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Aprende a contar historias con un maestro

Emilio Aragón

Aprende a contar historias con un maestro

Emilio Aragón

Artista


Creando oportunidades

Emilio Aragón

Emilio Aragón es artista, músico, compositor, guionista, productor, director y escritor. En esta conversación se define, por encima de todo, como un contador de historias: alguien que ha encontrado en la música, la televisión, el cine, la literatura y el humor distintas formas de mirar el mundo y compartirlo con los demás.
Hijo de Miliki y parte de una saga familiar vinculada al espectáculo, recuerda una infancia marcada por la música, los viajes, los platós de televisión y la escucha. De esa herencia nacen muchas de sus reflexiones sobre el oficio, la alegría, la familia y la importancia de integrar el legado sin renunciar a una voz propia.
En su etapa actual, la literatura infantil y juvenil ocupa un lugar central gracias a Telmo Lobo, una saga que nació de las historias que contaba a sus nietos durante la cena. Desde esa experiencia, Emilio Aragón reivindica la creatividad como una forma de escucha, la libertad como condición para crear y las historias como espejos y ventanas que nos ayudan a vivir.


Transcripción

00:00
Emilio Aragón. Somos el único animal que necesita contar historias y, sobre todo, necesita que se las cuenten. Porque desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, no paramos de hacerlo. Una conversación en el desayuno, una canción en la radio que escuchamos, un artículo de periódico, un mensaje de voz, una serie por la noche. Contamos historias para conectar con los demás. Para conectar con los otros que escuchamos, de alguna manera, para entender el mundo. Y en el fondo hacemos estas dos cosas para conocernos, para aprender quiénes somos. Mi nombre es Emilio Aragón. Actualmente escribo literatura infantil y juvenil, lo cual significa que mis críticos más feroces me llaman abuelo. Y tienen razón en las dos cosas: en ser críticos y en que soy abuelo. Tengo cinco nietos maravillosos. Pero antes de escribir libros para niños y jóvenes, fui y sigo siendo otras cosas. Soy músico, soy compositor, soy guionista. Pero si me tuviera que definir con mayor honestidad, con una expresión que lo englobase todo, diría que soy un contador de historias. Lo cual, si lo pensamos bien, no me hace especial en absoluto. Porque en realidad todos lo somos. ‘Telmo Lobo’ son las novelas que estoy, actualmente, escribiendo. Es una saga. Telmo Lobo’ empezó en una cena, como casi todas las cosas importantes en la vida que ocurren y arrancan en torno a una mesa. Yo llevaba años contándoles historias a mis nietos mientras cenábamos, historias inventadas, sin principio ni final, sin ningún tipo de moraleja preparada, solo para que alguien, el que fuera, se terminara los espaguetis y la sopa. No lo sabía entonces, pero estaba haciendo lo mismo que llevaba haciendo toda mi vida. Componer canciones, escribir guiones, contar historias en una mesa para niños es exactamente el mismo oficio. Lo único que cambia es el formato. Un día, mi nieta, la segunda, que tiene una capacidad para ir al grano que ya quisiéramos muchos adultos, me miró y me dijo: “Bebo, -me llaman así mis nietos, Bebo- ¿por qué no escribes un libro?” Así, sin anestesia, directamente, como si fuera lo más natural del mundo, como si la solución hubiera estado ahí siempre y yo simplemente no me hubiera dado cuenta. Y lo más curioso es que tenía razón. Así que me puse a escribir y cometí con ella un error que, si alguno de los que está aquí piensa escribir en algún momento, pues le advierto que no cometáis el error que yo cometí, que fue que usé su nombre para uno de los personajes. Y lo que me pareció un gesto bonito y un regalo, casi se convirtió, en pocos días, en una negociación a alto nivel familiar.

03:28
Emilio Aragón. Porque en las familias la justicia poética no existe, solo existe la justicia. “¿Y por qué ella tiene nombre y yo no?” “Y por qué…” Al final tuve que cambiar todos los nombres, absolutamente todos. Pero en ese momento, aprendí algo fundamental sobre la literatura infantil, antes de haber publicado nada. Que los lectores más exigentes que vas a encontrar en tu vida tienen menos de 12 años y algunos pertenecen, además, a tu propia familia. Y a lo largo de toda mi carrera me he enfrentado muchas veces a ese momento mágico del papel en blanco. A mí, sentarme delante del papel en blanco y pensar qué es lo que voy a hacer, sea un guión, sea un libro, sea una obra de teatro, sea una partitura en blanco, me apasiona. Las primeras veces, con mis nietos yo sentía que era yo quien estaba contando la historia, que era yo quien inventaba, que era yo el que decidía, el que creaba. Pero con el tiempo y con los años, esa percepción se ha ido transformando. Y con ‘Telmo Lobo’ he aprendido, en un lugar profundo, que las historias no son de nadie. Nadie las inventa, no nos pertenecen, están ya ahí y nos llegan a través de los demás. Y en este caso, las aventuras de ‘Telmo Lobo’ me han llegado a través de mis nietos. Las historias, de alguna manera, no me las inventé yo, me las dieron ellos. Mi nombre es Emilio Aragón. Me siento un contador de historias. Historias que me llegan a través de los demás, historias que me explican el mundo, historias que me ayudan a saber quién soy, historias que, en definitiva, me hacen feliz. Y ahora me pongo a vuestra disposición para las preguntas que queráis.

05:39
Mónica. Soy Mónica y también escribo literatura infantil y juvenil.

05:43
Emilio Aragón. ¡Ay, qué bueno!

05:44
Mónica. Sí, entiendo perfectamente lo que has dicho, que son los críticos más feroces, porque así es. Y luego también te devuelven mucho. Pero mi pregunta no iba por ahí. Mi pregunta iba sobre esa importancia que ha tenido la música en tu vida, en tu infancia. Yo pienso en mi infancia y suenan las canciones de ‘Miliki’ y ‘Los payasos de la tele’.

06:02
Emilio Aragón. Claro.

