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¿A qué suena la banda sonora de tu vida?

Elizabeth Clapés

¿A qué suena la banda sonora de tu vida?

Elizabeth Clapés

Psicóloga


Creando oportunidades

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Imagina que pudieras elegir cada mañana cómo quieres ser, de qué manera te gustaría relacionarte con los demás y cómo hacer una buena gestión de las emociones. Para la psicóloga Elizabeth Clapés es posible si habitamos el presente y prestamos atención a lo que nuestro cuerpo nos está diciendo y por qué. En nuestro día a día tenemos una gran cantidad de pensamientos y sentimientos, nos cruzamos con multitud de personas y experimentamos todo tipo de situaciones. Identificarlas y saber distinguir las que podemos cambiar de las que no es clave para dejar de vivir en piloto automático y hacernos responsables de nuestro propio bienestar.

“La ansiedad nos dice que algo no va bien: que hay un trabajo que nos está afectando para mal, que alguien nos está generando malestar, que hay una decisión que tenemos que tomar y no somos capaces… Cualquier cosa que nuestro cuerpo interpreta que nos está haciendo daño”, sostiene. Escuchar lo que nuestro cuerpo viene a decirnos es comprender que la ansiedad no es más que un mecanismo de alerta ante situaciones que nos resultan amenazantes. Por ello, Clapés insiste en la importancia de hacer ejercicios de introspección para conectar con la capacidad reflexiva que tiene la mente de ser consciente de nuestros estados físicos y emocionales.

Elizabeth Clapés es psicóloga y está especializada en el ámbito de la sexología clínica y las relaciones de pareja. Actualmente se dedica a la divulgación de la psicología en redes sociales y a acompañar a personas en su proceso terapéutico. En sus libros ‘Querida yo’ y ‘Hasta que te caigas bien’ expone la salud mental como una prioridad vital para aceptarnos, cuidarnos y crear relaciones sanas con los demás, primero y principalmente con nosotros mismos.


Transcripción

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Elizabeth Clapés. Soy Elizabeth Clapés, psicóloga y creadora de contenido, y escritora de «Hasta que te caigas bien» y «Querida yo».

00:16
Isabel Tesch. Hola, Elizabeth.

00:17
Elizabeth Clapés. Hola.

00:17
Isabel Tesch. Mi nombre es Isabel. Soy directora de Recursos Humanos y madre de dos hijos de 18 y 15 años.

00:23
Elizabeth Clapés. Encantada.

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Isabel Tesch. Hoy más que nunca sabemos lo importante que es conocernos, saber qué queremos y qué no, pero muchas veces nos causa ansiedad y preocupación. ¿Cómo podemos manejar esta ansiedad ante situaciones que nos desbordan?

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Elizabeth Clapés. Yo creo que lo principal es entender que la ansiedad es la alarma, pero no el incendio, en el sentido de que, en muchas ocasiones, viene a decirnos de alguna manera, como puede, que algo no va bien: que hay un trabajo que nos está afectando para mal, que nos estamos relacionando con alguien que nos está generando malestar, que hay una decisión que tenemos que tomar y no somos capaces… Cualquier cosa que nuestro cuerpo nos está intentando decir que nos está haciendo daño. Y, como siempre digo yo, el cuerpo habla, y, si no lo escuchas, grita. Y, si no le haces caso, va a gritar tan fuerte que no te va a dejar escuchar otra cosa. Entonces, lo primero es prestar atención a qué nos está diciendo nuestro cuerpo y por qué. Sí que es verdad que hay muchísimas ocasiones en las que nos encontramos mal, estamos tristes, tenemos ansiedad por situaciones que no podemos cambiar. Y es que, a veces, la vida se pone muy fea. La vida, a veces, se pone muy fea. Y yo, como psicóloga, he visto muchísimos casos de personas en los que he pensado: «Dios mío, lo que está viviendo esta persona…». Es que es imposible pedirle: «No, escucha a tu cuerpo, a ver qué te dice». «Bueno, ¿qué me dice? Me dice que me encuentro mal, me dice que estoy triste, me dice que me ha pasado algo espantoso, que no puedo hacer nada».

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Entonces, sí que es verdad que, a veces, en la vida pasan cosas: madres que pierden a un hijo, hombres que se quedan viudos de manera inesperada, enfermedades… A veces, la vida te deja fuera de juego. Escucha a tu cuerpo, porque quizá necesita que pares, que te recuperes, que te dediques tiempo a ti, que pidas ayuda profesional. Pero más allá de estas situaciones que yo creo que todos las hemos vivido, yo creo que, si miramos atrás, todos recordaremos un momento de nuestra vida que tiene fecha y hora y que está ahí marcado; un momento en el cual pensamos: «Yo de esta no salgo». Y salimos y estamos aquí. Entonces, es importante recordar que todos hemos pasado por situaciones de: «Yo de esta no salgo». Yo recuerdo cuando tenía 13 años que mi padre se suicidó y cuando mi familia me tuvo que dar esta noticia… Claro, darle una noticia así a una niña de 13 años para la que toda su vida es su padre es algo complicadísimo. Yo recuerdo que, en aquel momento, pensé: «Se acabó. No hay nada después de esto. Si la vida me ha quitado a mi padre, después de esto, me niego a pensar que yo voy a seguir viviendo». No lo veía. No veía nada más. Y mira que me han pasado cosas feas en la vida, pero es un golpe tan fuerte que a mí no podías venir en aquel momento a decir: «Estos ataques de pánico, estos ataques de ansiedad, esta depresión que vas a tener… Escucha a tu cuerpo, a ver qué te pide. Sé resiliente. Vas a salir mejor después de esto». A mí nadie me podía venir a decir eso.

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Entonces, hay que admitir y hay que entender que hay situaciones en la vida que te dejan fuera de juego, pero también hay que aprender a mirar atrás y darnos cuenta de que todos hemos vivido situaciones así. Algunos más, otros menos, otros casi ninguna y otros, de repente, 15 de estas situaciones. Pero una vez miras atrás y te das cuenta de que sí, en un momento pensaste que no podrías salir, pero saliste, creo que te das cuenta de que el ser humano es maravilloso. A mi parecer, como psicóloga, como profesional y como persona, he podido ver que el ser humano es resilientemente increíble; es increíble. He visto a personas recuperarse de situaciones que parecían imposibles, y lo hacen. Pero más allá de las situaciones que no podemos cambiar y que nos suceden y punto, a las que sobrevivimos como podemos y de las cuales salimos a rastras, hay situaciones que sí, hay situaciones en las que sí vale la pena escuchar a nuestro cuerpo y decirnos: «¿Qué me pasa? ¿Por qué tengo ansiedad? ¿Por qué cada vez que voy a trabajar, antes de entrar al trabajo me encuentro mal? ¿Por qué cuando acaban las vacaciones, en los últimos tres días de vacaciones empiezo a tener taquicardias, empiezo a tener ganas de llorar? ¿Por qué mi cuerpo me está diciendo esto?». Que yo voy al trabajo y luego, cuando vuelvo a casa, siento alivio, pero por la noche, otra vez, sé que por la mañana, cuando me levante, tengo que volver a este sitio de trabajo.

