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La diferencia entre tristeza y depresión

Jesús de la Gándara

La diferencia entre tristeza y depresión

Jesús de la Gándara

Psiquiatra


Creando oportunidades

Jesús de la Gándara

Jesús de la Gándara es psiquiatra y divulgador, con una larga trayectoria en el ámbito de la salud mental. A lo largo de su carrera ha atendido a miles de pacientes, lo que le ha permitido comprender en profundidad los principales retos emocionales que enfrentan las personas en la vida cotidiana.

Su enfoque combina el rigor clínico con una mirada profundamente humana. A través de ejemplos cercanos y reflexiones accesibles, aborda cuestiones como la felicidad, el miedo, la ansiedad o la soledad, ofreciendo herramientas prácticas para mejorar el bienestar psicológico.

Convencido de que la salud mental es un aspecto central de la vida, su trabajo busca acercar el conocimiento psiquiátrico al público general, ayudando a comprender mejor lo que sentimos y a desarrollar recursos para vivir con mayor serenidad y sentido.


Transcripción

00:00
Jesús de la Gándara. La felicidad es salud, dinero y amor. Pues no. La salud es un estado transitorio, el dinero nunca tienes suficiente y el amor no depende de ti. O sea que… Miren, sentándome delante de miles y miles de personas infelices, aprendí que compartían tres cosas. La primera es un sentimiento de impotencia, de no poder modificar las cosas porque la enfermedad mental lo impide. En segundo lugar, era un sentimiento de inutilidad: “No valgo, no sirvo. Me pongo a hacer las cosas y me salen mal”. Y el tercero era un sentimiento de infortunio. “Soy desgraciada. La vida no me ayuda. La diosa de la fortuna no se acuerda de mí”. Y el segundo gran descubrimiento que hice, en mi investigación personal, fue que cuanto más tiempo se tarda en preparar una comida, menos tiempo se tarda en devorarla. Cierto, ¿eh? Piensen, por ejemplo, en las croquetas. Pero yo les voy a poner un ejemplo mejor: las migas extremeñas de mi madre. Con qué cuidado va picando las migas, las va serenando toda las noche para que el pan adquiera una textura. Luego, por la mañana, se encierra ya a las ocho de la mañana. A las diez nos convoca. “No toquéis nada”. Toda la mañana preparando las migas. Y finalmente, a las dos, nos sentamos a comer. Todos estamos mirando a la cazuela para ver si sobran, porque tenemos preparados los tuppers, para llevarnos para casa. Pero ella dice: “Esto es muy sencillo. Tienen tres ingredientes. Lo primero es tiempo. Lo segundo es cariño. Lo tercero es generosidad. Y un ingrediente especial, un condimento especial, cuando se comparten, están más ricas”. Pues esto mismo pasa con otras cosas, como por ejemplo la felicidad o la salud mental. Bueno, pues ya sé lo que tengo que hacer con estas personas. Enseñarles a que se sientan fuertes, fortaleza física, entrenarse, hacer ejercicio, lo que sea. Estás más saludable, tienes mejor cerebro. También fortaleza mental, para evitar el estrés o enfrentarse al estrés que es la vida. En segundo lugar, dejar en la vida algo más de lo que tú recibiste, de lo que había en el mundo cuando tú naciste. Eso es fecundidad, fertilidad. Y en tercer lugar, fortuna. Un poco de suerte, que no te caiga la teja y te mate, ¿no? En fin, la fortuna nos gusta a todos. Que nos toque el reintegro de la lotería, te llevas una alegría enorme. ¿Sí o no? Pero la fortuna no es azar. No es dejar a ver si toca. Hay que invertir, hay que prepararse. Y eso tiene un nombre. Se llama serendipia, que viene a ser, en castellano, la chiripa. Pero la chiripa sólo le toca al que está preparado.

03:42
Jesús de la Gándara. Si no estás al loro, pasa por delante de tus narices y no te enteras. Así es que esas tres cosas: fuerza, fertilidad y fortuna, son los ingredientes de la felicidad. La pregunta es: ¿y cómo se consiguen? “Qué fácil, doctor. Pero, ¿y cómo lo hacemos?” Pues aprendí que lo que tenemos que hacer para eso son tres cosas muy sencillas, que empiezan por “m”. Mover los pies. Es decir, no quedarse quietos, hacer un poco de ejercicio, pasear, ir de acá para allá, relacionarse. Mover los pies todos los días de tu vida. En segundo lugar, mover las manos. Hacer algo, escribir, pintar monerías, hacer garabatos o monigotes, tocar el piano, acariciar, dar un abrazo, yo que sé. Cosas así, sencillas, que cuando dejes de trabajar hagas algo con tus manos que sea útil, fecundo para ti y para los demás, que lo puedas compartir. Y en tercer lugar, mover la lengua. Pero no solo esta, sino el lenguaje que está aquí. Y el lenguaje tiene cuatro elementos. Uno es hablar, darle a la húmeda. Eso se nos da bien, ¿verdad que sí? Pero también es escuchar al otro. Tú hablas y escuchas. Eso es mover la lengua. En tercer lugar es leer, leer. Para eso están los libros, las tablets, los Kindle. Tenemos libros, podemos leer. Y en cuarto lugar es escribir. Oye, pues ¿quién no ha escrito un verso cuando estaba enamorado y era adolescente? Mira que eran malos. Pero bueno, lo escribíamos con mucha voluntad. Si tienes todo eso, vamos a tener un sentimiento muy interesante todos los seres humanos. Fíjense, si nos sentimos fuertes, también nos sentimos seguros. Seguros, es verdad. Pero yo prefiero otra “s”, que es la serenidad, la calma, el sosiego, la ataraxia, la ‘sophrosyne’, lo llamaban los griegos. Esa calma te da tranquilidad. Que está uno tranquilo, eso es una bendición de Dios. Y finalmente, otra “s” que es la satisfacción. Estoy satisfecho. Cuando yo llegue esta noche a mi casa o me acueste, quiero estar satisfecho de lo que he hecho hoy. Porque si estoy satisfecho, pensaré que sí vale la pena vivir, vale la pena lo que he hecho, y me sentiré alegre. Y la alegría es el condimento que todo lo cura. Así es que si tenemos tres “f”, hacemos las tres “m” y tenemos las tres “s”. Somos felices y tenemos salud mental. Gracias.

06:53
Jesús de la Gándara. Muchas gracias, de verdad.

06:54
Clàudia. Hola, Jesús. Soy Claudia. Y a mí me interesa mucho saber, según todo lo que has podido ver en tu profesión, ¿cuáles son nuestros mayores miedos?

