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Cómo me reconcilié con mi padre

Rayo Guzmán

Cómo me reconcilié con mi padre

Rayo Guzmán

Escritora


Creando oportunidades

Rayo Guzmán

La escritora mexicana Rayo Guzmán ha dedicado su carrera a explorar los vínculos humanos, especialmente las complejidades de la relación entre padres e hijos. Es autora de libros como “Cuando mamá lastima”, donde aborda el peso de la herencia emocional y los mandatos generacionales que influyen en la crianza y la vida adulta. Su obra se caracteriza por recopilar historias reales y convertirlas en narrativas que invitan a la reflexión y al autoconocimiento.

A través de la literatura, Rayo ha impactado a lectores y audiencias de distintas generaciones, promoviendo el diálogo honesto y la validación del dolor como caminos hacia la reconciliación y el perdón. Su enfoque humanista y su capacidad para conectar con las emociones colectivas la han posicionado como una voz relevante en temas de familia, vínculos y salud emocional.


Transcripción

00:00
Rayo Guzman. Cuántos padres hay que hubiesen dado la vida por que sus hijos no vivieran cosas que ellos vivieron pero les tocó vivirlos y que por sobreprotegerlos los lastimaron sin querer. O sea, la sobreprotección incluso puede ser una forma en que una madre lastime. Cuando yo estaba joven y estaba en grandes crisis, iba y le decía a mi terapeuta que mi padre era lo peor, que no lo soportaba, que era violento, agresivo. Pa, pa, pa, pa, macho. Ta ta ta ta ta. Y un día yo llegué y le dije ya estoy aquí, vamos a platicar. Y él me dijo pues vamos a platicar de tu papá como siempre, ¿no? Porque ya ves que es un hijo de tu tal por cual. A ver, cómo le dices así a mi papá. Pues es que eso dices. Sí, pero yo, tú no. Me dijo te voy a hacer unas preguntas y agarró su libretita, en mis tiempos no había nada de tabletas ni nada y empezó con su lapicito y me puso ahí a ver, ¿cómo era el piso de la casa de tu papá cuando tu papá tenía tres años? Y yo ah no, pues el piso dice mi abuela que era rojo, pues de tierra roja, que lo tenían que regar muchas veces al día con agua para que no se levantara y todos terminar como polvorones, allá en el pueblo, Huandacareo, Michoacán. ¿Cómo era el piso de tu casa cuando tenías tres años? Ah, pues era así, de un tipo de material blanco con negro, unos mosaicos grandes, iban derecho a un patio trasero en donde había un árbol y yo me acuerdo que colgaba una llanta con un mecate para columpiar. ¿A qué edad comenzó a trabajar tu papá? No, pues desde los tres años lo mandaban en los camiones a Morelia, a la central camionera a que vendiera chicles. Era el primer varón de una gran raza de hijos y entonces pues mis abuelos eran muy rígidos, muy duros y pues desde chiquillo, cinco o seis años, andaba mi papá vendiendo y todo. ¿Y tú a qué edad tuviste tu primer empleo? Ay no, yo estudio, yo voy a la universidad. Y así se fue, una tras otra, no les cuento más, pero en esa corriente iban. Cuando terminamos me dijo fíjate nada más, a pesar de que tu papá fue ignorante, de que ha sido violento porque ha repetido lo que hicieron con él, de que no ha entendido muchas cosas porque tuvo una situación muy precaria en su infancia, a pesar de que fue un niño incomprendido y lastimado… A pesar de todo eso te dio una mejor vida que la que él tuvo. Y yo llegué esa tarde y al gran ogro, tan duro, tan severo, tan injusto, lo agarré a besos y lo abracé fuerte y me decía ay, déjame, ¿qué quieres? ¿Cuánto ocupas? Porque no estaba acostumbrado a recibir amor, no sabía qué era eso. Y ahora pues no me lo puedo quitar de encima, cada ves que me ve me dice que me ama, aprendió a hacerlo. Y cuando lo volteó a ver me gusta pensar que es un niño y que ese niño nunca quiso hacerme daño. Con esta historia breve de mi vida, de mi persona, quiero decirles que amar a tu padre y a tu madre no es un proceso sencillo, es un clavado al rencor, al resentimiento, a los pantanos de la injusticia y de la incomprensión. Pero también meterte en el asunto del perdón, del vínculo, de la reconstrucción y del amor, vale la pena.

04:24
Natalia. Hola Rayo, siempre un gusto. Mi nombre es Natalia y me gustaría indagar un poquito en los padres, ya que pues precisamente son las personas que más nos aman, pero también ¿cómo pueden llegar a convertirse en las personas que nos pueden llegar a lastimar?