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O: «¿Por qué yo era feliz antes de conocer a esta persona y desde que esta persona forma parte de mi vida no estoy bien? Tengo ansiedad, tengo inseguridades, he llegado a preguntarme cosas que nunca pensé que me preguntaría, que no encajan conmigo. Me estoy comportando de una manera que no me representa». Entonces, vale la pena prestar atención a lo que nuestro cuerpo nos dice y, sobre todo, respetarlo, porque si tú lo escuchas y no haces nada al respecto, no sirve. Pero hay que ser un poco valiente a veces y tomar decisiones que quizá en el momento no te apetecen, pero que tu cuerpo te está pidiendo, por favor, a gritos que tomes.

05:34
Isabel Tesch . Todos nos hemos sentido culpables por cosas que hemos hecho o dicho, e incluso que hemos dejado de hacer o de decir. ¿Qué nos pueden enseñar la culpa y los errores?

05:45
Elizabeth Clapés. La culpa nos enseña responsabilidad, la responsabilidad de no volver a cometer los mismos errores. Pero yo creo que todos cargamos con culpa de algo. Está bien, no pasa nada. Todos tendremos noches que hemos alargado sin dormir hasta las tantas de la mañana, pensando en aquello que dijimos aquel día, lo que debieron de pensar los demás cuando lo dijimos, cómo ha afectado a la imagen que tenían estas personas de nosotros… Y estamos a veces dándoles vueltas, de manera incluso obsesiva, a cositas que hicimos hace tiempo y a cómo los demás se las tomaron. Pero es que los demás están ocupados con lo mismo, pensando en cositas que hicieron en su día y cómo los demás nos las tomamos. Al final, esto es la vida, esto es lo que hay. No vives con un manual de instrucciones. Metes la pata, la cagas, y hay que ser valiente y responsable como para admitirlo y no volver a repetirlo, porque en eso consiste pedir disculpas: arrepentirse y no volver a repetirlo. Si tú pides disculpas por un error que has cometido y lo vuelves a cometer, estás manipulando a la otra persona. Entonces, si has cometido un error, lo que tienes que hacer es tomar responsabilidad y asumir, no tirar balones fuera, asumir que lo has hecho, aceptarlo y pedir disculpas.

07:04

Si la otra persona acepta tus disculpas, estupendo. Pero si no las acepta, también lo vas a tener que respetar. No tiene por qué perdonarte. Yo recuerdo un amigo mío que fue infiel a su pareja. Habían pasado seis años y él, cada vez que contaba esta infidelidad, lloraba. Lloraba no de manera abrumadora, sino que se le caían las lágrimas. Y él te decía: «No, ella me perdonó, pero yo no puedo. O sea, sí me perdono, pero no puedo hablar de este tema sin que se me caiga una lágrima por el dolor que le causé a esta persona». Me parece precioso. Me parece maravilloso que tú recuerdes con dolor el dolor que causaste. Que eso, obviamente, no te impida llevar una vida funcional, pero los errores están para eso, para que nos hagamos responsables y no los repitamos, evidentemente. Pero, bueno, sí que nos duela el dolor que hemos causado.

08:01

Luego, hay otro tipo de culpa que carga mucho y que yo veo muchísimo en pacientes, y es la culpa por haber aguantado según qué. Ya no es la culpa por lo que yo he hecho, sino por lo que he permitido que me hicieran a mí, ¿vale? Esta culpa pesa muchísimo. Cuando estamos vinculados a una persona que nos hace daño: un amigo, un familiar, una amistad, una pareja, sobre todo una pareja yo, como terapeuta de parejas, es lo que más veo, y esta persona nos maltrata, y nosotros intentamos dejarnos la piel en que nos deje de maltratar, en demostrarle a esta persona que somos válidos lo suficientemente válidos como para que nos trate bien, y nos pasamos años “aceptando” humillaciones, vejaciones, faltas de respeto, sentimos pena hacia el otro, culpa… Sentimos un montón de cosas que nos hacen permanecer en esa relación, pero cuando salimos de ella y la pena, la culpa, el sentimiento de responsabilidad, el miedo y estas emociones bloqueantes ya no nos acompañan, surge una frase que yo escucho mucho a mis pacientes, que es: «¿Cómo pude dejar que me hicieran eso?». Y es horroroso y pesa mucho. Pesa muchísimo porque todo lo que “permites”, entiéndase, que te hagan afecta a tu autoestima y a tu autoconcepto, y se te come por dentro. Porque cuando hacen daño a otra persona, saltamos: «¿Cómo permites que te hagan esto?», «¿Cómo tal…?».

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De hecho, la sociedad castiga mucho a la víctima y le dice: «Bueno, es que tú lo permitiste, es que tú no pusiste límites, es que tú lo has dejado…». De hecho, yo escuché a una víctima de violencia de género que me contaba que un “amigo” le dijo que el primer tortazo que le pegó su pareja fue culpa de su pareja por maltratador, pero el segundo fue culpa de ella por tonta. Y dices: «Ostras, ¿cómo no va a cargar esta persona con la culpa de haber tolerado?». Pero es que todos somos susceptibles de ser maltratados o de que no nos traten con respeto. Es decir, nadie nace con una armadura que lo protege de todo. Sí que es verdad que hay personalidades que pueden tener más tendencia a tolerar, personas más sumisas y demás, pero yo siempre digo que si no has sido maltratado es porque la persona que tenía que saltar toda tu red de seguridad para conseguir llegar hasta dentro de ti y desde dentro infectarte, no la has conocido. No has sufrido eso porque tú no has conocido a la persona adecuada que haya desactivado todas tus alarmas para que no saltase ninguna, y una vez estuviera dentro de ti… ¡Pum! Es como decir: «Bueno, es que ¿cómo pudiste permitir pillar ese resfriado, ese catarro?». «Bueno, mi sistema inmune no es el mismo que el tuyo, pero tu sistema inmune no es inmune a todo, es inmune a ciertas cosas». Pues es lo mismo. Cuando no has sido maltratado es porque no has dado con la persona adecuada. Adecuada incorrecta. En realidad, incorrecta.

11:12

Entonces, creo que es fundamental entender que la persona que más segura está, en el sentido de que la persona que menos posibilidades tiene de ser maltratada, es la que ya lo ha vivido, ha aprendido y va a detectarlo con más facilidad. Pero está muy mal que se nos llene la boca diciendo «¿Cómo has permitido…?» cuando, realmente, hay tantas personas en el mundo que pensar que ninguna de ellas puede acabar contigo es ser muy necio.

11:43
Isabel Tesch. Elizabeth, en tu libro dices que los eventos traumáticos no siempre nos ayudan a evolucionar. ¿A qué te refieres con esta afirmación?

11:52
Elizabeth Clapés. Pues un poquito a lo que se ha vendido mucho hasta el día de hoy, que se ha vendido mucho esto de: «Tú puedes con todo», «Gracias a lo que te pasó eres como eres», «Vas a aprender mucho de esto que te ha sucedido»… Sí, he aprendido, pero yo estaba más contenta antes cuando no tenía ni idea. Entonces, me parece una falta de respeto venderle a la gente el hecho de que, como han vivido tremenda desgracia, ahora van a ser una mejor versión de sí mismos. Pues quizá no. Quizá se pasan toda la vida intentando reconstruirse como humanamente pueden. Entonces, hay que ir con mucha delicadeza. Y sobre todo en salud mental, que vemos muchísimos pacientes con situaciones muy delicadas. No nos vemos… Los psicólogos que vemos a estos pacientes, que los tratamos y que conectamos con ellos, no nos vemos con la potestad de venir con estos cuentos, ¿no? Entonces, considero importante siempre que veamos que nos cuente alguien que le ha sucedido algo, algo duro, algo doloroso, respetar el proceso de esta persona, entender que lo está pasando mal y no forzarla a: «Vas a aprender, vas a madurar, vas a ser mejor persona después de esto».

