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¿Cómo funcionan nuestros miedos?

Anabel González

¿Cómo funcionan nuestros miedos?

Anabel González

Psiquiatra y psicoterapeuta


Creando oportunidades

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Anabel González

“El antídoto contra el miedo es la seguridad, el apego seguro”, defiende Anabel González, una de las mayores expertas en España en procesos de superación de miedos, fobias y traumas.

Anabel González es doctora en Medicina, psiquiatra, psicoterapeuta y especialista en Criminología. Trabaja en el Hospital Universitario de A Coruña donde coordina el Programa de Trauma y Disociación. Es Presidenta de la Asociación EMDR España, que promueve una novedosa técnica psicoterapéutica, avalada por la OMS, cuyo objetivo es procesar y superar sucesos traumáticos. González es entrenadora acreditada en terapia EMDR y se dedica a impartir formación a otros especialistas. También es profesora invitada en el Máster en Psicoterapia EMDR de la UNED y codirectora del Especialista Universitario en EMDR. Ha escrito varios libros especializados en los trastornos que surgen debido a la vivencia de eventos traumáticos. También es autora de libros de divulgación como 'Lo bueno de tener un mal día: cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor' (2020) y '¿Por dónde se sale?: cómo deshacer el miedo, aliviar el malestar psicológico y adquirir un apego seguro' (2023), ambos publicados por Editorial Planeta.


Transcripción

00:05
Anabel González. Soy Anabel González, una psiquiatra de A Coruña, trabajo en la sanidad pública y he escrito algunos libros de divulgación. El último es «¿Por dónde se sale?», un libro que se centra, sobre todo, en el miedo y en cómo desarrollar la seguridad que nos puede ayudar con él.

00:24
Rafael Fernández. Hola, Anabel. Soy Rafael Fernández Campos, doctor en Economía y Hacienda Pública por la Universidad Autónoma de Madrid. Profesionalmente, me dedico a los datos. Pero la verdadera razón por la que quería estar hoy aquí contigo es porque soy padre de tres hijos. Cuando uno pasa a ser padre, parece que el miedo empieza a formar parte de la vida de uno.

00:45
Anabel González. Sí, lo de tener hijos es una carrera más complicada que la otra, ¿verdad?

00:50
Rafael Fernández. Yo creo que sí.

00:50
Anabel González. Sí. Surgen muchos miedos muy naturales con los niños, porque el niño tiene que estar con nosotros para sentirse protegido y los que tenemos que tener miedo por ellos somos nosotros, pero no tanto miedo como para que nos bloquee y nos impida disfrutar y tener buenos ratos también.

01:10
Rafael Fernández. Anabel, tú eres psicoterapeuta. Eres doctora en Medicina. Eres psiquiatra. Has escrito varios libros, pero hay uno concretamente que trata sobre el miedo. Me gustaría que me contases cómo funcionan esos mecanismos del miedo.

¿Cómo funcionan nuestros miedos? Anabel González, psiquiatra y psicoterapeuta
01:27
Anabel González. El miedo es parte de nuestro «pack» básico de supervivencia. Hay muchos animales que tienen emociones de este estilo, y los seres humanos, sin miedo, nos hubiéramos extinguido hace mucho tiempo. Es lo que hace que, si tenemos un peligro delante, el organismo se ponga en marcha, como: «Vamos encendiendo el motor del coche por si acaso nos tenemos que marchar corriendo». Lo que pasa es que, luego, el miedo, que es funcional, bueno y necesario, se nos puede complicar, precisamente por las cosas que hace nuestro cerebro para intentar hacer su trabajo. Por ejemplo, ¿yo cómo sé que algo es peligroso. De entrada, lo nuevo me va a asustar por si acaso, y el cerebro, a veces, se pasa un poquito con el “por si acaso”. Entonces, todo lo que estaba alrededor de eso que a mí me daba miedo me va a empezar a dar miedo. Me ha mordido un perro y yo estaba en una zona de árboles. Ahora, cuando me acerque a los árboles, voy a decir: «¿Y si viene un perro?», y antes no lo pensaba. Entonces, el miedo se va asociando a otras cosas y el cerebro no lo hace porque sí, lo hace para que estemos preparados. Lo que ocurre es que hay veces que nos prepara un poquito de más. Entonces es cuando empieza a venir todo esto que llamamos ansiedad, pánico…, que es cuando se nos va la cosa de las manos.

02:49
Rafael Fernández. Entiendo, entiendo. La verdad es que, con eso de la ansiedad, parece que tenemos una epidemia ahora, ya no importa la edad. Tú en uno de tus libros llamas a la ansiedad «el miedo que se te queda pegado». ¿Cómo has dado con esa frase feliz?

03:05
Anabel González. Bueno, un poco es esto. El miedo se queda pegado a lo que hay alrededor de lo que realmente es peligroso. Y la ansiedad sería que yo pienso, incluso, en cosas que podrían pasar, porque la ansiedad, cuando se desboca, ya te hace pensar en las peores posibilidades que podrían ocurrir, y además te agobias como si fueran inevitables y como si tú no fueras a poder hacer nada. Entonces, ahí va habiendo una escalera —más miedo, más pensamientos catastróficos…— y acabas en el pánico. Y ahí ya no puedes pensar nada en absoluto. Ahí, la parte del cerebro que piensa, que es esta que tenemos aquí, se va de la ecuación. También podemos revertir eso. Hay terapias que trabajan en deshacer el nudo que se ha montado. Hay un experimento de fabricar una fobia, que es un experimento que hoy en día no sería ético ni sería aprobado, de Watson, que hizo que un niño le cogiese fobia a los ratones. Al niño le gustaban los ratones, le hacían gracia, pero empezaron a hacer un ruido brusco cada vez que aparecía un ratón y el niño acabó teniéndole miedo a los ratones, que, en principio, no se lo tenía. Creo que luego no se lo quitaron al pobre, se quedó ahí con el miedo a los ratones puesto. ¿Esto cómo se traduce en lo que nos puede pasar a cualquiera? A veces, hay algo ahí, que es neutro, que es inofensivo, que no tiene ningún problema, pero nos pasa algo que nos asusta al lado de esto y el cerebro dice: «Esto estaba por aquí, lo voy a guardar. Esto también da miedo». Y esto, que no es peligroso, me puede seguir dando miedo, a lo mejor, el resto de mi vida y condicionándome a la hora de hacer cosas. Y cuando yo empiezo a funcionar así, a veces eso también se puede generalizar. Entonces, cada vez le voy teniendo miedo a más cosas. De hecho, hay personas que adquieren una fobia a salir de su casa. Hay personas que se quedan literalmente encerradas en su casa sin que haya ningún tipo de cerradura que se lo impida porque todo, absolutamente todo, les acaba dando miedo. Es algo que llamamos «agorafobia».