06:03
Mónica. Incluso pienso en mi preadolescencia y suenan tus canciones. Y alguna vez a mis hijos les he cantado fragmentos de tus canciones. Entonces, yo veo aquí el piano y te veo sentado y no puedo evitar preguntarte a qué suena tu infancia.

06:20
Emilio Aragón. Pues fíjate, a mí también me emociona que mi hija y las amigas de mis hijas sigan cantando las canciones de mi padre. Claro, yo creo que la infancia de cualquiera de los que estamos aquí, al final, yo le doy importancia a las dos cosas: al continente y al contenido. Lo digo porque una casa, esa cosa que tenía Berman de darle a las casas, también a las paredes, importancia, yo, para mí, mi infancia es la cocina de mi casa, mis padres cocinando al alimón, la habitación de mis hermanas, entrar en la habitación de tus padres para charlar antes de que se durmieran o que te durmieras tú. Y entonces, de alguna manera, ese tándem que hacían mis padres, para mí, eso es la importancia de esa pareja, en ese sentido. Yo he tenido los mejores padres que he podido tener. Y ellos, había una canción que era su canción. Una canción cubana que, de alguna manera, si yo canto esa canción, eso me lleva a San Juan de Puerto Rico, a Chicago cuando era niño, a Buenos Aires, a aquellas ciudades en las que yo tuve que ir a colegios porque era el trabajo de mi padre, que iba de este canal de televisión a aquel otro canal de televisión. Y esa canción, cuando la escuchamos, tanto a mis tres hermanas como a mí, nos lleva a ese lugar que espero acordarme de todo. Dice algo así como: En el tronco de un árbol una niña grabó su nombre henchida de placer. Y el árbol, conmovido allá en su ceno, a la niña una flor dejó caer. Yo soy el árbol, conmovido y triste. Tú eres la niña que mi tronco hirió. Yo guardo siempre tu querido nombre. ¿Y tú qué has hecho de mi pobre flor? Yo guardo siempre tu querido nombre. ¿Y tú qué has hecho de mi pobre flor?

09:50
Charo. Hola, Emilio. Soy Charo.

09:52
Emilio Aragón. Hola, Charo.

09:54
Charo. Tu padre forma parte de los mejores recuerdos de muchos de nosotros. Pero, ¿cómo le explicarías a los más jóvenes quién fue el gran Miliki?

10:08
Emilio Aragón. Para un hijo, para mí, no es fácil explicar quién fue Miliki. Pero para las personas que no lo conocieron, como por ejemplo los pequeños que tenemos aquí, podría decirles que Miliki fue un artista que dedicó toda su vida a entretener con mucho respeto y con mucho amor a todos los niños y niñas de todos los países donde trabajó con sus hermanos, con Gabriel y Alfonso, con Gabi y con Fofó. Ellos salieron en el año 1945. Tenían dos ofertas de contrato, un contrato era para el Circo Santos y Artigas, en Cuba y otro era para un teatro en Bogotá, en Colombia. Y los tres hermanos, literalmente, dijeron: “Bueno, pues tenemos que decidir. ¿Qué hacemos?” Y lo echaron a cara o cruz. Dijeron: “Cara, La Habana, cruz, Colombia”. Y salió La Habana. Hay que ver cómo es la vida de caprichosa que ahí nacieron mis dos hermanas, nací yo, de ahí se casaron mis padres y ahí estuvimos hasta el año 60. Ellos lograron algo que se dice poco o se conoce poco. El primer país de Latinoamérica que tuvo televisión fue Cuba. El primero fue Estados Unidos y después fue Cuba. Y el primer programa infantil de habla hispana en todo el mundo fue el de mi padre y de mis tíos, en el año 1950. Ellos trasladaron lo que es todo el universo del circo a la televisión. Desde el año 50, ellos ya no dejaron de hacer televisión. Por eso a mí siempre me resultó muy raro, porque la gente decía: “Bueno, tú, como eres de circo…” Sí, el serrín corre por mis venas. Pero yo, en realidad, crecí en la televisión. Todos los profesionales que hacen televisión lo podrán entender perfectamente. El impacto que tenía, por ejemplo, el tipo de maquillaje que tuvieron que suavizar, porque quienes copio, las televisiones de aquella época, no soportaban esos colores y tuvieron que… Y por eso, todo ese maquillaje lo fueron suavizando hasta conseguir lo que conocéis, o lo que conocisteis, cuando llegamos aquí. Trabajaron con Buster Keaton, por ejemplo. Hicieron gira con Buster Keaton. Actuaron dos veces en el show de Ed Sullivan, en Estados Unidos, en Nueva York. Ed Sullivan fue el que llevó a los Beatles por primera vez, o a Elvis Presley.

13:14
Emilio Aragón. En fin, recorrieron desde Argentina hasta Canadá, actuando en muchísimos programas de televisión y con muchísimas figuras. Hasta el año 73 que vinieron aquí, que vinimos a España, para hacer el gran circo de televisión, que recordarás perfectamente. Pero si profundizo un poco más, podría decir que Miliki era un hombre de corazón noble, que entendió muy pronto que una de las mejores estrategias para atravesar las dificultades de la vida, era la alegría, la música y la felicidad compartida con el público. Y si aún profundizo un poco más, pues querría decir que Miliki es mi padre. Y lo digo en presente, porque las personas que amamos permanecen siempre en nosotros. Son atemporales. Es el mejor padre que puedo tener, eso te puedo decir.

14:15
Pilar. Hola, Emilio. Soy Pilar. Te quería preguntar: de toda tu carrera artística, ¿qué tres etapas destacarías y qué aprendizaje profundo traerías hoy de cada una de ellas?