13:05

Pero sí que es verdad que, más allá del realismo, la vida es lo que es. A todos nos pasan cosas terribles, a algunos cosas más terribles que a otras, pero, al final, yo siempre digo que cuando llegamos al mundo somos un lienzo en blanco, ¿vale?, y el resto de personas de nuestro entorno y los acontecimientos que nos van pasando van pintando ese ese lienzo. Y cuando acabamos nuestra vida lo podemos mirar con perspectiva y ver cómo nos ha quedado el cuadro. En función de los trazos de este cuadro, nosotros somos de una manera o de otra. Tenemos trazos que duelen, trazos que nos hacen llorar, trazos que nos provocan mucha, mucha ira, trazos que nos hacen felices. Cada uno tiene su cuadro, ¿no? Con esos trazos que duelen, ¿qué podemos hacer? Pasarnos toda la vida contemplándolos. A la hora de mirar nuestro cuadro, de ver lo que es el cuadro general, nos podemos pasar la vida mirando esos trazos feos, esos trazos que nos han dolido, pero quedarnos atascados ahí no va a ser de utilidad. Al final, el cuadro es un cuadro completo, con lo bueno, con lo malo y con lo que más o menos ¿vale? Entonces, ¿hay que tacharlos? No. ¿Hay que subrayarlos en fosforito para que sean el centro de nuestra vida y cada vez que tengamos una conversación hablemos de ello, de eso malo que nos pasó y entremos en bucle y una y otra vez y no tengamos otro tema de conversación? ¿Eso nos va a ayudar a encontrarnos mejor? No. Yo lo que digo que hay que hacer con los trazos que duelen es rodearlos, identificarlos, saber que están ahí y decir: «Sí, yo pasé esto, lo pasé tremendamente mal, hay veces que aún me duele y a día de hoy soy de esta manera, reacciono de esta forma y tengo esta manera de vincularme, esta manera de responder porque he vivido esto. Pero aparte de esto, tengo un cuadro enorme y le voy a prestar atención al lienzo completo».

15:00
Isabel Tesch. Todos sentimos rabia, odio, tristeza, envidia… ¿Qué podemos hacer con estas emociones?

15:08
Elizabeth Clapés. Todos sentimos emociones desagradables, la diferencia está en qué hacemos con ellas. Porque yo soy psicóloga y siento envidia, siento celos, siento tristeza y siento ira igual que todo el mundo, pero la diferencia está en que yo no voy a permitir que esto me secuestre, que estas emociones me secuestren y hagan conmigo un monstruo. Porque todos tenemos un monstruito dentro que se puede comer a alguien, pero no podemos permitir que este salga. No podemos permitir que todo lo que sentimos que sea desagradable lo acaben pagando los demás. Entonces, estas emociones hay que gestionarlas, pero cuando yo digo «gestionar», los pacientes me dicen: «¡Sí, claro! Como si fuera fácil». No, no es fácil, pero es que si tú la intentas gestionar cuando está aquí arriba, lo más probable es que no consigas gestionar nada. Las emociones son una ola que pegan un subidón, llegan a la parte más alta y luego tienden a la bajada. Siempre. De hecho, por eso, cuando estamos muy enfadados o estamos muy tristes y luego pasa, decimos: «Pues igual no era para tanto, ¿no? Pues igual lo veía porque estaba muy enfadada, pero quizá la otra persona no… La he pagado con él y no es justo», ¿no? Esto nos ha pasado a todos de mirar para atrás y decir: «Vaya secuestro». Lo que viene a ser un secuestro amigdalar: las emociones pueden conmigo, me comen, ¿vale?, entonces, no soy capaz de pensar racionalmente. Por lo tanto, en ese momento hay que pararse un momento, valga la redundancia, a tomar conciencia de lo que nos está pasando en el cuerpo. Por eso soy muy pesada con el tema de «escucha a tu cuerpo y lo que está pasando dentro de él», porque no lo puedes controlar en ese momento y tampoco tienes que intentar controlarlo.

16:59

Entonces, yo a mis pacientes siempre les digo: «Háblate a ti misma de manera informal, escúchate y dite: “Tía, te estás poniendo tremendamente nerviosa, te estás enfadando muchísimo, y como sigamos por aquí y te permitas el ‘lujo’ de responder a la otra persona tal y como tú te estás sintiendo, vas a hacer daño al otro y después vas a tener que pedirle disculpas, y además vas a tener que perdonarte a ti misma por lo que has hecho o dicho”. Por lo tanto, respétate y quiérete lo suficiente como para ponerte un límite en ese momento y no permitirte comerte a la otra persona. Que ese monstruito que todos llevamos dentro no se coma a la otra persona». Porque querer también es eso: impedir que la parte mala que llevamos todos se coma a la persona a la que queremos. Entonces, después de este secuestro tomaremos las decisiones que tengamos que tomar, pero serán mucho más racionales. Y yo creo que también es importante tener en cuenta que hay que ser inteligente. ¿Cuántos de nosotros hemos actuado con el subidón emocional y después hemos dicho: «Madre mía, la que he liado»? Incluso hay veces que tú estás en ese subidón y tú sabes que no tienes del todo razón con lo que estás discutiendo. Tú sabes que se te está yendo de las manos, pero aun así estás tan enfadada que lo dejas ir. Hay algo dentro de ti que te dice: «Venga, tú sigue con el drama». Pero no. Realmente, es cero inteligente hacer esto porque te estás perjudicando tú, estás perjudicando al otro y luego vas a tener que pedir disculpas, como he dicho, y perdonarte tú. Porque eso también existe: el perdón a uno mismo, el «ostras, me he pasado media vida…». Porque esto no suele ser una sola ocasión, suele ser un patrón de conducta, un patrón de respuesta constante, ¿no? Hasta que yo no aprendí a respetar esa subida y trabajar en responder en la bajada, yo actuaba de esta forma, ¿no? El «me como a los demás cuando me enfado».

18:50

Entonces, considero fundamental que haya un momento de nuestra vida en el que nos paremos y digamos: «Esta forma de actuar no me representa y, sobre todo, no quiero que me represente». Por lo tanto, cuando yo me sienta así, voy a permitirme sentirlo, porque no lo voy a reprimir, no lo voy a controlar, simplemente, lo voy a dejar pasar porque me respeto lo suficiente como para actuar de manera inteligente y saber que las decisiones adecuadas las voy a tomar después, porque no me conviene hacerlo ahora. Y, como me respeto, voy a decidir lo mejor para mí. Porque vivir perdonándose constantemente es agotador. Perdonarse está bien. Todos hemos tenido una racha de nuestra vida en la que no hemos sido la persona ideal ni la persona sana, y todos hemos podido ser el tóxico en la vida de alguien. Es imposible ser el bueno de todas las historias que cuentas. Y si eres el bueno de todas las historias que cuentas, tienes un problema y es que te estás engañando a ti mismo. Entonces, hay que saber perdonar aquella fase, aquella etapa, aquella parte de nosotros que no fue del todo buena, que no actuó bien, pedir disculpas, como he dicho, a quien las merezca y perdonarnos nosotros, porque tenemos que comprender que no nacimos sabiendo que, por desgracia, en la escuela esto no se nos explicó. Que cada uno viene de su padre y de su madre y que, por mucho que lo intenten hacer bien y lo mejor posible, a veces, pues sin querer, no todo sale tan bien como queremos. Mi madre me decía, pobrecita: «Yo cuando me quedé embarazada de ti, me leí todos los libros que había sobre maternidad y educación respetuosa porque quería que tuvieras una vida lo más estable, pacífica y sana posible. Pero se me torció, todo salió mal y todo fue un desastre. Cuando llegaste a la adolescencia, aquello era tremendo» porque yo era… Bueno, tuve una vida muy complicada y a día de hoy soy consciente de que mis padres lo hicieron como humanamente podían.