04:39
Rayo Guzman. Descubrí que lo que más nos hace dañarnos es el peso de una herencia emocional que recibimos, esa herencia invisible, esos mandatos generacionales que se repiten y se repiten de generación en generación. Instructivos o instrucciones sin sentido, sin fundamentos en muchas ocasiones que se convierten en costumbres, incluso en valores, y que por lo general vienen de juicios y de prejuicios, pero que los heredamos como si estuviéramos heredando una corona con diamantes. Eso hacía mi abuela, eso hacía mi madre. Y a veces cuando analizas y revisas eso dices ¿y cómo se atrevía la vieja a hacer eso? ¿Por qué? Porque nos damos cuenta que en muchas ocasiones, en el nombre del amor es cuando nos herimos, queriendo protegernos o conservando en nuestra herencia emocional frases tan trilladas y escuchadas como la fabulosa: es por tu bien. Y es precisamente esos mandatos generacionales, el territorio en donde yo me muevo y los exploro. Ejemplo, va la señora con sus dos hijos, una niña y un niño caminando por la calle y se encuentra una comadrita, de esas que todas tenemos la comadrita. ¿Cómo ha estado Lupita? Hacía mucho que no la veía. ¡Qué milagro! Miren, hacía mucho que no la veía con sus críos. Ay, sí, mire nada más, aquí viene mi Lupita, que se llama como yo y mi Pepe. Ay, no, mi Lupita. Virtudes, puros dieces en la escuela. Calificaciones no sabes qué maravilla de niña. Salió a mí, a mi familia, estudiosa. Ni un reporte en la escuela, no sabes, ay, no, no, es un regalo del cielo. Ay, pero ya vio a mi Pepe, comadre. ¡Ay, no! No sé qué hacer con él, es mi cruz. Todo el día con el videojuego, todo el día ahí echadote, sin moverse. En la escuela ya nomás viera, cada verguenza que paso con él. ¡Ay, no! Salió a mi suegra. Y el niño y la niña ahí escuchando. Si esa no es forma de tronar la autoestima de un ser humano, entonces cuál será. Y la mamá cree que está haciendo bien, porque después me siento con ella y le platico oiga, y ¿por qué dijo eso? Y enfrente la comadre y a media calle y enfrente de su hijo con su hija. O sea ¿cómo? ¿Por qué? Pues es que eso hacían conmigo. De hecho, mi mamá todavía era más dura, más rígida, ella no se tocaba el corazón. Hasta decía ay, yo no sé por qué naciste, cosas hasta más fuertes. Y entonces las traemos al contexto de la narrativa de la historia y nos percatamos de que creemos que esas cosas ya no pasan, que son de la generación de la abuela, de la madre, donde se educaba con la mirada, donde con los puros ojos te decían siéntate, párate, cierra la puerta, escóndete, cállate, no hables de eso. No, todavía siguen aconteciendo y en ocasiones modernizados, la mamá imprudente que va y pone una frase en un comentario de un post del hijo que todos después de que lo vieron le dice mamá, bórralo por favor. Es que no te quería lastimar, fue sin querer, no me di cuenta. Así es el peso de la herencia emocional. No nos damos cuenta. Cuando acuerdas pum, ya se te salió y dices pero si cuando era hija, cuántas veces no dije cuando sea mamá, nunca voy a hacer esto y cuando me convertí en mamá es lo primero que hice y me voltee a ver al espejo y dije soy mi jefa. ¿En qué momento me convertí en mi mamá? Y te alcanza, creemos que somos libres, que ya hemos superado, trabajado, integrado, mil cosas, pero me he percatado en todo este tiempo de explorar los corazones humanos, de hablar con jovencitos de 90 años y jovencitos de 13, 14, que las situaciones pueden cambiar pero que el sentimiento es idéntico. ¿Por qué me comparas? ¿Por qué me humillas? ¿Por qué no me aceptas? ¿Por qué no cumplo tus expectativas? ¿Por qué nunca doy el ancho? ¿Por qué siempre hay alguien mejor que yo? Que también algo muy maravilloso que he descubierto al estar recopilando este tipo de historias para convertirlas en personajes a lo largo de mi narrativa, es que ese peso de la herencia emocional, así como tiene sus sombras, también tiene sus luces. Porque el peso de la herencia emocional tiene esas dos grandes cualidades que se mueve entre las sombras y entre las luces, pero cuando tomas conciencia del daño, de que lastimé, de que herí a quien amo, tiene siempre la posibilidad de echar reversa. Por eso yo siempre voy a decir si eres padre o madre, que nunca se te olvide que no lo sabes todo, que te vas a equivocar, que no eres el Chat GPT, ni tienes todas las respuestas, que no eres el malabarista al que no se le cae ninguna pelota, se te van a caer diario de las manos por más que practiques y que se vale por encima de todo decirle a un hijo no sé, la regué, fallé, me equivoqué, perdóname, lo siento y que nunca se te olvide decirle te amo.

10:42
Sofía. Hola Rayo, mi nombre es Sofía Vega. Me da mucho gusto estar aquí escuchando, pues todo este conocimiento que nos compartes y te admiro porque en el libro Cuando mamá lastima, fuiste muy iconoclasta al atreverte a decir que las mamás no son santas y quiero preguntarte así específicamente ¿qué consecuencias emocionales tiene aceptar que nuestras mamás nos pueden hacer daño?

