
Thomas Schlesser. Ahora, si estamos en un curso de historia del arte, no podemos pasarlo por alto. Forma parte de ella. Voy a daros un ejemplo de algo que a veces merece una explicación y que, una vez que la tenemos en mente, permite que la obra de arte adquiera realmente otra dimensión. Voy a elegir un ejemplo muy radical a propósito. La pintura abstracta. La pintura abstracta, donde hay, por ejemplo, un montón de manchas, puede hacernos pensar: «mi hermanito puede hacer esto también». Y no es del todo falso. En ese caso, le toca hacerlo igual de bien. Y, sobre todo, que vuestro hermano pequeño o vuestra hermana pequeña se inspire. Por ejemplo, Jackson Pollock, el artista estadounidense, hacía ‘dripping’: es decir, cogía un palito, lo mojaba en el bote de pintura y lanzaba manchas sobre el lienzo colocado en el suelo. Y el resultado era un caos de colores. A lo que voy es que cuando estamos con niños que todavía no han llegado a la adolescencia, cuando ven este tipo de pintura se muestran completamente abiertos. Dicen: «Es genial, hay de todo por todas partes, me encanta». Es algo directo. Son más bien los adultos quienes se dicen: «No lo entiendo, ¿esto es realmente arte o no?». Si os hablo un poco de Jackson Pollock, veréis hasta qué punto es algo profundo y cargado de sentido. Pollock dice: «Para mí, la pintura es la expresión de la energía que llevo dentro. Y lo que quiero es que el lienzo reciba todas esas fuerzas, todas esas dudas, todas esas esperanzas, todas esas historias, todas esas acciones que me atraviesan». Frente a un cuadro de Jackson Pollock, no estamos mirando simplemente un entrelazamiento de líneas, estamos mirando una interioridad, estamos mirando a alguien que era objeto de una especie de trance casi chamánico. Jackson Pollock era muy sensible a la causa de los pueblos indígenas de Estados Unidos. Y para él también era una manera de reconectar de forma empática con esa historia estadounidense que, después de la Segunda Guerra Mundial, estaba un poco oculta. Pensad simplemente en una cosa: ese gran caos de colores es la expresión de una libertad pura. Es decir: «Tengo derecho a hacer lo que quiera como artista, a desplegarme como quiera». Una pintura de Pollock es también un gran grito de libertad. Y lo último que diría al respecto que me parece importante es que hay un arte cuya fuerza es muy directa: la música. Nuestras primeras grandes emociones estéticas pasan por la música. Empezamos a tararear, a bailar, sentimos nuestras primeras melancolías o nuestras primeras exaltaciones porque escuchamos músicas que nos gustan. Ese es el poder de la música, esa inmediatez. Pero no todas las artes son así, y algunas necesitan una mayor iniciación. Como en la poesía, que no se capta a primera vista.

26:29
Thomas Schlesser. Y quiero decir algo con humildad: lo que intento hacer en mis libros, tanto en ‘Los ojos de Mona’ como en ‘El gato del jardinero’, es ofrecer al lector ese acompañamiento, llevarlo de la mano e invitarlo a descubrir esas artes que tienen fama de ser un poco más difíciles, pero que no lo son tanto.

26:52
Óscar. Hola, Thomas. Soy Óscar. Tu que conoces tantos artistas de la historia del arte. ¿Cuál de ellos crees que tuvo la vida más impresionante? ¿Cuál la más absurda o compleja? ¿Y cuál la más feliz o plena?