20:50

Pero eso no siempre es suficiente. Por eso hay que autoeducarse, perdonar esa parte de ti que no sabía todo lo que tú sabes actualmente, y seguir y soltar eso. No estoy orgullosa de aquella etapa, pero voy a estar orgullosa de todo lo que yo sea de aquí en adelante.

21:08
Isabel Tesch. Toda esta toma de conciencia, la mayoría la queremos en nuestra vida adulta. Y si pienso cómo la viven mis hijos adolescentes, debe de ser confuso y abrumador. ¿Qué podemos hacer desde la familia para ayudarles a gestionar mejor las emociones?

21:24
Elizabeth Clapés. Sí, por desgracia, esto es algo que se aprende cuando eres adulto, porque se aprende a base de golpes, más que nada porque en la escuela no lo enseñan. No sé. Actualmente, sí que hay escuelas que están introduciendo bastante el tema de la educación emocional, pero generalmente no es algo que esté muy normalizado. Entonces, lamentablemente, contamos con esa carencia como padres, pero los adolescentes cuentan con otra desventaja y es el subidón y el revuelo hormonal de la edad, y el que quizá sus padres no son las personas a las que más van a escuchar. Porque los adolescentes escuchan más a su grupo de iguales, a sus amigos, ¿no? Pero yo creo que siempre hay que trabajar un vínculo padre e hijo desde el respeto. El «respeto tu espacio como adolescente, yo estoy aquí como un lugar seguro, pero quiero transmitirte lo importante que es que te preguntes las cosas, que pongas cosas en duda». Los adolescentes se pasan años copiando a la influencer que les gusta, vistiendo como la amiga guay del grupo, repitiendo las palabras que ha dicho un chico de clase y «Ahora la profe dice esto y yo lo pienso, pero el otro día Pepe me dijo otra cosa y yo también…». Al final, se dejan llevar por lo que escuchan y creo que es fundamental enseñar a un adolescente a tener autocrítica, a cuestionarse, a preguntarse las cosas, a hacer introspección, a decir: «Vale, ¿qué me pasa? ¿Cómo me encuentro? ¿Dónde duele? Este error que he cometido, ¿lo he repetido más veces? ¿Esto son patrones que se repiten en mí? ¿Esto son cosas que hago con frecuencia? Y el daño que me están haciendo los demás, ¿yo de verdad considero que merezco eso? Porque este amigo se ha enfadado conmigo. Vale, pero me voy a sentar un momento en lugar de actuar en este secuestro amigdalar, me voy a sentar y voy a intentar pensar que ha hecho él, qué he hecho yo, cómo se puede haber sentido él, cómo me he sentido yo y qué opinión tengo al respecto».

23:24

A los adolescentes hay que enseñarles a sacar conclusiones, pero por su propio pie. Es decir, conclusiones ellos. Hay que enseñarles a cuestionarse y a hacer introspección. ¿Qué es lo que tengo bueno? ¿Qué quiero en mi vida? ¿Qué clase de persona quiero que esté en mi vida? Porque los adolescentes tienen un popurrí de amigos que no tienen nada que ver, que quizá no les aportan nada, les hacen daño, con uno se lleva bien, pero el otro lo trata fatal, el otro le deja de lado, el otro le hace el vacío en clase y dices: «Pero ¿por qué te llevas bien con personas que te hacen daño?». Porque nadie le ha enseñado a seleccionar. Y esto le pasa a él, pero nos pasa a nosotros como adultos, que luego crecemos y decimos: «¡Ostras, menudo percal! Porque estoy rodeada de personas que la mitad no me aportan nada». Y te vas quedando sin amigos en la adultez y dices: «¿Me estoy quedando sin amigos?». No, es que en la adolescencia no filtrabas. Cuando eras más joven no filtrabas y ahora empiezas a filtrar. Empiezas a filtrar y te empiezan a filtrar a ti, ojo. Que tampoco vamos a entrar en el rol victimista de que a mí todo el mundo me hace daño, pero yo soy un santo. Esto no es verdad. Pero empezamos a filtrar, empezamos a elegir nuestra paz mental, empezamos a darnos cuenta de que quien me trata bien un día no tiene por qué ser mi mejor amigo. Porque esto para los adolescentes es un «¿Me llevo bien con él? Mi mejor amigo. ¿Me llevo bien con aquel? Pues también. Luego hay una discusión, pero lo arreglamos. ¿Me hace algo terrible? Da igual, lo perdono». A los adolescentes hay que enseñarles a poner límites también para que no les llegue tan tarde en la adultez. Pero también soy muy partidaria de darles cierta libertad a que se equivoquen y no estar haciéndoles el camino para que vayan por ahí. Al final todos hemos sido adolescentes y todos hemos aprendido. Es necesario, pero si aprendemos desde la introspección, muchísimo mejor.

25:07
Isabel Tesch. Elizabeth, tú dices que las emociones son reacciones que representan cómo nos adaptamos a lo externo. ¿Me puedes explicar un poco más sobre esta reflexión?

25:18
Elizabeth Clapés. Las emociones son lo que sucede dentro de nosotros en función de lo que sucede fuera de nosotros, ¿vale? Y creo que es importante tener en cuenta que no siempre van totalmente ajustadas. Por eso hemos hablado del secuestro amigdalar, ¿no? Pero sí que es verdad que a veces hay que pararse y decir: «Vale, independientemente de todo esto que estoy sintiendo, ¿cuál es la realidad objetiva de lo que está sucediendo?». Por ejemplo, mi pareja está hablando con una chica. ¿Está sucediendo algo grave? No, pero yo puedo sentir celos y yo puedo ir y montar un pollo, o puedo esperar a que venga mi pareja y montarle un pollo, o puedo dejar de hablarle y castigarlo por algo que a mí me ha molestado. Y aquí creo que hay un error y es que las emociones son maravillosas y nos indican muchas cosas, a veces del exterior y a veces del interior, ¿no? En este caso sería que nos indican algo del interior, de que no nos sentimos del todo seguras en la relación, ya sea por nuestro apego, ya sea por experiencias pasadas… Pero nos vienen a decir algo, hay que escucharlas, pero no siempre hay que actuar en consecuencia. Cuando yo entiendo que lo que está sucediendo fuera no es la realidad de cómo lo estoy percibiendo yo, entiendo en mí esta reacción, «Está bien, estoy sintiendo celos, me estoy sintiendo insegura», pero eso no me va a hacer atacar a mi pareja ni me va a hacer ir a buscar la validación en la persona de fuera que me diga: «Que no, que no estaba pasando nada, que yo no te estoy siendo infiel, que yo solo estaba hablando con ella por trabajo…». Yo no necesito eso porque él y yo vemos lo mismo, vemos esa realidad: él está hablando con una chica, yo no tengo porque enfadarme por eso, ¿vale?

