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Cómo se dirige a Robert De Niro

Rodrigo Cortés

Cómo se dirige a Robert De Niro

Rodrigo Cortés

Cineasta y escritor


Creando oportunidades

Rodrigo Cortés

Rodrigo Cortés es cineasta y escritor. Desde sus primeros trabajos ha desarrollado una voz propia, interesada en explorar los límites de la ficción y en construir relatos capaces de sostener la tensión sin renunciar a la ambigüedad.

Su carrera cinematográfica le ha permitido trabajar dentro y fuera de España y colaborar con algunas de las figuras más reconocidas de la industria. Como director, tiene una forma muy personal de contar historias, con especial atención a los personajes, al ritmo y a la manera en que una película puede implicar al espectador sin darle todas las respuestas.

Esa mirada se extiende también a su obra literaria. En Hija del Cielo vuelve a adentrarse en un universo regido por sus propias reglas y en una protagonista difícil de encasillar, reforzando su interés por los personajes complejos y por las historias que dejan espacio a la interpretación.


Transcripción

00:00
Rodrigo Cortés. Creo que cualquier cosa con una risa es mejor. Creo que es mejor, creo que tiene más calidad. Creo que si una escena consigue hacerte reír en un momento determinado, es mejor. Y cuando algo está completamente descargado de humor, cuando está completamente desprovisto de humor, me parece que se acerca a una especie de tortura muy inhumana que, por alguna razón, tiene muy buena prensa. Incluso en los momentos más miserables en los que se muere alguien cercanísimo y… Siempre hay algo, siempre hay un rayo de luz, siempre hay luz. Y si no la buscas y te puedes reír de las cosas más inconvenientes, porque es una necesidad humana. Creo radicalmente en la inutilidad de lo que hago. No solo creo firmemente en la inutilidad de lo que hago, sino que confío profundamente en la inutilidad de cualquier forma de expresión y de creación, entre otras cosas porque creo que las mejores cosas del mundo son inútiles y no sirven absolutamente para nada, afortunadamente. Y cuando digo que no sirven para nada, quiero decir que no son carreteras, no son teleféricos, no son hospitales, no tienen la menor utilidad inmediata. No quiero decir que estén vacías, pero no me imagino a ningún cantante, a ningún pintor, a ningún escultor que se levante por la mañana pensando: “A ver qué hago hoy para salvar el mundo”. Yo me imagino a alguien diciendo: “A ver qué canción se me ocurre hoy”. Y si esa canción resulta que es ‘Purple Rain’, pues claro que mejora las cosas y claro que nos mejora a todos. No creo que haya nada que conseguir a través de una pieza de música, no creo que haya nada que conseguir a través de una novela o de una película, no creo que haya nadie a quien salvar, creo que hay una historia que contar. Y si encierra algún tipo de verdad y su autor, su autora, se concentra en las motivaciones de sus personajes y se asegura de dotarlos de contradicciones y de ambivalencias y se asegura de no tratar de dar la turra a nadie y de no impartir lecciones de ninguna clase, entonces tiene alguna oportunidad de decir algo, ojalá que sin querer. Así que si creo en la radical inutilidad de las obras de creación, es porque creo que es lo más útil que puede sucederles. Y ahora ya me dejo pegar y quien quiera dar la primera bofetada, está invitado a hacerlo.

02:56
Beatriz. Hola, Rodrigo, soy Beatriz. Muchas gracias por pasar este ratito con nosotros. Mi pregunta es, en tu último libro encierras a tu protagonista en una habitación sin ventanas, en ‘Buried’ a Ryan Reynolds en un ataúd y en ‘Escape’ tienes’ a Mario Casas intentando que le metan en la cárcel. ¿Por qué te gusta tanto encerrar a tus personajes?

03:19
Rodrigo Cortés. No soy completamente consciente, pero tienes toda la razón. Incluso en ‘El amor en su lugar’ tenemos a un grupo de actores encerrados en un teatro, que a su vez están encerrados en el gueto de Varsovia, rodeados directamente por un muro. Y no es algo que busque conscientemente. Y cuando empecé a escribir ‘Hija del Cielo’, no pensé en ‘Buried’, pero imagino que cuando aíslas a alguien no permites que se esconda y, de alguna manera, se evidencia y se desnuda todo lo que es. No sé si tiene que ver con haber empezado a leer a Kafka demasiado pronto y encontrarme cómodo con esos personajes que se ven sometidos a fuerzas que los exceden, a veces casi sobrenaturales o por lo menos metafísicas y que muestran necesariamente todo lo que son. Como espectador, como lector, también me gustan mucho las obras corales y me entusiasma ver una película de Berlanga en la que un enjambre de personajes entrecruzan diálogos y uno no sabe apenas a dónde mirar. Pero por alguna razón me siento muy interesado en esas obras que te permiten meterte dentro del cerebro de alguien y casi vivirlo en primera persona, para que la historia te afecte incluso físicamente. Hay una inevitable reflexión sobre la libertad. No sabes si como quimera o como objetivo o como lugar del que huir, como sucede en el caso de ‘Escape’. Y lo que no hay es respuestas. Si uno ve ‘Escape’, si uno lee ‘Hija del Cielo’, no tiene ni siquiera muy claro si esa persona ambiciona alguna forma de libertad. Si piensas en ‘Hija del Cielo’, esta niña no se queja absolutamente de nada. Da la impresión de que su única fuerza es la de ser soberana de sí misma a través de su propia voz y no se toma muy en serio todo lo que sucede alrededor. Uno no sabe si es bueno o malo, ni sabe qué pensar acerca de la niña. Y lo mismo sucede con N en ‘Escape’, por ejemplo. Uno no sabe si la película acaba bien o mal, uno no sabe si lo que él hace es digno de aplauso o de abrazo o de cuidado o de crítica, porque uno no tiene muy claro si lo que está haciendo es porque es una víctima o porque es un egoísta. Y permito, o eso creo, que sea el lector, que sea el espectador, el que decida cómo se siente al respecto y qué piensa él de su propia noción de libertad. No hay una visión ensayística detrás, pero uno, sin querer, va a pensar en cosas y se va a recordar en momentos y va a ver cómo eso rebota dentro de las propias experiencias y de qué manera uno puede mirarse dentro de la obra.