11:16
Rayo Guzman. Bueno, yo pienso que no solamente las mamás, sino cualquier ser humano, todos los días podemos herir a alguien con o sin intención. Me gusta pensar, soy idealista, de que lo hacemos sin querer. Quiero pensar que la mayoría de los seres humanos entramos al encuentro humano con una intención productiva, proactiva, amorosa, de construcción, no de destrucción. Pero somos humanos y nos ganan nuestros mandatos, lealtades, memorias que han construido un tipo determinado de reacción. Y creo que aquí entra una oportunidad muy valiosa para transitar por la literatura, o sea, por mi obra, porque mi obra no ha hecho otra cosa que mostrar cuando una mamá lastima. Y está, por ejemplo, un personaje que es el pasmado y llega la mamá hijo, ponte el suéter, no se te olvide. Y el hijo, mamá, tengo 35 años y aquí está mi novia a un lado. ¿Te puedes controlar? ¿Ustedes creen que esa mamá quería lastimarlo? Ella está en su universo amoroso, pensando que está haciendo algo muy lindo porque lo ama. Pero para el hijo es hey, estás invadiendo mi espacio, me estás quitando oxígeno. Estás siendo metiche, mamá. Y ahí está lastimando la mamá. Claro que va a haber escenarios todavía más tétricos en donde la madre quizás tenga un padecimiento mental, pase por una situación de depresión, de adicción o ya hablamos de situaciones, síndromes y cosas muy específicas que son atendidos por profesionales de la salud, etcétera, que vamos a ver que las madres llegan a agredir de unas maneras impensables a un hijo, pero esas son otras historias. Yo creo que el grueso en el que yo me he concentrado para escribir es precisamente en esas mamás que van por la vida, que vamos por la vida, ahí siempre me tengo que incluir, sin excepción, pensando que estamos haciendo lo correcto y que nos resbalamos. Aparece un mandato y ¡pum! Te resbalas. Yo les digo que los mandatos generacionales son como cascaritas de plátanos que nos resbalamos de repente, pero que si te pones viva te van a dar la oportunidad de identificar ese mandato para irlo eliminando de tu herencia emocional y decirle a tus hijos ni por error repitan esto porque ya descubrí que no funciona. Hay uno muy poderoso que es el mandato de, no existas y se puede manifestar en frases como deberías de ser como el hijo de mi comadre. Traducción: Pues mejor no existas tú, mejor que exista el hijo de mi comadre o deberías de ser, este todavía es peor, deberías de ser como tu hermano porque todavía tienes todavía el riesgo de sembrar un resentimiento o un rencor entre hermanos, cuando según tú, desde que te levantas estás luchando por la unión de tu familia y por sembrar la fraternidad y peace and love, y no es cierto. Aguas con esos mandatos, ahí estamos dañando. Ahí está una madre que sin querer, sin darse cuenta, está usando frases que no tienen nada de útil y que ¿saben por qué las dijo? Se analizó, fue a terapia, qué sé yo y descubrió que es porque se la decían, porque las escuchaba, porque la abuela, la tatarabuela, la que no sé qué y se fueron y ahí se quedaron como uñas enterradas, no. Hay que extirpar todo ese rollo y antes de pronunciar una cosa semejante, creo que es momento de usar una narrativa en lo familiar más amorosa, más luminosa, menos destructiva y más propia. A ver, yo aquí los quiero invitar. Aplaudan los que tienen o han tenido una mamá controladora que anda en todo. Una mamá metiche, esa que opina todo. Una mamá sobreprotectora. Una mamá besucona, que abraza y que besa. Una rígida y dura como una piedra. Hasta con ganas… ¡bravo! Ahí podemos checar que todos, sin excepción, vamos a tener una mamá que no quiso lastimar, sino que sus propias heridas la llevaron a actuar, decir, reaccionar y conducirse desde ese territorio. Los hijos también son nuestros maestros. A más de uno de nosotros nos ha tocado enseñarle a un padre hasta cuidarse, a quererse un poco más, a pensar en sí mismo, porque trae todas las, digamos, esas vocecillas añejas en su mente, en su corazón, que le dicen debes de, tienes que, debes de, tienes que, y no se desenchufan. A veces a nosotros los hijos nos toca desenchufarlos. Y si eres mamá como yo, acuérdate que ni somos la más sabia, ni la más santa, ni la más pura, ni la más fregona, ni la que no se equivoca, ni la que todo lo sabe, ni la que tiene que aparentar ante tus hijos una fortaleza y que no le duele nada y que resiste a lo que sea y que aguanta todo. Se vale que digas no sé, no puedo, tengo miedo, la regué, fracasé, perdóname, lo siento, te amo, y no pierdes autoridad ni pierde fuerza tu rol, al contrario, te conviertes en una madre más humana y lo que más se he aprendido a lo largo de todos estos años al escribir sobre los vínculos humanos, es que no hay cosa más hermosa que le pueda pasar a un individuo que su madre o su padre validen su dolor. Ejemplo cuando iba a escribir el libro llegué con mi mamá. Hola mami. Y le dije mamá, voy a escribir este libro y quiero platicar contigo y que me respondas lo siguiente, porque yo traigo esto en mi corazón y quiero saber porque hiciste esto, esto, esto y esto que me dolió. Y mi mamá me dijo ¿yo? Yo ni estaba ese día. ¿Qué no fue tu papá? Dije mi mamá no está lista para esta conversación. Vayámonos al escenario con mi hija. Le dije hija, voy a escribir este libro y necesito que nos vayamos a tomar un café, que nos sentemos a platicar. Quiero que me digas qué hago que te duele, que te lastima. Ah ¿sí? Sí. Ahí te va. Pum, pum, pum, pum, pum. Lloramos, nos reímos. Otra ronda, por favor. Doble expreso. Mamá fue bien bonito, hay que hacerlo más seguido. Y yo, ok. Siguiente acto. Mi mamá me dice Rayi, pero cuando me dice María del Rayo, algo pasa. Y entonces me habla y me dice María del Rayo, necesito hablar contigo. Y cuando llego me dice. ¿Te acuerdas lo que me dijiste hace unos meses cuando ibas a escribir el libro? Y yo sí, dije ahí viene algo. Y sí, llegó. Y me dijo mi mamá, tienes razón, hice todo eso y más tonteras porque era muy joven. Eras mi primera hija, tenía 23 años, no sabía qué hacer, estaba llena de miedo, pero sobre todo lo hice por ignorante, porque no sabía otra cosa qué hacer. Y me arrepiento. Si yo tuviera que resolver esas cosas contigo, con lo que he aprendido y con lo que hoy tengo, te hubiera tratado de otra manera, hubiera resuelto de diferentes modos. Perdóname, hija. Y lloramos y nos abrazamos. Y le dije mira, no necesitas pedirme perdón, yo te perdoné desde que lo hiciste. Lo único que necesitaba era esto que estás haciendo, que validaras mi sufrimiento de hija, que validaras y reconocieras mi dolor que me dolió y que me abrazaras con todas tus fuerzas. Y ojo, para eso no hay edad. Cualquier día es el indicado para hacerlo. Ese día la figura de mi madre se hizo inmensa y su corazón el refugio más grande.