27:15
Thomas Schlesser. Una pregunta magnífica. Ya hemos hablado de Van Gogh y me gustaría que volviéramos un segundo a él. Me gustaría, por ejemplo, que viéramos este cuadro sublime que es ‘La noche estrellada’. Un cuadro conmovedor. Cuando estamos delante de él pensamos: «Van Gogh debió tener la vida más feliz del mundo”, porque ofrecía visiones tan bellas, tan originales, tan singulares, que tuvo que haber sido recompensado por ello. Pero Van Gogh tuvo una vida absurda, verdaderamente absurda. Tanta era la empatía que sentía por la gente pobre, que en su juventud quiso ser predicador. Finalmente, decidió convertirse en pintor y se fue a vivir a París con su hermano Theo. En París intentó integrarse un poco en las redes de pintores y desarrolló una amistad bastante trágica con Paul Gauguin, una amistad que acabó muy mal porque Gauguin no soportaba la personalidad alocada de Van Gogh. Van Gogh fue infeliz y no vendió casi nada en vida, muy, muy poco. Después de su muerte se convirtió en el pintor más célebre de la historia de la pintura, quizá junto a Leonardo da Vinci. Y creo que esa es una de las cosas más absurdas que podamos imaginar. Me gustaría que cada vez que veáis un Van Gogh, entre ellos la fabulosa ‘Noche estrellada’, penséis en eso. Porque el homenaje más bonito que podemos rendirle a Van Gogh es estar un poco en comunicación con su fantasma, que flota entre esas estrellas. Decirle que le damos las gracias por haber dejado todo eso a la humanidad. Ahora, la vida más impresionante es la de Frida Kahlo. Para empezar, porque era una mujer. Ser artista e imponerse siendo una mujer en el siglo XX era realmente un desafío enorme. Y, además, Frida sufrió muchísimo. Cuando era joven tuvo un accidente que la condenó a una vida de dolor permanente. Cuando miráis los autorretratos de Frida Kahlo, encontráis una enorme cantidad de alusiones al hecho de que su columna vertebral estaba destrozada. Frida Kahlo también sufrió mucho por amor. Estaba locamente enamorada de Diego Rivera, otro inmenso artista. Los dos formaban una pareja muy comprometida políticamente con la izquierda y que intentaba transmitir su mensaje social a través de su arte. En Frida Kahlo siempre hay una generosidad hacia los seres más sencillos que nos rodean: los animales. Le encantaban especialmente los pájaros y los monos. Están por todas partes en sus autorretratos.

30:43
Thomas Schlesser. Frida luchó contra el dolor para pintar con una energía inmensa. Pero en un momento dado el dolor fue demasiado fuerte y no sabemos si se suicidó o no, pero lo que sí sabemos es que era demasiado difícil de soportar. Poco antes de morir le amputaron un pie y creo que, sencillamente, abandonó la lucha. Pero, en cualquier caso, cuando pensamos en Frida debemos tener presentes ese valor y esa perseverancia. Es una lección para todos nosotros. Ahora que he hablado de dos artistas que tuvieron una vida muy dura, me alegra que hablemos de una artista que tuvo una vida feliz. Bueno, voy a hacer un pequeño juego de palabras. En Francia tenemos una artista del siglo XIX que se llama Rosa Bonheur. Y ‘bonheur’ en francés significa «felicidad». Así que podríamos decir que hasta en su propio nombre hay algo feliz. Rosa Bonheur no tuvo una existencia fácil en todos los sentidos, ni mucho menos. Pero, como Frida Kahlo, sentía un amor absolutamente inmenso por los animales. En su propiedad tenía gatos, perros e incluso leones. Adoraba a los animales. Vivía en un lugar maravilloso, el bosque de Fontainebleau, justo al lado de París. Rosa Bonheur tiene la particularidad de pintar a los animales como si hiciera retratos de seres humanos. En realidad, nos invita a ver a los animales como nuestros iguales. Y tengo que deciros una cosa: en mi última novela, ‘El gato del jardinero’, donde hay una relación entre un jardinero y unos animales, una relación extremadamente fuerte, me inspiré un poco en estos grandes artistas que eran capaces de considerar que toda la naturaleza que los rodeaba era una naturaleza fraternal, como si existiera una fusión con el mundo. Creo que, gracias a esa presencia de animales a su alrededor, Rosa Bonheur tuvo una vida muy feliz, tal y como prometía su nombre.

33:19
Óscar. ¿Y por cuál de esas vidas cambiarías la tuya?