06:14
Hombre 1. Rodrigo, he leído tu libro y creo que, muy frecuentemente, la niña da miedo. ¿Por qué crees que a veces los niños son tan impactantes, tan inquietantes en el cine y la literatura?

06:33
Rodrigo Cortés. Depende del uso que se haga de ellos. Por algún motivo, sucede a menudo en ‘Cuentos telúricos’, por ejemplo, a menudo uso personajes de niños. Podría decir para expresar cosas, pero me he parado a tiempo porque no los uso para expresar nada, simplemente aparecen. Y procuro no convertirlos ni en epítomes de bondad ni de inocencia sino en seres humanos a los que no tratar con particular paternalismo y permites que encarnen determinadas cosas. A veces nos dan miedo, por ejemplo en películas de terror, porque hacen cosas que no deberían hacer, porque dicen cosas que no deberían decir y porque tenemos asociadas determinadas imágenes, sensaciones y emociones a esa pretendida inocencia de los niños. A menudo me preguntan: “¿Te gustan los niños?” Y la respuesta suele ser: “Pues como los adultos, este sí, este no, este sí, este no… Los niños pueden ser profundamente crueles y pueden ser profundamente egoístas. Y sobre todo en los momentos en que aún están conformando quienes son

09:00
Hombre 1. ¿Y tú fuiste un niño rarito?

09:04
Rodrigo Cortés. Supongo que en términos literales y estadísticos, sí. Pero no levitaba ni nada parecido. En el cole todos teníamos asignados, supongo que todos lo recordaremos de forma parecida, un papel en el teatro del colegio. Es una época muy sana en ese sentido, que se estropea después en el instituto, en que a la gente se le asigna ese papel sin particular juicio. Entonces hay uno que es el listo, no se le juzga, hay otro que es el empollón, tampoco pasa nada, si tiene gafas ya sirve para el papel, otro es el pobre, otro es el rico, otro es el tonto. Y yo era uno de los listos de la clase y también era uno de los graciosos, era el gracioso de la clase y sobre todo hablaba mucho, por lo visto. Me echaban de clase sin parar, por hablar. Y una vez al año mi madre iba a hablar con el tutor y le decía: “Su hijo es muy listo pero habla mucho y me distrae a todo el mundo, a ver qué hacemos”. Y de hecho, cuando estaba enfermo y volvía a clase, el profesor solía decir: “No sabes qué paz hubo ayer”. Y se lo preguntaba a los otros niños. “¿Verdad?” Y los otros niños decían: “Sí, sí, es verdad”. Y supongo que era raro en cierto sentido, pero yo no me sentía raro, ni creo que fuera raro de una forma particularmente estética. Es decir, no era un niño raro, torturado, gótico, en un rincón, haciéndole cosas a los gorriones y a las lagartijas y dibujando cosas extrañas. No, en absoluto. Me sentía más bien normal, leía bastante, elegía el título que me resultara estimulante entre los libros de mis padres, generalmente por la premisa o por la portada. Si ponía ‘El apagón’, pues sonaba muy bien. Y si era de un submarino, pues también sonaba muy bien. Y eso hizo que con nueve años leyera ‘La metamorfosis’, porque sonaba bien, había un escarabajo en la portada y en la contracubierta ponía que un señor se despertaba convertido en uno y dije: “Pero esto es estupendo”. Me sonaba a ‘En los límites de la realidad’ o me parecía que Spielberg podría contar esa historia, del mismo modo que podías leer un cuento de Poe. No entendí nada pero lo leí con nueve años. Y lo mismo podía leer eso que el ‘Barco de vapor’ o cosas que hubiera en la biblioteca del colegio, declaradamente infantil o declaradamente juvenil. Así que esas eran mis lecturas, no buscaba un orden determinado que me llevara a ningún lugar, sino que caían cosas en tus manos. Por alguna razón el fantástico me atraía especialmente y poco después empecé a leer a Stephen King y durante unos años lo hice de forma bastante obsesiva. Pero Kafka se convirtió en uno de los referentes desde el principio por algún motivo. Entre otras cosas porque no me asustaba y porque creía entenderlo. No es porque entendiera nada, pero para mí no había tanta diferencia entre leer a Kafka y leer a Poe. Me divertía leer sobre el agrimensor o sobre la máquina de tortura. Y en cuanto a películas, bueno, pertenezco a una generación que se enfrentó o que recibió determinados estímulos de una forma muy natural. Veíamos en la televisión, en sesión de tarde, los sábados o los domingos, películas que podían ser de los 40 o de los 70 o de los 30, podían ser en blanco y negro, podían ser en color y eso no generaba ningún tipo de anticuerpo en ti. Para ti no había gran diferencia entre ver ‘La Guerra de las Galaxias’ o un western de los años 40 en blanco y negro. Si te gustaba ‘Tarzán’, te gustaba ‘Tarzán’. No pensabas: “Ya, pero es que es en blanco y negro y hoy la ciencia permite el color, padre”. No decías eso, simplemente veías ‘Tarzán’ y hacías el grito de ‘Tarzán’. Los estrenos tampoco generaban la angustia que generan ahora. Normalmente se estrenaba en capitales y luego las películas empezaban a funcionar de los cines de estreno a los cines de barrio, después llegaban a las capitales de provincias. En verano podías ver en el cine ‘Tom Sawyer’ o ‘Jasón y los argonautas’, o ‘Sissi, Emperatriz’, porque por alguna razón se proyectaban en los cines en verano.

13:36
Rodrigo Cortés. Y eso me dio también estímulos muy desordenados que después han ido volcándose de formas conscientes e inconscientes en otras obras, porque al final para ti era tan importante Verne como haber visto ‘Las cuatro plumas’ con siete años de edad, como haber accedido, por fin, a Iris Murdoch.

13:58
Hombre 2. Primero que todo, Rodrigo, muchas gracias por compartir este espacio con nosotros. Algunos de acá somos estudiantes de audiovisuales y es un gran privilegio compartir este momento contigo. Hablando de audiovisuales o puntualmente del cine, ¿cómo se siente pasar de ver las películas de Martin Scorsese en la gran pantalla a directamente trabajar con él? ¿Cómo es esa transición?