14:30
Emilio Aragón. Yo he tenido la suerte de desayunar, comer y cenar escuchando historias. Para mí este verbo escuchar es muy importante en todos los sentidos. Yo creo que además a nuestra sociedad le hace falta escuchar un poquitito más. Pero yo tuve la suerte de escuchar muchas anécdotas por parte de mi padre, de tener un padre y una madre. Yo ante todo me considero músico. Y los dos han sido muy buenos músicos, cada uno a su manera. Por ejemplo, mi madre es cubana y yo me di cuenta de la importancia de la influencia de una madre, cuando mi madre cogió a mi hija, la mayor, en brazos y empezó a cantarle una nana. Yo creo que todos los que estamos aquí a lo mejor hemos cantado alguna vez: “Duérmete mi niño…” Y de repente, cuando escuché por primera vez a mi madre lo de: “Duérmete, chiquitita, duérmete, corazón, duérmete, pedacito de mi corazón”. Ese tumbaíto cubano, al final tú dices: “Claro, cómo uno no va a crecer, de alguna manera, integrando estos ritmos en tu manera de hablar, en tu manera de bailar, en tu manera de cantar”. La influencia de una madre es poderosa y es absoluta. Y luego, la posibilidad de poder fisgonear desde pequeño, detrás de la puerta y ver cómo mi padre, con sus hermanos, escribía las famosas aventuras que luego veíamos en televisión. Poder estar en un plató de televisión con ocho, nueve o diez años. Yo todavía me acuerdo de las cámaras en blanco y negro que tenías que cambiar los lentes a mano, o pedirle a un cámara que me prestara los cascos, o preguntarle a alguien de iluminación: “Oye, ¿por qué esa pala está así? ¿Por qué se dirige…?” Y aprendes un poco de iluminación y de fotografía. Toda esa época de formación, para mí, fue muy natural.

17:06
Emilio Aragón. Entonces, para mí era un juego de ir en el coche de Buenos Aires a Mar del Plata y mi padre ponerse a cantar y decir: “Tú haces la segunda voz y tú haces la tercera voz”. Se ponía a cantar y tú tenías que hacer la segunda y el otro hacia la tercera voz. Por ejemplo, hubo una época en la que yo no hablaba, tenía que hacer de mimo, porque mi padre me dijo: “Es bueno que hagas de mimo, practica toda la mímica. Porque no es lo mismo hacer mímica en un teatro para 1.500 personas, que hacer mímica para una cámara que tienes aquí cerca. Con lo cual aquí tienes que ser un poco más contenido, en teatro tienes que ser un poquito más exagerado”. Todas esas cosas. El conservatorio, toda la fase del conservatorio. Para mí la música ha sido el centro de mi vida. Luego ya viene un segundo acto en tu vida. Y ese segundo acto fue la etapa de volar en solitario. Yo tuve la suerte de poder vivir la televisión cuando era solamente un canal de televisión y medio, porque era la uno y la dos, que era por las tardes. Yo tuve la suerte de trabajar en esa época. Tuve la suerte de vivir el nacimiento de las autonómicas. De hacer, por ejemplo, el ‘Saque bola’, uno de los primeros programas que se hizo en Canal Sur. Luego vivir la etapa de las televisiones privadas: el ‘VIP noche’, el ‘VIP guay’, el ‘VIP tarde’, ‘El gran juego de la oca’, el nacimiento de las plataformas de televisión. Esa etapa fue una etapa de mucha exposición y de vértigo, incluso donde aprendí lo que significa sostener una mirada propia frente al público, y lo importante que es, también, una mirada frente a ti mismo y a tus decisiones. Luego viene la época de la ficción, ‘Médico de familia’, y sus audiencias, ‘Javier ya no vive solo’, ‘Casi perfectos’. Toda esa época de la ficción en la que nosotros, tanto yo delante de las cámaras como detrás en la producción, pudimos hacer muchísimas series como ‘Siete vidas’, ‘Periodistas’, ‘Aída’, ‘Águila Roja’. En fin, toda una etapa maravillosa y muy bonita. Y yo creo que de ahí podemos dar un salto a un tercer acto de la obra. Todavía para el epílogo me queda mucho. Ya el trabajo detrás de la cámara, que es mi primera película, ‘Pájaros de papel’, o ‘Una noche en el viejo México’, con Robert Duvall. ‘Pulsaciones’, una serie que escribí y dirigí para Antena 3, para televisión junto a Francisco Roncal y Carmen Ortiz. Libros de relatos como ‘El indiferente azul del cielo’. Composiciones para orquestas sinfónicas. Yo compuse un ballet que estrenó Tamara Rojo en el Teatro Arriaga de Bilbao. Cuentos sinfónicos, obras de cámara. Y, de alguna manera, sigo en este tercer acto en el que esta abuelidad, que estoy viviendo ahora, me ha permitido, de alguna manera, volver, otra vez, podríamos decir que a la casilla de salida, que es a trabajar de nuevo para el niño, para el niño o para el adolescente.

20:53
Emilio Aragón. Este ‘Telmo Lobo’, esta novela, me está brindando esta posibilidad que estoy disfrutando como un niño, nunca mejor dicho. Estoy disfrutando muchísimo esta tercera, ahora estoy escribiendo la cuarta, pero esta es la tercera. Y sobre todo disfruto mucho con lo que me devuelven los chicos en estas reuniones que tenemos, que prepara la editorial, escuchar sus inquietudes, escuchar qué es lo que les parece lo que yo les propongo en la novela. Estoy produciendo animación. Os invito a que veáis, en YouTube, ‘Miliki Family’, que son dibujos animados para preescolares, que los hay en distintos idiomas. Y todo lo que venga por delante.

21:43
Yara. Hola, Emilio. Mi nombre es Yara y tengo que reconocer que me he puesto muy nerviosa cuando te he visto, porque me trae recuerdos de la infancia. Y bueno, me ha puesto el vello de punta.

21:55
Emilio Aragón. Qué bonito es mirar atrás de vez en cuando, ¿verdad?

21:58
Yara. Sí, a mí me ha puesto muy nerviosa. Y bueno, lo tenía que compartir porque me has producido mucha ternura y me ha encantado conocerte.

22:07
Emilio Aragón. Igualmente.

22:08
Yara. Estar más cerca de ti.

22:09
Emilio Aragón. Igualmente.

22:10
Yara. Mi pregunta es: vienes de una familia muy importante, ¿en qué momento de tu vida dejas de ser heredero y te notas que eres un personaje con voz propia?