33:27
Thomas Schlesser. Si queréis elegir esa vida, y aquí me dirijo también a todos los jóvenes que quieren convertirse en artistas, hay algo que tenéis que comprender. Elegir la vida de artista es elegir todos los riesgos. La vida no os va a ahorrar nada. La vocación de artista es una vocación en la que tenemos muchas más posibilidades de perder que de ganar. Muchas más. Es incluso peor que eso. Porque, si ganamos, no lo sabremos. Ya que será la posteridad la que lo diga. Así que es una vida dura. Es una vida ingrata. Y por eso, amigos, tened respeto por las personas que tenéis a vuestro alrededor y que quieren abrazar estas carreras artísticas. Tened paciencia. Es duro. Es verdaderamente duro. No es cómodo. Incluso tendería a decir lo siguiente: no lo elegimos. Cuando uno quiere convertirse en pintor o poeta, cuando uno quiere componer música o quiere convertirse en cineasta, es algo que nos cae encima de alguna manera. Nos arrastra. Y a veces nos arrastra muy lejos. Dicho esto, sin ser yo verdaderamente artista, soy escritor, así que algo de eso hay, pero voy a responder a vuestra pregunta siguiendo el juego. Si hubiera tenido que ser pintor, ¿quién me habría gustado ser? Voy a dar dos respuestas. La primera es que me habría gustado ser Vermeer, y voy a deciros por qué: nadie sabe quién es. Así que, al menos, tendría la respuesta a la pregunta que todo el mundo se hace de quién era Vermeer. Pero, bueno, en fin. Ahora, quien creo que fue al mismo tiempo mimado y torturado por la vida, quien tuvo una vida fuera de lo común, fue Miguel Ángel. Miguel Ángel es del siglo XVI. Tenéis que imaginar que Miguel Ángel era la superestrella de su época. Era, qué sé yo, el equivalente a James Cameron, Steven Spielberg o Francis Ford Coppola. Los poderosos de la época querían tener a Miguel Ángel con ellos para esculpir sus tumbas o decorar sus capillas privadas. Era la superestrella del siglo XVI en Italia. Todo el mundo lo conocía. Voy a aprovechar la ocasión para contaros algo muy divertido sobre Miguel Ángel, perdonadme. No conocemos ningún cuadro de caballete de Miguel Ángel. Miguel Ángel no pintaba cuadros en caballetes, no le interesaba. Le parecía algo un poco fácil, poca cosa. Lo que le interesaba era hacer esculturas monumentales o inmensos frescos. Era alguien que tenía una visión de las cosas a escalas enormes. Miguel Ángel conoció a todos los poderosos y cobraba auténticas fortunas por sus servicios. Era muy rico, pero guardaba su fortuna debajo de la cama. En realidad, llevaba una vida completamente dedicada a su arte. Y tenía una particularidad: reunía el talento de poeta y de artista, de pintor y de escultor.

36:56
Thomas Schlesser. Era un escritor maravilloso. Cuando hizo la Capilla Sixtina trabajó completamente solo, porque no quería ayudantes. Eso es algo que me gusta. Y cuando tenía que pintar el techo, trabajaba sobre andamios y, por tanto, tenía que trabajar tumbado, con el brazo extendido. Debía de ser un esfuerzo espantoso, de esos que te retuercen de dolor. Pero tengo que deciros que es algo tan inverosímil que sí, si tuviera una vida de artista que vivir, ya puestos a elegir a lo grande, elegiría a Miguel Ángel.

37:47
Marga. Hola, Tomás, soy Marga. Y quería preguntarte, si fueras capaz de organizar una cena con grandes artistas y pudieras escuchar su conversación, ¿a quienes sentarías a la mesa? ¿Y qué crees que dirían?

38:05
Thomas Schlesser. Aquí tenemos que divertirnos, tenemos que montar la mejor mesa del mundo. A ver, esperad. Para empezar, hace falta un artista que cocine. ¿Sabéis a quién se lo vamos a pedir? Se lo vamos a pedir a Goya. Porque en el Louvre, por desgracia, no tenemos muchos cuadros de Goya, pero hay uno que adoro y que es muy duro. Es un bodegón en el que aparece la cabeza cortada de un animal. Es un cadáver y se ven incluso los riñones. Si le enseñamos ese bodegón a un carnicero, dirá: «¡Pero si esto es una aberración!” Porque es un animal que ha sido cortado en pedazos, pero no está en absoluto preparado para convertirse en carne. Goya que prepare la comida para divertirnos. Como sabéis, Goya terminó sordo. Entonces me pregunto a quién vamos a sentar con él. Con un sordo, lo mejor es poner a otro sordo, así que vamos a poner a Beethoven. Además, los dos son contemporáneos. Así que pondremos juntos a Beethoven y a Goya. No sé qué clase de conversación saldría de ahí, porque al ser una conversación entre dos sordos, sería bastante absurda. Seguimos. También hace falta un escritor capaz de hablar de la profundidad de la vida. Aquí yo pondría a Virginia Woolf. Pondría a Virginia Woolf en la mesa, porque es una autora inmensa del siglo XX. Eso le va a dar un poco de profundidad al asunto. Virginia Woolf. Pero tampoco quiero que esto se convierta en una cena lúgubre. Así que hace falta gente un poco divertida. Os propongo, incluso podríamos llamarla para preguntarle si está de acuerdo, que invitemos también a Madonna. Imaginaos: Madonna con Beethoven, Goya y Virginia Woolf. Ahí ya empezamos a tener algo, al menos para el aperitivo. No sé si va a durar hasta la cena o hasta el postre, pero para el aperitivo ya tenemos nuestro reparto y no está mal. Hace falta alguien místico. Hace falta alguien profundamente impregnado de fe. Así que os propongo también que tengamos a Santa Teresa de Ávila, que se pondría a hacer grandes oraciones místicas. Santa Teresa de Ávila, Virginia Woolf, Madonna, Goya y Beethoven, no está mal. Nos falta un hombre para que seamos seis. Si os parece bien, yo puedo ser el sexto. Entonces mantendré una conversación con ellos. Hablaré con ellos. Y sé lo que les diría. Les diría: «Escuchad, noto que el ambiente está un poco raro y tal. Os propongo invitar a un invitado sorpresa para el postre». Y sería un músico que adoro, el cantante español Paco Ibáñez. Y llegaría Paco Ibáñez. ¿Y sabéis qué haríamos? Cantaríamos todos juntos ‘A galopar’, de Rafael Alberti, con Paco Ibáñez a la guitarra.

