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Rodrigo Cortés. Y eso sucedió con ‘After Hours’, con ‘Jo, ¡qué noche!’, que es como se llama en España, mejorando como siempre los títulos, que vino a otros multicines, reconocí el nombre, no habría sabido capaz de decirlo motu proprio, pero sí de reconocer ese nombre aparentemente italiano, raro, Scorsese, y me metí a ver esa película. Y me volvió a pasar exactamente lo mismo. Sé que ahora mismo se considera un menor, pero para mí no es un menor en absoluto. Es una película sensacional, libérrima y con una fuerza en la ejecución poderosísima. Y ya está, la infección ya estaba producida. Pero, por supuesto, para empezar, jamás me habría imaginado como director, directamente. Un niño no sabe que se puede dirigir, sabe que hay directores. Llega un momento en que lo sabes, pero como sabes que hay astronautas, pues sí, hay astronautas o hay pilotos de Fórmula 1. Ahora, probablemente con Alonso, un niño podrá pensar en la posibilidad real de acceder a eso. Pero en el 79 no, y en el 82 tampoco, o por lo menos yo no. Y cuando le dieron a Scorsese el Princesa de Asturias, me pidieron que sostuviera con él una charla pública para la industria. Y en fin, descubrí que había visto todas mis pelis. Algo que es sorprendente, desde luego, pero quizá no tanto en el caso de Scorsese, que es una especie de cinéfago y maestro que lo ve todo y lo captura todo en su agujero negro y que está muy atento a todo y a quien probablemente una película como ‘Buried’, por su singularidad, le pudo llamar la atención en su momento y que por su muy buen amigo de Niro, conocía de la existencia de ‘Luces Rojas’ y que había visto el resto de mi filmografía. Tuvimos una… Bueno, iba a decir una charla, no sería exacto, porque yo lo que trataba es de lanzarle pelotas para que él hiciera con ellas lo que quisiera. Obviamente es Scorsese, no vas allí a hablar con él y decirle a él: “Pues yo no estoy de acuerdo con eso, Martin, yo lo veo del siguiente modo”. Nadie habría ido allí a verme a mí. Entonces tú lanzabas determinadas preguntas para que él las usara para desplegar su universo creativo. Y bueno, hicimos migas, simplemente, y un tiempo después, en la época del confinamiento, cuando acabé el montaje de ‘Love Gets a Room’, se la envié, porque él me había pedido que le enviara el montaje de la película, lo cual asumes que es un comentario educado, pero en cualquier caso, se lo envié, le entusiasmó, pidió hablar conmigo, insisto que era la época del confinamiento, así que tuvimos una conversación de varias horas por Zoom, y bueno, lo había visto todo, todas esas pequeñas piezas de brujería que ibas diseminando en los huecos de las cosas, él veía a Lubitsch y a Wilder y a Ophüls, me hacía preguntas sobre el plano secuencia del inicio, me hizo muchas preguntas de montaje, lo cual para mí era muy loco, Para mí era una especie de colapso del universo, una especie de incongruencia enorme. De hecho, se lo dije, digo: “Te das cuenta de que me estás haciendo preguntas de montaje, a mí”. Digo: “Eres el mejor director montador de la historia. ¿Qué haces haciéndome preguntas de montaje?” Y él se dio cuenta de lo que le estaba diciendo, en lugar de fingir modestia, él es dulcísimo, es maravilloso y efectivamente es muy modesto en el trato, pero lejos de fingir un: “Me estás halagando”, empezó a recordar y dijo: “¿Sabes qué? A mí me pasó con Elia Kazan”. Se conoce que él tuvo la oportunidad en un momento dado de hablar con Elia Kazan, que para él era un gran maestro por su trabajo con los actores y su forma de conseguir ese realismo tan poco adocenado y tan poco estilizado a través de las interpretaciones, que es la base de lo que haría él después con sus propios actores. Y me dijo: «Cuando tengas un guión, mándamelo».