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Thomas Schlesser. Es verdad, es verdad, me encanta esa expresión. Podríamos considerar que la poesía es algo cifrado. Pero empecemos por ahí. Si la poesía es algo cifrado, de alguna manera puede convertirse en apasionante si intentamos descifrarla como haríamos con fórmulas mágicas. A mí me gusta pensar en la poesía como una forma de brujería. De hecho, hay poetas que dicen eso, que dicen que es una especie de alquimia, de ocultismo. Empecemos viendo la poesía de esa manera. Ese es el primer elemento. Incluso cuando no entendemos nada, podemos convertir la poesía en una especie de enorme encantamiento. La otra cuestión es que la poesía tiene fama de ser difícil porque, cuando somos pequeños, la forma en la que aprendemos resulta tediosa. Estoy seguro de que todos tenéis esos recuerdos en los que os obligaban a aprender poemas de memoria. Resulta desagradable porque, para empezar, aprender de memoria no siempre es agradable. Y porque, además, después hay que recitar delante de los compañeros. Entonces nos sentimos incómodos, tenemos la impresión de hacerlo mal. Así que, a menudo, está asociada a malos recuerdos. Y, además, muchas veces en el colegio, en el instituto, nos acercamos a la poesía de una manera técnica. Nos ponemos a diseccionar textos como si fuéramos médicos. Y ahí también es verdad que pierde un poco su encanto. Atención, los profesores hacen muy bien su trabajo. Tienen motivos para hacerlo así porque eso es lo que permite desarrollar nuestro vocabulario, nuestra sintaxis y, por tanto, hacernos más inteligentes. Pero es verdad que rompe un poco el encanto. Así que tenemos otra asignatura maldita. Con las matemáticas ocurre un poco como con la poesía. Una vez terminamos el instituto pensamos: «Madre mía, nunca más». Creedme, la poesía es todo lo contrario de lo que pensamos. La poesía está del lado de la alegría. La poesía está del lado del impulso vital. La poesía está del lado de la generosidad. Y lo primero que hay que entender es que la poesía es una forma oral. Hay que decirla, hay que declamarla. Hay que llegar a gritarla, hay que llegar a cantarla. La poesía, cuando se lee, puede ser muy conmovedora, pero es mejor escucharla. Por ejemplo, en la voz de un gran actor o una gran actriz, o mejor aún, en la voz de alguien cercano que va a deciros algo a través de un poema. En ese momento las palabras resuenan de otra manera. Seguro que no lo entenderemos absolutamente todo, pero lo que sí es seguro es que vamos a escuchar ritmos, rimas, y que la pura musicalidad acabará produciendo una vibración. Si os parece bien, voy a haceros una pequeña demostración en francés. Y veréis que, incluso aunque no entendáis el francés, vais a sentir dentro de vosotros algo intrínsecamente musical que es absolutamente delicioso. «Sé juicioso, oh, dolor mío, y permanece más tranquilo. Reclamabas la noche; desciende, aquí está.