41:14
Thomas Schlesser. En mi opinión, ahí sí que tendríamos una cena.

41:29
Rodrigo. Hola, Tomás, soy Rodrigo. Por lo general conocemos las obras, pero no las circunstancias de cuando las hicieron. ¿Nos puedes contar la historia de la obra que más te ha impresionado?

41:43
Thomas Schlesser. Ah, bueno, hay muchísimas. Pero, ya que estamos aquí entre nosotros, tengo que decir que la historia de Goya, en general, es una historia absolutamente fascinante. ¿Sabéis? En la segunda parte de su vida Goya sufrió una enfermedad terrible. No solo era sordo, sino que además padecía acúfenos. ¿Sabéis qué son los acúfenos? Los acúfenos provocan un silbido permanente en el oído. Goya los tuvo y, de hecho, os lo digo entre nosotros, yo también padezco acúfenos. Así que sé de lo que hablo. A día de hoy ya me he acostumbrado. Pero estoy seguro de que entre vosotros, o entre quienes nos están viendo, hay personas que también tienen acúfenos. No es nada agradable, porque está ahí permanentemente dentro de ti. ¿Tú también tienes? ¿Ves? Entonces sabes hasta qué punto puede ser obsesivo y perturbador. Pero imaginad para Goya. En el caso de Goya no es solo que oiga y tenga esa especie de ruido permanente. Es que no oye y, dentro de él, está ese zumbido que lo perturba todo el tiempo. Creo que puede llegar a parecerse realmente a una pesadilla. Y estoy hablando de la década de 1790, cuando ya tiene una parte de su carrera a sus espaldas. Goya era pintor de corte. Era un muy buen pintor de corte, con obras maravillosas. Pero hay que decir las cosas como son. A partir del momento en que enferma y aparecen sus problemas, su carrera y su fuerza como artista ya no son en absoluto las mismas. Se vuelve extraordinario. Cuando miramos, por ejemplo, esas viejecitas pintadas en tonalidades sombrías, oscuras, exactamente como una especie de pesadilla, no podemos evitar pensar en todo ese universo interior que tenía dentro. Hay una historia increíble que debemos contar. Goya se instala en una casa que se llama la Quinta del Sordo. No sé si lo sabéis, pero la Quinta del Sordo no se llamó así porque Goya se instalara allí. Ya se llamaba así. De modo que, en cierta manera, estaba predestinada para Goya. Entonces ocurre algo increíble. Goya decoró la casa con esas pinturas que todos conocemos y con esas tonalidades tan pesadas, tan cenicientas, pero que al mismo tiempo tienen tal profundidad que tenemos la impresión de acceder a otros mundos. Goya, en el fondo, es alguien que nos invita a soñar. Es alguien que posee una fuerza de imaginación inmensa. Cuando estamos delante de un Goya es como si nuestro cerebro floreciera, se abriera a muchísimas otras cosas. Voy a hacer una comparación con el cine, si os parece bien.