07:05
Jesús de la Gándara. En el año 1995 se hizo una encuesta mundial, en grandes ciudades, Roma, Nueva York, Londres, Shanghái, sobre cuál era el sentimiento humano más común. Se entrevistaron a miles de personas. Y el sentimiento más común fue el miedo. Qué curioso, ¿verdad? O sea, en una sociedad compleja, en una sociedad llena de riquezas y llena de oportunidades, que el sentimiento humano más común fuera el miedo, a mí me entristeció mucho. Podría ser la alegría o la felicidad, o, no sé, la ansiedad, pero el miedo… Es decir que el miedo nos acompaña a los seres humanos desde que estábamos en Atapuerca, en las cuevas, hasta que desaparezcamos. Porque el miedo nos sirve para defendernos. Lo que pasa es que los seres humanos tendemos a ver alertas y amenazas, a veces sin necesidad de hacerlas. Entonces, identificamos miedos que, más o menos, son comunes. Hombre, el miedo a la enfermedad, por ejemplo, el miedo a la muerte. Pero vamos a hablar de miedos que tienen que ver con algo de la vida cotidiana, y que a lo mejor podemos resolver. Entonces, alguno de ellos, por ejemplo, son el miedo que genera que tengamos una sensibilidad enorme a las frustraciones, al cambio, a cualquier pequeña exigencia de la vida. Se dice que estamos haciendo hijos no preparados para la vida, que les protegemos tanto que no saben tolerar la más mínima frustración. Esto es un lugar común que se extiende por el mundo. Había una máxima griega que decía que tenemos la obligación de conseguir que nuestros hijos sean mejores que nosotros. Esa es mi esperanza. Que tengamos hijos que tengan menos miedos que nosotros, que sean más fuertes. Según dicen los psicólogos, teorías, etc., es al revés, estamos haciendo niños hiperprotegidos, incapaces de tener adaptación a la exigencia de la vida. Entonces, ahí el miedo de esos niños es el miedo a la vida. Bueno, no lo sé, ojalá nos equivoquemos. Pero bueno, ahí está un miedo bien conocido. Otro miedo es el miedo a todo lo que es extraño, a lo que es diferente de nosotros, a lo diferente, al cambio. Porque todo cambio exige estrés. Preferimos la estabilidad, lo conocido, que lo desconocido. Aunque hay personas que es todo lo contrario, que tienen una personalidad de riesgo, les va la marcha y no duran nada. Pero claro, el miedo al cambio es consustancial con el ser humano y nuestra sociedad es profundamente cambiante. También, otro miedo muy común es a que las nuevas tecnologías nos superen y acaben con nosotros. Ese es un miedo que se está extendiendo muchísimo, ahora, desde que estamos con la inteligencia artificial. Ya lo teníamos antes. “Oh, los móviles, las tablet, el ordenador, la informática, va a acabar con nosotros”, olvidando una cosa. Y es que el que describió, por primera vez, la ciencia de la informática de las tecnologías, que fue Norbert Wiener. Pues definió la cibernética como la ciencia del control. Y finalmente, hay un gran miedo, por decirlo así, que es a la soledad. Posiblemente sea uno de los grandes miedos de una sociedad que se basa en la comunicación, en que somos muchos, en el mundo, y sin embargo, tenemos mucho miedo. A la soledad es como, si hacemos ahora una encuesta, el mal más común de las personas mayores en nuestro país es la soledad, no ver a nadie.

10:46
Jesús de la Gándara. Pero todos podemos sentirnos solos, ¿verdad? Entonces, la soledad sentida como sufrimiento es la soledad subjetiva. No es el “estoy solo”, sino el “me siento solo”. La soledad, de las personas mayores en particular, cuando es subjetiva y se acompaña de soledad objetiva, es decir, “estoy sola y además me siento sola”, es dañina, es maligna y, además, es adictiva. Recuerden que los seres humanos nos hacemos adictos a todo, también a la soledad. “El buey solo, bien se lame”. ¿Por qué? Pues porque relaja la tensión, porque no es tan exigente, porque, bueno, no pasa nada porque no me lave los dientes, pero como un día dejes de lavarte los dientes, no te los lavas más. No pasa nada porque hoy no me cambie la camisa, pero mañana estará sucia la camisa, y a lo mejor huele mal. Y así, la soledad esta se convierte en una soledad maligna. Esa palabra la acuñamos en un libro, en un trabajo que hicimos hace muchos años, sobre la soledad patológica. Sobre una cosa que describimos los primeros casos en España y lo dimos a conocer en todo el mundo, a través de publicaciones científicas que ustedes conocen que es el síndrome de Diógenes. ¿Verdad que sí? Bueno, pues esto nació cuando unas personas que nos traían al hospital en Burgos eran personas solitarias, abandonadas y que no querían dejar de estarlo. Pero la soledad les iba matando, iba como un cáncer. No solo iban minando la convivencia, sino el autocuidado, la protección, la salud, la higiene, todo. Hasta que mueren, mueren solos. ¿Qué podemos hacer contra la soledad, esa soledad maligna? Pues mire, la compañía de verdad tiene tres cosas. Lo primero es coexistir. Es decir, tener un techo común, vivir debajo de un techo, aquí. No en la compañía en América, no, aquí. La coexistencia, pues, te da eso que hemos dicho antes, una cierta sensación de seguridad. Pero puede ser que esa coexistencia sea de dos personas que ni se hablan, que ni se entienden. Entonces, esa coexistencia a veces incluso es peor todavía. La coexistencia se tiene que acompañar de otra cosa que es la convivencia. Y la palabra convivencia significa tener con quien comer. Eso es lo que significa. Convivencia es compartir los víveres de vivencia, víveres. Es decir, que si no te quieres sentir sola, desayuna con alguien. La principal receta que yo le he dado siempre a las personas solitarias es: “Todos los días desayuna con alguien. Levántate y desayuna con tu hijo, con tu madre, con tu esposo o con quien sea”. Y finalmente una tercera palabra, que es la compenetración. La compenetración, es compartir palabras, sentimientos, lenguaje, escuchar, etc. Es decir, que si se dan esas tres, entonces sí que tienes verdadera compañía. Y ahora usted me va a preguntar: “Pero, y si estoy sola, ¿cómo hago todo eso? ¿Quién me puede dar coexistencia? ¿Quién me puede dar convivencia y quién me puede dar compenetración?”

14:29
Jesús de la Gándara. Tu espejo. El espejo donde tú te miras. Ahí está esa persona. Ahí está esa persona. Mírala a los ojos. Poneos delante de un espejo cuando vayáis a casa. Esto es muy difícil de hacer. Se pone uno delante del espejo y habla con esa persona que está allí. La mira a los ojos, a esa persona. No, así, a ver qué tal está la barba. No, no, no, no. A los ojos, y aguantas. Entonces estás acompañada, porque no tienes soledad subjetiva. Estás sola, pero no te sientes sola. Si no te sientes sola, los demás no te ven como un solitario y enseguida es fácil que alguien te llame por teléfono o que cojas la tablet y hables con mi madre que está en Extremadura. Hombre, no me digan ustedes que las pantallas no sirven para resolver la soledad. Cuando oigo a alguien decir: “Pobrecito, mira, está comiendo solo y está ahí solo venga a consultar el móvil. ¡Qué solo estará!” Pero si está hablando con su amada, que la quiere muchísimo y le está diciendo: “Cariño, cuánto te quiero”. Por favor, eso no es malo, es bueno. O estoy hablando con mi madre, que es una señora mayor que está en su casa, en Cáceres, ahora mismo, y se siente acompañada. No se sientan solas. No se aburran nunca. Porque si aprendes a reírte de ti mismo, tienes diversión para rato. Gracias. Muchas gracias.