20:46
Manuel. Hola licenciada Rayo. Soy Manuel Martínez, su servidor. A lo largo de su carrera y al haber escuchado tantas historias de personas heridas, ¿cuál es la que más le ha impactado?

20:58
Rayo Guzman. No sé. Hay dos en particular que digamos que pudieron trascender porque me cimbraron. La primera fue hace 11 años cuando llego a Celaya, yo soy originaria de Celaya, Guanajuato, y me reencuentro con una amiga de hace muchísimos años. Le pregunto en dónde andaba y me empieza a contar una historia impactante. Cuando me respondió estaba en Serbia y tuve un hijo y me pasó esto y empieza a contar una historia trágica de una pasión, de un amor muy complicado, pero también del nacimiento de su hijo, pero también de una tragedia que vive como familia y que tenía muchos elementos que consideré muy valiosos. Inmediatamente dije aquí está una novela y ese es el origen de Coyote Balcánico. Coyote Balcánico responde a una gran pregunta. ¿Puede un hijo perdonar el maltrato y el abandono de un padre? La otra historia me llegó a través de Facebook cuando iba a publicar Cuando mamá lastima, un mensaje de un hombre que decía yo quiero responder a su pregunta, pero no quiero hacerlo a través de este medio. Yo sé que usted va a venir a San José, California dentro de dos meses a dar una charla, yo vivo a dos horas de ahí voy a ir a visitarla, a escuchar su tema y al terminar le invito un café. Se pasó el tiempo, llegué al evento, se acabó el evento y terminándose apareció un hombre, 40 años, pelo largo, moreno, muy del estilo de los indígenas del norte de Estados Unidos, muy delgado y me dijo allá le espero en el lobby para tomarnos el café. Ya se identificó y cuando yo llego con él hago la pregunta qué hacía, qué hizo tu mamá que te lastima. Y me respondió me quiso matar y empezó uno de los relatos más impactantes que he escuchado en toda mi vida. Quedó en el libro titulado como lo imperdonable, pero irónicamente, es la historia de perdón más conmovedora que se puedan imaginar. Él me decía cuando nací llegué con una carga muy tremenda, soy idéntico a mi padre y como mi padre golpeaba y violentaba a mi madre y la abandonó, mi madre cuando le venía el brote adictivo, porque ella era consumidora de sustancias y todo y perdía la razón, no me veía a mí, veía al hombre que la golpeaba y la abandonaba y se desquitaba conmigo. Y pasan muchos años. La mamá obviamente terminó presa. Él tiene que vivir en lugares de acogida. Después, en un tipo de internados y se hace hombre con todas esas heridas. Y me habló de todo lo que se vio afectado su universo afectivo, el miedo a ser constantemente abandonado, el miedo a las figuras de autoridad, el miedo a hacer el primer saboteador de su vida. Él sentía que nunca podía terminar con nada porque no se sentía valioso y empieza a decirme muchas cosas. Pero también después me empieza a contar una historia que me dejó helada y que hasta la fecha, cuando leo ese relato, porque a veces me releo, vuelvo a tener en mi mente la imagen de la historia de donde se generó esa narrativa y vuelvo a decir las palabras que siento que son más poderosas en el universo, gracias.

25:11
Marisa. Hola Rayo, soy Marisa, un gusto estar aquí, soy de Guadalajara y yo sé que estas historias pues trascienden cualquier frontera porque es la naturaleza humana. Yo quisiera que me explicaras ¿por qué en las familias luego vivimos cosas que consideramos normales? y, ¿cómo saber si esas conductas realmente son sanas o nos hacen daño a pesar de considerar que son normales?