05:06
Rafael Fernádez. ¿Y dices que hay terapias que consiguen desentrañar esa madeja?

05:10
Anabel González. Claro, porque uno de los mecanismos que empeora las cosas, no es que lo genera, pero sí que lo empeora, es evitar lo que nos da miedo. Y es lógico, ¿verdad? Si algo ha sido peligroso, dices: «Yo no lo vuelvo a hacer más». Pero, si no lo vuelvo a hacer nunca, le cojo más miedo. Y si resulta que es algo que sí que tengo que hacer… Le tengo miedo a coger el coche porque he tenido un accidente de tráfico, pero tengo que coger el coche. Entonces, hago de todo: me voy con un compañero, me voy en autobús… Pero si algún día tengo que coger el coche, entonces le voy a tener mil veces más miedo, porque el miedo ha ido comiéndome terreno y ha ido creciendo. Entonces, algunas de las terapias que trabajan con esto van desandando el camino. A veces, para salir de un laberinto, el mejor camino de salida es desandar el camino que hemos hecho para llegar a meternos en el sitio en el que nos hemos metido. Lo que pasa es que da mucha pereza, porque una vez que has evitado muchas cosas y que ya estás ahí tan asustado, se te hace un mundo volver a recuperar el terreno perdido.

06:21
Rafael Fernández. Cuando hablas de «trauma», me viene a la cabeza el miedo al pasado. ¿Es posible tener miedo al pasado? ¿Cómo podemos enfrentarnos a esas situaciones traumáticas que hemos sufrido?

06:33
Anabel González. Es que, a veces, el pasado es duro y hemos sobrevivido a base de no mirar nunca atrás. Decimos: «Tiro para adelante y esto ya pasó», y es como cerrar un capítulo. Pero, realmente, si las cosas que han pasado todavía nos producen sensaciones es que algo se ha quedado bloqueado. Y esos recuerdos pueden influirnos ahora en muchísimas cosas. Yo puedo estar teniendo ahora un problema con un compañero de trabajo, porque, a lo mejor, he tenido una experiencia parecida con una persona en el pasado que no tiene nada que ver con esta, y yo ahora no soy capaz de resolverlo. Entonces, cuando eso pasa, nosotros tenemos que volver atrás, porque, si no deshacemos este nudo, todo lo que pase después se va a ir atascando también. Yo trabajo mucho con EMDR, que es un tipo de terapia de trauma, y en ella lo que se va a hacer es buscar, precisamente, cuáles son las raíces. Yo tengo un problema ahora. Puedo tener un problema, por ejemplo, en las relaciones de pareja. Entonces, vamos a ir buscando con qué se conecta esto. El problema que yo tengo es que siempre acabo en relaciones en las que yo tengo que hacer lo que el otro quiere, y yo, al final, acabo renunciando a lo que yo necesito. Vamos a ir hacia las primeras relaciones, a ver si en esas primeras relaciones se creó ese patrón. Y después también a los primeros vínculos, que ahí volvemos de nuevo a la infancia, a los padres, que es donde aprendemos a vincularnos y a conectarnos. A lo mejor, mis padres me han querido mucho, pero yo crecí con una madre que estaba muy enferma y tuve que preocuparme yo más por ella de lo que ellos, con el tiempo que tenían o la energía que tenían, se podían preocupar por mí. Así que me acostumbré a renunciar a lo que yo necesito y me encajan perfectamente parejas en las que yo también acabo haciendo lo mismo. Entonces, lo que haríamos sería, con esas experiencias y los recuerdos concretos en los que se ha ido formando este problema, los trabajamos uno por uno y los desbloqueamos.

08:30

EMDR se llama así porque utiliza, entre uno de sus ingredientes, sistemas para desbloquear los recuerdos. Uno de ellos es el movimiento de los ojos. El terapeuta haría este movimiento, el paciente va siguiendo el movimiento y, al pensar en un recuerdo traumático y hacer esto durante un tiempo —por supuesto, es un proceso mucho más complejo, hay que preguntar una serie de cosas y el terapeuta tiene que ayudar en ciertos momentos—, el recuerdo va perdiendo fuerza. Si yo he tenido un recuerdo de un accidente, por ejemplo, han pasado los años y cuando pienso en él a mí todavía me produce un impacto muy fuerte y me angustio, al ir haciendo esto, lo que voy a ir notando al volver al recuerdo es que el recuerdo va teniendo menos intensidad. Y después de un tiempo, cada vez que vuelvo, la sensación va cambiando, incluso puedo ver el recuerdo más distante. Cuando algo se nos ha quedado grabado, se nos queda la imagen muy fija, pero va bajando y llega un momento en que ese recuerdo pierde toda su fuerza y, a veces, incluso, hasta me puede costar recordarlo. La mayor parte de las veces no tenemos un recuerdo así, tan nítido. Entonces, al ir trabajando los recuerdos, tanto de las cosas que pasaron atrás como de lo que nos vaya activando ahora —porque, a lo mejor, yo he tenido el problema del accidente de coche y ahora lo cojo y cada vez que lo hago tengo miedo o solo con pensar en coger el coche ya me da miedo—, también se trabaja con el presente y con el futuro. De esa manera, los problemas se atajan desde la raíz, desde todas las experiencias que tengan que ver con el problema de pareja que yo estoy teniendo, con el miedo que tengo a conducir o con el problema que yo tenga ahora.