44:43
Thomas Schlesser. Goya es un poco como el cineasta David Lynch. David Lynch hacía películas en las que toda esa oscuridad, ese ambiente un poco sórdido, un poco tenebroso, un poco inquietante, era en sí mismo una atmósfera entre el sueño y la pesadilla. Pero David Lynch también nos invita a poner en marcha nuestra propia imaginación, nuestra propia ensoñación, y eso es lo que adoro de Goya. En realidad, es un artista de una generosidad inmensa. Pero toda la historia que hay detrás, la historia de esa sordera, de esos acúfenos, de esa casa en la que se retira, esa historia es verdaderamente conmovedora. Diría una última cosa sobre Goya, sobre su contexto: también fue un artista muy comprometido políticamente. Fue un artista educado, podríamos decir, en la cultura de la Ilustración, en la cultura liberal y revolucionaria de finales del siglo XVIII. Y después comprendió perfectamente lo que significaban la tragedia y el absurdo de las campañas militares. No puedo evitar citaros el extraordinario cuadro ‘El 3 de mayo en Madrid’, porque es una de las expresiones más conmovedoras de la lucha contra la estupidez imperial. En este caso la de Napoleón, que conozco porque me queda cerca.

46:19
Lidia. Hola, Tomás, soy Lidia. Estoy encantada de estar aquí. Yo soy muy racional. Bueno, era muy racional desde pequeña, números… Y con el paso de los años sí que estoy mucho más abierta al arte. Pero aún así me doy cuenta que no conozco mucha gente que le gusta la poesía o que lea poesía. Mi pregunta si crees que es porque está muy enrevesada, porque a veces parece que está escrita en clave.

46:43
Thomas Schlesser. Es verdad, es verdad, me encanta esa expresión. Podríamos considerar que la poesía es algo cifrado. Pero empecemos por ahí. Si la poesía es algo cifrado, de alguna manera puede convertirse en apasionante si intentamos descifrarla como haríamos con fórmulas mágicas. A mí me gusta pensar en la poesía como una forma de brujería. De hecho, hay poetas que dicen eso, que dicen que es una especie de alquimia, de ocultismo. Empecemos viendo la poesía de esa manera. Ese es el primer elemento. Incluso cuando no entendemos nada, podemos convertir la poesía en una especie de enorme encantamiento. La otra cuestión es que la poesía tiene fama de ser difícil porque, cuando somos pequeños, la forma en la que aprendemos resulta tediosa. Estoy seguro de que todos tenéis esos recuerdos en los que os obligaban a aprender poemas de memoria. Resulta desagradable porque, para empezar, aprender de memoria no siempre es agradable. Y porque, además, después hay que recitar delante de los compañeros. Entonces nos sentimos incómodos, tenemos la impresión de hacerlo mal. Así que, a menudo, está asociada a malos recuerdos. Y, además, muchas veces en el colegio, en el instituto, nos acercamos a la poesía de una manera técnica. Nos ponemos a diseccionar textos como si fuéramos médicos. Y ahí también es verdad que pierde un poco su encanto. Atención, los profesores hacen muy bien su trabajo. Tienen motivos para hacerlo así porque eso es lo que permite desarrollar nuestro vocabulario, nuestra sintaxis y, por tanto, hacernos más inteligentes. Pero es verdad que rompe un poco el encanto. Así que tenemos otra asignatura maldita. Con las matemáticas ocurre un poco como con la poesía. Una vez terminamos el instituto pensamos: «Madre mía, nunca más». Creedme, la poesía es todo lo contrario de lo que pensamos. La poesía está del lado de la alegría. La poesía está del lado del impulso vital. La poesía está del lado de la generosidad. Y lo primero que hay que entender es que la poesía es una forma oral. Hay que decirla, hay que declamarla. Hay que llegar a gritarla, hay que llegar a cantarla. La poesía, cuando se lee, puede ser muy conmovedora, pero es mejor escucharla. Por ejemplo, en la voz de un gran actor o una gran actriz, o mejor aún, en la voz de alguien cercano que va a deciros algo a través de un poema. En ese momento las palabras resuenan de otra manera. Seguro que no lo entenderemos absolutamente todo, pero lo que sí es seguro es que vamos a escuchar ritmos, rimas, y que la pura musicalidad acabará produciendo una vibración. Si os parece bien, voy a haceros una pequeña demostración en francés. Y veréis que, incluso aunque no entendáis el francés, vais a sentir dentro de vosotros algo intrínsecamente musical que es absolutamente delicioso. «Sé juicioso, oh, dolor mío, y permanece más tranquilo. Reclamabas la noche; desciende, aquí está.