16:11
Mujer 2. No me falta nada en la vida, ¿por qué me siento vacía interiormente?

16:16
Jesús de la Gándara. ¿Está segura que no le falta nada?

16:17
Mujer 2. Hombre, algo faltará.

16:18
Jesús de la Gándara. Algo faltará. Nadie puede tener el sentimiento de completud absoluto. Siempre nos falta algo. Nunca podemos tener toda la felicidad, ni toda la salud, ni todas las croquetas del mundo, ¿verdad? Entonces, siempre nos falta algo. Pero esto sucede, especialmente, en un mundo que nos da mucho. Cuando éramos muy elementales, muy pobres, allá en una cueva en Atapuerca, de donde yo vengo, o en Extremadura, en mi pueblecito, pues era fácil ser felices con cuatro cosas, porque no teníamos mucho más. Pero si tenemos un mundo que se rige por la ley del híper, ya no hay supermercado, es hipermercado, hiperpotencia, hipervelocidad. En un mundo hiper hay muchas cosas. Está lleno de oportunidades. Tenemos tantas cosas que cuesta elegir. No sabemos cómo hacerlo, ¿verdad? Si tenemos tantas cosas, es fácil tener sensación de que nos falta algo, de que no lo tenemos todo. Porque además siempre nos comparamos con otros que tienen más que nosotros. Pero seguro que usted y yo tenemos más jerséis o más pantalones o más calcetines de los que necesitamos. Porque incluso si eres muy humilde, tienes acceso al gran hipermercado del mundo. Entonces, esto genera varios sentimientos que voy a tratar de explicar, que podríamos traducirlos en trastornos del mal vivir. Ese sentimiento de incompletud, de vacío, es un trastorno del estilo de vida, de la vida en la que vivimos. Y esta vida se caracteriza por cuatro vicios, por llamarlos de alguna manera. El primero es el posesionismo, posesionismo compulsivo. Queremos tener mucho, todo. Queremos tener más de lo que necesitamos. El segundo es el apresuramiento vital. Vamos a toda velocidad. Si pudiéramos llegar antes de ya, no sé cómo se podría decir, pero eso queremos también, una velocidad absoluta en todo. Los móviles, las tecnologías, nos sitúan en la orilla de la eternidad. Como si el tiempo, en vez de ser lineal, se expandiera. Otro vicio es lo que llamó un teórico de la sociología de los años 90, la infosaturación. Lo llamó cuando no había móviles ni pantallas. Estábamos infosaturados, decía. Imagínese si hubiera nacido ahora, ¿no? No sé, si cualquiera de ustedes abre el móvil, seguro que tiene 20 o 30 mensajes esperando ahí, y comercializadoras y anuncios, etc. La infosaturación produce una especie de infotoxicidad. Y esto afecta cómo funciona nuestro cerebro, pero también nuestro corazón, nuestras ansias, etc. Y finalmente, está el gran espejismo del mundo. Antes, tener un espejo era muy difícil. Un espejo, en una casa, donde nos mirábamos todos, pero antes de eso sólo lo tenían los ricos. Ahora tenemos muchos espejos, cada uno en nuestra casa. Tenemos muchos sitios para mirarnos, pero es que además el mundo está lleno de escaparates, que son otro espejo donde, de alguna manera, nos miramos. Vamos por la calle, miramos a ver qué tal estamos, en el escaparate, y encima detrás: “Ay ese trajecito me va a quedar a mí de cine”.

19:44
Jesús de la Gándara. Sí, sí. Luego entras, te lo pones, y ¿dónde está el cine? Pues hombre, si resulta que hay tantos espejos donde mirarnos y que producen tanto espejismo, los espejismos son falsedades. En vez de utilizar esos espejismos para creer que somos dioses y que podemos hacer lo que nos dé la gana, lo podemos hacer bien, podemos utilizarlo para una conducta ética, para una conducta moral. Esto es las virtudes que podemos aplicar a los vicios de nuestra sociedad, ¿no?

20:16
Marta. Hola, Jesús. Mi nombre es Marta y quería preguntarte, ahora que se habla tanto de ansiedad, ¿cómo saber si estás en un momento de ansiedad o simplemente estás pasando por un momento de estrés?

20:31
Jesús de la Gándara. Estrés no es una palabra psicológica. No, no la han inventado los psicólogos. La inventaron los físicos o científicos técnicos. Y significa la capacidad de resistencia de un material. Imagínense una viga que soporta 1.000 kilos, y yo le pongo 900 kilos. ¿Qué tal estará la viga? Bien. Aguanta, ¿verdad? ¿Y si le pongo 1.001? Pues ya empezamos a estar un poco… ¿Sabe qué le va a pasar a la viga? Que se va a calentar. Se va a empezar a calentar. ¿Y si le pongo 1.002? Más. ¿Y si le pongo 1.100? A lo mejor se empieza a doblar. Y si le pongo 1.500 se hunde. Eso es el estrés, la capacidad de resistencia desbordada por la exigencia. Y eso es lo mismo que nos pasa a los seres humanos, que cuando tenemos un estímulo que nos altera, nos afecta, nos exige una adaptación a la vida, pues empezamos a tener resistencia, llega un momento en que la resistencia ya flaquea, llega un momento en que nos hundimos. Entonces, decimos: “Estoy estresada”. “Estoy estresado”. Lo primero que empezamos a sentir los seres humanos es tensión, inquietud, desasosiego, nervios. “No llego, no puedo, me está superando”. Y eso es ansiedad. Pero la ansiedad puede ser que venga de las cosas que nos suceden de fuera, porque nos pasan muchas cosas que pueden ser estresantes, negativas, que exijan un esfuerzo, o puede ser que venga de dentro, de cómo soy yo, que soy nerviosa. De suyo, porque he nacido así, y cualquier cosa me preocupa… Y entonces tengo una sensación de desasosiego, de incompletud, de que no valgo, etc. La ansiedad consiste esencialmente en miedo. Miedo a no poder, a no saber, a no resolver, a no abarcar la vida, las exigencias, etc. Pero ese miedo es el mismo miedo que siente un animal cuando se ve amenazado por una amenaza de otro animal que se lo quiere comer. La ansiedad es una respuesta que nosotros damos al estrés. Damos una respuesta para defendernos. La ansiedad, ¿qué hace? Prepararnos. Hace que vaya más rápido el corazón, que se ponga el metabolismo en marcha, que se dilaten las pupilas, que se pongan los pelos de punta. Pero, ¿y si no hay la amenaza y ponemos en marcha la defensa? ¿Y si segregamos adrenalina, cortisol, etc., para defendernos de algo que no es más que una conjetura mental? Entonces eso es la ansiedad patológica. Esa es la que te hace sufrir. La ansiedad patológica te hace no dormir, no pensar correctamente, no actuar correctamente, acelerar el lenguaje, decir lo que no quieres decir, irritarte, etc. Pero hay otra forma de ansiedad que llamamos angustia. Un sabio dijo que era sobrecogimiento. Estar sobrecogido significa estar como metido dentro de uno mismo, replegado. Y angustia significa estrechamiento. Ángor, como la angina, y como las anginas, estrechamiento. Es lo que significa angustia. Significa que no puedo, que es como si algo me atenazara. Me mete dentro de mí mismo. No puedo hablar. Me quedo paralizado. No puedo expresarme. No tengo desasosiego. Tengo lo contrario, tengo parálisis. No puedo respirar, como si me ahogara. Eso es la angustia.