25:36
Rayo Guzman. Hay mucho de normalización en muchas cosas por lo que hemos dicho, porque se convierten en creencias y nuestras creencias determinan lo que decimos, lo que elegimos, la manera en que reaccionamos porque creemos que es lo correcto, lo importante, lo adecuado, lo mejor. Por eso yo siempre les digo ¿qué es lo mejor que te puede pasar a lo largo de tu vida? Que te conviertas en una posibilidad constante, porque eso somos los seres humanos, una posibilidad permanente. Nadie está terminado. El que diga yo ya me hice y así soy y qué, se está perdiendo de una oportunidad hermosa que es vivir mientras se pueda de la mejor manera y eso siempre es indagando, averiguando, preguntando. Entonces realmente es cuestionar tus creencias todos los días. Tal vez una creencia te funcionó, te sostuvo, te guió durante un tiempo, pero ya no es la más indicada. ¿Cuántas de nosotros no tuvimos elecciones de infancia que después decimos pero qué barbaridad, ¿cómo se me ocurrió? Empezando por los novios. Yo recuerdo que estaba yo chava, 15 años, no sé, y un día vi pasar un muchacho y dije pa’ esto nací y se me hacía lo más hermoso que veían mis ojos. Cuando llegué con mi mamá y le dije mamá, conocí un muchacho, se llama Pepe y es el más hermoso de la vida. Me dijo mi mamá con la chancla te voy a dar si vuelves a salir con él. Es esto y esto, y esto, y esto y esto. Si yo lo conozco, es hijo de tal por tal. Pero yo dije no, no, no, no, eso es amor, mi mamá no se da cuenta. ¿Y qué hice? Pues defender mi amor como se defiende a los 15 años, con las hormonas y con pasión. A escondidas, como Camilo Sesto, atrás de la jardinera y que no me alcance mi mamá, pero defiendo este amor que siento. Claro que 30 y tantos años después digo pero qué barbaridad. Pero en su momento uno cree que es lo mejor, que lo es lo indicado y normalizas. Hay muchos ejemplos. ¿Cuántas de nosotras, de mi rodada, no crecimos normalizando los celos? Es que me ama, por eso me cela. Es normal, es que si no se pone celoso no te ama. El día de hoy, ya en otra generación, en otra manera de vincularnos, donde hemos dejado de normalizar ciertas conductas, donde tenemos más información, donde usamos palabras que antes no se usaban. A veces de repente escuchas a las nuevas generaciones, pero qué amor tan tóxico, mamá. Es que así se enamoraba uno en los ochentas. O sea, así era la tirada, así bajabas el balón a la cancha y se creía que era lo adecuado, porque es que te ama y todavía otras peores. Es que me agrede, pero es porque le importo. El día de hoy sabemos que ahí ya no hay, no es ni negociable un acto violento. Ahí le das media vuelta, redoblas y bye, adiós. Pero había muchas creencias, otras creencias de esas bien macizas. Hay que cuidar a los maridos porque se los roban, como si fueran bicicletas. O sea, era normal escuchar en las conversaciones de las abuelas, de las mamás, no hables bien de tu marido enfrente de nadie. Eso no se presume, porque se lo van a llevar. Y uno que estaba niño escuchaba esas cosas y decía uno no, es que cualquier mujer puede ser la enemiga encapuchada, que una noche inesperada llegue y se lo lleven… O sea, no. ¿Me explico? Pero era lo que se escuchaba y lo que se creía que era correcto. Eso no lo hacen las mujeres, eso no lo hacen los hombres. Muchas cosas que, como les decía después eran mandatos, lealtades inconscientes. ¿Qué es lo que nos cuesta más para sacudirnos las creencias? Las lealtades. Es que así lo hizo mi madre y pues yo salí bien. Eso crees. O sea, revísate un poquito, sacúdete. Creo que lo más hermoso es cuando tienes la oportunidad de decir tengo la oportunidad de cambiar, de mejorar, de ser otro, de aprender una nueva forma de amarme y de amar a los otros. Siempre hay una nueva manera que es más adecuada para el momento y el vínculo. Y obviamente también normalizamos, pues idealizaciones, aparentar la apariencia. No le digas a nadie que te duele, que sufres, van a pensar que eres tonto, porque nada más los tontos sufren. El culto a a las cruces que cargas y a quién sabe cuanta cosa. No, tan sencilla que es la vida. La vida es más sencilla y es más simple. Vive y deja vivir. No te metas en lo que no te importa. No vayas a donde no te inviten. No opines de lo que no sabes. El suelo está más parejo de lo que crees. Deja de juzgar, explora. Es mejor preguntar y escuchar a un hijo que sentir que tienes que estar sometido a traer el discurso elaborado y científica y socialmente y psicológicamente perfecto para decirle a un hijo lo que necesita, no. ¿Quieres realmente tejer el vínculo? Cállate, escúchalo y abrázalo mucho y dile que lo amas.

31:58
Ignacio. Hola Rayo. Soy Ignacio Osuna. Las historias que nos cuentas son pues la verdad muy interesantes, me identifico con algunas de ellas, en la mayoría. Me quiero ubicar como padre de tres hijos y quisiera hacer una pregunta porque pues uno como padre quisiera darle lo mejor a ellos. Y la pregunta en concreto es, ¿cuál es el error que cometemos los padres con los hijos?

32:30
Rayo Guzman. Hay heridas que están más identificadas con el vínculo del papá y la herida que hace papá y otras más con el de la mamá y la herida que provoca mamá. Conforme han pasado los años me di cuenta que la herida top, la que lastima, la mamá así más recurrente los hijos es injusticia. Soy el hijo, más trabajador, junto un dinerito con mucho esfuerzo, lo meto en un sobre, se lo llevo a mi mamita el día 10 de mayo o el día de su cumpleaños. Jefecita tenga, cómprese un vestido nuevo, cómprese lo que usted quiera y le doy el sobre. Y después me entero que al día siguiente se lo dio a mi hermano el borracho, el flojo, el que no hace nada. Soy la hija que la cuida, la lleva el doctor, la procura, bla, bla, bla. Con mucho esfuerzo y 200 mensualidades sin intereses, le compré un vestido finísimo porque venían sus 40 años de casada, qué sé yo, bla, bla. Nunca se lo puso, pero que no le regale mi hermana unos aretes del tianguis de $10 pesos porque se los pone el mismo día. Que no se me ocurra llegar en la noche directo a la charola del pan porque voy directito a la concha de chocolate y llega el manazo. ¡Pum! Ese pan es de tu hermano, déjalo. Ahora, pasémonos a la cancha del vínculo paterno. ¿Cuál fue la más recurrente que proviene del vínculo de papá? Abandono. De todo tipo. Desde los que son hijos huérfanos de padres vivos que ahí viven en la misma casa, bajo el mismo techo, pero por una u otra razón, por alguna dinámica que no está sana, no están presentes, no existen y no tienen un vínculo real con sus hijos. Otro porque pues el día que la mamá dijo qué crees, que vamos a tener un bebé, uff, como Houdini se escapó y ya no supieron nada. Mago, mago, uf, desaparece. Nada por aquí, nada por allá y no volví a saber de él o porque simple y sencillamente un día llegaron y dijeron tengo otra familia y aquí ya no me siento bien, me voy a otro lado, el abandono en todo sentido. Así esas respuestas te pudiera dar respecto a cuál es el error más común tanto de la cancha en la mamá como en la cancha del papá. Hablarte en general, que me incluye, de por qué lastimamos a nuestros hijos, yo creo que es porque los amamos muchísimo. Se nos olvida que nuestros hijos no solamente necesitan amor a manos llenas. Y en ese universo es precisamente en el que yo escribo, en dónde está ese territorio en el que el amor encuentra medida, límites, sabiduría, dosificación, apertura, transformación, una posibilidad distinta del vínculo. Y aprovechando tu pregunta, voy a cerrar con el último párrafo de mi libro Cuando mamá lastima, que a groso modo y más o menos dice así: Dicen que el amor de una madre no conoce los límites, a mí me gusta pensar que sí. Unos límites configurados con amabilidad, con respeto, con gratitud. Límites que con el paso de los años delimitan dónde termina la madre y dónde comienza el hijo, y que nos convierten en individuos independientes, con existencias propias pero unidos por un fino cordón espiritual, amoroso, irrompible y eterno. Eso es todo.