26:57

Entonces, es importante que, tal cual lo sentimos, no vayamos al otro a buscar respuesta a lo que yo he sentido. Es decir, si yo lo he sentido, busco respuesta en mí. Y si veo que me está generando mucho malestar, vamos a normalizar también el decirle a nuestra pareja después: «Mira, cariño, me he enfadado por algo que yo sabía que no tenía derecho a enfadarme, por eso no te he dicho nada en el momento, pero me he sentido insegura en este instante cuando te he visto hablando con esta chica. No te preocupes, que yo ya me he dado cuenta de que no era normal, pero te lo quería transmitir para que lo supieras, porque somos una pareja y quiero compartirlo contigo». Entonces, sí que considero que es importante validarse e interpretar adecuadamente, más allá de todo lo que sentimos, el exterior, para también poder ser conscientes cuando hay personas de fuera que intentan hacernos sentir de determinadas maneras: pequeños, maltratados… Es decir, si estamos siempre buscando validaciones fuera en lo que nos dicen los demás, nos van a manipular porque en muchas ocasiones nos vamos a encontrar con personas que nos giren la tortilla. Entonces, hay que poner en pausa todo, pensar: «Vale, ¿yo qué estoy viendo y yo qué entiendo? Y a partir de aquí, ¿qué voy a interpretar?». Por qué hay personas que nos hacen sentir pequeños, que si tú buscas la validación en una buena persona, genial, pero si la buscas en la persona equivocada, ¿qué? Tú tienes que tener un eje dentro de ti inamovible. Bueno, inamovible tampoco, pero casi inamovible. Que te diga: «Esto sí, esto no, esto lo toleras, esto no. Para, piensa y cómo interpretas el exterior», ¿no?

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Porque si no tienes tú eso y lo buscas fuera, te vas a encontrar con buenas y te vas a encontrar con malas personas. Y si te encuentras con malas y como interpretas tú el exterior depende de lo que te dicen los demás, nos vamos a ver en situaciones como, por ejemplo, el «sé que me has sido infiel», imaginemos que realmente sí, «sé que me ha sido infiel, pero como tú me dices que no, como tú me dices que estoy loca, que he perdido la cordura, que no tengo razón, que son imaginaciones mías, como yo me valido contigo, me lo voy a creer». Pero no, yo tengo un eje dentro de mí y yo lo que veo, lo que vivo, lo que experimento, me lo creo porque yo valoro el exterior con mi criterio, y mi criterio es válido. Hay personas que nos hacen sentir pequeños, hay personas que nos hacen sentir mal, y a veces no somos capaces de entender por qué. No sé si habrá sucedido alguna vez que estás con alguien, ya sea un jefe, cierto familiar o amigo o pareja incluso, y cuando estás con esa persona, independientemente de lo que sea el exterior, tú te sientes pequeño. Te sientes por debajo de esa persona y sois dos seres humanos igual, pero automáticamente esa persona aparece y hay una aura que pasas de tener un tamaño normal a estar secado con secadora. Así, pequeñito. Te hace pequeño, ¿no? Y aquí yo siempre les digo a mis pacientes que lo que te transmite una persona, la vibra que te da una persona, es suficiente como para que tú tomes una decisión y después desde fuera ya, a partir de ahí, vemos qué hacemos.

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Pero para alejarte de una persona basta con cómo te hace sentir. Y siempre pongo el ejemplo de la vitrocerámica. Si el fuego de la vitro está encendido y yo pongo la mano, cuando me queme, yo apartaré la mano, ¿vale? Pues lo que nos transmite una persona está para exactamente lo mismo. Tú, si te quemas, no pones la mano, te estás quemando y dices: «Voy a ver si realmente me estoy quemando. Quizá soy yo que estoy loca y que estoy interpretando la realidad de una manera que no es. Quizá no me estoy quemando mucho, quizá no duele tanto, quizá estoy exagerando. O puede que la vitro no esté encendida y sea…». No, tú apartas la mano y después ya ves si la vitro está encendida y la pagas. Pues la vibra, lo que te transmite una persona, es lo mismo. Me estás generando malestar. Me estás haciendo sentir pequeña. Hay algo de ti que a mí no me está haciendo sentir bien. No me voy a quedar aquí a ver qué, si yo estoy loca, si es que estoy exagerando… No, porque yo tengo algo dentro de mí en lo que confío plenamente y es en cómo me hace sentir mi entorno. Y si tú me haces sentir mal, yo me voy a alejar y después con perspectiva voy a decidir, porque desde aquí fuera se ven muchísimo mejor las cosas. Entonces, cuando yo pueda tomar perspectiva y esté alejada, veré si es que realmente ha sido una interpretación mía, si es que realmente puede que lo haya exagerado, si es que en ese momento yo tenía un mal día y por eso me tomé a mal tu comentario, pero lo primero de todo es que me voy a hacer caso yo porque soy lo suficientemente importante y porque me valido lo suficiente y porque me conozco como persona y sé cómo soy, y si tú me haces sentir mal, es que algo pasa.

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Entonces, no me voy a quedar a esperar a que me destroces para que luego yo ya tenga pruebas fehacientes de que me ibas a hacer daño, sino que directamente a la que me haces sentir así, yo me alejo. Hay un experimento que se hizo en la Universidad de Stanford, que me encanta, que lo hizo Zimbardo y es que hizo un grupo de personas de jóvenes mentalmente estables, con todos más o menos las mismas variables, y los separó en dos grupos, ¿vale? Uno de los sótanos de la parte de psicología de la Universidad de Stanford, lo transformaron en una cárcel y allí los metieron y dijeron: «La mitad son guardias y la mitad son prisioneros. A ver qué pasa». Era fingido, se les pagaba lo que era en aquel momento quince dólares. Por lo tanto, no había una gran remuneración, pero había un pequeño incentivo. ¿Qué sucede? ¿Qué sucedió? Sucedió que, pese a ser un experimento y los que estaban formando parte del experimento saberlo siendo conscientes de ello, los prisioneros empezaron a actuar como prisioneros y los guardas empezaron a actuar como guardas: castigando a los prisioneros, quitándoles el colchón, quitándoles las mantas, haciéndolos pasearse desnudos por la cárcel humillándolos, llegando a agredirlos cuando eran personas iguales. Y los prisioneros desarrollaron trastornos emocionales por esto. Pero ¿por qué? Si al final habían sido metidos allí en un experimento. Porque a veces hay personas que se posicionan por encima de ti y este sesgo de autoridad tú te lo crees. Hay gente que se sube a un pedestal y parece que tú tienes que respetar el pedestal en el que ellos se han subido. Pero no es así.