10:24

Lo complejo de este tipo de tratamientos es encontrar dónde está la raíz. Por eso, un ejercicio que yo propongo a veces es buscar, cuando hablábamos del miedo, cuál es nuestra primera experiencia de miedo, cuál es el primer recuerdo en el que recordamos haber pasado miedo. Y la segunda pregunta sería: «¿Y todavía me da miedo?». Pero no de que me dé muchísimo, sino de que, cuando pienso en eso, no es un recuerdo neutro del todo. Si me paro un ratito, ¿el recuerdo es incómodo? Ese sería un ejemplo de un recuerdo que no está procesado. Y al trabajar ese recuerdo, empezaríamos a secar la raíz del miedo. Así que yo ahora me podría situar en las situaciones que me están dando miedo con un miedo mucho más proporcionado. Si no, a veces, yo tengo una situación ahora que me causa miedo, no tanto por la situación, sino por toda la cadena de cosas que me han ido dejando un poquito de miedo en el cuerpo. Entonces, yo ahora tengo un miedo que a mí mismo me parece que no es para tanto. ¿Por qué me pongo así, si lo que está pasando no es de ese calibre? Pero igual, si miro para atrás y lo enlazo todo, todo este conjunto de cosas sí que me explican el miedo que yo tengo. Es proporcionado a todo esto, no proporcionado a esto. Entonces, las terapias de trauma trabajan un poquito así. En cierto modo, esto es como resetear el cerebro. Tenemos unos miedos que están atascados, que están bloqueados. Ninguno de esos miedos es funcional. El miedo funcional es el que noto ahora, cuando tengo al león delante. Es ese. Pero el león que tuve hace diez años ya no tiene ningún sentido que siga ahí, así que lo que hacemos es deshacer esa influencia.

12:16

El cerebro es como que lo resetea todo y lo vuelve a poner en su sitio como un recuerdo más. Muchas cosas que nos han dado miedo ya no nos dan miedo porque el cerebro ha hecho esto solo. Igual que hay cosas que nos disgustaron en un momento determinado, ahora, con el paso del tiempo, ya nos no nos producen ninguna sensación. Cuando con un recuerdo eso no pasa, ese recuerdo necesita trabajar sobre él. Y esta es una de las cosas que podemos hacer. También ayuda, a veces, hablarlo, comentarlo con otras personas, escuchar otras perspectivas… Pero, en mi experiencia, EMDR trabaja incluso con cosas que hemos hablado, a las que les hemos dado vueltas, pero ese bloqueo está un nivel más emocional, más profundo, y esto lo desbloquea de otra manera. Cuando hablábamos también de la evitación, hay otros tipos de terapias de trauma que trabajan un poquito diferente. Por ejemplo, la terapia de exposición lo que hace es: a mí esto me da miedo y yo, en vez de evitarlo y dejar de hacer cosas que me lo activen, me quedo aquí. Entonces, al principio paso mucho miedo, pero sigo aquí. Y después me da menos miedo, y llega un momento en que yo me habitúo. Es como: «Le he cogido miedo al coche. Bueno, lo voy a coger todos los días hasta que me vuelva a acostumbrar». Así se nos puede quitar el miedo. Entonces, en una terapia de exposición, la persona está en contacto con esa emoción difícil el tiempo suficiente como para que baje. En EMDR, lo que se hace es que conectamos con esta situación y la persona va desbloqueando con el movimiento ocular y le van viniendo cosas, cosas que pueden tener que ver con esto o pueden tener que ver con esas conexiones, con esas raíces que decíamos. Y, de vez en cuando, volvemos aquí, simplemente para volver a hacer esto, hasta que todo esto se va conectando, y aquí esto se va volviendo más pequeñito y no queda nada. Después voy a volver a recordar esa situación, pero ya va a ser una experiencia más. Va a formar parte de mi sabiduría vital, de mi forma de funcionar normal.

14:30
Rafael Fernández. Madre mía, vaya tarea tiene que ser esa. Entiendo que, además, hay algunas veces que tú te refieres a los bloqueos y a las parálisis que produce el miedo. O sea, que llega a ser una situación de verdadera parálisis. ¿Cómo funciona ese mecanismo? ¿Cómo se puede desatar y desmadejar?

¿Cómo funcionan nuestros miedos? Anabel González, psiquiatra y psicoterapeuta
14:48
Anabel González. Cuando estaba escribiendo el libro, puse una pregunta en redes sociales sobre qué asociaba la gente con el miedo, porque el miedo en sí no es un problema. De hecho, el otro día, me decía una persona: «Yo no tengo miedo nunca». «Perdona, miedo aquí lo tiene todo el mundo, es imposible que no tengas». Lo que pasa es que solo le llamamos «miedo» a cuando el miedo nos bloquea, a cuando nos atasca, que eso ya son problemas asociados. Entonces, lo de la parálisis realmente es un mecanismo de supervivencia, aunque no lo parezca, pero nos puede incordiar bastante. Por ejemplo, cuando nosotros tenemos una situación peligrosa, el coche se pone en marcha por si tenemos que salir corriendo, por si tenemos que hacer algo, y las primeras respuestas son respuestas activas. Lo lógico es pelear y, si no puedo pelear, escapo. Pero si no puedo pelear porque el otro es más grande y no puedo escapar porque no hay salida —y esto pasa muchas veces, por ejemplo, cuando somos niños, porque enfrentarnos, no podemos; escaparnos, a ver a dónde vamos…—, la mejor solución es quedarse quieto, porque, si no, te cae más. Y si quedarte quieto, que sería la parálisis, ves que no te lleva a ningún sitio, el organismo empieza a decir: «Voy a bajar las revoluciones. No tiene sentido estar con el motor a toda velocidad si no hay adónde ir», así que agachamos la cabeza, nos sometemos…

16:11

Nos está machacando en clase un grupo de compañeros. Dices: «Sí, sí» para evitar que te caigan más. Y la respuesta de emergencia es caernos desplomados. Esto también es un mecanismo de supervivencia. De hecho, si eres un herbívoro, por ejemplo, y te alcanza un depredador, lo mejor que puedes hacer es caerte desplomado, porque entonces el depredador va a pensar que estás muerto, y un depredador no se come a una presa muerta. También es supervivencia para ellos. Se podrían estar comiendo un animal en mal estado o algo que fuera peligroso para ellos. Así que, si el animal está en ese estado que parece como que está muerto, sobrevive. A eso le llaman unos autores «cascada defensiva», y es esa respuesta que primero activa, pero que, cuando ve que no hay posibilidad, se queda quieta y entonces baja. Por ejemplo, la gente que sufre una agresión, se habló mucho de esto con respecto a las agresiones sexuales, cree que la única respuesta es ser valiente y pelear. Y pelear es insensato cuando no tienes ninguna posibilidad de ganar. El quedarse paralizado es una forma de protegerse. El caerse desplomado es una forma de protegerse. Está en el instinto de supervivencia de nuestra especie.