36:59
Analí. Rayo. Un gusto, Analí. Yo quiero saber ¿cómo los cuentos de las princesas nos afectan al idealizar nuestra relación con los padres o parejas?

37:11
Rayo Guzman. ¿Cuál ha sido el costo de toda esa faramalla y de todos esos cuentitos hermosos que nos cantaban y nos contaban en la infancia? Bueno, a los de mi generación, ahorita ya ustedes traen otro chip, por fortuna. Pues será que pensábamos que sí existían. Y ahí estabas bese y bese sapos y te están diciendo es verde, brinca, salió del charco y no, tú dale y dale y dale. Yo lo voy a cambiar. Está así por culpa de su mamá, pero cuando esté conmigo va a ser otro. Obvio no y todo mundo se daba cuenta de que estabas directito a una elección y a una decisión equivocada que iba a tener un costo emocional muy fuerte para ti por andar creyéndote princesa besa sapos y todo ese cuentito. Pero pues ahí ibas y decías es que no, es que estás viendo. Amiga, date cuenta. No, viene en un caballo, trae su capa y galopa como príncipe, hijo de un rey, heredero de un reino, bla bla bla y todo mundo así. Pues ¿qué estará viendo? Yo no veo eso. Y a pesar de que decías tú, es que ustedes están equivocados, yo lo voy a cambiar, pues todos los demás decían sí, cámbialo, pero por otro. Pero aún seguía en la ilusión, en la ilusión, contándote una historia muy peligrosa, por cierto, porque por lo general el despertar pues muy doloroso, te percatabas que ni tú eras príncipe, que beso y beso y beso y beso y no había transformación alguna, que las cosas se iban poniendo cada vez más color de hormiga y que había un desgaste físico y emocional muy terrible. Yo pienso que estamos viviendo momentos completamente distintos, con nuevos límites, nueva conciencia. Antes decías ay, tiene un carácter muy fuerte, muy difícil, muy complicado. El día de hoy hablamos de neurodivergencias, hablamos de nuevas estructuras y reacciones que tienen mucho que ver con otras cosas que no tienen nada que ver con los juicios tan superficiales que hacíamos. Entonces yo la invitación es que sigamos escribiendo cuentos, pero sin normalizar y romantizar lo que en antaños hicimos, porque hoy necesitamos protagonistas más conscientes, no perfectos, porque la perfección no existe y te puede desgastar mental y emocionalmente querer alcanzar algo así. No cumplir expectativas de otros, sino tener al contrario una empatía que nos permita entender que todas las realidades humanas merecen una consideración, un respeto, ser escuchadas, ser respetadas y sin discursos, ni de odio, ni de ataque, ni de juicio. Creo que una de las grandes maravillas de estar en esta época es que estamos entendiendo poco a poco que cualquier proyecto vital, el tuyo, el tuyo, el tuyo, el mío, puede ser valioso, aunque sea distinto. Y eso considero yo que es la base de una sociedad que se atreve a crear nuevos vínculos en la actualidad.

40:33
Margarita. Rayo, mucho gusto, Margarita. ¿Cómo podemos perdonar a una persona que nos ha hecho mucho daño?

40:40
Rayo Guzman. A veces se confunde el perdón con cosas que no lo son. Hay personas que creen que perdonar es hacerle un favor a quien te ofende, pues eso no es perdón. Hay personas que creen que el perdón siempre lleva implícita la reconciliación. No siempre es, ni es así, ni es conveniente. Hay personas que creen que el perdón es permitir que el otro vuelva a hacer lo mismo, que le estás abriendo la puerta ancha para que siga y siga y siga sin límite de tiempo. Y no, el perdón es una palabra superpoderosa, súper liberadora, maravillosa, pero es una experiencia personal, es una decisión propia y es un regalo que te concedes para integrar una circunstancia dolorosa en una gestión inteligente emocional y no necesariamente involucra a la otra persona. Por eso me dicen es que ¿cómo voy a perdonar a mi mamá si ya se murió hace muchos años y nunca cambió y siguió así la viejita hasta el día de su muerte? No, es que eso no te involucra a ella, te involucra a ti. O sea, el perdón es algo tuyo. Es que ya no volví a hablar nunca con esa persona, ¿cómo la voy a perdonar? Trabaja en ello, integra ese pasado difícil, doloroso, complicado, traicionero, humillante, lo que haya sido, pero integrarlo en una manera sabia para tu proceder y que sobre todo, te conceda paz. Y eso no significa que oye, vente a comer a la casa mañana y no, no, no. O sea, hay cosas que hay que analizar bien. A mí me encantaría pensar que cuando estamos hablando de un perdón entre padres e hijos, siempre se reconstruye el vínculo, porque el reconstruir el vínculo de una madre o con un padre te da certezas, paz, armonía, plenitud y te ofrece la oportunidad de una herencia emocional nueva para entregarla a la futura generación, pero no siempre es posible. A veces los terapeutas, los psicólogos, los psiquiatras, quienes tratan en la intimidad este tipo de situaciones, resugieren, recomiendan que de lejos mejor, porque la mamá es demasiado tóxico el vínculo y en lugar de aportar, resta o es peligroso para tus nietos, para las siguientes generaciones. Pero cada experiencia es única, no se puede generalizar, no se puede decir todos perdonen y abrácense, pues no. O nadie perdone porque nadie se merece, tampoco, o sea toda. Por eso decía hace un momento cada proyecto vital es único, irrepetible y merece su respeto, tu tiempo y su proceso. Es como los duelos, las pérdidas. O sea, cada quien tiene su propia manera de vivir su duelo según sus recursos, su experiencia, su gestión emocional, su red de apoyo, afectivo, etcétera, involucran muchas cosas, muchas circunstancias. Y cuando nosotros perdonamos, lo más característico es que descansas. Ya te sacaste la piedra del zapato, te quitaste el zapato porque mucha gente nomás le hace así, la acomoda y sigue caminando y la acomoda y sigue caminando. El ampollon ahí y sigue caminando. Ya el perdón es, te paras, te sientas en un lugar tranquilo, te quitas la chancla, sacas la piedra, te curas, te limpias, desinfectas, te vuelves a poner el zapato y sigues tu camino. O sea que esa cicatriz y esa herida encuentre un sentido. Y no siempre vamos a encontrar lecciones en una experiencia dolorosa. Va a haber experiencias que simplemente duelen y punto, y que no quieres volver a vivir porque son terriblemente horribles. Te dejan un dolor físico, mental o emocional y punto. Y no hay más explicación. Pero habrá otras que sí, habrá otras que ese dolor, que ese fracaso, que esa decepción, que esa humillación, que eso que te lastimó encuentre un cauce sentido y se transforme en algo que te va a hacer más fuerte, consciente, agradecido, maravilloso.