49:55
Thomas Schlesser. Una atmósfera oscura envuelve la ciudad, llevando a unos la paz y a otros la preocupación». ¿Veis cómo hay algo que se despliega? Son unos versos de Charles Baudelaire, de un poema que se llama ‘Recogimiento’. Es muy hermoso porque, ¿qué hace Baudelaire? Intenta decirle a su sufrimiento que se quede tranquilo. Intenta domesticar su sufrimiento. Adoro este poema porque es verdad que la poesía posee esa virtud de consuelo. Nos dirigimos al dolor para decirle: «Ahora te calmas». Un poco como se lo diríamos a un animal al que intentamos domesticar. Y, a veces, os lo aseguro, la poesía es de una sencillez enorme, pero con imágenes explosivas que hacen que nunca volvamos a mirar el mundo de la misma manera. Basta con un verso, uno solo. Permitidme, por ejemplo, recordar a vuestro inmenso poeta García Lorca. García Lorca, en un momento dado, explica los efectos que produce el sol en el cielo sobre un jardín. Y dice estas palabras tan sencillas. Dice: «Sale el sol. El jardín desangra en amarillo». Es tan conmovedor, tan sencillo… Ese pequeño desplazamiento, como veis, en la imagen de la sangre, que ya no es roja sino amarilla, con el sol cayendo sobre el jardín, hará que cada vez que veáis un destello sobre un campo un poco seco contempléis el mundo con la belleza de las palabras de García Lorca.

51:52
Arantxa. Hola, Tomás, yo soy Arantxa. Lo que yo te planteo es: si al leer un poema te sientes más solo, te está ayudando o te está hundiendo un poco más. ¿Para qué quiero leer poesía si me voy a sentir más triste de lo que estoy?

52:12
Thomas Schlesser. Es verdad. La poesía suele ser triste. A menudo es muy melancólica. La poesía habla muchas veces del paso del tiempo. A menudo habla del duelo. A menudo habla de la frustración, de la brevedad de la vida. Es cierto. Y no puedo negar que los poetas necesitan mucho exteriorizar esas obsesiones. A veces incluso esos poemas se convierten en pesadillas. Es cierto. Pero creo que cuando escuchamos la voz de los poetas hablar de la desgracia, es una manera de sentirnos menos solos. Todos lo habéis experimentado. En los momentos dolorosos de la vida, por ejemplo cuando un ser querido nos ha dejado, existe una necesidad inmensa de comunidad. Necesitamos reunirnos. Llorar, pero también reír. Compartir nuestras emociones. Cuando leéis un poema, no estáis solos con vosotros mismos. Es como si estuvierais conectados con alguien en el más allá, que es el escritor. El escritor que quiso dejar para la posteridad una pequeña huella para que sintiéramos que estamos juntos. Vais a pensar que soy un místico y estoy un poco loco, pero creo en lo que digo. Creo que el escritor deja una pequeña huella para que estemos juntos entre nosotros, entre los vivos y los muertos. Que seamos una gran comunidad humana y, quizá incluso más allá de la humanidad, una gran comunidad de seres vivos, y que formemos un solo cuerpo. Que estemos verdaderamente juntos. Muy a menudo imaginamos que los poetas son personas encerradas en su torre de marfil, personas solitarias. Pero no es verdad en absoluto. Es completamente falso. La poesía, cuando nació, era un ejercicio colectivo. Si las grandes epopeyas de la Antigüedad han llegado hasta nosotros, la ‘Ilíada’, la ‘Odisea’, la ‘Eneida’, es porque los poetas las cantaban ante asambleas que, a su vez, las aprendían de memoria y, después, iban a cantarlas a otras asambleas. Así es como los versos de Homero, los versos de Virgilio, la extraordinaria epopeya de Gilgamesh, de hace miles de años, siguen resonando en nuestros oídos y nos permiten establecer una conexión absolutamente extraordinaria a través de los siglos y los siglos. La poesía es algo fundamentalmente colectivo, aglutinador, comunitario. ¿Y los poetas? Los poetas son cuerpos, son voces que han atravesado la Historia, son pieles, carnes, y no solamente espíritus. Los poetas son aventureros. Arthur Rimbaud se marchó al norte de África para traficar con armas. Los poetas son criminales. Villon, por ejemplo, en Francia, fue un criminal. Verlaine disparó a Rimbaud y acabó en prisión. Los poetas son locos. El gran poeta alemán Hölderlin pasó decenas y decenas de años en una torre pensando que era otra persona distinta de quien era.

55:43
Thomas Schlesser. Los poetas son resistentes. El gran poeta René Char, cuando luchaba contra el nazismo, escribía en la resistencia, en la clandestinidad. Los poetas están implicados en la historia. También podría citaros las grandes voces feministas del siglo XVI. La gran poeta Louise Labé, que decía que tenía derecho a amar como un hombre a través de la poesía. Gaspara Stampa en Italia, Lady Mary Wroth en Inglaterra. Así que escuchad bien esto. Detrás de esa desgracia que describen, que puede resonar con la vuestra, y que podría hundiros todavía más, hay tanta densidad, tanta vitalidad, que ofrece razones para mirar más bien hacia el sol.