17:29

Y esta respuesta de parálisis o de sumisión o de colapso, que son las respuestas pasivas, las de emergencia, las de cuando no hay nada que hacer, si se repiten muchas veces… Decíamos que los niños, las de pelear y escapar, no las tienen mucho. Otra respuesta que tiene un niño es llorar. Pero si estás en una familia que no atiende tus necesidades, hasta acabas por no llorar. Contaba una chica que hablaba en redes sociales de su experiencia en un orfanato de los países del Este cómo allí los niños no lloran, porque ¿para qué? Entonces, cuando tú has vivido en un entorno muy hostil, donde pelear no, escapar no, llorar ¿para qué?, solo te quedan las otras respuestas. Y se ponen en marcha tantas veces que después, cuando te haces adulto, o si has estado en una relación, por ejemplo, de maltrato o en una situación muy problemática mucho tiempo, ya no sabes reaccionar de otra manera. Cuando podrías pelear, ya no peleas; cuando te podrías marchar de una situación problemática, ya no te marchas… Lo vemos muchas veces en las situaciones de violencia intrafamiliar, que son personas que, a lo mejor, en sus historias de la infancia se ve que han tenido infancias muy complicadas y, cuando se ven en una relación maltratante, no salen. La gente a veces los mira y dice: «Pero ¿por qué no te fuiste antes?». Es que, si uno viene bloqueado desde pequeño, eso de marcharse no es nada sencillo. Es como que el organismo sabe cómo se hace, pero es como si lo hubieras olvidado. Necesitas volverte a recordar cómo se sale de una situación, que te puedes ir y que puedes, a veces, pelear por lo que tú necesitas.

19:17
Rafael Fernández. Oye, y cuando hablamos del miedo y de esas situaciones que nos dan miedo, quizá una estrategia muy habitual y muy normal sería intentar evitarlas. Es decir, no afrontarlo. ¿Crees que estas estrategias de evitación del miedo son buenas, son sanas, o luego pueden traer consecuencias? ¿Cómo lo ves?

19:35
Anabel González. Evitarlo sería lo de escapar. Si tú estás, por ejemplo, con una pareja que no te trata bien, evitar esa relación sería lo mejor que puedes hacer. El problema es cuando evitamos cosas… A veces evitamos cosas que son buenas para nosotros. O lo evitamos todo y eso nos empieza a complicar mucho la vida. Todos los mecanismos que tiene el cerebro, incluso lo que pasa en las fobias, en el fondo es algo que tiene sentido. Es el cerebro poniéndose en el «por si acaso», es el cerebro asociando cosas que podrían ser peligrosas. Lo que ocurre es que, en ocasiones, se nos va de las manos, o en ocasiones aparece donde no toca, o deja de servir. Pero todo lo que hace nuestra mente lo hace por algo. A veces, cuando nos remontamos al principio, si yo pienso: «Me quedo paralizado», ¿por qué me quedo paralizado en el trabajo con unos compañeros si yo soy una persona adulta y tengo recursos? En otras situaciones lo he podido manejar, ¿y ahora por qué no? A veces, la respuesta está más atrás. Si voy a pensar: «¿La primera vez que yo tuve esta sensación cuándo fue?», ahí seguro que las cosas tienen mucho más sentido. El tema es que ese bloqueo se me ha quedado ahí, y cuando pasa algo y el cerebro conecta con eso, me vuelvo a bloquear. Y así es como piensa el cerebro todo el tiempo. Yo, si estoy en una reunión contigo, estamos aquí hablando, nuestros cerebros están conectando con otras conversaciones, con otros encuentros… No vamos a estar reinventándonos constantemente. Pero cuando el cerebro conecta con una situación de bloqueo… Si yo te recordase a alguien con quien hubieses tenido una mala experiencia, a lo mejor ahora mismo estarías teniendo una sensación extraña conmigo, y a lo mejor no tendría nada que ver conmigo. Pero el cerebro está todo el rato asociando cosas. Lo hace por nuestro bien. Pero eso, a veces, nos puede jugar en contra.

21:32
Rafael Fernández. «El cerebro lo hace por nuestro bien». Me voy a quedar con esa frase, Anabel, porque, además, cuando estás al lado de alguien que resulta que tiene miedo, siempre sale esa frase de: «Estate tranquilo» o «Estate tranquila» o «No tengas miedo». Como si esa frase fuera mágica y pudiera solucionar el miedo. Este tipo de mantras, de frases, que muchas veces parece que todavía provocan más reacción, ¿esto es un mecanismo bueno? ¿Qué tenemos que hacer en esas situaciones, cuando estamos al lado de alguien que está sufriendo?

22:04
Anabel González. Claro, decirle a alguien que está con ansiedad «Estate tranquilo» es como decirle a alguien que se ha hecho una herida «No sangres». Es exactamente lo mismo. De hecho, la gente que tiene ansiedad, cuando le dicen eso, se cabrea, porque te dice: «Claro, ya me gustaría a mí. Exactamente eso es lo que yo querría en este momento». Sí que es cierto que la forma en la que nos hablamos a nosotros mismos influye. De hecho, las personas que tienen ansiedad se dicen cosas por dentro que les meten todavía más miedo. Pero como la persona se está diciendo estas cosas, lo que le dicen desde fuera es como que no consigue entrar. Por eso necesitamos hacer un doble trabajo, aprender a decirle cosas al otro que le ayuden. «Cálmate», cuando está en una crisis de ansiedad, no, pero le puedes decir: «Estoy aquí. ¿Necesitas algo? ¿Te puedo ayudar?», que eso no le va a sentar mal, y a lo mejor no podemos hacer milagros, pero sí que ayuda. Y luego la propia persona puede aprender a ver qué cosas se pueden decir cuando está mal. En plena crisis es difícil, pero después sí que podemos pensar un poquito. Sobre todo, más que lo que nos calme en ese momento —que en ocasiones tiene que ser que me vea el médico, que me den algo que lo baje, y luego ya veremos cómo arreglamos este tema—, trabajar en desarrollar, sobre todo, la seguridad que nos va a hacer tener menos ese problema. Lo más importante es desarrollar lo que podría prevenir ese miedo y lo que nos puede ayudar incluso a atravesar las situaciones que nos pueden producir miedo, que es tener más sensación de seguridad.