14:22
Rodrigo Cortés. Es un acto casi de brujería vital e inexplicable, directamente es inexplicable. Yo puedo explicarte cómo ha sucedido en términos físicos, pero no sé cómo ha sucedido. Porque además uno de mis recuerdos de adolescencia es precisamente el día que vi ‘El color del dinero’, en los cines Van Dyck de Salamanca. Y había oído a Pumares, que era un crítico que ha muerto recientemente, que tenía un programa de madrugada en Antena 3 Radio, que había hablado de ‘El color del dinero’. Y yo veía el cartel, no sabía quién era Scorsese, no tenía ni idea, pero veía a Paul Newman, a quien reconocía, veía al muchacho de ‘Legend’, que me parecía que era solvente, aunque tal vez no salieran unicornios en esta película, y salía una mesa de billar, suena todo bien, es como cuando leí ‘La metamorfosis’, suena bien. Y allá que me metí. Y pasó algo. Pasó algo que aún no sabía definir, pero mi cuerpo, más que mi cabeza, se daba cuenta de que aquello era cine de un modo en que el cine no lo había sido antes para mí. Sentía que aquello era más cine, que ahí cabía más cine. Sentía que los movimientos de cámara me levantaban. Aquel plano en el que se muestran todas las mesas de ‘nine-ball’, abajo casi como si fuera una catedral con una música de órgano que daba toda una reverberación litúrgica y como esa grúa iba descendiendo hasta introducir a un personaje en primer plano, que era Fast Eddie, que era Paul Newman de espaldas. Recuerdo la bola de billar y el reflejo de Paul Newman agachándose. Recuerdo a Tom Cruise bailando casi con su balabusca, con su palo, con su taco de billar, Chuleándose mientras giraba alrededor y tacada a tacada, iba metiendo todas las bolas. Pero aquello lo sentía de una forma especialmente cinética. Hasta ese momento a mí me importaba lo que hacían los personajes. En esa misma película, rodada por otro director más convencional, me hubiera interesado simplemente la historia. Ah, mira, Vince es así, ah, mira, Paul Newman es así, ojalá gane, ojalá pierda, ojalá en la final gane el trofeo. Pero no es eso lo que estaba sintiendo. Estaba sintiendo que los planos chocaban entre sí, que la cámara desafiaba las leyes de la gravedad, que había una organización de la historia a través del montaje que me afectaba físicamente y que aquella pantalla se estaba haciendo pedazos y que dejaba rastros sensoriales en mí a los que yo no estaba acostumbrado. Y aún no recordé el nombre del director, porque eso me sigue pasando ahora, suelo aprendérmelos a la segunda, es como que mi cuerpo espera a ver si merece la pena. Tú primero ves algo y dices: “Esto está bastante bien, pero aún no hagas esfuerzos, cuando esta persona haga otra cosa bien, ahí ya sí que merecerá la pena y ya te lo puedes aprender.»

17:46
Rodrigo Cortés. Y eso sucedió con ‘After Hours’, con ‘Jo, ¡qué noche!’, que es como se llama en España, mejorando como siempre los títulos, que vino a otros multicines, reconocí el nombre, no habría sabido capaz de decirlo motu proprio, pero sí de reconocer ese nombre aparentemente italiano, raro, Scorsese, y me metí a ver esa película. Y me volvió a pasar exactamente lo mismo. Sé que ahora mismo se considera un menor, pero para mí no es un menor en absoluto. Es una película sensacional, libérrima y con una fuerza en la ejecución poderosísima. Y ya está, la infección ya estaba producida. Pero, por supuesto, para empezar, jamás me habría imaginado como director, directamente. Un niño no sabe que se puede dirigir, sabe que hay directores. Llega un momento en que lo sabes, pero como sabes que hay astronautas, pues sí, hay astronautas o hay pilotos de Fórmula 1. Ahora, probablemente con Alonso, un niño podrá pensar en la posibilidad real de acceder a eso. Pero en el 79 no, y en el 82 tampoco, o por lo menos yo no. Y cuando le dieron a Scorsese el Princesa de Asturias, me pidieron que sostuviera con él una charla pública para la industria. Y en fin, descubrí que había visto todas mis pelis. Algo que es sorprendente, desde luego, pero quizá no tanto en el caso de Scorsese, que es una especie de cinéfago y maestro que lo ve todo y lo captura todo en su agujero negro y que está muy atento a todo y a quien probablemente una película como ‘Buried’, por su singularidad, le pudo llamar la atención en su momento y que por su muy buen amigo de Niro, conocía de la existencia de ‘Luces Rojas’ y que había visto el resto de mi filmografía. Tuvimos una… Bueno, iba a decir una charla, no sería exacto, porque yo lo que trataba es de lanzarle pelotas para que él hiciera con ellas lo que quisiera. Obviamente es Scorsese, no vas allí a hablar con él y decirle a él: “Pues yo no estoy de acuerdo con eso, Martin, yo lo veo del siguiente modo”. Nadie habría ido allí a verme a mí. Entonces tú lanzabas determinadas preguntas para que él las usara para desplegar su universo creativo. Y bueno, hicimos migas, simplemente, y un tiempo después, en la época del confinamiento, cuando acabé el montaje de ‘Love Gets a Room’, se la envié, porque él me había pedido que le enviara el montaje de la película, lo cual asumes que es un comentario educado, pero en cualquier caso, se lo envié, le entusiasmó, pidió hablar conmigo, insisto que era la época del confinamiento, así que tuvimos una conversación de varias horas por Zoom, y bueno, lo había visto todo, todas esas pequeñas piezas de brujería que ibas diseminando en los huecos de las cosas, él veía a Lubitsch y a Wilder y a Ophüls, me hacía preguntas sobre el plano secuencia del inicio, me hizo muchas preguntas de montaje, lo cual para mí era muy loco, Para mí era una especie de colapso del universo, una especie de incongruencia enorme. De hecho, se lo dije, digo: “Te das cuenta de que me estás haciendo preguntas de montaje, a mí”. Digo: “Eres el mejor director montador de la historia. ¿Qué haces haciéndome preguntas de montaje?” Y él se dio cuenta de lo que le estaba diciendo, en lugar de fingir modestia, él es dulcísimo, es maravilloso y efectivamente es muy modesto en el trato, pero lejos de fingir un: “Me estás halagando”, empezó a recordar y dijo: “¿Sabes qué? A mí me pasó con Elia Kazan”. Se conoce que él tuvo la oportunidad en un momento dado de hablar con Elia Kazan, que para él era un gran maestro por su trabajo con los actores y su forma de conseguir ese realismo tan poco adocenado y tan poco estilizado a través de las interpretaciones, que es la base de lo que haría él después con sus propios actores. Y me dijo: «Cuando tengas un guión, mándamelo».