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Por eso es muy importante que tú tengas un eje dentro que te ayude a validar lo que hay fuera y decir: «Vale, muy bien», en el caso del experimento de Stanford, «estoy en un experimento. Esto, por mucho que yo sea guarda, que yo tenga que…». Porque la única indicación que se les dio es «tenéis que mantener el orden en la cárcel fingida» obviamente, y siendo todos conscientes de que era fingida. «A mí me han dado esto. Por mucho que yo vea que mis compañeros están ejerciendo violencia sobre los prisioneros, yo la realidad sé cuál es y por lo tanto tomo decisiones por mí, porque si no, puede suceder, como también en otro experimento que hizo Milgram, y es que la presión del público fue capaz de que el sujeto que estaba en el escenario diera descargas eléctricas a otra persona. Por presión de los demás, ¿vale? Evidentemente, las descargas eléctricas eran fingidas, estaba todo montado, pero el sujeto que presionaba el botón de las descargas era una persona totalmente normal y por presión fue capaz de llegar a pensar que aquello era lo adecuado. Por eso es importante tener un eje dentro de ti, porque si no, lo que sucede fuera va a acabar cambiando como actúas tú.

34:20
Isabel Tesch. Las redes sociales juegan un papel muy importante en el día a día de nuestros hijos. Ahí conectan con apariencias, influencias y estímulos de todo tipo. Tú eres una persona muy activa en Instagram subiendo contenido muy útil sobre psicología para las nuevas generaciones. ¿Cómo se pueden utilizar las redes sin obsesionarse y qué podemos hacer los padres al respecto?

34:43
Elizabeth Clapés. Sí que es verdad que las redes sociales son un arma de doble filo y yo he estado en los dos bandos porque yo he sido usuaria consumidora de redes sociales, persona que se comparaba con todas las relaciones ideales que veía en redes sociales, pensando: «Jo, yo nunca tendré algo así» o «Lo que yo tengo no se le parece», ¿no? Y luego he estado en el otro lado. En el lado de la persona que publica su vida en redes sociales y recibe la admiración por parte de los demás. Hubo una época en la que subí más sobre mi vida personal y, sobre todo, sobre mi relación de pareja, porque intento exponer a la persona que me da autorización para exponer. Entonces, mis amigos y demás no los compartía, compartía mi relación de pareja. Y vi respuestas de chicas muy jóvenes, y no tan jóvenes, diciéndome: «Quiero un novio como el tuyo», «Yo nunca voy a tener una relación así», «Tu relación es perfecta», «Sois perfectos»… Y yo mientras leía esos mensajes había días que acababa de discutir con mi pareja y estaba hecha polvo. Y yo los leía y pensaba: «Dios mío, ¡qué gran engaño!». Qué gran engaño, pero yo tampoco tengo por qué exponer esas discusiones delante de todo el mundo porque, por una parte, aprendes que hay gente que hasta se alegra y, por otra, es mi vida personal y no quiero exponerla, ¿no?, esa parte de mi vida. Pero es verdad que he vivido las dos caras. Y al vivir las dos caras, me he dado cuenta de que lo que hay en redes sociales no es ni un 20 % de lo que se ve, que exponemos lo bonito. Y a los adolescentes hay que transmitirles esto: yo expongo solo la parte buena de mi vida.

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Cuando expongo la parte mala, lo hago con cosas con las que me siento cómoda exponiendo. Estoy nerviosa porque tengo una entrevista. Me ha pasado esto con el coche, tal. Pero yo no expongo: «He discutido con mi pareja, tenemos problemas familiares, no nos ponemos de acuerdo con esto, hemos tenido una crisis tremenda, me estoy planteando la relación…». Yo esto no lo expongo, pero pasa. Pero pasa, como nos pasa a todos. Entonces, es importante para mí transmitir a los adolescentes que yo he estado en los dos lados. Y desde este lado, admiré muchísimo lo que veía en redes sociales y, desde este, te digo que no era verdad y estaba equivocada. Nada, ninguna vida es tan perfecta como parece, y nos tenemos que tomar la libertad de dejar de seguir aquellas cuentas que nos generan malestar. Yo hubo una época de mi vida en la que empecé a ir al gimnasio y quería tener un cuerpo más acorde a los cánones de belleza. Y me está obsesionado con ciertas modelos que tenían unos cuerpos que yo nunca alcanzaría, principalmente porque me sacan dos cabezas y el crecimiento no lo puedo cambiar. Pero yo sufría cuando veía esas fotos, esos cuerpos, y hubo un día que dije: «Pero ¡qué leches! ¡”Dejar de seguir”, hombre!». Que ella puede subir las fotos que quiera y, de verdad, eres preciosa y maravillosa, pero yo no te puedo estar viendo todos los días porque a mí no me hace bien, porque en este momento de mi vida yo no me siento bien con mi cuerpo y, si yo no me siento bien con mi cuerpo, no puedo ver cómo tú me estás exponiendo lo que yo no puedo tener y esto que tanto ansío. Entonces, si estamos pasando por un momento complicado a nivel familiar, quizá seguir a influencers que están exponiendo su vida de pareja con sus hijos, sus padres y todo ideal y perfecto, no es lo que nos va a convenir en ese momento.

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Entonces, quizá estas cuentas las dejamos de seguir y, cuando nos encontremos, mejor podemos retomar. O si estás muy mal con tu pareja, no sigas a la pareja que parece perfecta en redes sociales porque te estarás autoengañando. Te estarás engañando tú, ellos no lo están haciendo por hacerte daño, y esto es importante tenerlo en cuenta porque luego abres las publicaciones de los influencers y ves un «Seguro que lo vais a dejar ya», «Todo eso es mentira»… tampoco hace falta esto. También hay que gestionar un poquito las emociones desagradables para que no se coman a los demás, como hemos dicho antes. Pero tomémonos la libertad de dejar de seguir a alguien porque nos genera malestar. Y más allá de dejar de seguir a alguien que nos genera malestar, lo cual es muy lícito, también hay que hacer introspección y decir: «Vale, ¿por qué me genera malestar esta persona? ¿Qué es lo que tiene esta persona, qué proyecta esta persona que a mí me está haciendo daño?». Porque esto es el mundo digital, estupendo, maravilloso, pero luego yo tengo mi vida y, en mi vida, esas inseguridades que me está despertando esta persona, que me está acentuando, que me está recordando, van a seguir afectando. Porque lo que yo veo en redes sociales también lo veo en la vida real. En la vida real, hay parejas preciosas de amigos que yo voy a ver y quizá también me generan inseguridad, ¿no? Entonces, también hay que trabajar esa parte de decir: «Vale, tú», tú o quien sea, «me has ayudado a darme cuenta de una inseguridad que yo no voy a escupir contra ti. No voy a atacarte en redes sociales por ello, voy a dejarte de seguir por mi bienestar. Pero aparte de eso, por mi bienestar, también voy a explorar y voy a abordar estas inseguridades que me generas o estas inseguridades con mi cuerpo, estas inseguridades con mi relación».