23:50

La seguridad significa no que tú vayas diciendo por ahí, con un tono de voz más alto de lo normal, que estás muy seguro de lo que dices. Muy al contrario. La seguridad nace de la reflexión, de la capacidad de establecer relaciones con los demás, de la confianza… La calma es pasajera. Yo puedo hacer algo que me calme en un momento determinado, pero, si me vuelve el miedo al poco rato, ¿qué hago? Y las personas que tienen miedo a veces encuentran pequeños parches o pequeñas soluciones que funcionan a corto plazo, como la evitación, que tú comentabas antes. Si yo digo: «No voy a ese sitio, que me agobia un poco», pues ya está, pero ¿y si tienes que ir? ¿O si luego te vuelve a pasar en otro sitio? Hay cosas que son pan para hoy y hambre para mañana, que solucionan el momento, pero que luego no resuelven. En cambio, la seguridad es algo que podemos ir haciendo crecer poquito a poquito hasta que nos ayuda a neutralizar un poquito el miedo y a que, si pasamos miedo, incluso, podamos hacer las cosas. Hay cosas que las hacemos aunque nos dan miedo porque sentimos esa sensación interna de seguridad. La seguridad sale por generación espontánea cuando tú has crecido con personas que te han dado protección y cuidado. Y cuando digo esto siempre quiero insistir en que no tenemos que ser padres perfectos y hacerlo todo bien, porque esto es horroroso para la seguridad de los padres y la de los hijos. Tenemos que hacerlo como podamos, pero estar ahí. Si yo tengo un problema en el cole o me pasa algo con un amigo o me preocupa algo de lo que pasa en casa y alguien se da cuenta, y yo sé que, si tengo un problema, lo puedo contar, me voy sintiendo más confiado, me voy sintiendo más seguro, voy a sentir que se puede confiar en la gente. Gracias a eso, si pasan cosas difíciles, no me van a tumbar tan fácilmente. Todos tenemos un límite y, a veces, la vida se pone muy complicada, pero tengo más capacidad de afrontar las cosas. A veces, la vida da mucho miedo y hay que tener esa sensación de seguridad para poder atravesarlo.

26:11
Rafael Fernández. Sí. Antes has dicho una frase que me ha dejado loco, eso de que «la calma es pasajera». Entonces, si la calma es pasajera, eso significa que vamos a pasar por momentos de tempestad.

26:22
Anabel González. Sí.

26:24
Rafael Fernández. ¿Hay alguna manera de que podamos garantizar o por lo menos mitigar razonablemente esos momentos de zozobra y poder tener esa seguridad, esa confianza a la que te refieres?

26:36
Anabel González. Claro, pero ¿cómo sabe un marinero que tiene seguridad? Porque confía en sus capacidades para hacerlo, ha navegado muchos mares de muchos tipos distintos, sabe calcular cuándo meterse y cuándo no, cuándo volver a puerto —que también hay que saberlo—; ya ha pasado por unas cuantas tempestades, ha aprendido de cada una de ellas y sigue saliendo a navegar. Si seguimos haciendo las cosas, de cada error, de cada cosa que sale mal, vamos aprendiendo, y eso es lo que va haciendo que sintamos que tenemos recursos. No es que no le tengamos que tener miedo a nada. Si hay una tempestad enorme, no hay que salir al mar. Está clarísimo. Pero sí que yo puedo sentir que puedo manejar muchas situaciones, que puedo navegar mares de distinto tipo. Y yo siento que puedo porque tengo esa sensación de seguridad.

27:33
Rafael Fernández. Anabel, si el antídoto contra el miedo es la seguridad, ¿podemos hacer crecer la seguridad? ¿Hay alguna manera de hacerla crecer?

27:42
Anabel González. Sí, pero despacito. La seguridad hay que sembrarla, es algo que crece poquito a poco y que tiene mucho que ver no solo con nosotros, sino que tiene que ver mucho con las relaciones. Hay veces que intentamos solucionar un problema justo donde está el problema. Intentamos… Tengo fiebre, me tomo algo para que me baje la fiebre. Está bien, hay que hacerlo. Pero ¿qué me ha causado la fiebre? A lo mejor es una infección, me tengo que tomar un antibiótico, pero estoy cogiendo muchas infecciones. ¿No tendré que fortalecer el sistema inmunitario? Hacer crecer la seguridad es como fortalecer el sistema inmunitario emocional y no está tan directamente relacionado con lo que nos asusta, es un trabajo de fondo. Por ejemplo, decíamos la reflexión. La reflexión es como un «software» de última generación que hace que todo lo que va pasando, vaya bien o vaya mal, me vaya haciendo tener cada vez más herramientas, cada vez más recursos. Cada vez entiendo mejor las cosas. Todavía hay muchas que no entiendo, me hago un montón de preguntas y siento mucha curiosidad. La curiosidad también hace crecer la seguridad. Lo que decía Murakami: «La seguridad tiene mucho que ver con la curiosidad y con la valentía». Él hablaba, concretamente, de curiosidad y de valentía, que iban juntas. Realmente, si lo piensas, un niño siente curiosidad y eso le mueve a hacer cosas que le dan miedo, pero, como tiene más curiosidad que miedo, consigue hacerlo.