22:07
Rodrigo Cortés. Y eso sí que asumí que era pura educación. Así que cuando tuve el guión, no se lo mandé, evidentemente. Porque yo también le he dicho a mucha gente: «Tenemos que vernos más o a ver si cenamos». Y sin embargo, me llamaron de su oficina al cabo de un tiempo y me dijeron: «Ese guión, ¿llega o no llega?». Y dije: «Sí, sí, sí. Lo estaba metiendo en el sobre, perdón”. Y era ‘Escape’. Y en muy pocos días, en menos de una semana, tenía una llamada y le había entusiasmado el guión, decía que no había leído nada parecido, que el guión se desarrollaba en un tono que él no había visto en el cine, que le entusiasmaba esa historia de alguien dispuesto a hacer lo que fuera necesario por entrar en prisión y ese tono de comedia imposible que no da más pistas de la cuenta y que permite que el espectador decida cómo se siente al respecto de lo que está viendo y bueno, pues acabó siendo un productor de ‘Escape’, pero en fin, te lo acabo de contar, pero me estoy oyendo a mí mismo desde fuera y a mí mismo me resulta inverosímil.

23:15
Gonzalo. Hola, Rodrigo, soy Gonzalo, creo que soy un buen cinéfilo, aficionado a tus películas, y es un placer estar hoy aquí contigo. Entrando en materia, hay películas que desde niños se nos quedan grabadas. Es increíble cómo recordamos las salas de cine en las que las vimos y con quién fuimos a verlas. ¿Podrías decirnos cuáles fueron las tuyas?

23:38
Rodrigo Cortés. Yo tengo recuerdos desde por lo menos 40 años de vida de saber exactamente dónde me senté en cada película. Sé en qué cine las vi y sé en qué zona del cine estaba, más o menos, sentado. Funciona tal y como dices. Por ejemplo, para mí ‘E.T.’ fue fundamental. Recuerdo la primera película que vi en un cine, que fue ‘Tarzán y su hijo’. Sin embargo, el ‘Tarzán’ que más recuerdo lo vi en televisión después, aunque ya aquella era con Johnny Weissmüller. Recuerdo aún más que el ‘Tarzán y su hijo’ que vi en aquel cine, un cartel que había en la entrada del ‘King Kong’ de Schweitzer y Cooper. Y lo recuerdo de forma muy vívida, por alguna razón. Tengo recuerdos más marcados de ese cartel aún que de la película. Me entusiasmaba ‘Tarzán’, por cierto, pero en fin, las cosas suceden como suceden. Fui a un colegio, el Calasanz de Salamanca, que llevaban los escolapios y tenía un cine magnífico y ponían pelis los domingos. Y, por ejemplo, en aquellos cines, en aquel cine del Calasanz, vi ‘Blade Runner’, vi ‘Serpico’, vi ‘Frenos rotos, coches locos’ de Robert Zemeckis y que son las primeras tetas que vi en un cine en mi vida. Recuerdo que había una chica que se levantaba la camisa o algo así y todos los niños de siete años: “¡Ah!”, como si los curas fueran los de ‘Cinema Paradiso’ y se les hubiera olvidado pegar el corte. Pero pocas cosas me fascinaban más que el cine y Spielberg se convirtió en mi infancia en el objeto referencial de adoración. Pero como era lo suficientemente snob, cuando me preguntaban quién eran mis directores favoritos, siempre decía Spielberg y John Ford, porque John Ford era el de mi padre. Entonces mi padre me explicaba que John Ford era el mejor director del mundo y de ahí viene mi afición al western. Y recuerdo que sus dos westerns favoritos eran, probablemente no serían mis westerns favoritos, pero recuerdo que para él eran ‘La Diligencia’, de Ford y ‘Solo ante el peligro’, de Zinnemann. Y tuvieron también una gran huella en mí las películas de aventuras, algunas de las cuales ya he mencionado, como ‘Beau Geste’, como ‘Las Cuatro Plumas’, como ‘Kim de la India’, por ejemplo. En fin, las películas de ‘Simbad’, ‘Jasón y los argonautas’, que tuve la suerte de ver en cine porque por algún motivo estrenaron en una sala comercial normal, de la ciudad, en agosto. Se conoce que entonces no se estrenaba nada en verano porque estábamos todos en Gandía o algo así. No es como ahora que estrena Nolan en agosto, aquello debía de ser un erial y entonces te ponían lo que fuera. Pero claro, también las películas de ‘Parchís’. Yo recuerdo las colas en el cine Gran Vía de Salamanca para ver ‘La guerra de los niños’. Y por alguna razón me estudiaba los nombres, no me los estudiaba, pero me aprendía los nombres. Recuerdo cuando fui a ver ‘En los límites de la realidad’, ‘The Twilight Zone’, siguiendo el cebo de Spielberg, por supuesto, pero cuando ponía Steven Spielberg presenta…» allá que ibas. Luego era ‘Gremlins’

27:33
Rodrigo Cortés. Entonces, si había visto una película y quería volver a verla, en mi casa desconfiaban, y si ellos veían que me divertía, desconfiaban en general. Estaba mal visto. Y consideraban que si había gastado dinero en ver una película, ya estaba gastado. Si íbamos a gastar dinero, pues que fuera en otra. Así que si quería ver dos veces ‘E.T.’, como de hecho quería, o quería ver dos veces ‘En busca del arca perdida’, tenía que inventarme otra película. Así que decía que iba a ver ‘El señor de las bestias’, echaba un ojo al cartel y me inventaba algo. A lo mejor había habido imágenes en televisión o un tráiler o algo por el estilo, salía una pantera negra, y yo entre aquel señor sin camiseta y pelo largo y la pantera, desarrollaba algo. Porque algo debían de sospechar porque me preguntaban al llegar a casa: “¿De qué iba el señor de las bestias?” Y decía: “Pues de un señor con unas bestias. Y ha estado muy bien la película, madre”.