22:25
Emilio Aragón. Es que no sé si uno deja de ser heredero alguna vez, y no sé siquiera si hay que dejar de serlo. Es imprescindible, para abrazar la vida, abrazar plenamente de dónde venimos. Dicho esto, creo que lo importante para poder tener voz propia es hacer ese viaje de integración plena. Pero eso va ocurriendo a lo largo de tu vida, como si fuese un continuo. Y en ese viaje, la relación con el legado va cambiando. Al principio, cuando eres joven, te quieres comer el mundo. Quieres demostrarle, o demostrarte a ti mismo, que puedes con todo. Y luego ya vas entendiendo que no hace falta romper con nada, sino que lo que hay que hacer es integrar y, sobre todo, agradecer. Y es ahí cuando ya empiezas, supongo, a ser tú mismo. Honestamente, yo estoy muy agradecido a mis antepasados. Y yo creo en todo esto de la epigenética. Claro, yo soy la séptima generación. El primero que empezó en mi familia fue un artista de la calle apellidado Foureaux, que es uno de mis apellidos, que luego se movieron a Estocolmo, cuando Bernardaud y su corte francesa. Y luego allí hubo dos Jacques Foureaux, que uno de ellos tuvo a una hija, Virginia Foureaux, que era ‘écuyère’, que eran las que bailaban de puntas encima de los caballos percherones que daban vueltas. Y esa es mi bisabuela. Antes hablábamos de maquillaje sobre una compañera de maquillaje que me hablaba sobre su familia, que era de Albania y que eran también griegos. Y claro, en mi familia íbamos naciendo allí por donde íbamos viajando. Pues uno nacía en Génova, el otro nacía en París, el otro nacía en Estocolmo. Pues seguro que hay algo, en ese sentido, que corre por mis venas que yo quiero pensar que es bonito y positivo y de lo que yo me he nutrido.

25:24
Olga. Hola, Emilio. ¿Qué tal?

25:26
Emilio Aragón. Muy bien.

25:26
Olga. Soy Olga.

25:27
Emilio Aragón. Encantado, Olga.

25:27
Olga. Al verte no puedo evitar acordarme de tantas risas que nos hemos echado los míos, millones de personas. Y mi pregunta es: ¿qué te aporta? ¿Qué piensas sobre el humor en tu vida?

25:43
Emilio Aragón. Yo he tenido la suerte de tener dos puntos de vista sobre el humor, vitales, distintos. Uno, el de mi padre. Mi padre era una persona muy reflexiva y el humor que yo pude estudiar a través de él era el oficio: las pausas, el movimiento corporal, cuándo rematar una frase, cómo esperar cuando te sirven la frase y tú decirla para que funcione mejor o peor. El desarrollo, la construcción, hasta de un chiste. O sea, toda esa parte yo tuve la suerte de aprenderla de mi padre. Yo recuerdo momentos en los que a lo mejor estábamos en el camerino, habían terminado una actuación, yo le había acompañado, yo le acompañaba muchísimo a las funciones, y me decía: “¿Te fijaste cuando dije tal cosa cómo reaccionó el público? En la siguiente función, mira, lo voy a decir de otra manera y verás que no va a funcionar”. Y lo hacía y no funcionaba. Y luego a lo mejor en la siguiente función te decía: “Verás ahora como yo no voy a decir nada, cuando tu tío me sirva la frase, yo no voy a decir nada. El público no lo va a entender, sin embargo, el público se va a reír porque el público tiene que reírse ahí”. En casa decíamos que la vida y la comedia y la música son como un vals, un dos tres, un dos tres. Todo tiene música. Entonces, esa parte profesional yo la aprendí de mi padre. Pero luego está mi madre. Y mi madre tiene una alegría natural que nosotros, mis hermanas y yo, estamos bendecidos por ella, en ese sentido. Es una manera de estar en la vida. A mí mi madre me recuerda un poco a esta película, que si no la habéis visto yo os la recomiendo, que se llama ‘Días perfectos’. Mi madre podría mirar un árbol y mañana lo vuelve a ver y dice: “Ay, ¡qué bonito!” Descubre una cosa bonita de ese árbol. Y al tercer día vuelve a mirar el mismo árbol y dice: “¿Te has fijado?” Y le encuentra algo bonito. Yo recuerdo que ella se sentaba a ver una función de mi padre y, a lo mejor, ese momento de comedia lo habría visto 1.500 veces. Y yo la miraba y veía que se reía, y yo decía: “¿Pero cómo es posible? Pero si ya se sabe el remate, ya se sabe el final, ya se sabe el chiste”.

28:46
Emilio Aragón. Y sin embargo, se reía. Y eso era porque descubría algo nuevo. En fin, era su actitud ante la vida. Y yo creo que eso es una de las mejores lecciones que he podido aprender de mi madre. Yo creo que es muy importante. ¿Qué puedo decir yo de mi madre? ¿Qué voy a decir yo de mi madre?, sino cosas bonitas. No sé si te ha servido como respuesta.

29:24
Paula. Hola, Emilio. Soy Paula.

29:26
Emilio Aragón. Hola Paula.

29:27
Paula. En tu presentación has dicho que te sientes un contador de historias y, bueno, a lo largo de tu carrera las has contado desde diferentes disciplinas artísticas. ¿Qué te impulsa a cambiar de formato y qué buscas de cada uno de ellos?