45:18
Balia. Hola, mi nombre es Balia. Mi pregunta es más personal, es sobre el amor hacia las parejas. ¿Por qué me va tan mal en el amor? ¿Y por qué siempre sigo esos perfiles?

45:29
Rayo Guzman. Mi intención al escribir nunca ha sido dar ni moralejas, ni consejos, ni nada, por eso nomás cuento historias. Pero sí ha sido tener espejos escritos en donde te puedas encontrar y en el momento en que yo tomo la narrativa, el asunto de las princesas y los sapos, pues es relatar las vidas de muchas parejas de todos los días que en su estire y el afloje intentan sobrevivir al amor, al desamor, a las maneras a veces complicadas que encontraron para amarse o que los educaron para amarse, en donde a veces no había límites, o había celos, o había posesividad, o había sobreprotección o sentido de propiedad. Y cosas que el día de hoy sabemos que no tienen nada de sano y que nos meten en situaciones muy incómodas para sentirnos en plenitud. Entonces, en primer lugar, tenemos que estar bien conscientes de lo que es el amor para nosotros, porque a veces le llamamos amor a cada cosa, a cada situación, que no son amor. Y ahí, desde ahí empezamos a tener relaciones que no nos suman. Empezamos a tener devaneos en nuestra mente, espíritu, cuerpo, en todo, porque hasta somatizamos lo emocional al convertirse en círculos viciosos damos la vuelta en lo mismo y sentimos que es una vida en la que no se avanza, en la que no se crece, en la que no se cosecha porque estamos llamándole amor a lo que no es. Entonces el amor tiene que ser una experiencia de ida y vuelta. El amor tiene que ser una experiencia que tenga límites y que tenga un entorno saludable. El amor tiene que ser una experiencia compartida y tenemos que revisarla cuando está coja, porque a veces se puede nivelar y se pueden negociar y se pueden conservar vínculos reestructurando lo que concebimos por amor a ambos. Pero en otras ocasiones lo que hacemos es llamarle amor a lo que no es, guardar silencio, callármelo todo, se va a enojar, mejor me lo guardo, mejor no le digo. Y entonces se convierte eso en una situación acumulativa de experiencias que nos hacen sufrir muchísimo y que se convierten a veces también en creencias. Creo que estoy haciendo bien, creo que es lo correcto. ¿Para qué le digo si se enoja? Tengo miedo al abandono y nunca exploro por qué tengo miedo a que me abandonen y entonces me quedo soportando lo que sea con tal de que no se vayan. O tengo oculto a la apariencia, al aparentar, a fingir que estoy bien, estoy bien entrenado en fingir que estoy bien y entonces lo que hago es evadir la realidad y fingir que no pasa nada. Eso me está obstruyendo y evitando que yo pida ayuda. Y en muchas ocasiones no cambiamos de pareja, sino estamos buscando llenar una carencia personal. Entonces la bronca no está ahí afuera, sino que está dentro. Entonces no tienes que cambiar de pareja, tienes que cambiar en tu interior algo. Yo le llamo el ajuste de tuercas. Tenemos que buscar qué tuercas están desajustadas para darle una ajustadita por qué se desató la chiva y se fue pal’ cerro, el mismo cerro. ¿Por qué no agarra pa’ otro lado? La llevas a pastar acá, acá, acá, no. Agarra pa’ el mismo rumbo la chiva y desenfrenada como siempre. El cambio interior que todo individuo requiere, solamente lo puede realizar el individuo, nadie cambia a nadie. Lo siento mucho, pero eso de que es que yo lo voy a ayudar y va a cambiar. Me cae que si no quiere no. Es más, si uno quiere cambiar y no puede, imagínate el otro. A veces te cuesta trabajo provocar el cambio en ti mismo, Imagínate el del otro. Por eso cuando dicen no, es que desde que está con él cambió, yo les digo averigua qué quiere, porque cuando viene el cambio honesto, transformador, no hay intereses de por medio, es algo muy genuino, muy honesto, que lo ves real. Cuando de repente la gente cambia en lo que consigue algo y después vuelve a su modalidad, hay muchos riesgos porque sales devastado de esas experiencias. ¿Entonces, por qué siempre el mismo patrón? Porque tal vez no has revisado el patrón que traes, que te hace caminar siempre por el mismo camino. ¿Por qué el mismo tipo de personalidad es la que me atrae? Porque tal vez tu personalidad no la has ajustado para que tenga nuevas maneras de manifestarse en lo social, en lo amoroso, en todos lados. ¿Por qué una y otra vez siento que caigo y tropiezo con la misma piedra? Porque a lo mejor ya te enamoraste de la piedra y la traes cargada pa’ todos lados. Hay que soltar la piedra, hay que soltar el patrón y hay que hacer algo muy bonito que siento que las personas que me han contado sus historias y que ha quedado reflejado en mis libros han logrado hacer y que significa quererte muchísimo. Y cuando tú encuentras el tipo de personas que te hacen bien, tienes una nueva tribu, una nueva familia espiritual, una nueva familia que te acompaña, aparte de la de origen, aparte de la nuclear, y ahí, en ese universo afectivo de buenas elecciones, es donde se gestan las historias más hermosas, aparecen las buenas parejas, los buenos padres, los buenos vínculos que nos van a acompañar hasta el día de nuestra muerte.