28:40
Hombre 4. Tú mantienes, y no eres el único, que durante el proceso de escritura los personajes llegan a un momento en que cobran unidad propia e incluso toman sus propias decisiones. En ‘Concursante’ el personaje de Sbaraglia no parece tomar las más adecuadas, de hecho no hace más que arruinarse la vida y poco a poco nos va sumiendo en un estado de angustia que es común a casi todas tus películas. ¿Qué hubiera hecho Rodrigo Cortés en su caso? ¿Qué haría Rodrigo Cortés si le tocara un premio millonario como al personaje de Sbaraglia? ¿Harías algo útil?

29:14
Rodrigo Cortés. Hay mucha mistificación con esto de los personajes que toman sus propias decisiones. Claro, los personajes no son golems que adquieren vida propia y a los que uno simplemente observa, viendo cómo se le revelan, escribes tú, como es natural. Y por lo tanto, tú los dotas de palabras y los dotas de una psicología determinada y si quieres que alguien se muera, se morirá. Y si quieres que sobreviva, pues sobrevivirá. Y si quieres que se enamore, se enamorará. Pero claro, no es tan sencillo como eso. No son muñequitos simplemente a tu servicio, Sino que en el mismo instante en que los dotes de cierta complejidad, o de cierta ambivalencia, insisto, o de cierto carácter ambiguo, o los dotes de contradicciones, o simplemente de maneras de ver el mundo y, por lo tanto, de reaccionar a él, hay cosas que cabrán y cosas que no cabrán. Porque si no, sus reacciones serán mentirosas y se detectarán como mentirosas. Eso lo detecta muy bien un actor, por ejemplo. El mejor modo de dirigir a un actor para empezar es escribir bien. A partir de un buen guión empieza ya la dirección de actores. Porque si no, un actor que puede saber o no de estructura y puede saber o no de tramas, pero que sabe de personajes y sabe de diálogos, te va a decir: “Esto no lo haría”, o “esto jamás lo diría”. O “en este momento, en esta situación, es imposible que mi personaje diga esto”. Y alguien puede decir: “No, sí, porque lo pone ahí”. Bueno no, no es verdad, no lo haría. Así que tienes que estar muy… Te iba a decir que tienes que estar muy despierto a eso y no es verdad. Ni siquiera tienes que estar muy despierto a nada. Tienes que fluir desde él. De alguna manera, cuando escribes a un personaje, lo habitas. Y de hecho, si alguien pusiera una cámara delante de ti cuando estás escribiendo, probablemente esa cámara devolvería imágenes muy embarazosas. Porque cuando estás en mitad de un diálogo iracundo, estás expresando ira porque tienes que sentirla, en cierta medida, para fluir desde ahí. Es inevitable. Y si la respuesta es cauta o calmada o fría, tienes que habitarlo y encarnarlo durante un segundo porque no hay otra manera de que fluyan a través de las yemas las palabras adecuadas en el orden adecuado. Por ejemplo, en el caso de Sbaraglia, que encarna a Martín Circo Martín en ‘Concursante’, y, de otro modo, en la novela sí importa el modo en que un hombre se hunde, no tienes al personaje más listo del mundo, tampoco. Necesitas un experto en economía, por ejemplo. Es un profesor de historia de la economía, que es algo completamente distinto. Y como sabes, gana el mayor premio jamás concedido en la historia de la televisión, pero son objetos, no es dinero. Es una avioneta y una lancha motora y un piso en no sé dónde. Y claro, eso te hunde la vida. ¿Qué haces con una lancha? ¿Dónde la pones? Ganas un barco, fenomenal. Pero, ¿qué haces con un barco? Tendrás que atracarlo en alguna parte, tendrás que pagar ese atraque, no puedes manejarlo, tendrás que sacarte un curso, pagar el permiso de marinería en puerto, tendrás que hacer un montón de cosas y eso es lo que sucede. ¿Qué habría hecho yo? No tengo ni idea, pero sí sé lo que hace él, que en gran medida es dejarse llevar por la inercia, porque claro, si tú recibes ese enorme premio, es muy difícil tener la inteligencia y la serenidad de ánimo de rechazarlo, sin más, dándote cuenta de que te va a hundir la vida, porque al fin y al cabo te están dando las cosas que obtiene alguien cuando tiene mucho dinero. Es muy difícil renunciar a eso. Lo primero que aprende es que ser millonario es muy caro y él no tiene el suficiente dinero como para permitirse ser millonario.

33:40
Rodrigo Cortés. ¿Qué haríamos cada uno de nosotros? ¿Qué haría yo? No lo sé, a posteriori es muy fácil, claro, si tú ves la peli, lo tienes claro, rechazarlo, pero si yo fuera Martín Circo Martín y me hubiera sometido a esas circunstancias, no sé qué harían de mí esas tentaciones y en ese sentido trato de no sentirme más listo que Martín Circo Martín, sino trato de ser lo más honesto posible y encarnarlo con la mayor honestidad posible, entre otras cosas porque me conviene, me conviene como autor para que suceda algo interesante y para que la película dure más de siete minutos.

34:14
Nicole. Hola, Rodrigo, Nicole Díaz, un placer. Me hace mucha gracia cómo describes ‘Buried’ como casi sobre alguien tratando de cambiar de compañía telefónica. Eso me demuestra que realmente puedes conseguir humor hasta en las situaciones más oscuras. Quisiera saber qué importancia tiene para ti el humor en la vida y en las películas.