29:45
Emilio Aragón. A ver, contar bien una historia, evidentemente, es algo complejo. Y a veces lo consigues y a veces no. Esto es como cuando haces una paella, siempre te sale bien y de repente hay un día que dices: “No hay quien se la coma”. Bueno, al final uno no es infalible en eso, pero no importa en qué formato, no importa si es una canción de tres minutos, un guión de 90 páginas, una novela de 400 páginas o un cuento improvisado para que tus nietos se duerman. Si te importa lo que estás contando, si te apasiona de verdad, es exactamente igual de exigente. Cuando compones una canción, la pelea es encontrar los tres minutos que digan lo que una novela entera está intentando decir con 400 páginas. Cuando escribes un guion, la pelea es que todo lo importante ocurra a la vista, no en la cabeza del personaje, sino en lo que hace o en lo que dice. Cuando escribes una novela infantil la pelea todavía es más difícil. Es que un niño de siete años se quede enganchado a la página mientras le cuentas algo que, en el fondo, habla de las mismas cosas que hablan los libros para adultos. Hablamos del miedo, del amor, de la amistad, de la pérdida. El coraje de hacer lo que hay que hacer aunque tengas miedo. Y son los mismos temas. Cambian los instrumentos, pero no cambia el oficio. El oficio es el mismo. Hay una palabra que a mí me gusta mucho para describir lo que pasa cuando cuentas una historia bien, en el formato que sea. Y en el caso de lo infantil, no es la de simplificar, es destilar. Es quedarte con lo esencial, eliminar todo lo que sobra, encontrar la palabra justa. No es la más bonita ni la más sofisticada, sino la palabra justa. Pues eso requiere paciencia, requiere volver al texto, a la canción, una y otra vez hasta que suena bien en voz alta, hasta que un niño de siete años lo entiende sin que nadie se lo explique. Y creo que en la misma línea de que las historias nos eligen a nosotros, tampoco elegimos los formatos o los canales para contarlas. Solamente si estamos en actitud de escucha activa vemos cuál es el que mejor podría hacerlo en cada momento. Al escribir para los niños, el público para el que yo escribo es de 9 a 14 años, es, a veces, un poquito de funambulismo, porque uno querría escribir con un poquito más de elevado. Pero uno tiene que entender que uno, con nueve o catorce años, hay un lenguaje que es el que dominas, pero tampoco debes olvidar que cuando uno lee, al menos eso yo recuerdo cuando tenía esa edad, también era algo inquieto. Y hay que animar al lector, al joven lector, a que cosas que no entienda, que las tiene que buscar, que las tiene que intentar buscar fuera del libro.

33:19
Emilio Aragón. A mí una de las cosas que me apasionaba cuando era lector joven era que cuando terminaba un libro, había aprendido algo, me había podido asomar a alguna ventana y claro, el universo que te brindan las novelas es incomparable.

33:38
Juan. Hola, Emilio. Soy Juan. Yo también soy pianista.

33:41
Emilio Aragón. ¿Ah sí? ¿Tocamos a cuatro manos?

33:44
Juan. Si quieres lo podemos hacer. Entonces, mi pregunta era si nos puedes dar algún ejemplo de decir algo con la música que no puedas decir con las palabras.

34:02
Emilio Aragón. Ahora está muy de moda, bueno, no es que esté de moda ahora, pero la meditación, el mindfulness y respirar y tal, que yo lo hago, yo también lo intento. Pero durante estos últimos tiempos, y los que somos músicos yo creo que lo entendemos, he utilizado también la música terapéuticamente. Entonces, para mí, por ejemplo, hay un movimiento de un concierto de Ravel, el concierto en Sol Mayor, que cuando lo estudiaba, era una manera también de meditar. Y bueno, no está la orquesta, y no lo tengo en dedos, pero bueno, lo intentaré, en la medida de lo posible. A ver.

37:24
Emilio Aragón. Y ahí entra la orquesta. Este concierto, el concierto en Sol Mayor de Ravel, era uno de los que más le gustaba a mi padre. Claro, mi abuelo nació en Montauban, en Francia, y hablaba con la ‘R’. Y mi abuela se llamaba Rocío y le decía “Rocío”. Quizá por eso mi padre todo lo que era francés, Debussy, Ravel, Fauré, le encantaba. Y este concierto, y este movimiento en particular, él se ponía los cascos y levitaba. Pero yo creo que cualquiera de los que están aquí levita, porque, además, en su aparente sencillez es uno de los más complicados desde el punto de vista de sonido y de dinámica, porque es muy delicado. E incluso el propio compositor, el propio Mauricio Ravel, decía que había sido de los que más, que había sudado nota por nota, de los que más le había costado. Y siempre lo comentaba. Pero bueno, afortunadamente para nosotros, nos ha dejado una de las joyas más bonitas de la música del siglo XX, sin duda alguna. Y ahora estoy preparado para la siguiente.

38:58
Mujer 7. Hola, Emilio, ¿Qué tal? Bueno, como decía Chaplin, “me encanta caminar bajo la lluvia porque nadie puede ver mis lágrimas”. Entonces, me gustaría saber qué te da alegría y qué te la quita.

39:13
Emilio Aragón. Bueno, antes hablaba de mis padres. La suerte de haber heredado de mi madre esa, o eso pienso yo, esa alegría natural de mi madre y de mi padre, la habilidad para poder crearla si el entorno así lo favorece. Yo creo que, como la mayoría de las personas, me alegro de la felicidad de los otros, y la verdad es que me entristece el sufrimiento de los demás. Por supuesto que la alegría de los que quiero me hace inmensamente feliz, pero el reto y la invitación es que los límites de nuestro corazón se ensanchen más allá de nuestro círculo y que, como seres humanos, aspiremos al bien común y a la felicidad de los demás. Y con la tristeza pasa exactamente lo mismo. Más allá de lo que nos duele, yo creo que el reto está en la compasión. Si esta sociedad fuera un poquitito más compasiva con el otro, otro gallo cantaría. Esta mañana hablaba con un amigo sobre si otros tiempos habían sido mejores. Yo creo que aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, yo no estoy del todo seguro. Yo creo que los conflictos, en la historia del ser humano, a lo largo de los años, de alguna manera han sido los mismos. Evidentemente, ahora empiezan tiempos nuevos y tiempos muy interesantes con todo esto de la inteligencia artificial. Pero yo quiero ver el vaso medio lleno, más que el vaso medio vacío. Yo quiero pensar más en todo el bien que puede hacer la inteligencia artificial en la investigación, en la medicina y de todo lo que nos podemos beneficiar. Y además va a pasos agigantados. Y bueno, evidentemente son tiempos complejos, son tiempos complicados, hay demasiada información. Yo creo que tenemos que lidiar con eso, pero son tiempos en donde tenemos que aceptar al otro, tenemos que, como decía antes, escuchar más. Yo creo que Dios nos ha dado dos orejas y una boca por algo. Escuchemos más, hablemos menos.

42:10
Gabriel. Hola, Emilio. ¿Qué tal? Soy Gabriel.