24:19
Jesús de la Gándara. Imagínense ustedes, todas las personas aquí presentes, incluido un servidor, hemos tenido ansiedad y angustia alguna vez en la vida. Todos. Ahora imagínense una época que hayan tenido una semana, un mes, chungo. Concentren todo ese miedo, en una bola, en un minuto. Eso es un ataque de pánico. Una ansiedad intensísima que nos desborda totalmente, que nos produce pánico, terror. Por eso se llama ataque de pánico, crisis de pánico. Pánico a morirnos, literalmente a palmarlas, a que: “No puedo, me voy a morir”. Vale, y la cuestión es: “Bueno, ¿y qué hago yo? ¿Cómo sé si me estoy muriendo o no? ¿Qué hago?” Hombre, pues vamos a ver: “Intenta mantener la calma. Respira hondo”. Te dirá una persona que está muy nerviosa, que está a tu lado: “¡Ay, ay! ¿Qué te pasa? Tranquila, por favor, respira”. Y resulta que te estás poniendo más nerviosa porque ella está más nerviosa que tú. Esto nos pasa a veces a los médicos cuando vamos en los aviones, y a alguien le da un ataque de pánico y la azafata dice: “¿Hay algún médico?” Y todos hacemos… Menos un servidor, que levanta la mano y dice: “Aquí estoy yo”. Y en una ocasión me dijo una azafata: “Mire, doctor, lo único que de verdad nos ayuda es saber que usted está ahí, y que usted esté calmado. Porque nosotros estamos muertos de miedo y esa persona también está muerta de miedo. Y yo no sé si esa persona se va a morir o lo que tiene es un patatús de nada”. Pero es fácil resolverlo. Basta con tener un médico que esté tranquilo, que esté a tu lado, que te diga: “Venga, vamos a hacer una cosa. Respira por la nariz, retén el aire, espera un poco. Respira por la nariz, no respires tan deprisa, intenta relajar las manos”. “Ay, si las tengo contracturadas”. “Venga, yo te la cojo”. Así se hace. Puede ser que tarde unos minutos, como mucho unas horas. O si tienes algún ansiolítico a mano y se lo puedes dar a esa persona, pues estupendo. Y si no, el mejor ansiolítico es tu calma, tu sosiego, que lo transmitas y que le des seguridad.

26:41
Alfonso. Mi nombre es Alfonso, y me gustaría que nos explicase la diferencia entre tristeza y depresión. Y si puedo, ¿por qué se me acelera el corazón para hacer la pregunta?

26:59
Jesús de la Gándara. Porque en este tipo de situaciones lo difícil es estar sereno, tranquilo, ¿verdad? Cuando luego salgamos de aquí, aunque parezca que yo no estoy nervioso, estaré agotado, porque mi sistema de ansiedad se ha acelerado, se ha puesto en marcha y está pidiéndome mucho, mucho trabajo, mucha exigencia. Pues igual le ha pasado a usted en más breve plazo. No pasa nada, pero vamos a centrarnos. Tristeza y depresión. ¿Cuántos de los aquí presentes han estado alguna vez tristes en su vida? Ahora no van a querer responder a la pregunta. ¿Cuántos han estado deprimidos? ¿Se dan cuenta? Dos sentimientos humanos muy comunes. La tristeza es normal. Nos pasa a todos los seres humanos. La depresión no. Es patológica, es una enfermedad. Todos podemos estar tristes, pero esa tristeza se quita. ¿Puede ser que esa tristeza sea muy intensa? Una pérdida de un ser querido. Incluso ahora, por ejemplo, la pérdida de un animal querido, nos produce una enorme tristeza. Puede que sea más grande incluso esa tristeza que la de una depresión. Pero se va, desaparece. La diferencia entre la tristeza y la depresión es que en la depresión no solo estás triste, sino que no puedes ponerte alegre. Te impide salir, no puedes salir, te impide ponerte alegre, te impide poner en marcha los mecanismos de defensa. Estás hundido, estás incapacitado. Entonces, ¿qué criterio utilizo yo cuando tengo delante una persona que viene y pone en la hoja “consulta por depresión”? Entonces, yo tengo que saber si está triste o está deprimida. Entonces, yo siempre les digo a las personas que están ahí tres cosas. “Mire, para yo aceptarla a usted como paciente depresiva o depresivo, uno, tiene que tener ”s”. Sufrimiento, ¿vale?” Pero el sufrimiento no es una enfermedad. ¿Quién de los aquí presentes ha tenido sufrimiento alguna vez en la vida? Todos. Entonces, tienen que tener una segunda cosa. La “i” de incapacidad. “No puedo. No puedo dormir. No puedo comer. No puedo salir del pozo. No puedo manejarme. No puedo ponerme alegre”. Entonces, si tienen “s” y tienen “i”, tienen “si”. Pero falta otra cosa. “Ya, doctor, pero es que yo a usted le necesito. Necesito ayuda”. Es la “n”, necesidad. Si tienen “s”, “i”, “n”, tienen un “sin”. Estoy sin vida, sin energía, sin lo que sea. Las palabras depresivas usan mucho esa palabra, “sin”. No puedo, sufro, etc. Así es que el acrónimo “s” es muy sencillo. Se lo pueden ustedes quedar. Estoy con un “sin”. Van ustedes a su médico de cabecera y le dicen: “El doctor de la Gándara me ha dicho que tengo un “sin”. Y les dirá: «Está loco ese psiquiatra”. Bueno pero ustedes me van entendiendo ¿verdad? Tienen un “sin”. ¿Pero saben cuál es la “n” de verdad grave del “sin”? Es la “n” de “nada”. Lo que le pasa a una persona depresiva es que nada le consuela. nada le alegra. Díganme ustedes si eso no es doloroso,¿verdad?

30:57
Jesús de la Gándara. para una persona. Bueno, entonces nosotros lo que hacemos es cambiar el “sin” por el “con”. ¿Y saben cuál es la “c”? La “c” es la “c” de consuelo, de compañía, de coexistencia, de constancia, de control, sobre todo de control. Porque si tú tienes sensación de control, no tienes angustia, no tienes miedo. Hace ya muchos años, cuando era pequeño, descubrí eso. Si siento control, no siento ansiedad. A ver, piénsenlo. ¿Se puede sentir a la vez control y ansiedad? No. Yo lo descubrí cuando empecé a aprender a esquiar. Si tienes sensación de que controlas en la nieve, disfrutas. Si tienes sensación de que no controlas, te mueres de miedo en un plano así. Entonces, el control es esencial. Contra el “sin”, el “con”, control. ¿Y la “o” de qué? Pues mire, la “o” de orden, de tener sensación de que estoy organizado, de que la vida está organizada, que de que no me produce sustos, de orden. Y la “n” de normalidad. Me siento normal. Estoy haciendo la vida normal, con naturalidad. Así es que si tenemos “sin”, depresión, y le ponemos “con”, tratamiento, mediante tratamientos, ayudamos a esa persona a que vuelva a estar triste, pero no enferma. Gracias. Muchas gracias.

