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Rayo Guzman. Bueno, yo pienso que no solamente las mamás, sino cualquier ser humano, todos los días podemos herir a alguien con o sin intención. Me gusta pensar, soy idealista, de que lo hacemos sin querer. Quiero pensar que la mayoría de los seres humanos entramos al encuentro humano con una intención productiva, proactiva, amorosa, de construcción, no de destrucción. Pero somos humanos y nos ganan nuestros mandatos, lealtades, memorias que han construido un tipo determinado de reacción. Y creo que aquí entra una oportunidad muy valiosa para transitar por la literatura, o sea, por mi obra, porque mi obra no ha hecho otra cosa que mostrar cuando una mamá lastima. Y está, por ejemplo, un personaje que es el pasmado y llega la mamá hijo, ponte el suéter, no se te olvide. Y el hijo, mamá, tengo 35 años y aquí está mi novia a un lado. ¿Te puedes controlar? ¿Ustedes creen que esa mamá quería lastimarlo? Ella está en su universo amoroso, pensando que está haciendo algo muy lindo porque lo ama. Pero para el hijo es hey, estás invadiendo mi espacio, me estás quitando oxígeno. Estás siendo metiche, mamá. Y ahí está lastimando la mamá. Claro que va a haber escenarios todavía más tétricos en donde la madre quizás tenga un padecimiento mental, pase por una situación de depresión, de adicción o ya hablamos de situaciones, síndromes y cosas muy específicas que son atendidos por profesionales de la salud, etcétera, que vamos a ver que las madres llegan a agredir de unas maneras impensables a un hijo, pero esas son otras historias. Yo creo que el grueso en el que yo me he concentrado para escribir es precisamente en esas mamás que van por la vida, que vamos por la vida, ahí siempre me tengo que incluir, sin excepción, pensando que estamos haciendo lo correcto y que nos resbalamos. Aparece un mandato y ¡pum! Te resbalas. Yo les digo que los mandatos generacionales son como cascaritas de plátanos que nos resbalamos de repente, pero que si te pones viva te van a dar la oportunidad de identificar ese mandato para irlo eliminando de tu herencia emocional y decirle a tus hijos ni por error repitan esto porque ya descubrí que no funciona. Hay uno muy poderoso que es el mandato de, no existas y se puede manifestar en frases como deberías de ser como el hijo de mi comadre. Traducción: Pues mejor no existas tú, mejor que exista el hijo de mi comadre o deberías de ser, este todavía es peor, deberías de ser como tu hermano porque todavía tienes todavía el riesgo de sembrar un resentimiento o un rencor entre hermanos, cuando según tú, desde que te levantas estás luchando por la unión de tu familia y por sembrar la fraternidad y peace and love, y no es cierto. Aguas con esos mandatos, ahí estamos dañando. Ahí está una madre que sin querer, sin darse cuenta, está usando frases que no tienen nada de útil y que ¿saben por qué las dijo? Se analizó, fue a terapia, qué sé yo y descubrió que es porque se la decían, porque las escuchaba, porque la abuela, la tatarabuela, la que no sé qué y se fueron y ahí se quedaron como uñas enterradas, no. Hay que extirpar todo ese rollo y antes de pronunciar una cosa semejante, creo que es momento de usar una narrativa en lo familiar más amorosa, más luminosa, menos destructiva y más propia. A ver, yo aquí los quiero invitar. Aplaudan los que tienen o han tenido una mamá controladora que anda en todo. Una mamá metiche, esa que opina todo. Una mamá sobreprotectora. Una mamá besucona, que abraza y que besa. Una rígida y dura como una piedra. Hasta con ganas… ¡bravo! Ahí podemos checar que todos, sin excepción, vamos a tener una mamá que no quiso lastimar, sino que sus propias heridas la llevaron a actuar, decir, reaccionar y conducirse desde ese territorio. Los hijos también son nuestros maestros. A más de uno de nosotros nos ha tocado enseñarle a un padre hasta cuidarse, a quererse un poco más, a pensar en sí mismo, porque trae todas las, digamos, esas vocecillas añejas en su mente, en su corazón, que le dicen debes de, tienes que, debes de, tienes que, y no se desenchufan. A veces a nosotros los hijos nos toca desenchufarlos. Y si eres mamá como yo, acuérdate que ni somos la más sabia, ni la más santa, ni la más pura, ni la más fregona, ni la que no se equivoca, ni la que todo lo sabe, ni la que tiene que aparentar ante tus hijos una fortaleza y que no le duele nada y que resiste a lo que sea y que aguanta todo. Se vale que digas no sé, no puedo, tengo miedo, la regué, fracasé, perdóname, lo siento, te amo, y no pierdes autoridad ni pierde fuerza tu rol, al contrario, te conviertes en una madre más humana y lo que más se he aprendido a lo largo de todos estos años al escribir sobre los vínculos humanos, es que no hay cosa más hermosa que le pueda pasar a un individuo que su madre o su padre validen su dolor. Ejemplo cuando iba a escribir el libro llegué con mi mamá. Hola mami. Y le dije mamá, voy a escribir este libro y quiero platicar contigo y que me respondas lo siguiente, porque yo traigo esto en mi corazón y quiero saber porque hiciste esto, esto, esto y esto que me dolió. Y mi mamá me dijo ¿yo? Yo ni estaba ese día. ¿Qué no fue tu papá? Dije mi mamá no está lista para esta conversación. Vayámonos al escenario con mi hija. Le dije hija, voy a escribir este libro y necesito que nos vayamos a tomar un café, que nos sentemos a platicar. Quiero que me digas qué hago que te duele, que te lastima. Ah ¿sí? Sí. Ahí te va. Pum, pum, pum, pum, pum. Lloramos, nos reímos. Otra ronda, por favor. Doble expreso. Mamá fue bien bonito, hay que hacerlo más seguido. Y yo, ok. Siguiente acto. Mi mamá me dice Rayi, pero cuando me dice María del Rayo, algo pasa. Y entonces me habla y me dice María del Rayo, necesito hablar contigo. Y cuando llego me dice. ¿Te acuerdas lo que me dijiste hace unos meses cuando ibas a escribir el libro? Y yo sí, dije ahí viene algo. Y sí, llegó. Y me dijo mi mamá, tienes razón, hice todo eso y más tonteras porque era muy joven. Eras mi primera hija, tenía 23 años, no sabía qué hacer, estaba llena de miedo, pero sobre todo lo hice por ignorante, porque no sabía otra cosa qué hacer. Y me arrepiento. Si yo tuviera que resolver esas cosas contigo, con lo que he aprendido y con lo que hoy tengo, te hubiera tratado de otra manera, hubiera resuelto de diferentes modos. Perdóname, hija. Y lloramos y nos abrazamos. Y le dije mira, no necesitas pedirme perdón, yo te perdoné desde que lo hiciste. Lo único que necesitaba era esto que estás haciendo, que validaras mi sufrimiento de hija, que validaras y reconocieras mi dolor que me dolió y que me abrazaras con todas tus fuerzas. Y ojo, para eso no hay edad. Cualquier día es el indicado para hacerlo. Ese día la figura de mi madre se hizo inmensa y su corazón el refugio más grande.