42:12
Emilio Aragón. ¿Qué tal, Gabriel?

42:13
Gabriel. En tu vida has afrontado muchísimos proyectos. Y lo que quería saber era si era igual trabajar en proyectos con un público infantil que con un público adulto.

42:24
Emilio Aragón. Yo antes comentaba esta cosa de volver otra vez a la casilla de salida. Yo creo que cuando una historia está bien contada o bien destilada, como decía antes, cuando llegas a ese punto, descubres algo bonito, que la verdad es que funciona exactamente igual de bien para un niño que para un adulto. Los libros para niños están contados con la misma seriedad, al menos eso te lo digo yo, es mi experiencia personal, con la misma seriedad y la misma dedicación y el mismo respeto con el que se cuenta cualquier otra cosa que merezca la pena. El oyente es un niño, pero el narrador, en este caso, por lo menos yo, no me lo tomo a la ligera. Al contrario, precisamente porque es un niño uno no puede permitirse el lujo de fallar. Hay una idea que me parece de las más hermosas que he encontrado sobre para qué sirven las historias. Una historia es, a la vez, además, antes lo contaba sobre mis nietos. Una historia es, a la vez, un espejo y una ventana. Un espejo, cuando te ves reflejado en él, cuando el personaje siente lo que tú sientes o vive algo que tú reconoces, aunque no lo hayas vivido exactamente igual. Y una ventana, cuando te asomas a una vida que no es la tuya, a un mundo diferente, a una forma de pensar que nunca habías considerado. Las dos cosas son igualmente necesarias. Verte y asomarte. Reconocerte y reconocer. Yo cuando escribí el primer ‘Telmo Lobo’, sin haberlo planeado, mis nietos se convirtieron en las dos cosas a la vez, en el espejo donde se ven y en la ventana. Porque las aventuras nos llevan a lugares que no han visitado, a decisiones que todavía no han tenido que tomar, a preguntas que quizá aún no se han hecho. Un día, uno de mis nietos, el mayor, me dijo algo sobre una parte del libro que a mí me dejó sin palabras y me explicó lo que él había entendido, lo que aquella escena había significado para él. Y no era exactamente lo que yo había escrito, era algo más, algo que yo no había puesto conscientemente o que había puesto sin saber que lo estaba poniendo. Y entonces ahí fue cuando entendí algo que cambió mi forma de contar historias para siempre, en cualquier formato. Una historia no la cuenta solo el que la cuenta, también la cuenta el que la escucha o el que la lee. El resumen de mi contestación, de alguna manera, sería que siempre trabajo con la misma pasión, con la misma entrega y creo que con la misma honestidad. Pero que cuando los proyectos son para un público infantil donde, por ejemplo, en este caso mis nietos han sido el canal, yo estoy muy atento y abierto a su manera de entender el mundo, si cabe ahí en esos trabajos, una mayor entrega y una mayor responsabilidad.

45:49
Emilio Aragón. Sin duda.

45:51
Hombre 3. Hola, Emilio. ¿Qué tal? Nos has hablado de ‘Telmo Lobo’ y te quería preguntar cómo es el proceso de escribir un libro.

46:00
Emilio Aragón. Te puede decir que, al menos para mí, es apasionante. Las ideas, a la hora de enfrentarte al papel en blanco, las puedes encontrar en cualquier sitio, vienen de cualquier lugar: de un comentario que escuchas en el autobús, de un titular de un periódico, de una canción que suena en un bar, de algo que dice alguien en una cena y que los demás no han escuchado porque han estado mirando el móvil y que de repente tú, sin embargo, te has quedado con esa idea resonando allí en la cabeza varios días. Al final, un contador de historias vive, yo, al menos, vivo en un constante y perpetuo, en una búsqueda continua. Yo vivo 24/7 pensando, y estoy siempre atento, cualquiera de los siete días de la semana. Tengo la suerte de que mi mujer ya se ha acostumbrado a eso y ya no me dice nada. Al principio me decía: “Oye, ¿puedes parar un poquitito?” Porque, además, antes utilizaba cualquier cosa para apuntar las ideas. Ahora, lo bueno que tiene el móvil es que una nota de voz o lo apuntas. Pero antes yo era: la servilleta en un bar, la bolsa de vomitar en un avión… Cualquier cosa era buena para apuntar o hacer un pentagrama y hacer una melodía o apuntar alguna idea. Esto es una manera, de alguna manera, de estar en la vida. Es lo que decía Picasso. Picasso decía que la inspiración existía, pero que te tenía que pillar trabajando. Luego, también hay una idea que me parece muy bonita, la idea de que las ideas flotan en el aire y que no las inventamos, sino que las captamos. Que una idea busca un recipiente humano para que esté dispuesto a recibirla, alguien que tenga la antena dirigida y preparada y encendida en el momento justo. Yo eso lo suscribo completamente. Y además añadiría algo que, en mi experiencia, es fundamental, ese recipiente muchas veces, en mi caso, está en la ducha. No sé qué es lo que tiene la ducha, pero a mí me funciona. Yo no sé, supongo que cuando el cuerpo hace algo automático, ducharse o fregar o caminar, la cabeza se queda libre. No hay pantallas, no hay notificaciones, nadie que te haga una pregunta. Y en ese silencio, las ideas encuentran el hueco para entrar. Así que mi consejo más práctico para cualquier persona que quiera ser creativa, que cuente historias, en el formato que las cuente, yo les diría que se duchen despacio. Tú te duchas despacio y ahí las ideas te van a llegar solas. Que esa es otra cosa, que las ideas llegan sin instrucciones.