56:42
Andrea. Hola, Thomas, soy Andrea. Supongo que tienes un cuadro o un poema favorito. ¿Podrías decirnos cuáles son y por qué?

56:52
Thomas Schlesser. Con mucho gusto, pero os aviso: lo hago solo como algo especial para vosotros hoy. Porque cada vez que me hacen esta pregunta respondo algo diferente. Y así estoy seguro de que, al final de mi vida, habré recorrido todo lo que me gusta. Un cuadro favorito para hoy. Voy a citar algo un poco extraño, pero también es un poco para provocaros. Para hoy es ‘Cuadrado negro sobre fondo blanco’, de Kazimir Malévich. Y me vais a decir: «Pero, vamos a ver, eso no puede ser. Es solo un cuadrado negro sobre un fondo blanco. No puede ser, se está riendo de nosotros». Y ahí es donde el oficio de historiador puede ser útil. Porque para comprender esta obra hay que imaginar el contexto en el que fue creada. Lo que dice Kazimir Malévich es que, después de haber pintado de manera figurativa y de haber probado muchísimos estilos diferentes, llegó a imaginar que la simplicidad absoluta, una simple forma geométrica regular con solo dos colores, y además el negro y el blanco, bastaría para tener un poder elocuente, un poder expresivo. Lo que dice Malévich es que este cuadro es también una invitación. Una invitación a dejar que dentro de vosotros, en vuestro interior, asciendan los colores que lleváis dentro. Yo creo profundamente en esto. Pienso que, evidentemente, cuando visitamos un museo vamos a ver formas, colores, líneas hermosas, símbolos, historias. Pero llevamos dentro una enorme cantidad de cosas, y los grandes artistas son quienes consiguen activarlas. Un artista como Malévich tenía precisamente ese deseo: que los sonidos, los colores, las formas, las impresiones, las sensaciones que atraviesan nuestro cuerpo, afloren a la superficie e invadan nuestra mente. Eso me parece absolutamente maravilloso. Y añadiré una cosa más. Cuando Malévich pinta esto estamos en 1915, en el contexto prerrevolucionario de la Rusia de entonces, del Imperio Ruso, cuando existían las represiones del zar y, por tanto, había un deseo de lanzar grandes gritos de libertad. Pintar un cuadrado negro sobre fondo blanco era una especie de manera de decir: «A partir de ahora hacemos tabla rasa y pasamos página para volver al grado cero antes de una nueva historia». Desde ese punto de vista me parece extremadamente interesante y extremadamente rico. A partir de ahora nunca volveréis a ver de la misma manera un cuadrado negro sobre un fondo blanco. Ah, y sobre la poesía, voy a deciros cuál es mi poema favorito de hoy. Es un poema de un gran escritor francés de lo que llamamos la negritud, es decir, la corriente decolonial en Francia. Un poeta que se llama Aimé Césaire. Y Césaire, en un momento dado, escribe unos versos para decir que quiere que su boca sea la boca de todo el mundo.

01:00:06
Thomas Schlesser. En mi novela ‘El gato del jardinero’ aparece este poema porque, a mi juicio, se aplica incluso a los propios animales, que no tienen la posibilidad de expresarse ni de decir lo que llevan dentro. Este poema es maravilloso. Es ‘Cuaderno de un retorno al país natal’. Césaire escribe: «Mi boca será la boca de las desgracias que no tienen boca. Mi voz, la libertad de aquella que se hunde en el calabozo de la desesperación».

01:00:52
Nico. Hola, Thomas, soy Nico. A mi también me gusta pintar cuadros. Yo pinto cuadros. Soy un poco artista. Bueno, pero yo veo esa perfección en los trazos que he visto en las grandes obras de la historia del arte. El Renacimiento, toda la historia del arte, ha sido, a lo largo de la historia, las cámaras de fotos, porque no había cámaras de fotos y a través de los cuadros se ha ido guardando la historia. Pero a día de hoy el arte moderno es diferente. ¿A ti qué opinión te merece que haya obras de arte moderno que sean un lienzo en blanco o una pieza de fruta pegada contra la pared? ¿A ti qué opinión te merece?

