COMPARTIR
Generated with Avocode. Path Generated with Avocode. Rectangle Copy Rectangle Icon : Pause Rectangle Rectangle Copy

“Los niños deben aprender a frustrarse”

María Velasco

“Los niños deben aprender a frustrarse”

María Velasco

Psiquiatra infantojuvenil


Creando oportunidades

Más vídeos sobre

María Velasco

¿Qué necesidades emocionales tienen nuestros hijos?, ¿cómo criarlos para que se conviertan en adultos mentalmente sanos y resilientes?, ¿a qué dificultades se enfrentan los padres y madres de hoy? A estas y otras muchas preguntas responde María Velasco, psiquiatra y psicoterapeuta especialista en niños y adolescentes. “Vivimos en una sociedad que no permite ni a los padres ni a los hijos vivir una infancia y una adolescencia mentalmente sanas. La soledad y la falta de ayuda, así como las exigencias sociales, son algunas de las causas de que los padres y las madres no puedan satisfacer las necesidades de los niños y adolescentes”, explica. En su libro, ‘Criar con salud mental’, la doctora Velasco une el análisis a las propuestas para ayudar a los padres y madres actuales a criar a sus hijos, con el objetivo de que se conviertan en adultos mentalmente sanos, capaces y resilientes.

María Velasco es licenciada en Medicina y Cirugía por la Universidad de Alcalá de Henares. Especialista en Psiquiatría, tiene un máster en ‘Psicoterapia Integradora’ y otro en ‘Psicopatología y en Psicoterapia del Niño y del Adolescente’. En la actualidad, es psiquiatra adjunta en el Hospital Universitario Ramón y Cajal, docente de MIR y PIR y psicoterapeuta privada especializada en niños, adolescentes y familias. Ha colaborado como especialista en numerosos medios de comunicación y con la Fundación Querer. En 2023 publicó ‘Criar con salud mental. Lo que tus hijos necesitan y solo tú les puedes dar’, de la editorial Paidós.


Transcripción

00:05
María Velasco. Soy la doctora María Velasco. Soy médico. Soy psiquiatra especialista en psiquiatría infanto-juvenil y autora del libro «Criar con salud mental».

00:16
Jimena Cid. Hola, María. Bienvenida. Mi nombre es Jimena, soy maestra y es un placer estar aquí contigo para hablar de un tema del que se habla, por fortuna, cada vez más en la sociedad, que es la salud mental.

00:29
María Velasco. El placer es mío, por supuesto que sí.

00:32
Jimena Cid. Bueno, tú eres psiquiatra, eres psicoterapeuta y eres experta en salud mental de niños y adolescentes. En tu experiencia, ¿crees que se le da suficiente importancia a la salud mental hoy en día, socialmente?

00:46
María Velasco. Yo creo que no. Yo creo que empiezan a estar visibles o se empiezan a visibilizar las enfermedades mentales gracias a muchas personas que dicen en las redes y en los medios de comunicación que han tenido una depresión, que han tenido ansiedad… Pero la salud mental es otra cosa, no es simplemente la ausencia de una enfermedad mental, sino el poder vivir en un equilibrio entre fortalezas y capacidades que nos ayuden a enfrentarnos a la vida, a poderla vivir de una manera aceptable, aprendiendo, evolucionando, compartiendo con los demás, pudiendo trabajar, pudiendo integrarnos. Todo esto no es lo mismo que no tener una enfermedad mental. Podríamos decir que… Se podría parecer a… ¿Es lo mismo no tener un infarto o no tener una enfermedad cardíaca que tener una vida saludable? Pues no es lo mismo. Y yo creo que hay que dar un paso más y hablar de salud mental, porque realmente hay muchas cosas que están en nuestra mano, cómo nos cuidamos, cómo crecemos, cómo nos tomamos las cosas, cómo las superamos y las elaboramos, cómo nos entendemos a nosotros mismos. En todo eso está la salud mental. La ansiedad, la tristeza, la soledad, el vacío, el no tener sentido, la baja tolerancia a la frustración… Estos son los trastornos que estamos viendo que han aumentado en la infancia y en la adolescencia. Lo que estamos viendo es todo muy reactivo a la sociedad en la que vivimos.

02:19
Jimena Cid. ¿Y cuáles crees que son las causas que provocan estos trastornos mentales que has dicho que han ido aumentando?