49:07
Emilio Aragón. Ahí es cuando empieza la parte un poquito más compleja. Yo, escribiendo, tengo un poco de las dos maneras de escribir, que en teoría no deberían convivir bien, pero a mí me funciona. Yo necesito un mínimo de estructura, una guía, algo donde poder agarrarme, saber dónde voy a empezar, más o menos, y que voy a seguir. Pero, por otro lado, y esto es lo que hace que contar historias sea tan sorprendente, que yo creo profundamente que son los personajes y es la trama la que te llevan, muchas veces, y no al revés. Tú propones, pero ellos disponen. Hemingway decía que el primer borrador era un desastre absoluto. O dicho de otra manera, el primer borrador no es el destino, es el punto de partida. A mí me ha pasado muchas veces de terminar de escribir un capítulo, levantar la cabeza de la pantalla y decir: “Pero, ¿y cómo he llegado aquí? ¿Cómo he llegado hasta aquí? No era lo que yo había planeado, no estaba en el esqueleto y, sin embargo, no estaba mal. Estaba bastante bien”. Esa es otra cosa. Muchas veces que echas la vista atrás, lees y dices: “Qué horror es esto que he escrito”. Pero eso forma parte, también, del proceso. Recuerdo una vez que leí que Andrew Stanton, el director de uno de los ‘Toy Story’, que es un maravilloso contador de historias, decía que contar era saber que tienes el final, pero que tienes que llegar hasta él descubriendo el camino. Que el descubrimiento no es un error del proceso, es el proceso en sí mismo. Y yo creo que tiene razón y con una matización, que a veces ni siquiera sabes que tienes el final, pero aún así llegas a él. Porque la creatividad no es solamente generar ideas, es aprender a ver lo que ya, más o menos, tienes ahí. Lo más misterioso que a mí me ha pasado contando historias, y lo que me cuesta explicar cuando alguien me lo pregunta es, por ejemplo, lo que sucede con los personajes secundarios. Aparecen para hacer una cosita pequeña, llegan para entregar un sobre o abren una puerta, o dicen algo y, de repente, no sabes cómo están en la siguiente página y luego en la otra página. Y al final, de repente, se han quedado ahí y han llegado, se lo han ganado ellos mismos. Y de repente tienen su voz propia, una forma de moverse dentro de la historia, una presencia que tú ni siquiera habías buscado, pero que ellos la han conseguido. Los buenos personajes secundarios no te los asignas, ellos se lo ganan.

52:14
Emilio Aragón. Y cuando eso pasa, cuando un personaje sorprende dentro de tu propia historia, entiendes que contar no es solo lo que tú pones, es también lo que surge, lo que aparece sin que lo llames. Lo que estaba ahí esperando a que le hicieras sitio. Antes decía que una historia no la cuenta solo el que la cuenta, también la cuenta el que la escucha. Yo añadiría algo más. A veces también la cuentan los propios personajes. El contador de historias, en el mejor de los casos, es el primero en ser sorprendido por su propia historia. Porque, como decíamos anteriormente, contar no es controlar, contar es escuchar, también. Una vez un profesor mío de composición, John Hayes, en Estados Unidos, me dijo que Beethoven hubiese sido un compositor mediocre si no hubiese reescrito todo lo que reescribió. Claro, tú de repente dices: “Beethoven, ¿mediocre?” La frase te choca al principio. Luego entendí lo que quería decir. El genio no estaba en la primera versión, estaba la voluntad de volver, de escuchar lo que había compuesto y tener el valor de decir: “Esto puede ser mejor”, de no conformarse con lo que ya sonaba bien, porque ya sabía que en algún lugar eso podía sonar distinto. Entonces, reescribir no es corregir errores, reescribir es seguir escuchando, de alguna manera. Yo tuve la suerte de conocer y de trabajar con José Saramago. Compuse un cuento sinfónico, ‘La flor más grande del mundo’, basado en un cuento suyo infantil, y también una cantata, ‘Largo suspiro de vida’, para coro y orquesta, sobre textos de José. José decía algo que va exactamente en la dirección contraria y que, curiosamente, dice lo mismo. Él decía que él no escribía, que él era escrito. Que la historia, de alguna manera, lo atravesaba. Que él era el canal, no el origen. Que su trabajo no era inventar sino estar lo suficientemente quieto, lo suficientemente atento, para que las palabras encontraran el camino. Beethoven, que no para de reescribir. Saramago, que se deja escribir. Son dos formas de decir lo mismo. Contar es escuchar y seguir escuchando y volver a escuchar. Y aquella noche, en la cena con mis nietos, yo no estaba escribiendo y no estaba componiendo, no estaba guionizado, no tenía ningún plan, solo estaba intentando que alguien se terminara los espaguetis y la sopa. Pero estaba haciendo lo único que sé hacer, más o menos bien, que estaba contando una historia y estaba escuchando. Escuchaba a mi nieta, la pequeña, que con tres años ya tiene una forma de mirar el mundo que no tiene nombre todavía. Escuchaba a la segunda que, con siete años, me mandó los deberes más importantes de mi vida. “Bebo, ¿por qué no escribes un libro?” Escuchaba al mayor que un día me explicó lo que había entendido de una escena y era más de lo que yo había puesto. Y escuchaba al tercero, que a veces dice cosas que no sabe muy bien de dónde vienen pero que se te quedan. Estaba escuchando sin saber que estaba escuchando, recibiendo, sin saber que estaba recibiendo, contando, sin saberlo, las historias que estaba contando. Escuchando y volver a escuchar, escribiendo y volver a escuchar, más o menos.

56:04
María. Hola, Emilio. Soy María.

56:05
Emilio Aragón. Hola María.

56:06
María. Yo quería preguntarte: tú eres una persona que ha explorado muchas cosas, escribir, dirigir, actuar, crear música. ¿Hay alguna edad para dejarlo y no intentarlo?