29:14

Otra cosa que también hace crecer la seguridad es la confianza. Y esto es complicado, porque si venimos, por ejemplo, de historias de traición o de historias de relaciones muy difíciles, a ver quién es el guapo que confía. No es sencillo, pero hay que recuperar la confianza, porque, si no, no hay posibilidad. Una persona que desconfía es una persona que está metida en un búnker y, dentro de ese búnker, quizás creas que no te van a hacer daño, pero ahí dentro no te puedes sentir realmente seguro. Seguros nos sentimos cuando andamos por la calle y nos acercamos a las personas, las vamos entendiendo, cuando conectamos con alguien, cuando aprendemos de las cosas… Necesitamos explorar para sentirnos seguros. ¿Cómo nos vamos a sentir seguros conduciendo si tenemos el coche metido en el garaje todo el tiempo? No puede ser. Entonces, confianza, curiosidad, reflexión, exploración y mirarnos por dentro también, porque la exploración no es solamente de lo que ocurre fuera, sino también de lo que ocurre dentro de nosotros y de lo que ocurre dentro de los demás. Algo muy interesante para poder reflexionar mejor es escuchar. No es un deporte muy habitual, ¿verdad? Porque, a veces, lo que hacemos es tener monólogos a dos. O, a veces, cuando hablamos con alguien, estamos más ocupados en preparar la respuesta para ganar en la discusión que en entender exactamente cómo es el otro. Podríamos decir que un deporte muy conveniente sería intentar entender de verdad, con verdadera curiosidad, cómo piensa alguien completamente distinto a nosotros, alguien con quien no compartimos absolutamente nada. Si somos capaces de sentir curiosidad por entender a alguien completamente diferente, probablemente nos haremos más seguros. Es un deporte muy aconsejable.

¿Cómo funcionan nuestros miedos? Anabel González, psiquiatra y psicoterapeuta
31:13
Rafael Fernández. Ah, qué bueno. Lo que estás diciendo, si no te he entendido mal, es que la seguridad depende más de nosotros que del control de nuestro entorno, que, al final, es incontrolable. Pero ahora volvemos a lo de ser padre. Los que somos padres y tenemos hijos, los hijos, al final, no están todo lo dentro de nuestro control que nos gustaría. Entonces, ¿cómo podemos garantizar…? Bueno, no sé si la palabra es garantizar, pero ¿cómo podemos ayudar a que nuestros hijos ganen esa seguridad? Es decir, ¿hay alguna manera de que nosotros hagamos cosas que les ayuden a tener todas esas herramientas que les van a ayudar con esa seguridad, con esa calma que comentabas antes?

31:58
Anabel González. Fíjate que, a veces, confundimos términos. Yo suelo decir que el control es un sucedáneo de la seguridad. Un sucedáneo… A ver, no es el peor que podemos tener, pero tampoco es muy bueno, porque, cuando vienen imprevistos, y la vida a veces se pone un poquito original, el control no nos vale de nada. Las personas que funcionan mucho a través del control necesitan que todo sea predecible. Y, cuando vienen cosas que se salen de lo ordinario, se ven desarmadas, porque no tienen práctica de improvisar, de ser creativos, de buscarse la vida, de experimentar… Nunca han hecho esto. Todo el rato estamos en el control. Entonces, educar a los hijos desde el control tiene que ser una pesadilla, porque vivirás en la angustia permanente. Además, los niños, que cada uno es diferente, que van pasando por muchas etapas, que tienen que ir afrontando muchas dificultades… Hay que ir fluyendo. Volvemos a lo de navegar. No navegamos cogiendo el timón y diciendo: «Va a ser así, se ponga el mar como se ponga». No. Tendremos que maniobrar todo para que se pueda ir adaptando. Y a los niños creo que tampoco se trata de meterlos en una burbuja ni de exponerlos como yo creo que los estamos exponiendo a redes sociales desde demasiado pronto, o a cosas que ellos no están preparados para asumir. Tiene que haber ahí algo en el medio.

33:29

Algo que ayuda a que se desarrolle seguridad en los niños —voy a decir una palabreja psicológica de estas que usamos nosotros a veces— es la capacidad de «mentalizar» al niño. Esto quiere decir que yo soy capaz de ver que mi hijo no es un clon mío que va a hacer todo lo que yo creo que tiene que hacer o que va a ser lo que yo no fui ni nada de todo esto, sino que es una personita que tiene su propia cabecita y, aunque sea muy chiquitín, tiene una perspectiva sobre el mundo, tiene una manera de ver las cosas. Y yo lo intuyo, lo voy entendiendo y pienso en lo que él piensa. Si tengo varios hijos, sé que son diferentes y cada uno vive las cosas a su manera, y yo puedo tener en cuenta sus personalidades y sus capacidades. Si yo soy capaz de mirar a mi hijo así, él va a ser capaz de mirarse así, se irá entendiendo cuando le pasen cosas. A través de la manera en la que nosotros los miramos, ellos irán pudiendo mirarse. Y también van a aprender una cosa muy importante, que es la capacidad de mirar al otro también como una personita diferente. Entonces, esa capacidad de mentalizar, de entender la mente del niño, de que el niño pueda ir aprendiendo a entender también cómo funciona la mente de los demás, es un superpoder.

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Y es importante que un niño sienta una sensación de que se le quiere incondicionalmente. Que, si lo hace bien, si lo hace mal, si consigue algo, si no consigue algo, es igual de querible y es igual de valorable. Y que, si tiene una necesidad, va a haber alguien a quien pueda recurrir, y que esa persona va a estar de una manera consistente. No todos los días perfecto, del mismo humor, perfectamente peinado, que somos seres humanos y es normal. Pero va a sentir que puede confiar en que hay alguien ahí que le valora como es, que le pide cosas razonables para la edad que tiene, porque, a veces, les pedimos a los niños cosas que no corresponden a su edad o no les vamos dando también la responsabilidad que sí toca con la edad que tienen. Fíjate, un niño que vive con unos padres muy preocupados, a veces está desprotegido, porque ve a sus padres tan preocupados que no se atreve a contarles cosas preocupantes para no preocuparlos más. Se dan este tipo de paradojas. Entonces, necesitamos sentir que nuestros padres van a estar ahí pase lo que pase y que, aunque lo hagamos mal, no vamos a perder el afecto. Nos corregirán, nos dirán que está mal, por supuesto, pero que el afecto es total y está garantizado, pase lo que pase y funcione como funcione.

36:16
Rafael Fernández. Te oigo hablar, y cuando te he oído hablar en otras ocasiones y he leído tus libros hablas también sobre la necesidad de reflexionar y de educarnos sobre las emociones, que es algo que, probablemente, la generación de mis padres no hacía y que en mi generación quizá lo intentamos, a lo mejor, con poco éxito, pero lo intentamos. ¿Cómo es esto de aprender a reflexionar sobre las propias emociones? Esto que estabas hablando de cómo nuestros críos van a aprender a reflexionar sobre cosas en función de la mirada que nosotros les demos.