02:25
María Velasco. Es un problema complejo. Hay un aumento de la exigencia, por ejemplo, a nivel social. Esto viene potenciado por las redes sociales. El móvil nos persigue a todas partes. Nos comunicamos más, tenemos más información, pero también nos sentimos más expuestos con el teléfono móvil. Y además miramos más no solamente lo que hace el vecino, que antes podíamos compararnos con el vecino, con un familiar, sino con personas que están muy lejos de nosotros, que creemos que compartimos con ellos muchas cosas y sin embargo tienen vidas que no nos muestran y dificultades que no nos muestran, pero que creemos que compartimos la vida de igual manera. Entonces, a través de estos mecanismos, en el fondo, empezamos a tener una serie de creencias de lo que es normal, de a lo que podemos aspirar, de lo que necesitamos, también, que son muy exigentes a todos los niveles, desde el estilo familiar, la perfección del cuerpo, los planes que podemos hacer… Y eso, por ejemplo, en los adolescentes, en los menores, ya marca algo muy complicado, porque piensan que tienen que ser de una determinada manera. O sea, es como que han perdido mucha libertad. La infancia, los menores y la edad adulta también han perdido el límite. Había un límite que claramente separaba la edad adulta de la infancia y ahora ese límite se ha borrado. Al final, en vez de ir a su mundo, hacemos que los adolescentes y los niños vengan al nuestro. Se enteran de problemas adultos, están un poco en mitad de la pareja, ven contenido adulto en la televisión. Si tú te fijas ahora mismo, en la televisión, películas que antes eran para mayores de 18 ahora son para mayores de 12 años. Y yo a veces me pregunto: «Pero ¿quién decide esto? ¿Qué capacidad…?». Estaríamos hablando de esto, de qué capacidad tiene mi hijo o mi hija de esta edad para comprender o para asimilar el contenido que está viendo.

04:25

Realmente hay mucho contenido al que estamos exponiendo a nuestros menores que ellos acaban normalizando. El aumento, por ejemplo, de la violencia tiene que ver con esto. Es decir, si yo me expongo mucho a la violencia, la acabo normalizando, la acabo viendo como algo normal. La soledad que tienen… Hay mucha soledad. Si nos ponemos en una familia media, en una ciudad, en donde la madre trabaja, el padre también, ya estamos hablando de un nivel de exigencia muy alto por parte de menores y por parte de los padres, con mucha prisa, en donde hay muy poco tiempo, en donde pensamos que todo nos tiene que resultar muy rentable y que le tenemos que sacar como mucho partido y que si no estamos perdiendo el tiempo. Y yo creo que las cosas importantes de la vida suceden en las cosas pequeñitas, en esas miradas, en esos tiempos que compartimos en donde la complicidad surge, en donde nos conocemos de verdad, en donde conocemos de verdad a nuestros hijos. Creo que hay demasiada información, que los padres y las madres buscan mucha información que al final es desinformación. Ahora mismo información nos parece también la opinión de una persona a nivel personal. No contrastamos que lo que oímos tenga que ver con el conocimiento, con la ciencia, con la experiencia, por así decirlo. Tendríamos que tener el valor de salirnos de la corriente, porque vivimos en una sociedad que nos va llevando como si fuera la corriente de un río. Realmente es complicado salirse de este estilo de vida, de las pautas y de las exigencias que tenemos, de sentirnos comparados, de sentirnos juzgados, de no querer suspender ninguna asignatura. Nos hemos creído que podemos aprobarlo todo y sacar muy buenas notas. Las madres y los padres lo queremos. O sea, queremos ser muy perfectos y muy sobresalientes en todo. Es un tema de exigencia, es un tema de ambición, es un tema de creer que ahí está la felicidad, en tenerlo todo.

06:30

Y, sin embargo, la vida va mucho de aceptar, de poder parar. «Hasta aquí llego». «¿Quién eres tú?». «¿Quién soy yo?». «¿Qué puedo hacer yo?». «¿Qué puedes hacer tú?». Conectar de verdad. Y todo eso, que es la crianza, y lo que necesitan nuestros hijos de nosotros de verdad, no se lo estamos pudiendo dar. Entonces, yo creo que hay que poder parar y reflexionar qué necesitan realmente los menores y qué necesito yo como adulto y como padre y como madre en mi vida personal y en mis relaciones familiares y en la relación con mi hijo, para poder tener esta relación tan especial que es a lo que llamamos la crianza.

07:16
Jimena Cid. Pues vamos a hablar de los padres y de las madres de este siglo. Has dicho que van a 100 por hora o vamos a 2000 por hora. No queremos equivocarnos, queremos hacer las cosas bien. ¿Qué les pasa? ¿Qué les puedes decir? ¿Qué les pasa y qué pueden hacer con lo que les pasa para ofrecer una crianza lo más sana posible?