32:53
Mujer 4. Hola, doctor.

32:54
Jesús de la Gándara. Hola.

32:54
Mujer 4. Una pregunta. Yo soy una persona que le da muchas vueltas a todo, y soy muy sensible. ¿Cómo puedo tener control de mis emociones?

33:02
Jesús de la Gándara. Antes hablábamos de una enfermedad. Ahora no vamos a hablar de una enfermedad. No de estar enfermo, sino de ser peculiar. Por ejemplo, todos podemos ser tacaños, pero algunos son tan tacaños que son don tacañón. Ya está, ¿no? Entonces, no es lo mismo ser ahorrativo que ser tacaño, ¿verdad? Son rasgos, digamos que son dimensiones. En la depresión, o estás o no estás deprimido. En la forma de ser, no. Por ejemplo, ¿cuántas de ustedes son ordenado-concienzudas? Todo controlado, limpio sobre limpio. “No me pises que lo acabo de…” Bueno, esto es un rasgo de algunas personas. O: “Ay, es que todo me afecta, soy muy sensible. “El viento que da del sur ya me pone de los nervios”. O: “Es que el otoño… En fin,soy muy sensible a muchas cosas». Antiguamente usábamos un concepto que está denostado y que ya no lo usamos porque parece feo decírselo a alguien,pero bueno,lo inventó la gente como Freud y otros psicólogos de aquella época.» Era el concepto de “neurosis”. Neurosis, personalidad neurótica, que son personas que tienen muchos nervios, que cualquier cosa les afecta, que todo les desborda, que cualquier cosita de nada les lleva a tener una tormenta de sentimientos, de sufrimientos, etc., ¿verdad? Entonces, quiero que cambien el chip. No es un problema del estar, sino del ser. Cómo somos es otra forma de concebir el sufrimiento humano. Hay algunas personas que tienen rasgos de personalidad tan intensos y tan definidos, que podríamos decir que son patológicos. Personalidad neurótica, angustia neurótica, angustia vital, han nacido así. O han nacido reguleras, pero la vida los ha ido haciendo peor. Entonces, eso se llama carácter. Carácter neurótico, carácter nervioso, carácter ansioso, carácter depresivo, etc. Digamos que la forma de ser se configura con lo que nacemos, lo que llevamos en los genes. “Igualito que tu padre”, o “igualita que tu abuela, si es que sois igualitos, hasta movéis el azúcar igual”, ¿no? Esto es algo que lo sabemos todos los seres humanos. Y si tienes la mala suerte de que has nacido con nervios, digamos, con neurosis, pues mira, es así. Ahora, ¿esto es una condena? No. Ser neurótico, ansioso, especialmente hipersensible, lo que sea, ¿es un desdoro, es un desdén para la persona? No. ¿Es algo indignante? En absoluto. Se puede ser muy feo y tener una madre que te quiera mucho, ¿no? Sí, ¿verdad que sí? O se puede ser rarito y tener a una persona que te quiera más todavía. O sea que eso es así. No tenemos por qué pensar que eso es un demérito de la forma de ser, ni mucho menos. Es una forma de ser. Lo que pasa es que siempre te hace sufrir. Bueno, pues aceptemos que tú eres una de estas personas ordenado-concienzudas. Tienen hasta un nombre. Se llaman personalidades anancásticas. Necesitas tener todo bajo control para sentirte bien. Siempre vas a estar pensando que te quedan cosas por hacer, que no lo has hecho todo lo bien que podías, que no has limpiado todo lo limpio que pusieras, que no has dicho la palabra oportuna al amigo oportuno, que es que me he quedado con…

36:38
Jesús de la Gándara. Y eso lo llevas en una mochila, en la espalda. Pero es que además, las personas como tú, déjame que te utilice de conejillo de indias, resulta que ves la vida cuesta arriba. Uf, madre mía, ¿quién va a subir hasta allí? Madre mía, con lo difícil que es todo. Y tengo que limpiar el polvo y además no sé qué, los niños, y ahora tengo que ir de compras y luego no sé qué y estudiar y no me queda tiempo. Todo, una bola. El futuro lo ves como una bola. Una bola enorme que se va hinchando, hinchando, hinchando y entonces se te va metiendo la bola en el cuerpo y resulta que vas con una mochila que cada vez es más gorda y una bola por delante para subir una cuesta arriba, que es la vida. ¡Dios mío, por el amor hermoso! ¿Cómo vas a subir? Eso es un ejemplo de un tipo de personalidad que es muy descriptivo y que nos pasa mucho a las personas. Hombre, en pequeña medida nos pasa a todos, pero en gran medida le pasa a algunas personas. Esas personas llega un momento que se fatigan tanto, que se deprimen. Agarran unas depresiones melancólicas terribles, porque se sienten fracasados ante la vida. No poder con la vida. Eso es la personalidad. Y eso es la personalidad hipersensible. Ahora bien, ¿y esto tiene solución? ¿Se pueden cambiar los rasgos genéticos que has heredado de tu abuela, que era exactamente igual que tú? Pues sí, se pueden cambiar. ¿Se pueden cambiar los rasgos que se han aprendido en la vida? Porque la vida te ha dado palos y te ha enseñado. Sí. ¿Cuál cuesta más? ¿Cambiar los genéticos o cambiar los aprendidos? Pues yo creo que más los aprendidos, porque son como hábitos, como lo que hace al monje. Y son tan nuestros, los hemos desarrollado nosotros, que nos parecen lo normal. Entonces, eso cuesta mucho cambiarlo, pero se puede hacer. Y se puede hacer con, vamos a utilizar dos atributos. El primero es la intelegancia. Quédense con esa palabra, se la regalo. Intelegancia. Inteligencia, mirar para dentro, elegancia, mirar para fuera. Inteligencia, dentro, leer, leer dentro de ti mismo. Hombre, habla contigo mismo un poquito más, pregúntate qué es lo que te pasa, no le preguntes a los demás, mira para adentro. Y elegancia, significa “e”, exterior y “legere”, leer, leer el exterior, saber leer el exterior. Eso es la elegancia, saber elegir correctamente. Entonces, si eres muy sensible, pues a lo mejor puedes cambiar, puedes elegir, etc. Y finalmente, una recomendación, o tres recomendaciones, que son las recomendaciones griegas por excelencia. Había un templo en Grecia, quedan allí unas ruinas. Algunos que hayan viajado a Grecia las habrán visto. El templo de Delfos, donde había las sacerdotisas, las pitonisas que te leían el futuro, etc. Y era el templo del Dios más bello, de Apolo, el más sabio de todos los dioses. Entonces, allí grababan frases en las paredes cinceladas que han pasado a la historia. Una, “conócete a ti misma”. Conócete a ti mismo, que es lo más difícil que tenemos de conocer. Mira para adentro, sé intelegante, conócete a ti mismo. Si te conoces a ti mismo, te manejas mejor, tienes más sensación de control, tienes menos ansiedad. Segunda, obra con mesura, con comedimiento.