34:35
Rodrigo Cortés. Mira, ‘Buried’ es un buen ejemplo de la introducción, en el fondo. No exactamente por su inutilidad, que es perfectamente objetiva, el mundo rodaba muy bien antes de ‘Buried’ y se las ha apañado para seguir haciéndolo después, sino porque a menudo me preguntaban: “Estás hablando de un contratista civil estadounidense en Irak, en un conflicto en el que no sé si los terroristas somos nosotros, son ellos, si es una cuestión de necesidad, quién es el bueno, quién es el malo”. Y decía: “No sé de qué me estás hablando”. Nada de eso me ha interesado en ‘Buried’. Ninguna de esas razones es por las que estoy haciendo esta película. Para mí, Irak era lo que Hitchcock definía como el ‘macguffin’. Es la excusa narrativa que impulsa el mecanismo. Pero internamente siempre la vi como una especie de comedia kafkiana, de comedia sin gracia, claro, el humor no siempre tiene gracia, ese es uno de sus problemas, sobre alguien, efectivamente, que trata de cambiar de compañía telefónica, porque me parecía que el enemigo de Ryan Reynolds era en gran medida la burocracia, lo cual, insisto, nos devuelve a Kafka. Alguien que llama a alguien para decirle en qué situación está y se encuentra con que una voz le dice: “Si está usted secuestrado en Irak pulse 1, si es Afganistán pulse 2. Esto no sucedía exactamente así

39:32
Rodrigo Cortés. Así que no es nada que fuerce. Y tiene que ver con muchas cosas. Hay una parte que es simplemente natural. Así que escribo, desarrollo algo. Igual que en la vida recibes una pelota y la devuelves de forma divertida porque se te ocurre que hay una forma graciosa de devolver eso que has recibido, cuando estás escribiendo, lo estás llenando todo de pelotas que te apetece devolver de alguna manera. Hay una parte que simplemente es natural, no tratas de introducir humor, pero el humor se filtra. Incluso en ‘Hija del Cielo’, con una niña tan torcida como la nuestra, no puedes evitar reírte con ella muchas veces por su mirada. Y hay algo que tiene que ver con un impulso muy consciente de esquivar la solemnidad. Descreo profundamente de la solemnidad, de la gravedad. Y estoy tan cerca de esa tentación como cualquiera. Así que cuando me veo a mí mismo poniéndome más grave de la cuenta, cuando me veo corriendo el riesgo de parecer inteligente y cuando puede parecer que un párrafo es para algo, en ese mismo instante rompo un vaso y trato de romper ese clima. Y al revés, claro, también hay veces que estás disfrutando de algo, con el flujo natural de algo que resulta luminoso o divertido o gracioso y de repente llega un hachazo que te corta la risa. Y bueno, no sé por qué es. Supongo que porque creo en el contraste o porque reacciono al contraste como un lector, como espectador. Y porque veo que la vida está hecha de contraste y que las fronteras entre las cosas son mucho más difuminadas de lo que podría parecer. Y siempre creo que en la oscuridad cabe luz y que en la luz cabe oscuridad y que el humor, además, no estorba nunca. Creo que cualquier cosa con una risa es mejor. Creo que es mejor. Creo que tiene más calidad. Creo que si una escena consigue hacerte reír en un momento determinado es mejor. No hay que esquivarlo jamás, porque son más puntos. Son puntos de no sé qué, puntos de vida o de inteligencia o incluso de respeto a quien tienes enfrente, de respeto al lector. Creo que si una cosa puede tener una carcajada o no tenerla, es mejor si la tiene.

42:06
Mujer 3. Hola, Rodrigo, a mí me gustaría preguntarte por tus dos últimas novelas, porque tienen algo en común y es que creas un espacio y un tiempo que parece que se rigen por sus propias reglas. A mí me gustaría preguntarte un poco más sobre esto, el porqué de esto que tú creas en estas novelas. ¿Es porque quizás la realidad te aburre? ¿Porque buscas algún tipo de aliciente alejado de la vida real?

42:31
Rodrigo Cortés. La creación y la ficción no están necesariamente relacionadas con la realidad. Sí con determinadas formas de verdad, si nos ponemos más pedantes de la cuenta. En principio alguien va a tratar de mostrar determinadas verdades o formas de mirar el mundo, determinadas digestiones, a través del universo que se invente. Incluso cuando alguien practica la auto-ficción o la escritura documental, por decirlo de alguna manera, está inventándoselo todo, se está inventando a sí mismo, se está inventando un recuerdo, lo está reorganizando y lo está situando de forma conveniente en el papel, porque las vidas no son dramáticas en términos estructurales, no responden a necesidades simples o convenientes. Nuestras vidas no tienen forma de arco, en que primero nos sometemos a algo, luego aprendemos algo por el camino y al otro lado aparecemos cambiados con una lección aprendida. A veces no, a veces no evolucionas en absoluto durante 12 años, en los que no te mueves por más estímulos que te da la vida. Así que cuando me siento a escribir en general, no me preocupa demasiado, por lo visto, porque no es una decisión, la realidad. Recuerdo, por ejemplo, que cuando escribí ‘Los años extraordinarios’, me planteé que iba a hablar de un mundo que no iba a ser exactamente el mundo, con sus propias reglas, y que esa iba a ser mi manera de no tener que documentarme. Pensé: “Vas a ir más rápido así, porque te vas a inventar quién es el rey, quién es el presidente, cómo se llama el país, cómo se llama el país de al lado, te va a dar igual, puedes inventarte un mundo en el que república y monarquía cambian cada cinco años de forma amigable”. Después descubrí que esas pretensiones nacidas de la pura pereza no resultaban tan convenientes como habías anticipado y que para inventarte algo también tienes que documentarte mucho y que tienes que trabajar mucho porque la imaginación no parte de la pura nada. Cuando tú sueñas o cuando recuerdas o cuando imaginas, si te detienes a analizar la imagen que recuerdas o la imagen que imaginas o la imagen que has soñado, no tiene detalle. Tiene formas vagas, generales, que te permiten tener una idea vaporosa de algo. Pero el detalle está en la realidad. Y al final tienes que robar el detalle de determinadas realidades y ponérsela a tus nubes. Pero al margen de eso, al margen de mis falsas y vanas pretensiones de pereza, simplemente me resulta natural, por algún motivo, que haya dos personas hablando de lo que sea y al acabar una se despida de la otra y vuelva a su satélite. O que diga: “Un momento, me he dejado las llaves, voy al pasado, voy cinco minutos al pasado y las recupero y así puedo volver a casa”. No sé por qué, me resulta natural. En el caso, por ejemplo, de ‘Hija del Cielo’ y su cronología, inicialmente estaba ubicada en una temporalidad determinada. E inmediatamente me deshice de ella porque me parecía que era un estorbo.