56:28
Emilio Aragón. La verdad es que yo eso no lo voy a poder dejar nunca en mi vida. Por ejemplo, lo sorprendente es también que a mí me preguntan muchas veces: “Oye, ¿hay alguna edad para empezar a estudiar un instrumento o escribir o ser actriz?” Yo creo que no existe edad. Yo he empezado a escribir literatura infantil, yo tengo 67, pues empecé con 64 o 63. Dios me libre de comparar lo que voy a decir, pero yo juraría que José Saramago empezó a escribir novelas con 50 y muchos, creo. Nunca es tarde. Sí, evidentemente, un instrumento, quizá, a lo mejor por aquello de la técnica, requiere que empieces desde joven. Pero crear yo creo que no tiene edad, no hay edad para eso. Y además, siguiendo con la idea de que me siento un contador de historias y que esas historias me ayudan a entender el mundo, a compartirme de alguna manera con los demás, yo no siento que pueda poner una fecha de caducidad a lo que siento como una manera de vivir. La vida ya se encargará de poner los límites, pero no mi deseo. Además esto me lo permite. Sí que hay cosas que el instrumento, hay algunas obras que ya no puedes abordar porque ya no tienes dedos, no puedes cantar porque ya las cuerdas a lo mejor no te lo permiten. Pero sí que lo puedes hacer. Y escribir excuso decirte. Yo cada día, como decía antes, estamos lanzando ‘Telmo Lobo’ tres, pero estoy escribiendo ya el cuatro. Y es una adicción como ninguna otra. Yo me despierto y me despierto pensando en lo que dejé anoche. Y me bebo el café lo más rápido que puedo para sentarme delante del ordenador otra vez a continuar escribiendo. Y sobre todo, mira, voy a contar una anécdota al hilo de lo que hablábamos antes, de lo de reescribir. Habíamos terminado los ensayos con la Sinfónica de Tenerife, el ensayo de ‘La flor más grande del mundo’, este cuento sinfónico que compuse, y habíamos terminado de ensayar y cruzamos a comprar unos libros con José y con Pilar, su mujer, porque se los habían pedido algunos miembros de la orquesta y José los iba a firmar. Y estábamos pagando en la tienda y José tenía uno de sus libros en la mano y estaba leyendo. Y cuando terminamos de pagar, Pilar lo llamaba: “José, José”, y él seguía. Entonces digo: “Qué haces?” Dice: “No, estaba leyendo este pasaje y no está mal”. No se acordaba de lo que había escrito y, de repente: “Oye, pues no está mal”. Se criticaba a sí mismo. Seguramente, a lo mejor, hubiese abierto otra parte del libro y hubiese dicho: “Eso lo escribiría mejor”.

01:00:14
Emilio Aragón. Pero es apasionante esto de lo de escribir.

01:00:19
Lara. Hola, Emilio. Soy Lara.

01:00:20
Emilio Aragón. ¿Qué tal, Lara?

01:00:21
Lara. Si pudieses hablar con tu yo joven, ese que empieza su carrera artística, ¿qué le dirías y qué no le dirías para interferir en su camino?

01:00:30
Emilio Aragón. Para mí hay algo que es muy importante a la hora de crear y yo creo que es la libertad. Yo le diría a mi yo joven que apostara, sin duda, por la libertad, aunque, en ocasiones, sea muy tentador de dejarse querer por otras razones, quizá más poderosas. Porque desde la libertad es desde donde uno puede acometer el camino. Sin libertad es imposible crear. Yo, además, he tenido la suerte, a lo largo de mi carrera, que entiendo que no todo el mundo la ha tenido, de poder hacer, en un 90%, casi todo lo que yo he querido, y equivocarme. Tener, sobre todo, la libertad de poder equivocarte. Porque la libertad es la mirada más generosa y menos prejuiciosa para ver a los demás, al otro y a sus circunstancias. Y porque además, desde la libertad, es desde donde podemos recibir y entregar amor genuino. En fin, yo, cuando me preguntan: “¿Volverías a tal edad?” Yo volvería a todas las edades, volvería a los siete, a los diez, a los 12 años, a los 14, a los 16, a los 18. Disfruté mucho. Lo pasé muy bien. Hay cosas que no me han funcionado. La gente es curioso porque se queda con el éxito, pero de fracasos también hay muchos a lo largo del camino. Y aunque suene a frase manida, pues también se aprende, efectivamente, de los fracasos. Pero yo le diría, a mi yo joven, sobre todo, sé libre y sigue a tu corazón, haz lo que el corazón te pide y disfrútalo. Porque bueno, además uno nunca sabe por dónde te va a llevar la vida. Si hablamos del arte en general, yo he sido muy curioso. Hay gente que, a lo mejor, me ha criticado en algún momento y decía: “Haces demasiadas cosas”. Bueno, pero yo me lo pasaba muy bien. Y sobre todo la curiosidad de poder asomarte detrás de la cortina y decir, porque yo pensaba: “Me gustaría poder responderle a mis nietos, cuando sea más abuelo de lo que soy, si me preguntan: ‘Bebo, ¿tú has hecho radio?’, y poder decirles: ‘Pues sí, poco, pero hice’. ‘¿Hiciste cabaret?’ ‘Sí, hice poco, pero hice’. ‘¿Hiciste teatro?’ ‘Sí, hice teatro’. ‘¿Cine?’” Y poder responder. Y esa curiosidad me ha llevado, a lo largo de mi vida, sobre todo, yo le diría, y ya con eso cierro la pregunta, yo le diría, a mi yo joven: “Bórrate el ‘no’ de la frente, y escríbete un ‘¿por qué no?’” La vida, el ‘por qué no’, nadie te tiene que decir que puedas o no puedas hacer algo. ¿Por qué no? “Oye, quiero hacer tal cosa”. “Bueno, ¿por qué no?” “Ahora tengo 67 años. Quiero aprender a cantar.

01:04:16
Emilio Aragón. Tengo voz de barítono. Quiero dar clases”. Y a lo mejor la gente te dice: ¿Con 67 años vas a dar clases ahora con una profesora o un profesor?” ¿Por qué no? ¿Y por qué no? Eso es. Ahora ya, para cerrar el círculo, si os parece, esa canción yo creo que sí. A mí me encanta navegar, me encanta el mar. Y esta canción yo creo que, más o menos, todos la conocemos y dice: “Un barquito de cáscara de nuez, adornado con velas de papel, se hizo hoy a la mar para lejos llevar gotitas doradas de miel. Un mosquito sin miedo va en él, muy seguro de ser buen timonel. Y subiendo y bajando las olas, el barquito ya se fue. Navegar sin temor en el mar es lo mejor. No hay razón de ponerse a temblar. Y si llega negra tempestad, reír, remar y cantar. Navegar sin temor en el mar es lo mejor. Y si el cielo está muy azul, el barquito va contento por los mares lejanos del sur.