36:50
Anabel González. Yo creo que siempre ha habido educación emocional y siempre la ha habido en las familias, y, de hecho, es el sitio donde se aprende. Ahora, también en las escuelas, pero no en los libros, sino cómo el profesor se da cuenta o no se da cuenta de cómo están los chavales y cómo, más o menos, consigue regular su propio estrés, que tenemos a los profesores, los pobres, un poquito estresados también. Esa es la escuela verdadera de las emociones, lo que ocurre en las relaciones con las personas que están a tu alrededor mientras tú estás creciendo. Hombre, si sabemos cómo funciona este tema emocional y aprendemos un poquito cuáles son las reglas del juego del cerebro, a lo mejor sí que nos podemos dar cuenta de cosas que quizás llevemos arrastrando de nuestras familias, porque en cada familia se manejan estas cosas de una manera diferente. Un ejemplo son los abrazos. Hay familias que se definen como: «Nosotros no somos de abrazos», como si fueran una tribu. Y algunas de esas personas, curiosamente, cuando tienen niños, sí que se animan a abrazarlos, porque, de algún modo, intuyen que igual ellos no se sienten muy cómodos, pero que sus hijos sí que lo necesitan. Y, gracias a sus hijos, se acostumbran a dar abrazos y a recibirlos, que es una cosa muy útil para regular nuestras emociones.

38:08
Rafael González. Han creado una tribu: la tribu de los abrazos.

38:11
Anabel González. Sí. Se cambian un poquito a una nueva forma de funcionar. También podemos aprender otras formas de funcionar, pero es complicado, porque los padres también tenemos nuestras historias, ¿verdad? Y también, a veces, no hemos crecido en la seguridad. Por eso, yo creo que lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es trabajar en hacer crecer nuestra propia seguridad, más que en aprendernos 50 técnicas o leernos 50 libros sobre cómo ser padres, porque esto, a veces, nos estresa más, sino cómo podemos nosotros sentirnos más seguros.

38:50
Rafael Fernández. Volvemos otra vez al mismo punto: menos ver el entorno y más trabajar sobre nosotros mismos. Pero, fíjate, has comentado una cosa sobre que, a veces, se arrastra de las familias, y mencionabas también, en otro momento de la conversación, situaciones traumáticas. Esas situaciones verdaderamente traumáticas, es decir, que marcan un punto de inflexión en algunas vidas, ¿tienen solución?

39:17
Anabel González. Sí, claro.

39:19
Rafael Fernández. A eso te dedicas.

39:20
Anabel González. Si no, mi profesión no tendría sentido. ¿Las heridas se curan? Sí, claro que se curan. Hay veces que se curan solas, la mayor parte de las veces, por suerte. También las heridas emocionales se van curando con el paso del tiempo. Y otras veces no, las heridas emocionales… Pero, como no se ven, nos parece que podemos hacer como que no están y taparlas, y hay que ayudar a veces un poquito a que se curen. A veces, no solo no ayudamos a que se curen, sino que rascamos, les echamos sal a las heridas, nos enfadamos con nosotros mismos porque están ahí… Y entonces sí que se complica más. Pero hay dos temas. Uno es, si me pasa algo, el impacto que eso me pueda producir. Si esto no está resuelto, puede tener una influencia, a veces, de años, muy importante, y sí que se puede resolver, independientemente del tiempo que pase. Pero nosotros, cuando trabajamos, no solo tenemos en cuenta esto, sino también cómo es el estilo de apego de la persona. Y el estilo de apego significa cómo funciona con respecto al tema de la seguridad.

40:33

Si una persona tiene un apego seguro, es más capaz de reflexionar, es más capaz de confiar, es más capaz de aprender de la experiencia y es más capaz de establecer relaciones. Estamos hablando mucho de lo de uno, pero la seguridad no se puede aprender aisladamente. La seguridad la tenemos que aprender en las relaciones. Hay veces que la traemos puesta de casa porque hemos crecido con unos padres que eran unas personas bastante seguras —luego hablaremos de la diferencia entre seguro y convencido, pero para no perder el hilo…—. Y otras veces, a lo mejor, nuestros padres no eran personas seguras y no nos podían enseñar un lenguaje que no conocían, pero lo podemos aprender después. Y esa seguridad también nos va a ayudar a resolver esos traumas, e incluso a que, cuando nos suceden cosas potencialmente traumáticas, nosotros las vamos a poder sobrellevar mejor, vamos a poder afrontar mejor ese tipo de experiencias. Es una combinación entre las dos cosas. Si a un niño le pasa algo, los padres son un colchón. En algunas familias, desgraciadamente, un colchón con púas y, en otras, un colchón blandito, y tenemos que intentar ser un colchón blandito para que, cuando les pasen cosas, esas cosas no les repercutan tanto. Pero las cosas pasan y hay que ayudarles a enfrentarlas.

42:00
Rafael Fernández. Pero has dicho que me ibas a contar la diferencia entre seguro y convencido, y no me voy a levantar de esta silla hasta que no me lo cuentes.

42:08
Anabel González. A veces, pensamos que una persona segura es una persona que dice las cosas así. ¿Tú crees que Donald Trump es una persona segura?

42:18
Rafael Fernández. Sí, lo parece.

42:18
Anabel González. Lo parece, pero no sería en absoluto la definición de una persona segura. Es una persona prepotente, dogmática, ¿verdad? Una persona segura es una persona que duda. No que duda de todo, en los extremos no solemos estar bien, pero es una persona que duda, porque, si no, es una persona que no aprende. Y, si no aprendemos, estamos siempre en el mismo sitio, y eso no es seguridad, es atrincheramiento en mis convicciones. Muchas veces, las personas muy convencidas son personas profundamente inseguras que dicen las cosas con mayúsculas para que los demás no se las hagan tambalear.

42:48
Rafael Fernández. Qué bueno. Estamos viendo cómo tenemos que hacer para aprender a analizar esas emociones, pero ¿qué pasa si no somos capaces de analizar nuestras propias emociones? ¿Qué peligros existen, si es que existe algún peligro en esto?