51:35
Evelyn. Hola Rayo, un gusto estar aquí, conocer un poquito más de tu historia. Mi nombre es Evelyn y quisiera saber ¿cuáles consideras que son las “red flags” menos evidentes y que normalizamos en una relación con nuestras parejas?

51:51
Rayo Guzman. Tengo un catálogo inmenso, extenso, pero por más que uno se las plantea, hay mucha ceguera. Creo que una en una frase se resumen todas, lo que te hace bien al otro no. Llámese alimento, contenido, música, experiencia laboral, sentimiento, vínculo, amistad, experiencia. Si estás viendo que lo que te hace bien, feliz, emocionarte, desarrollarte, al otro le molesta, le enoja, lo ignora, lo invalida, lo descalifica, le incomoda, le vale un pepino, amiga, date cuenta, porque no hay mejor manifestación de amor de un ser humano al otro que el que tu bienestar lo comparta. Que valore que tú estás bien, porque si tú estás bien le genera bienestar a esa persona. Que tu crecimiento lo hace crecer, que tu gozo lo goza, que tu triunfo lo enorgullece, que lo que a ti te hace inmensamente feliz, a esa persona también. Pero les repito, hay mucha ceguera emocional. ¿Por qué? Por las creencias, por los mandatos, por el peso de la herencia y entonces repetimos patrones. Yo vi la relación de mi mamá con mi papá y dije nunca voy a permitir esto y fuiste agarrar uno igualito a tu papá. Yo nunca voy a tener una relación así como la de mi hermana mayor con mi cuñado, uno igual. Es que yo trato siempre de fijarme bien y cuidar mis vínculos y de repente resbalón. Ya te percataste de que pasó el límite, de que ya tú eres la que pagas la renta, él no, de que tú eres la que esto das y no recibes, de que se van acumulando muchos huecos de aquel lado y en el tuyo tú y los llenas y te vas quedando vacío y dices ¿qué pasa? El suelo es parejo, deberíamos de caminar juntos. ¿En qué momento ya no hay esa ecuanimidad? Yo creo que es muy importante que siempre volteemos a mirar los ojos de la persona que nos ama cuando estamos felices. ¿Por qué? Porque cuando tú estás feliz y volteas a ver a la otra persona y le ves la misma felicidad en su mirada, estás en el lugar correcto.

54:45
Rafaela. Hola Rayo, soy Rafaela. Es un placer conocerte. Quisiera hacerte una pregunta. ¿Cómo amar a nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos y nuestra pareja de forma sana?

55:02
Rayo Guzman. La calidad de nuestros vínculos va a determinar en mucho la calidad de nuestra vida. Quien tiene un vínculo débil, frágil, roto, insano, no se levanta a enfrentar una vida de la misma manera que quien vive un vínculo sano, confortable, que cobija, que protege, que incita, que motiva, etcétera. La vida se hace más compleja en el desamor. Una persona que tiene los vínculos desbaratados, rotos, enfermos, ausentes, qué se yo, no se va a quedar ahí dando vueltas en su dolor. Desafortunadamente sale a lo social y a veces se transforma en un asesino, en un delincuente, en un violentador, en quien repite patrones que lastiman y de maneras insospechadas. Yo quiero pensar que entre más trabajemos en que esos vínculos sean significativos, podemos resignificar todo lo que nos acontece de una manera más saludable, porque un vínculo sano no es un vínculo al que nunca se le mueve nada y que está perfecto, eso no existe. Un vínculo sano está configurado con una comunicación efectiva. ¿Quieren aprender amar a sus padres y a sus hijos tal y como son? Conversar, conversar y conversar. Vamos a llegar a un punto hermoso que se llama comprensión. Vamos a comprender por qué son como son, por qué hacen lo que hacen, por qué viven como viven, por qué piensan como piensan y vamos a tener la libertad de hablarlo sin miedo y sin juicios, para que juntos podamos proponer nuevas formas de sentir, de actuar, de amar, de lo que sea. Y esa oportunidad de ser mejores en la vida es invaluable, es maravillosa. La conversación es un territorio hermoso para quienes deseamos y anhelamos mejorar la calidad que tenemos para amarnos unos con otros. Ojalá que este encuentro que hemos tenido deje una pequeña huella, como estamos hablando de las huellas que dejan esas heridas, esas marcas invisibles y que están deambulando por los personajes de mis libros. Yo quiero invitarlos a que revisemos esas marquitas, revisemos esas cicatrices, pero desde el territorio de la gratitud, del honrar a nuestros ancestros, del generar comprensión y empatía. No hay que juzgarnos, hay que comprendernos para saber cuál lección viene escondido en el corazón del otro, porque padres e hijos aprendemos juntos.