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Yo creo que también está bien que a veces nos cuestionemos nuestra propia vida. En lugar de decir: «Mira, siento envidia, pues a esta influencer la voy a poner a parir por este tema» o «Esta pareja la veo muy perfecta, a mí me molesta porque mi relación es un hombre que no se levanta del sofá en todo el día y no me regala una rosa el día de San Valentín, pues me voy a poner a criticar esta relación». No. Me alejo de lo que me hace daño y hago una introspección: ¿por qué me genera malestar eso?, ¿qué hay en mi vida que no me gusta y que debería cambiar?, o quizá no “deber cambiar”, sino “aceptar”, aceptarse tal y como eres. Porque yo no he cambiado desde que veía esas influencers que tanto me gustaban sus cuerpos, soy la misma persona, pero he aprendido a valorarme tal y como soy, a quererme tal y como soy, y a entender que ella tiene un cuerpo precioso, yo tengo otro cuerpo precioso porque ambos cuerpos nos permiten llevar una vida saludable y hacer ejercicio y jugar y reír y hacer el amor y estar con amigos… todo esto. Entonces, es «Sí, te dejo de seguir, pero además me trabajo yo para ver donde está esa carencia que me ha hecho que tú me generes malestar».

40:27
Isabel Tesch. ¿Por qué nos cuesta tanto estar solos y disfrutar de nuestra propia compañía? Y por otro lado, ¿qué podemos hacer para fomentar esta actitud en nuestros hijos desde pequeños?

40:37
Elizabeth Clapés. Nos cuesta porque es algo a lo que no se nos ha enseñado. Al final, cuando vamos a la escuela, se nos enseña a socializar con nuestros compañeros. De hecho, la escuela en parte es para enseñarnos a ser miembros activos de la sociedad y, sobre todo, a interactuar con otros. La familia, igual. Nos llevan con amigos de familia que tienen hijos de nuestra edad, nos enseñan a estar en familia, a estar con amigos y, con el tiempo, se espera de ti que tengas una pareja, una relación, tengas hijos también y al final todo es muy social, ¿no? Se nos enfoca a una vida totalmente social. Está bien. Pero en ningún momento se nos enseña a estar con nosotros mismos y a introspeccionar en cómo somos y a conocernos, ¿no? Yo cuando era pequeña, los domingos por la mañana, mi madre me llevaba a una librería y comprábamos un libro para que yo esa semana hasta el domingo siguiente me lo leyera. Y era precioso porque yo iba a la librería con toda la calma y hojeaba los libros de Kika Superbruja o Geronimo Stilton, olía los libros, porque los de Geronimo Stilton huelen, y decidía qué libro quería. Me podía pasar una hora pasando páginas, tocando libros, oliéndolos, viendo las páginas que tenían… Y yo me acuerdo de que cogía una estantería, la vaciaba en la librería, eran amigos, conocidos ya, y tampoco me decían nada, pero vaciaba la estantería y colocaba en orden, en plan: «Este es el primer libro que quiero esta semana, este es el siguiente, este es tal». Los ordenaba y decía: «Venga, va, pues esta semana me voy a llevar este y a la semana me llevo el otro» porque no me dejaban comprar dos.

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Entonces, ese momento de elegir libro, para mí era un momento conmigo. Era un momento de cuestionarme yo qué quería leer esa semana, sobre qué historia quería aprender algo, sobre qué… Bueno, en qué iba a estar pensando esa semana. Porque mi madre me daba esa semana para leérmelo. Si el domingo siguiente yo no me había acabado el libro anterior, yo no podía vivir ese momento de ir a la librería y buscar un libro nuevo porque no me había acabado el que me había comprado la semana pasada. Entonces, yo, como me gustaba tanto ese momento de elegir libro, ya me espabilaba de lunes a viernes para leérmelo y poder volver a vivirlo. Creo que hace falta inculcar a los jóvenes momentos así. Momentos de elegir un libro, leerlo, prestar atención, pintar, dibujar, meditar incluso. Antes, hasta hace unos años, tú decías “meditar” y te imaginabas a un Buda. No era algo normalizado. Y a día de hoy, hablamos del mindfulness y decimos: «Bueno, meditar, estar en el presente». Estar en el presente activa el sistema parasimpático, nos devuelve a la calma. El fregar los platos. Yo me doy cuenta de que llego a casa, friego los platos con música, cuando me ducho, pongo un pódcast, cuando conduzco pongo música a tope, canto, y cuando me voy a la cama, pongo una serie. Y cuando hay un silencio absoluto en mi casa porque no he puesto nada, me siento incómoda porque no me han enseñado a estar en silencio, a fregar los platos y estar notando la temperatura del agua, la cantidad de jabón que pongo, si el plato queda limpio o no queda limpio, cómo colocarlo para que no se me caiga todo y se me rompa…

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Y yo creo que a los niños hay que enseñarles estos momentos. A los niños, a los adolescentes, pero, sobre todo, yo incidiría desde la infancia, ¿no? A enseñarles estos momentos para ellos, a ponerse… Va a parecer una tontería, pero a elegir el jabón que les gusta, a ponerse cremita, a peinarse tranquilamente sin pegar estirones rápido para llegar al cole, no, a elegir la ropa del cole el día anterior. «¿Qué te quieres poner mañana? A ver, ¿qué asignaturas tienes? ¿Mañana tienes educación física? Pues vamos a ver, ¿qué te va a hacer estar más cómodo? Y luego ¿qué chaquetita te vas a poner? Y luego…». Ayudar al niño a tener espacios para él, para conectar consigo mismo y para dejar de vivir en piloto automático y regresar un poquito al presente y a la calma.

44:20
Isabel Tesch . Muchas de las personas que están en nuestras vidas no las hemos elegido, y otras sí. ¿Cómo podemos crear vínculos saludables y elegir a las personas de manera consciente?

44:32
Elizabeth Clapés. Yo considero que lo principal es conocerse para saber qué necesita alguien como tú. Es decir, alguien como yo, en este momento de mi vida, qué necesita. Quizá hubo un momento de mi vida en el que yo quería rodearme de personas más movidas, fiesteras, más activas, más extrovertidas, ¿no?, y esto a mí me aportaba lo que yo quería en ese momento. Pero puede que yo ahora esté en una etapa de mi vida en la que quiero paz. Yo siempre digo que las personas vienen con una banda sonora, ¿vale?, y hay veces en las que tú quieres que tu vida tenga la banda sonora de Avicii o David Guetta y es lo que te apetece en ese momento, pero hay veces en la vida que quieres que la banda sonora sea Ennio Morricone. Entonces, hay que saber seleccionar a las personas que sepan hacer la música que tú quieras que sea la banda sonora de tu vida en este momento. Y para eso, aparte de conocerse, hay que poner límites. Porque hay personas que, por muy buenas que sean y por mucho que te quieran y a las que tú quieras, se van a saltar tus límites. Eso pasa. Pero para eso tú tienes que transmitirles a ellas: «Mira, esto a mí me incomoda. Esto me hace daño. Esto no me gusta. Esto necesito que lo cambies». Y alguien que te quiere, una buena persona, va a aceptar que tú le pongas límites, porque si no lo hace, significa que se beneficiaba de cuando no los ponías. Una persona que te quiere no va a seguir haciendo algo que te hace daño a sabiendas de que puede cambiarlo.