01:01:52
Thomas Schlesser. Mi opinión es que, a comienzos del siglo XX, ocurrió algo completamente increíble. Podemos pensar lo que queramos al respecto; no digo que esté bien ni que esté mal. Pero a comienzos del siglo XX los artistas disponían de todas las posibilidades de expresión. Todo es legítimo. Tenemos derecho, si queremos, a hacer una danza un poco caótica y esa será nuestra manera de expresarnos, y será tan legítima como pintar como Leonardo da Vinci. Hay un artista muy conocido que se llama Marcel Duchamp. Duchamp, en un momento dado, en la década de 1910, propuso mostrar objetos y decir: «Mi obra de arte, mi escultura, es simplemente la apropiación de algo de la realidad, algo que adquiere importancia dentro de una galería o de una exposición entre otras obras que puede tener al lado». El simple urinario de Marcel Duchamp se convierte en una obra de arte, aunque él fuera a comprarlo a una tienda. No digo que esté bien ni que esté mal, pero históricamente ocurrió. Y no podemos actuar como si la historia no hubiera pasado por ahí. Evidentemente, comprendo que a veces pueda resultar un poco irritante, pero tiene una gran ventaja. Y es que, seamos quienes seamos y hagamos lo que hagamos, no tenemos ninguna razón para prohibirnos expresarnos de la manera que deseemos. Cada uno es libre de hacerlo como quiera. Bueno, quizá no todos vayamos a tener la misma carrera que Pablo Picasso, Claude Monet o Georgia O’Keeffe. No, hay pocas posibilidades. Pero lo que nos han ofrecido estos artistas es algo que yo llamaría «la emancipación de la creación». Tenemos derecho a probar lo que queramos. Y eso me parece una conquista inmensa. Y no pasa nada si no nos gusta. No pasa nada si algunos consiguen éxitos absolutamente fenomenales mientras nosotros consideramos que lo que hacen es simplemente una tontería absurda. Mejor para ellos, peor para nosotros. No tiene demasiada importancia. Lo que cuenta es que podemos hacer lo que queramos con la libertad creativa que tenemos a nuestra disposición. No solo los artistas, sino vosotros, yo. No hay ninguna razón para no intentarlo. Es evidente que todo lo relacionado hoy con lo digital va a ocupar un lugar cada vez mayor en la producción artística. Está escrito de antemano. Pero escuchad una pequeña historia. El famoso Marcel Duchamp, en un momento dado, visita en 1912 un salón de aeronáutica y le dice a uno de sus amigos: «Nunca haremos nada más bello que esta hélice de avión». Y añade: «La pintura ha muerto». Eso fue en 1912. ¿Creéis que la pintura ha muerto? En absoluto. La pintura sigue ahí. Así que, aunque sea totalmente evidente que lo digital va a convertirse en un medio de expresión al alcance de cualquier artista y, por tanto, se va a desarrollar cada vez más, creo que las antiguas formas de expresión no van a desaparecer por ello. Que la escultura, la pintura, la poesía no solo van a sobrevivir, sino que van a seguir viviendo. Seguir viviendo no es sencillo en el mundo en el que estamos. Sabéis, suelo decir una cosa: cuando estoy completamente solo soy muy pesimista y, cuando salgo de casa y entro en contacto con otras personas, como ha ocurrido aquí, me vuelvo muy optimista.

01:05:58
Thomas Schlesser. En cuanto hablamos entre nosotros, las cosas van bien. De verdad, van bien. A mí no me gusta ese discurso que consiste en decir que la humanidad es horrible, etcétera. La humanidad puede hacer cosas horribles, pero, aun así, la mayor parte del tiempo sonreímos, nos ayudamos unos a otros y hay sentimientos hermosos que nos unen y nos atraviesan. He pasado un verano difícil, amigos, porque en Francia, como también ha ocurrido en España, en Francia, en mi país, en la Provenza, esa tierra donde transcurre ‘El gato del jardinero’, hubo incendios muy cerca de mi casa. ‘El gato del jardinero’, de hecho, está atravesado por esa fobia al fuego porque he tenido que enfrentarme a grandes desastres de ese tipo. Y temo que se multipliquen cada vez más. Amigos, tenemos que estar atentos con nuestro planeta. Tenemos que cuidar de los seres vivos que nos rodean. ¿Y sabéis qué? Me encanta esa idea según la cual un poeta es como el héroe de la mitología que prometía robar el fuego. Así que dejemos de incendiar nuestros campos, nuestros países, con carreras desenfrenadas hacia el urbanismo y la industrialización, y robemos el fuego para devolverlo: ese fuego interior, ese fuego de las artes, ese fuego humano. Gracias.