40:20
Jesús de la Gándara. Nada en exceso. Y el tercero, y ahí va la clave de todo esto, ellos decían que todo se hace aprendiendo. Se puede aprender, se puede aprender de todo. Pero sobre todo decían una cosa: “Tienes que aprender a aprender, que tu actitud, ante la vida, sea siempre: aprende, aprende, aprende, aprende”. Hoy, aquí, yo voy a aprender más que ustedes. Porque estoy escuchando los errores que cometo y estoy viendo sus caras, sus respuestas, y voy a aprender. Ustedes aprenderán un poquito, a lo mejor, o un muchito, no lo sé, pero yo más. Esa actitud de aprendizaje es lo que tienen que hacer las personas que son así, que son hipersensibles, para ir aprendiendo cositas de aquí y de allá, de aquí, de allá. Y eso lo puede hacer uno solo, escuchando este tipo de cosas o leyendo, porque esto está en la literatura de todos los tiempos, en los griegos, en los sabios, etc., en los libros de autoayuda. Pero también se puede aprender en una psicoterapia. Una cosa que decía una sabia española, que se llamaba Anaïs Nin, decía: “Mira, chico, las cosas no son como son, son como somos”. Así es que una mala noticia, lo siento, ser así implica sufrimiento. Una buena, se puede cambiar. Nada más. Gracias. Gracias. Muchas gracias.

42:08
Mujer 5. Hola, doctor. Yo soy una persona que consume mucho las redes sociales y, a veces, aunque no quiera, me suele comparar. Entonces, la pregunta es: ¿cómo nos afectan o cómo puedo hacer para que no me pase?

42:19
Jesús de la Gándara. A ver, las redes sociales son el gran escaparate del mundo. Hoy día, es el lugar donde todos nos ponemos y nos exponemos. Y en un escaparate las cosas están bellas. Nadie pone un escaparate con cosas feas, ¿verdad? Pones cosas bonitas, para que la gente entre y compre. Pero casi siempre el escaparate te da una visión un poco deformada de la realidad. Esa idealización que hay allí, en el escaparate, es la misma que tiene tu cerebro. Tu cerebro tiene un esquema de ti misma. En tu mente, digamos, se ha ido acumulando datos, que es como tú te has ido viendo, cómo has generado aquí un homúnculo, una figura, de ti misma, que tiene que ver con cómo tú te ves. Ponemos en contraste una idea que tenemos de nosotros mismos, con otra idea que tenemos de los demás. Entonces, esas ideas pueden ser acertadas o pueden ser erróneas. ¿Quién sabe de sí mismo suficiente para nunca equivocarse? Nadie. ¿Todos nos conocemos bien a nosotros mismos, físicamente, mentalmente? No. Es posiblemente una de las mayores dificultades que tenemos los seres humanos, la tarea más difícil que tenemos que asumir. Yo, a muchas personas cuando vienen a la consulta y empiezan: “Doctor, vengo a verle porque me duele la cabeza, porque estoy triste…” “Espere un poquito, no tenga prisa. Primero cuénteme quién es usted. Yo quiero saber quién es usted, con quién estoy tratando, claro. Porque si no, ¿cómo le voy a ayudar?” Uy, esa pregunta… Cuando le digo a alguien: “¿Me quiere usted contar quién es usted?” “Uy, pues yo soy…” Te atrancas, ¿verdad? Es difícil. Si es tan difícil saber quién soy yo, y cómo soy yo, y no usamos el espejo sabio para saber quién soy, cómo soy, en las redes nos va a pasar lo mismo. Y además ocurre una cosa, y es que es un tribunal que juzga con impiedad. Empezando por ti mismo, porque el más impío con nuestra propia imagen somos nosotros mismos. Cualquier detalle, cualquier granito, un kilito de más, este pelo por aquí, lo que me falta, lo que se me va cayendo. Yo que sé, cualquier cosa. Juzgamos eso de una manera terriblemente dura, no somos muy empáticos con nosotros mismos. Y encima lo sometemos a un juicio, a un escaparate universal, donde está todo. Y pretendemos que todo nos apruebe. Pero si tú no te has aprobado a ti mismo, ¿cómo te van a aprobar los demás? ¿Cómo puedo yo hacer para estar en redes y no juzgarme? Bueno, pues lo primero, utilizarlas para lo que son. No para juzgarte, no para compararte, no para exhibirte, no para hacer algo que es lanzar la imagen idealizada de ti mismo que tú tienes, que no sabes la que es y compararla con la imagen idealizada que tenemos de los otros. El gran escaparate del mundo tiene un inconveniente. Primero, es muy grande. En segundo lugar, es muy exigente. Y si a eso le añadimos la publicidad, la compra, la exigencia de utilizar las redes para adquirir cosas con las cuales ampliar mi seguridad y ampliar mi persona, etc., pues entonces nos sometemos a un auténtico infierno, ¿verdad? Que es cómo está sucediendo con muchas personas en las redes que acaban teniendo depresiones, angustias, estrés, etc. Que no son en absoluto diferentes de las que hablábamos antes, son las mismas.

45:59
Jesús de la Gándara. Lo que pasa es que el medio de expresión es diferente. Así es que, para eso, yo voy a recomendar otras tres cosas. La primera es distinguir entre la curiosidad. ¿A que les produce curiosidad trastear en las redes, mirar cositas de aquí para allá, etc.? Es curioso, ¿verdad que sí? ¿A que te lo puedes pasar bien? ¿Sí o no? Puedes pasártelo bien, hacer aquí, tal… Eso es curiosidad. Y la curiosidad siempre te permite aprender. Pero hay otra cosa que es mala, que es el curioseo. El curioseo, no. Entonces, si aprendes a curiosear sin curioseo, si tienes curiosidad pero no estás ahí como cotilleando estúpidamente, pues estás protegido. Tu curiosidad es buena. Pero dicen que la curiosidad excesiva mató al gato, ¿no? En fin, la siguiente es otra palabra, ilusión. ¿A que tenemos ilusión por muchas cosas en la vida? Ilusión por ser buenos, por ser guapos, por ser felices, por ser ricos, por ser queridos, por ser aprobados, por ser muchas cosas. Por ser, no por estar. Fíjense, confundimos el ser con el estar. ¿Recuerdan lo de antes? Resulta que tú estás opinando sobre el ser y solo es el estar. “Estoy guapa en esta foto”, y tú dices: “Soy fea, no soy guapa”. Entonces, eso tiene que ver con la ilusión, porque la ilusión es buena. “¡Qué ilusión tengo! ¡Me he enamorado!” ¡Qué ilusión tengo! Va a ser mi cumpleaños,y me van a regalar…” La ilusión es estupenda,¿verdad que sí? Ay cuando no tengamos ilusión,cuando ya no tengamos ilusión,¿qué vamos a hacer?» Pero hay una palabra que es el ilusionismo, que es lo que hacen los ilusionistas, los magos, que nos engañan. Pues las redes, en las redes, la línea entre la ilusión y el ilusionismo, es sutil, sutil. Cuando caemos en el ilusionismo estamos engañados, nos engañan las redes. Primera palabra, curiosidad. Segunda palabra, ilusión. Y tercera palabra, interés. Si tú tienes interés de verdad por las cosas, interés por aprender, por estar aquí, por hablar entre nosotros, por lo que venimos haciendo en la vida, pues resulta que aprendes, coleccionas, ganas dinero, etc. Pero lo contrario del interés son los réditos, los intereses, el sacarle partido, digamos, gratuito, a la vida. Y entonces eso es malo. El interés es bueno, la especulación es mala. Resulta que especulación viene de espejos, y los espejos son las redes. No hay mayor espejo. El gran escaparate del mundo, el hiper espejo. Claro, entonces, estamos sometiendo nuestra vida a un curioseo cotilleante, a una ilusión que es falsa, a un ilusionismo falso y a una especie de interés que es pura especulación. Y eso es malo. Si caemos en eso, somos muy débiles. En fin, condúcete a ti mismo, y entonces las cosas te irán mejor.