07:40
María Velasco. Yo no sé si queremos hacer las cosas bien o las queremos hacer perfectas. No es lo mismo. La perfección es enemigo de lo bueno, y creo que queremos hacerlas perfectas por un tema también muy narcisista. Tenemos varias parcelas en nuestra vida. Yo creo que vivimos como de una manera muy desintegrada. Tenemos nuestro papel profesional, tenemos nuestro papel de pareja, tenemos nuestro papel como madre y como padre. Todos esos papeles… Queremos ser muy sobresalientes en esos papeles. Toleramos regular el no llegar a todo, porque además es que compramos en las redes sociales que hay personas que llegan a todo, cuando eso no es verdad, eso no son personas de verdad ni vidas de verdad. Pero ahora mismo creo que la mentira, la falsedad, los filtros, simbólicamente, estos filtros que se utilizan en las redes sociales, que disimulan la realidad, es lo que creemos que es real. Es decir, estamos confundiendo ya muchas cosas. La realidad de lo que es la vida, de la realidad de una subrealidad, de una identidad, podríamos decir, a la que estamos muy vendidos, de la que somos muy esclavos y que nos impide pararnos a reflexionar y a admitir muchas cosas. Entonces, creo que las madres y los padres, en ese papel de madres y padres perfectos, se informan mucho para hacerlo bien, pero no quieren renunciar a nada. Me parece que la palabra «renuncia» es una palabra que está como mal vista.

09:23
Jimena Cid. Es que es fea.

09:25
María Velasco. ¿Es fea? ¿Por qué es fea?

09:26
Jimena Cid. Porque es muy total, ¿no? Y no nos gusta eso.

09:31
María Velasco. Sin embargo, hay mucha paz en la renuncia. O sea, una cosa es que te quiten y la otra cosa es que tú renuncies, que tú sepas que no puedes con todo y que puedas tener unas prioridades y vivir u organizar tu vida en concordancia con esas prioridades, y que aprendas a renunciar. «Yo no lo voy a poder hacer todo, pero sí que quiero hacer lo importante». Eso da muchísima paz. Yo creo que vivimos ahora mismo un tiempo de muchísima angustia. Las personas están muy angustiadas, muy perdidas. Soportan un nivel de incertidumbre enorme, y una renuncia es una seguridad, porque tú has renunciado y voluntariamente has dicho: «Yo a esto no voy a llegar ni lo voy a querer. Lo dejo aquí y voy a por esto y por esto que sí que es importante». En nuestras listas de la vida, el número uno y el número diez están al mismo nivel. Lo queremos todo y creo que hay una filosofía muy individualista y muy narcisista detrás. Este mensaje de «lo puedes todo», «vive el momento», «te lo mereces todo», creo que nos está intoxicando como un veneno, realmente. Y además sin que nos demos cuenta. Creo que tenemos también una actitud muy victimista, muy de «lo merezco todo y cuando no lo tengo todo soy una víctima». Eso al final hace que tengamos esta mayor incertidumbre, es decir, que no podamos sentir un poco cierto control y cierto sentido de nuestra vida, que también está en la renuncia y en aceptar la vida como es, con su cara y con su cruz, con su tristeza y con su alegría. Esto de «voy a ser feliz» que compramos y que está en cualquier taza donde nos bebemos el café nos lo hemos creído. Y claro, luego los adolescentes llegan a la adolescencia y ven que eso de la felicidad es algo que se te escapa de las manos. Las madres y los padres no están felices. Las personas no están felices. Las consultas de salud mental se llenan por infelicidad.

11:36
Jimena Cid. Sin duda.

11:38
María Velasco. Pero nuestros abuelos pasaron unas guerras, el mundo pasó unas guerras, y no hablaban de ser infelices, hablaban de conseguir cosas, de que sus vidas tenían sentido, de crear cosas para los demás. Yo creo que estamos en un momento muy individualista en donde yo pienso lo que yo necesito, en donde yo creo que tengo que ser buena madre y yo me juzgo y temo mucho cómo me juzgan los demás, pero en ningún momento le pregunto a mi hijo qué es lo que necesita. En ningún momento me paro a mirarle a los ojos y me pongo a su nivel, entiendo que está en la infancia, en una etapa distinta, entiendo que está en la adolescencia, en una etapa distinta, y que yo tengo que seguir siendo su madre y su padre, porque es mi responsabilidad. Otra palabra, mira: «renuncia» y «responsabilidad».

