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Jesús de la Gándara. En segundo lugar, que empieza a ver, en los beneficiarios del trabajo, en lo que hace, en vez de ver a un amigo, a un compañero o a un objetivo, ve a un enemigo. “Otro paciente, si es que son todos iguales, no se cura ni uno”, dice un médico que está en ‘burnout’. “Otra vez, y aquí está”. “A la mina”, me decía un compañero que siempre me lo encontraba en el ascensor. “Qué, ¡a la mina!”. Digo: “Bueno, no sé”. Entonces, el trabajo, la profesión, nos fatiga a todos, por supuesto, pero a algunas personas tanto que les quema. ¿A quién les quema más? Pues a personas que están peor preparadas, que no tienen una formación, unos fundamentos profesionales adecuados. Segundo, a personas que tienen trabajos que no les compensan bien, ni económicamente ni en su sensación de utilidad, de que son útiles para algo, ni en su sensación de reconocimiento, de que alguien estima lo que hace, de que alguien dice: “Ay, doctor, muchas gracias. Me ha ayudado usted mucho”. Ya te vas a casa así de grande. Pero si nunca tienes un reconocimiento, o resulta que hay una discrepancia muy grande entre lo que tú eres y lo que tú haces. Has estudiado ingeniería técnica, pero estás trabajando como yo que sé, pues como fontanero, pues resulta que eso te va produciendo una sensación de malestar, de agotamiento y de fracaso, de fracaso profesional. ¿Cómo se sabe que una persona empieza a estar quemada? Lo primero es muy sencillo, empieza a hablar mal, habla mal, habla mal de lo que hace, está todo el día echando pestes. “Vaya mierda. Por aquí. Porque no me entienden. Porque no se puede. Porque es que falta. Porque es que no me llega. Porque no es igual. Porque mi jefe”. Siempre, mal lenguaje. Yo he hecho a veces la prueba. Voy el lunes por la mañana a trabajar. “Hola, buenos días. ¡Qué bien! ¡Ya es lunes! ¡Encantado de estar otra vez aquí! El jefe está mal de la cabeza. ¿Qué le habrá pasado a este? Ahora, y si ustedes van el lunes y dicen: “Joder, otra vez lunes. Vaya rollo. ¡Madre mía! Otra vez una semana. Tengo unas ganas que sea viernes”. Todo el mundo lo entiende, ¿verdad que sí? Es decir, el segundo elemento es que se contagia a toda velocidad. Una persona quemada, quema a los que tiene alrededor. Y al principio todos le dan la razón, pero cuando van pasando unos meses y ellos no están tan quemados, dicen: “Bueno, ya vale, ¿no? Ya está bien de echar pestes hombre. Serás tú, porque yo no”. Los demás ya empiezan a darse cuenta de que, esa persona, no se tienen que fiar mucho de ella, porque a lo mejor su trabajo no es tan malo. Es que es malo él. O no, o es que de verdad era una persona que tenía mucha ilusión, pero era ilusionismo. Tenía mucha curiosidad, pero no era… En fin, y entonces se ha ido quemando, quemando, quemando. Detalle importantísimo: no cuidan su lugar de trabajo. O sea, les aseguro que he tratado a centenares de personas, hemos investigado, publicado libros sobre esto, pero había un detalle que coincidía. Yo iba a un médico, a una enfermera, a uno de mi equipo, y yo entraba en su despacho y solo verlo ya sabía si estaba quemado. Hombre, una florecita, un cuadrito, un poquito de orden, esa limpieza, la ventanita abierta, en fin, algo, ¿no? Una alegría. Hay muchas personas bien preparadas que, sin embargo, se queman porque las circunstancias son lo que son. Extenuación del trabajo, mal compensados, no reconocidos, nunca alabados, no ajuste entre lo que han estudiado y lo que hacen. De tal manera que eso acaba trasladándose a la vida familiar, a tu sensación de bienestar, tu salud, te duele, empiezas a tener problemas con el cortisol, con el colesterol, mal comes, o te pasas un poco con la cervecita, o me voy a tomar una copa porque si no, no duermo. Empiezas a tener problemas. Uso de sustancias, enfermedades, cansancio, agotamiento, malhumor. Acabas quemando a todo el mundo, la gente te va dejando sola.