49:36
Jesús de la Gándara. Esa es mi respuesta. Gracias. Muchas gracias.

49:52
Álvaro. Bueno, mi nombre es Álvaro. Le quería preguntar, ¿por qué cuando llevo un determinado tiempo en un ámbito laboral, en una empresa, pues me acabo desmotivando? ¿Cómo puedo combatir esa desmotivación laboral?

50:07
Jesús de la Gándara. Tendría que preguntarle más cosas, más detalles. Pero bueno, vamos a hacer una respuesta un poco genérica acerca de por qué las personas en los trabajos se queman, se dice ahora, ¿verdad? Ahora se dice: “Estoy quemado”. Ese es un término que se derivó de una palabra inglesa que es el ‘burnout’, que está admetida ya en nuestro idioma y es común. La palabra trabajo viene de un concepto latino que es la cruz, el ‘trabum’, donde trababan a los esclavos para darles latigazos si no trabajaban bien, para castigar a los condenados. De ahí viene trabajo, fíjense. O sea que el trabajo es malo, por definición. O sea que lo difícil en esta vida no es trabajar, no es ganarse la vida trabajando. Eso lo hace cualquiera. Lo difícil es ganarse la vida sin trabajar, ¿verdad que sí? Bueno, no, no estamos de acuerdo, ¿verdad que no? Lo difícil es ganarse la vida con el trabajo y estar bien en el trabajo, y ser feliz en lo que haces. Me gustaría que entendieran lo siguiente. Miren, no es lo mismo el cansancio laboral, la fatiga laboral, que nos pasa a todos, y por eso necesitamos vacaciones. “Tengo una ganas de coger vacaciones”. Si tú estás fatigado y descansas, te recuperas. Eso es normal. Nos vamos de vacaciones, venimos como nuevos. Pero el ‘burnout’ o el agotamiento laboral no es así. Es una extenuación laboral. No es que esté cansado, es que estoy agotado, es que ya no puedo más. Y este trabajo, además de eso, me produce malestar, malhumor, no hago más que estar siempre cabreado, llevo los problemas del trabajo a mi casa, no dejo de pensarlos, ya no puedo más. Y tengo que coger una baja, porque si no me da algo. Esta es la situación. El ‘burnout’ es una enfermedad. Es un problema grave porque supone un agotamiento, no de lo que haces, que es el trabajo, sino de lo que eres, que es la profesión. Yo soy médico, trabajo viendo enfermos. ¿Mi profesión cuál es? Psiquiatra, soy psiquiatra, vale, pero a veces doy clases, otras veces veo enfermos, etc. Y muchas veces, cuando yo le pregunto a la gente: “¿Tú que eres?”, les cuesta responder. Si una persona no sabe lo que es, pero sí sabe lo que hace, ahí tenemos un problema, porque lo que es nos identifica y nos sentimos orgullosos de decirlo. De lo que hacemos, a veces sí y otras veces no, etc. Ahí empiezan los problemas. El no saber diferenciar entre el trabajo y la profesión. Ahora, cuando una persona está trabajando en unas condiciones inadecuadas, bien porque las condiciones son muy malas o porque ella misma no está preparada para esas circunstancias, se va produciendo, como en el estrés, el agotamiento de la viga. Poco a poco, poco a poco, poco a poco. Y llega un momento en que la persona está como la viga, quemada. Y cuando está quemada, ya no aguanta más. Entonces, ¿qué le pasa? Primero, que se siente agotada, que ya no puede más, que no soporta más, que el estrés le desborda, que el trabajo no le gratifica, que estoy harto, que si pudiera no iría a trabajar, etc.

53:46
Jesús de la Gándara. En segundo lugar, que empieza a ver, en los beneficiarios del trabajo, en lo que hace, en vez de ver a un amigo, a un compañero o a un objetivo, ve a un enemigo. “Otro paciente, si es que son todos iguales, no se cura ni uno”, dice un médico que está en ‘burnout’. “Otra vez, y aquí está”. “A la mina”, me decía un compañero que siempre me lo encontraba en el ascensor. “Qué, ¡a la mina!”. Digo: “Bueno, no sé”. Entonces, el trabajo, la profesión, nos fatiga a todos, por supuesto, pero a algunas personas tanto que les quema. ¿A quién les quema más? Pues a personas que están peor preparadas, que no tienen una formación, unos fundamentos profesionales adecuados. Segundo, a personas que tienen trabajos que no les compensan bien, ni económicamente ni en su sensación de utilidad, de que son útiles para algo, ni en su sensación de reconocimiento, de que alguien estima lo que hace, de que alguien dice: “Ay, doctor, muchas gracias. Me ha ayudado usted mucho”. Ya te vas a casa así de grande. Pero si nunca tienes un reconocimiento, o resulta que hay una discrepancia muy grande entre lo que tú eres y lo que tú haces. Has estudiado ingeniería técnica, pero estás trabajando como yo que sé, pues como fontanero, pues resulta que eso te va produciendo una sensación de malestar, de agotamiento y de fracaso, de fracaso profesional. ¿Cómo se sabe que una persona empieza a estar quemada? Lo primero es muy sencillo, empieza a hablar mal, habla mal, habla mal de lo que hace, está todo el día echando pestes. “Vaya mierda. Por aquí. Porque no me entienden. Porque no se puede. Porque es que falta. Porque es que no me llega. Porque no es igual. Porque mi jefe”. Siempre, mal lenguaje. Yo he hecho a veces la prueba. Voy el lunes por la mañana a trabajar. “Hola, buenos días. ¡Qué bien! ¡Ya es lunes! ¡Encantado de estar otra vez aquí! El jefe está mal de la cabeza. ¿Qué le habrá pasado a este? Ahora, y si ustedes van el lunes y dicen: “Joder, otra vez lunes. Vaya rollo. ¡Madre mía! Otra vez una semana. Tengo unas ganas que sea viernes”. Todo el mundo lo entiende, ¿verdad que sí? Es decir, el segundo elemento es que se contagia a toda velocidad. Una persona quemada, quema a los que tiene alrededor. Y al principio todos le dan la razón, pero cuando van pasando unos meses y ellos no están tan quemados, dicen: “Bueno, ya vale, ¿no? Ya está bien de echar pestes hombre. Serás tú, porque yo no”. Los demás ya empiezan a darse cuenta de que, esa persona, no se tienen que fiar mucho de ella, porque a lo mejor su trabajo no es tan malo. Es que es malo él. O no, o es que de verdad era una persona que tenía mucha ilusión, pero era ilusionismo. Tenía mucha curiosidad, pero no era… En fin, y entonces se ha ido quemando, quemando, quemando. Detalle importantísimo: no cuidan su lugar de trabajo. O sea, les aseguro que he tratado a centenares de personas, hemos investigado, publicado libros sobre esto, pero había un detalle que coincidía. Yo iba a un médico, a una enfermera, a uno de mi equipo, y yo entraba en su despacho y solo verlo ya sabía si estaba quemado. Hombre, una florecita, un cuadrito, un poquito de orden, esa limpieza, la ventanita abierta, en fin, algo, ¿no? Una alegría. Hay muchas personas bien preparadas que, sin embargo, se queman porque las circunstancias son lo que son. Extenuación del trabajo, mal compensados, no reconocidos, nunca alabados, no ajuste entre lo que han estudiado y lo que hacen. De tal manera que eso acaba trasladándose a la vida familiar, a tu sensación de bienestar, tu salud, te duele, empiezas a tener problemas con el cortisol, con el colesterol, mal comes, o te pasas un poco con la cervecita, o me voy a tomar una copa porque si no, no duermo. Empiezas a tener problemas. Uso de sustancias, enfermedades, cansancio, agotamiento, malhumor. Acabas quemando a todo el mundo, la gente te va dejando sola.