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Rodrigo Cortés. Y cuando uno lee ‘Hija del cielo’, podría estar sucediendo en los años 20, en los años 40, en 1880 o incluso hoy, en un mundo que, al fin y al cabo, es un mundo al margen del mundo en el que podría no haber móviles porque se los requisan o porque están en ese universo, iba a decir claustrofóbico, pero ni siquiera, simplemente apartado de la realidad de las cosas. Uno siente que Gabaón es un sitio que te tiene que invitar a ir o que te tiene que obligar a ir, pero al que no se puede acceder sin más porque tiene sus propias reglas. Y probablemente todo tenga que ver con que creo que cualquier universo creado en la ficción, tiene sus propias reglas. Estás creando un planeta, estás creando una burbuja con sus propias reglas. Y esas reglas pueden ser incluso las de la física, pueden tener sus propias reglas de la física. Lo que no será, generalmente, es arbitraria. Si sabes lo que estás haciendo, no serán reglas arbitrarias. Imaginarás un mundo y lo dotarás de sus propias reglas y serás coherente con sus propias reglas, pero no te preocupará mucho, muchas veces, si eso se ajusta a la realidad de las cosas o no. Y de hecho si tuvieras que hacer un cartel para una biblioteca municipal hablando del poder de la lectura o invitando a los niños, como decíamos antes, a leer, seguramente lo que vas a poner en ese cartel es a alguien en el vientre de una ballena, a una niña cayéndose por un hoyo siguiendo a un conejo blanco, a un hombre atado en la arena de la playa con cuerdas rodeado de seres diminutos o a otro embistiendo un molino con su lanza. Es decir, cosas que no están precisamente atadas a la pretendida realidad de las cosas. Si a un niño le preguntas qué es escribir, probablemente te dirá que fundamentalmente imaginar, eso es lo que creíamos también de pequeños, que cerrabas los ojos y pasaban cosas. Entonces ahí aparecía Atreyu, aparecía Bastián, el dragón Fújur o cualquier otra cosa. Eso no significa que alguien no pueda escribir sobre la muerte de su hijo y explicarte sus años y sus lecciones, pero por algún motivo no parece ser lo que más me interesa hacer.

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Sol. Hola, Rodrigo, soy Sol, encantada. Mi pregunta es muy sencilla. A mí me fascina que hayas trabajado con gente tan reconocida, entonces te quería preguntar cómo es pedirle a una leyenda como Robert De Niro que tenga que repetir una toma o algo así. Conocí

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Rodrigo Cortés. a De Niro en una localidad, por supuesto siciliana, llamada Taormina, que es un lugar perfecto para hacer propuestas que no se pueden rechazar. Y bueno, todo empezó también de forma vaporosa, porque te da un nombre que no es su nombre real para que preguntes por él en el hotel sin dar más pistas de la cuenta ni atraer la atención de nadie. En ese momento era «Benjamin». Me acuerdo porque pregunté por «Benjamin» para tener una conversación sobre el guión de ‘Luces rojas’. Claro, te tienes que olvidar en cierta medida de quién es la persona que vas a ver. Y sin olvidarlo a la vez nunca, claro, pero De Niro es muchas cosas. Y una es un actor y otra es un concepto en tu cabeza. Y tú no puedes ir con el concepto encima, no puedes ir con Travis Bickle, no puedes ir con ‘Malas Calles’ y ‘Goodfellas’ en la cabeza o con el Rodrigo de Mendoza de ‘La Misión’ porque no vas a que te firme un póster. Y en ese sentido sería muy mala idea, de hecho, ir con el DVD de ‘Goodfellas’ para que te lo firmara. Sería un muy mal inicio. Y simplemente tratas de mantener la naturalidad sobre aquello a lo que vas, que es hablar de algo concreto. Y dices: “¿Yo sé hablar de esto?» Digo: “De esto sé hablar. ¿Sé explicar las preguntas que probablemente me pueda hacer? Creo que sé explicar las preguntas que pueda hacer. Vamos a hacerlo». Eso es un filtro inicial. De ahí podrían pasar muchas cosas, porque de hecho, cuando acabamos la conversación me dijo cosas muy bonitas del guión y después me dijo: “Bueno, ahora que tu gente hable con la mía”, y se desvaneció en una nube de humo negro. Y ahí podría haber acabado todo, porque lo normal es que estas cosas no fructifiquen, igual que lo normal con una película es que no se haga. Y bueno no, no fue así. Siguieron avanzando las conversaciones. Y cuando empiezas a rodar, tampoco empiezas a rodar, empiezas con otras cosas, con pruebas de maquillaje, con pruebas de cámara, con pruebas de vestuario en las que se ponen cosas de manifiesto, en las que él te testea, tú le testeas, de forma inconsciente, no son exámenes que lleve uno preparados. También cuando conoces a alguien, todos nos olisqueamos, si quieres decirlo de una forma desagradable, y tratamos de entender quién tenemos enfrente. Pero se te tiene que olvidar el apellido a la hora de trabajar, entre otras cosas porque un set es un sitio bastante infernal y un rodaje es un lugar bastante poco placentero. Crear en un set de rodaje se parece mucho a pintar un cuadro en un incendio. Estás tratando de hacer algo en las peores condiciones posibles. Porque estás luchando contra todo, contra el presupuesto, contra los 40 minutos de luz que te quedan antes de irte de una localización a la que no volverás jamás, empieza a llover, sale el sol, se clarea, no hay forma de dar continuidad a la luz. Y en ese sentido tienes que confiar también en que saben ver, porque son muy buenos, estamos hablando de los mejores de los mejores y ellos también saben ver si tú tienes la “antena de la verdad” vamos a llamarla así.