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Entonces, es fundamental decir: «Vale, me conozco, sé lo que necesita una persona como yo, y a las personas que permito formar parte de mi burbuja, de mi vida, ¿vale?, les tengo que poner límites para enseñarlas también cómo tratarme». Porque quizá tengo una amiga a la que quiero muchísimo, pero es muy directa. A veces suelta unos comentarios que a mí me hacen daño porque yo soy sensible y le puedo decir: «Mira, Marta, te quiero muchísimo, pero ¿sabes qué me pasa? Que cuando contestas de esta manera me haces daño y me gustaría que, por favor, tuvieses un poco más en cuenta como soy yo, ¿no?». Entonces, poner límites es fundamental para construir un entorno sano. Y construir un entorno sano también pasa por hacer una buena selección de personal. Tu vida es como una empresa. Tú en tu empresa no vas a contratar a cualquiera. Al primero que te dé un currículum, para dentro. No. Vas a hacer una selección de personal. Esa selección de personal también se hace con los amigos. Tienes que seleccionar a las personas a las que dejas formar parte de tu vida, porque tienes que entender que formar parte de tu vida es un privilegio. Tú estás decidiendo que alguien pase tiempo contigo, tiempo que tú no vas a recuperar. Por lo tanto, es un privilegio. Y quizá llevas seis años sin hacer ningún tipo de limpieza de personal y te das cuenta de que hay personas que ya que ya no están en tu onda, que tú has evolucionado y ellas no, o ellas han evolucionado hacia otro lado, que habéis cogido caminos distintos, que no te gusta en lo que se han convertido, y por lo tanto creo que es importante también hacer limpieza de personal, de decir: «Vale, estas personas en su momento me hicieron feliz, pero ya no. Entonces, hay ciertas compañías de las que voy a tomar distancia». Por lo tanto, podríamos resumirlo un poco en: conocernos para saber lo que necesitamos, poner límites y hacer limpieza de personal. No arrastrar siempre toda la vida las mismas personas, porque nosotros evolucionamos y nuestras relaciones tienen que evolucionar también con nosotros.

48:06
Isabel Tesch. ¿Qué pasa cuando alguien, aun siendo conocedor de nuestros propios límites, se los salta?

48:12
Elizabeth Clapés. Claro, aquí entra lo que es tan difícil de hacer, que es que el límite tenga sentido. Es decir, si yo te pongo un límite es para que tú no te lo saltes, pero si tú te lo saltas, ¿qué? Claro, un límite supone una consecuencia si no se cumple y yo tengo que respetarme lo suficiente como para tomar la dura decisión de que si tú te los estás saltando y yo ya te lo he pedido varias veces, lamentablemente, me voy a desvincular de ti. Porque si yo no soy capaz de llevar a cabo la consecuencia que he dicho que llevaría a cabo si te volvías a saltar ese límite, mejor no lo pongo. Si yo a mi pareja le digo: «Si vuelves a serme infiel, voy a dejar la relación», pero cuando vuelve a ser infiel no la dejo, el límite no ha tenido ningún sentido y simplemente le he demostrado a mi pareja que mi palabra no tiene valor, que ni siquiera mi voluntad tiene valor. Por lo tanto, lo más difícil de los límites es cumplir con las consecuencias que hemos dicho que tendrían dichos límites. Por lo tanto, lamentablemente, y nos puede doler, porque eliminar a alguien de nuestra vida siempre es doloroso, aunque después puede ser un alivio… Yo siempre digo que hay despedidas que empezamos llorando y acabamos aplaudiendo. Pero, aunque sea doloroso, tenemos que tomar la valiente decisión de no hacer lo que nos apetece en ese momento, porque lo que nos apetece no siempre es lo bueno para nosotros y para nuestra vida, y cortar vínculos con aquellos que no respetan nuestros límites porque significa, como he comentado antes, que se benefician de cuando no los ponemos.

49:58
Isabel Tesch . En este sentido, ¿cómo podemos ser una persona sana para los demás?

50:02
Elizabeth Clapés. Ser una persona sana para los demás empieza por conocerse, por conocerse a uno mismo. Quizá si yo soy una persona muy, muy, muy, muy, muy insegura, no voy a conseguir ser la persona más segura del mundo, ¿no? Pero yo creo que consiste en ponerse objetivos realistas y decidir: quiero ser este tipo de persona, quiero hacer sentir esto a los que me rodean, quiero aportar esto a quienes me quieren y es lo que voy a intentar hacer, ¿vale? Imaginemos que soy una persona muy insegura, que soy una persona a la que le cuesta transmitir a los demás lo que siente por ellos, ¿no?, por ejemplo. Pues voy a ir haciendo pequeños pasos, pequeños objetivos, pequeñas metas poco a poco, que me vayan acercando a aquello que quiero ser. También voy a observar y voy a prestar mucha atención a la respuesta de los demás. Porque si varias personas se quejan de lo mismo sobre mí, quizá tengo que revisarlo. No soy perfecta, tengo que revisar. Si todo el mundo me dice que tengo mucho carácter y que cuando me enfado exploto, pues quizá tengo que revisar esa parte de mí. Ser sana para los demás consiste también en revisarme a mí misma y decir: «Vale, este patrón lo estoy repitiendo, voy a trabajarlo». Y por otra parte: «¿Hacia dónde quiero ir? ¿Qué clase de persona quiero ser? ¿Qué quiero transmitir a los demás?», y voy a empezar a ponerme pequeñas metas para ir escalando. No hace falta que suba a la cima en un día, porque es imposible. Y de hecho, los cambios tan grandes que nos proponemos a veces duran poco en el tiempo. Es como «voy a empezar a hacer ejercicio cada día durante una semana». Bueno, pues igual de cero a diez no vas a poder pasar, pero de cero a uno y de uno a dos sí.

51:40

Entonces, consiste en eso, en saber muy bien quién quieres ser y lo que quieres transmitir a los demás y ponerte pequeñas metas para poder ir alcanzando ese punto. Yo creo que es muy importante algo que dijo un filósofo que se llama Immanuel Kant en su imperativo categórico, que era, la frase no es exactamente así, pero entiéndase el concepto de: «Actúa de manera que tu conducta pueda ser adoptada como ley universal». Y yo lo empleo mucho, tanto en consulta como conmigo misma, el decir: «Vale, si todo el mundo actuase como yo en este preciso momento, ¿qué pasaría? ¿El mundo iría mejor o el mundo iría peor?». Ser una persona sana para los demás creo que pasa por entender que estamos en una comunidad, que cuando vamos por la carretera y le cedemos el paso a alguien, estamos teniendo un gesto con una persona que, aunque no nos lo diga, quizá nos lo está agradeciendo. Dar una buena cara, un buen gesto, una sonrisa, una bonita palabra, son pequeñas formas de hacer el mundo un poco más bonito. Porque ya de por sí, el mundo a veces es feo, feo tremendo, y cuando vemos un vídeo en Instagram o en Facebook de un bombero salvando un gatito, decimos: «Ojalá más personas así». Podría haber más personas así. Al final, actúa de manera que tu conducta pueda convertirse en ley universal. Y ser una persona sana, ya no para los demás solo, sino para el mundo en general, es aplicarnos muchísimo esta manera de pensar: entender que vivimos en una comunidad y actuar como una comunidad con un bien común, que es el que, dentro de lo posible, entre nosotros nos tratemos todo lo bien que podamos. Porque todos tenemos mochilas que pesan y cargas y dolores. Y tú, cuando tienes a alguien delante, no sabes lo que está viviendo esa persona. Por lo tanto, sé todo lo amable que puedas porque el mundo va bien, o la parte del mundo que va bien, va bien gracias a personas así, y no a lo contrario.

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Isabel Tesch. Elizabeth, me ha encantado la entrevista. Me ha encantado conocerte. Muchas gracias

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Elizabeth Clapés. Gracias a ti. Ha sido un placer estar aquí contigo.