43:12
Anabel González. Todo el mecanismo emocional está ahí para que nosotros sepamos qué significan las cosas, qué necesitamos, y además nos tienen que llevar a buscar eso que necesitamos. Las emociones realmente tienen esa función, cada una la suya. Si nosotros no seguimos las reglas del juego, por decirlo de alguna manera, lo de intentar evitar… Yo no puedo evitar sentir miedo, sería como decir: «Quiero evitar tener pulmones». Pues no voy a poder. Cada emoción tiene una función, todas tienen sentido. Entonces, intentar evitarlas, intentar controlarlas… Si yo intento controlar una emoción es como intentar agarrar muy fuerte un gato. Van a pasar cosas, pero, probablemente, no sean muy convenientes. Hay veces que ni siquiera nos damos cuenta de que las emociones están ahí. Otra palabra que nosotros usamos es «alexitimia», que describe a personas que no tienen un vocabulario emocional, que no se dan cuenta… Las emociones son para ellos una cosa muy confusa, o no sabrían ni siquiera definirlas. Entonces, estas personas tienden mucho más a somatizar, a expresar a través del cuerpo, porque a través de lo emocional no son capaces de contarle a alguien «Estoy mal», porque no sabrían qué decir. Entonces, una mala gestión emocional es muy poco rentable porque hace que las emociones se atasquen, se bloqueen… Por ejemplo, si yo las controlo o las suprimo, que a veces las empujamos tanto para abajo que ni siquiera nos damos cuenta de que están ahí, vamos metiéndolas debajo la alfombra, la alfombra va cogiendo volumen, le pongo otra alfombra encima… y, cuando ya no puedo más, entonces me pongo a beber, porque es la única manera que encuentro —o a tomar drogas o a tomar fármacos, que tomamos muchísimos ansiolíticos—. Estamos intentando anestesiarnos de las emociones. Si las fuéramos ventilando a poquitos, no estarían ahí acumuladas.

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Y luego hay mecanismos que ya son como de «ya no puedo más». A veces, literalmente, nos saltan los fusibles, nuestra cabeza se desconecta por completo y, en ocasiones, incluso va metiendo cosas en cajones, en compartimentos, y procuramos no abrirlos nunca. Entonces, hay veces que con determinadas emociones hay personas que dicen: «Yo no quiero enfadarme nunca». Es imposible. Hay veces unos que se enfada. Entonces, ¿qué hago? Contengo, contengo, contengo y, de vez en cuando, estallo. Y cuando estallo, me siento fatal, porque digo: «Si yo no quiero enfadarme nunca, ¿cómo me pongo así? No es posible». Y hacemos unos ciclos. Entonces, hay personas que tienen conductas agresivas, a veces, precisamente, porque contienen ese enfado. No es la única razón, hay muchos otros motivos. O podemos entrar en una depresión si nosotros lo que hacemos con la emoción es darle vueltas y vueltas y vueltas, porque, con cada vuelta que le damos, nos vamos hundiendo más y más y más. O porque igual esa rabia que no sacamos para afuera se nos va bloqueando y podemos desarrollar problemas físicos. Hay veces que nos contracturamos el cuerpo entero de toda la tensión que no sacamos por los medios naturales. Si yo tengo una buena gestión emocional, todo fluye.

46:30

Decíamos antes que las emociones son de usar y tirar, por decirlo de alguna manera. Si las dejo venir y les hago caso, veo lo que significan, si me dicen que necesito algo, lo busco, esas emociones se van. Esto pasa con la tristeza. Si nos pasa algo, perdemos a alguien, lo normal es que nos sintamos tristes, pero como las emociones no se ven… A veces, decimos: «No quiero estar triste, no tengo por qué estar triste» o «Voy a seguir trabajando sin parar para no conectar con esa tristeza». ¿Y la tristeza qué va haciendo? Un depósito aquí debajo de residuos radiactivos que, el día que me venga, me va a venir y no voy a saber qué hacer con ella. En cambio, si yo he perdido a alguien, me pongo triste, lo lloro, lo hablo, se lo cuento a alguien que, a lo mejor, también ha tenido alguna pérdida y puede resonar conmigo, a lo mejor, me da un abrazo. Lo que mejor disuelve la tristeza es el abrazo de alguien que está entendiendo por lo que estás pasando tú. Fíjate que, a veces, en las familias se ha perdido a alguien y unos por otros: yo no te cuento nada para que tú no te pongas triste, el otro tampoco… Y, al final, eso que sería lo más sano que podríamos hacer, que es compartir esa tristeza, justo es lo que nos impedimos.

47:50
Rafael Fernández. Estamos hablando, es verdad, de los miedos de uno, pero yo no sé si, a lo mejor, también hay una serie de miedos generacionales que nos van acompañando. No sé si esta pregunta, a lo mejor, es un poco grandilocuente, pero me gustaría que me contaras qué miedos ves que tenemos ahora, en el siglo XXI, en la generación que vivimos. ¿Hay algunas características de miedo que definen, de alguna manera, la época que estamos viviendo?

¿Cómo funcionan nuestros miedos? Anabel González, psiquiatra y psicoterapeuta
48:19
Anabel González. Hay miedos que son universales: las cosas que son peligrosas, los animales… Muchas fobias son fobias a animales, porque, claramente, a una serpiente igual no es muy conveniente que te acerques. Le tenemos miedo a la soledad, porque somos seres sociales, aunque muchas personas acaban, supuestamente, adaptándose, pero uno nunca se adapta bien a esto. Le tenemos miedo a la muerte, porque, aunque haya algunas personas que la busquen en un momento determinado como una solución, no es para lo que estamos preparados. Estamos aquí para intentar disfrutar de la vida que tenemos todo el tiempo posible. Pero luego hay miedos muy personales. Yo creo que la historia de nuestros miedos, la historia de las cosas que nos han dado miedo, y, sobre todo, los miedos que no hemos podido resolver son los que van configurando a qué le tiene miedo a cada uno. Yo creo que en lo que podemos resonar todos es que es una emoción que todos hemos sentido alguna vez. En algunos puntos, quizás tengamos miedos no resueltos. Creo que es prácticamente imposible llegar a adultos sin que nada te haya afectado o que nada te haya influido. Y esos son miedos muy muy personales, pero, si los compartiésemos con otra persona, quizás veríamos que tienen mucho en común con el miedo de los demás.

49:48
Rafael Fernández. Pues nada, Anabel, muchísimas gracias por esta charla. Yo la he disfrutado muchísimo. Me voy con un montón de ideas potentes, me voy inspirado. Espero que podamos volver a charlar muy pronto.

50:01
Anabel González. Ha sido una reflexión conjunta muy interesante.