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Rodrigo Cortés. Tiene que mostrar que le da una pena infinita algo, que si no sale bien hace que todo el mundo ponga cara de cosica, como diciendo: “¿Por qué está haciendo como que llora si todos entendemos que no es real?” Y cuando confía en ti, entonces es cuando empiezan a pasar cosas, porque si no se protegen. Si ellos están dispuestos a probar algo pero no se sienten protegidos, no lo van a probar porque podría salir mal y tú podrías montarlo. Y si ellos sienten que pueden tratar de ir muy lejos para ver si algo sucede y eso que han intentado no ha sucedido o ha sido excesivo, pero tú lo puedes montar, es un verdadero problema. Pero si ellos sienten que sabes lo que estás haciendo y que sabes discriminarlo, entonces se van a sentir protegidos. Y podrás decir: “Lo tenemos, pero ahora vamos a intentar esto”. Y podrás valer o no. Si no vale, nos movemos, significa que ya lo teníamos y entonces lo van a hacer. Y eso es lo que sucedía. No es una cosa que suceda en un solo día, sino que lleva un pequeño camino y cuando se produce es cuando por fin empiezas a rodar. ¿Y cómo le pides otra toma? Pues le pides otra toma. Dices: “Vamos a hacer otra”. Y a veces te lo piden ellos. Te dicen: “¿Me dejas hacer otra?” Y tú dices: “De ninguna manera”. Y dices: “Sí, vamos a hacer otra”.

54:37
Ángeles. Hola, Rodrigo, soy Ángeles. Admiro todo tu trabajo. Has hecho cine de todo tipo de presupuestos, cortometrajes, mediometrajes, largometrajes. Desde ‘15 días’ con el que te descubrí, que parece, estimo, que no tenías mucho presupuesto, hasta grandes producciones con la élite, como con Sigourney Weaver, con Mario Casas, con gente que son los mejores. Si te dotaran de un presupuesto ilimitado y de lo que tú consideraras, también, libertad total, ¿de qué personaje histórico te gustaría hacer un biopic?

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Rodrigo Cortés. Siempre me he sentido muy atraído por el poliedro ingobernable que es la figura de Jesucristo, precisamente, con sus múltiples dimensiones, la histórica y la política y la espiritual, y una figura que en realidad cambia el mundo hasta el punto de que medimos el tiempo desde su existencia y anterior a su existencia. Y hay quien lo ha sabido manejar muy bien y quien no lo ha sabido manejar tan bien, y no lo sé, es difícil contar algo nuevo a partir de todo esto. Por ejemplo, me gusta mucho lo que hizo Mel Gibson con ‘La pasión de Cristo’, me parece que es una película casi testicular, es una película hecha contra todo, y tomando todas las decisiones equivocadas en principio, todas las que no dan garantías. Alguien que decide que va a usar el arameo y el latín en todo el mundo y que se va a subtitular en cada lengua y que cuando muestre la pasión y cuando muestre la tortura va a mostrar la tortura y te va a explicar que ese padecimiento en ese viacrucis no es una idea simbólica que se despacha de forma pictórica con alguien semiafligido y parcialmente sangrante, sino alguien sometido voluntariamente a tortura con un determinado fin. Me gusta mucho cómo trata la figura de la madre, como alguien que está en el secreto, por decirlo de alguna manera, y que asume también voluntariamente que su hijo va a pasar por esa tortura innombrable, en la que te va a dejar ver los latigazos de uno en uno. En fin, creo que consiguió, probablemente por su creencia profunda, en el caso de Mel Gibson, consiguió transmitir algo especial. Y sin embargo creo que no le salió también a Scorsese, precisamente, cuando hizo ‘La última tentación de Cristo’, que es una película que también es muy desafiante y que parte de la novela de Kazantzakis que es polémica por definición, pero que permite explorar precisamente la humanidad, el lado puramente humano de la figura. Y tal vez precisamente porque no dispuso del presupuesto que hubiera querido, tenía que rodar en determinadas condiciones, después de haber cancelado la película varias veces y verse incapaz de producirla, por fin la tiene que hacer con recursos prácticamente televisivos y es una película que he visto con cierta frecuencia y pensando: “Esta vez me va a gustar más”. Y siempre me parece que se queda a medio camino de cosas. Así que es complicado tratar esta figura que genera, además, controversia desde el primer instante y que genera miradas muy diversas, favorables, contrarias… Los biopics son muy difíciles porque las vidas no son dramáticas y son muy largas, 80 años de vida, desde luego no es el caso de Jesucristo, pero 80 años de vida no se pueden contar fácilmente en una película salvo con pinceladitas que ordenen la vida como en un telefilm de la BBC y que resulten más o menos apañados pero muy poco vibrantes. Y por eso generalmente se eligen momentos, momentos que son significativos. Cuando Dylan se pasó del acústico al eléctrico, ese momento que lo cambió todo. O en el caso de Howard Hughes, el aviador, sí, bueno, hay un poquito de infancia, pero este momento, el momento en que empieza a enfrentarse a la propia disolución de su cerebro mientras está trabajando con este avión en concreto que nos permite mostrar a través de esto concreto, todo lo general.

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Rodrigo Cortés. Y en el caso de Jesucristo, pues no sé, bueno, sí, claro, ¿cuál va a ser el momento? No vas a contar la historia de Jesucristo entre los 12 y los 14 años. Podrías hacerlo, y tal vez sea una historia interesantísima, inventada toda por otro lado, porque si eliges precisamente ese periodo… Pero en fin, tal vez fuera esa la figura. Ha sido un gran placer estar con todos vosotros y espero que ahora al menos quede claro que mi defensa de la inutilidad es real y que no es exactamente superficial, sino que nace del respeto al lector y del respeto al espectador. Tengo la impresión de que si tu meta es dar una lección y consideras que tus personajes son simples medios para poder dársela, eso solo lo puedes hacer desde la condescendencia ante quien tienes al otro lado que consideras que debe ser educado, de alguna manera, y la presunción, además, de considerar que tú eres la persona adecuada para subirte a ese taburete y mejorar las cosas. Todo lo que hagamos es esencialmente fungible. Así que supongo que mi mensaje positivo de hoy es que todos vamos a morir.