58:02
Jesús de la Gándara. Entonces, poco a poco, todo eso se va transmitiendo y acabas teniendo graves problemas que incluso llegan a la baja, las enfermedades, las depresiones, etc., que encima no aceptas, porque la culpa no es mía, es del trabajo, es de mis jefes, es de mi empresa. Entonces, si tú de verdad quieres cambiar, lo primero que tienes que hacer es aprender. Aprender tu profesión, estudiar, formarte, estar bien preparado. En segundo lugar, exigir. Tenemos derecho a ser trabajadores con una dignidad, pero la dignidad empieza por uno mismo, por ir correctamente preparado. Y finalmente, viene el que hay momentos en que los quemados están tan quemados que necesitan ir al psiquiatra, al psicólogo, necesitan un tratamiento, están deprimidos, tienen depresión, de verdad depresión, no tristeza. Y necesitan un tratamiento farmacológico, una psicoterapia y un aprendizaje. De verdad, he visto a cientos de personas así. Las personas que se dejan ayudar, que están quemados, pero que se dejan decir este discurso, que se sientan, que miran para adentro y que tienen de verdad recursos profesionales, lo resuelven. A veces se tienen que cambiar de trabajo, pero no de profesión. Ese es el mensaje positivo del ‘burnout’, que después de tantos años trabajando con él he aprendido, y me gustaría transmitir a todo el mundo, para que las personas quemadas se sintieran un poco aliviadas, más comprendidas y un poco más optimistas. Gracias. Gracias. Muchas gracias. Gracias.

59:55
Mujer 6. Yo quería preguntarle cómo se podría ayudar a aquellas personas que hoy lo están pasando mal y no ven una salida.

01:00:01
Jesús de la Gándara. Les voy a decir algo que les digo muchas veces a las personas que tienen problemas de salud mental. Mire, le voy a dar una mala noticia. “Doctor, ¿qué me pasa?” “No, mire, le voy a decir que no está usted enferma”. “Ay, ¿pero cómo va a ser una mala noticia?” Porque yo no sé ayudar a las personas que no están enfermas. Yo solo sé ayudar a los enfermos. Soy médico. Y a los no enfermos les pongo mi corazón pero no tengo mi ciencia”. Porque en la vida ¿cómo podemos ayudar a las personas que están sufriendo mucho y que muchas veces tienen una enfermedad mental,pero no lo aceptan no lo quieren aceptar o no lo saben, etc.? Claro, pues lo más importante es conseguir que haya una comunicación. Porque muchas personas que están sufriendo mucho se encierran, ponen un parapeto entre nosotros, la comunicación, se sienten débiles, no se sienten con fuerzas para afrontarlo, no saben cómo. Si quiero de verdad ayudar a esa persona que está sufriendo, tenga o no una enfermedad, es conservar la calma yo, es demostrar fuerza. Si estás débil, tengo que darte fuerzas. Si estás con mucha angustia, yo no te tengo que dar más angustia. Así es la idea. Así que ante una persona así, lo primero que hay que hacer es pues preguntarle, es mirarle. No con suficiencia. “Yo sé más que tú”, no. “Te doy consejos”, no. Sino con: “Aquí estoy, y lo que te ofrezco es mi corazón”. Bien, siguiente cosa. Insistir. Porque no te ha hecho caso en la primera, tú le dices: “¿Por qué no vas al médico? ¿Por qué no pedimos ayuda?” “Déjame en paz”. Insistir. Siguiente cosa, escuchar. Siguiente cosa, insistir. Siguiente cosa, estar disponible. Siguiente cosa, insistir. Siguiente cosa, no pedir que hagan, ayudar a que hagan. Insistir. Siguiente cosa, no indicarles el camino, acompañarles en el camino. Facilitarles las cosas. Insistir. Siguiente cosa, si no se puede más, recurrir a personas que nos puedan ayudar. Llamadme por teléfono: “Doctor, mire, ¿usted podría echarme una mano?” O a un amigo que tienes, o a un conocido, o al médico de cabecera, a alguien. Siguiente cosa, insistir. Siguiente cosa, pues hombre, abrirle las puertas de la sanidad, que son los médicos de cabecera que ven todos los días un 30% o un 40% de personas que no están enfermas, pero que necesitan ayuda, porque sufren. Insistir, porque así de mostrenca y de dura es el sufrimiento de la enfermedad mental. Porque nos puede afectar a todos. Porque no son ellas, somos nosotros. Porque todos los aquí presentes hemos tenido, tenemos o vamos a tener un problema de salud mental, todos. Yo también. Y mi familia y mis hijos y mi hermano y mi padre.

01:03:30
Jesús de la Gándara. Tenemos un futuro mejor si hacemos así las cosas. Lo que no tenemos, a lo mejor, son suficientes recursos para todos. Imagínense, las guerras, la gente que va a quedar lesionada mentalmente para siempre. Pero tenemos que insistir en tener más recursos, en estar más a disposición. Esa es la realidad y eso es bueno. Espero que algo de esto se pueda traducir en algo que ustedes puedan hacer si tienen a alguien que les necesita. Gracias.