12:33
Jimena Cid. No, esta me gusta, sin embargo. Esta me gusta.

12:35
María Velasco. ¿Esta te gusta? Sin embargo, es una palabra que tampoco está nada bien vista, porque la palabra «responsabilidad» ata, limita, va muy en contra de este mensaje de «yo puedo con todo, yo lo merezco todo y, si me sale mal, yo soy la víctima». Claro, habla de un papel activo, de un papel de consecuencias. Si yo tomo decisiones, mi yo infantil no puede ganar a mi yo adulto, si estoy criando a un hijo, por ejemplo.

13:04
Jimena Cid. Claro.

“Los niños deben aprender a frustrarse”. María Velasco, psiquiatra infantojuvenil
13:06
María Velasco. La madurez implica estas cosas que estamos hablando, claro. Si intentamos ponernos delante de nuestros hijos con una actitud muy individualista y muy narcisista, tenemos una actitud muy infantil. ¿Cómo vamos a ayudarles a crecer si nosotros estamos situados en un papel muy infantil? Pues es muy complicado.

13:28
Jimena Cid. María, en tu libro «Criar con salud mental» hablas de un concepto, «infancia invadida». ¿Nos puedes hablar, por favor, de él?

13:38
María Velasco. Antes la infancia no existía. Los niños trabajaban, eran mano de obra y eran personas sin ningún tipo de derecho, sobre las que se podía abusar a todos los niveles. Luego, según fuimos avanzando en nuestra historia, fuimos ganando en derechos, y uno de esos derechos es los derechos de la infancia. Sin embargo, en los últimos años, hemos invadido la infancia. La hemos invadido con el mundo adulto, con los problemas adultos, con la filosofía adulta. Le hemos arrebatado a la adolescencia sus credos, por así decirlo. Todos queremos ser un adolescente. Los lemas que rigen nuestras vidas, el «vive el momento», el «tú todo lo puedes», el «no importa el mañana», el «ahora», son lemas adolescentes. Un adolescente es una persona con una amígdala, que es donde están las emociones, hiperfuncionante y una corteza que se está modelando, con lo cual no puede manejar bien su impulsividad y tiene unas emociones muy poderosas. Los adultos ahora se comportan así. Un adolescente es una persona que pone en el físico y en ese cambio físico que está sufriendo mucho de su propia valoración, de su propio éxito, de su propia comunicación con los demás. Y ahora mismo los adultos negamos las canas, las arrugas, no queremos envejecer, no queremos madurar. Esto, al final, hace que nos hemos apropiado de la adolescencia, directamente. Pero es que encima a los niños les hemos metido en la vida de los adultos. Nuestros propios deseos, nuestra propia satisfacción personal de nuestro ego la hemos depositado mucho en los niños, que tienen que hacer miles de extraescolares, aprender miles de cosas, cuando los niños lo que tienen que hacer es jugar, fundamentalmente.

15:31

Cuando estamos en casa queremos descansar. Como no queremos que nos molesten, los conectamos a las pantallas. O hacemos con ellos planes que los niños no necesitan. Los niños no necesitan ir a restaurantes, no necesitan estar conectados a las pantallas. Lo que necesitan es correr, estar con otros niños de muchas edades diferentes, aburrirse para poder jugar. Todo esto al final hace que nuestras propias necesidades, las necesidades de los adultos, que con ellas hayamos invadido la infancia y además hayamos encontrado las excusas suficientes para defender este punto de vista: que así desarrollan más la inteligencia, que los niños así se aburren menos, que están más estimulados, etc., y entonces los niños no van bien. La infancia y la adolescencia nos están diciendo con su malestar general que no vamos bien, que la sociedad está perdiendo cosas importantes. Yo sé que es importante avanzar. Yo sé que es importante aprender cosas nuevas. También sé que cuando hay un salto generacional y cuando hay un cambio de etapa en la historia de la humanidad todos tenemos miedo y miramos las cosas como «¡qué horror, qué horror!», como decían nuestros abuelos cuando la ropa cambió o cuando ciertas cosas de la sociedad cambiaron. Pero no todo lo que hemos vivido está mal. Muchas de las cosas por las que muchas personas se han dejado la vida en anteriores épocas tenemos que poder rescatarlas y darles un valor. Creo que hay que evolucionar. Creo que el secreto de nuestra especie es no hacer puntos y aparte en nuestra historia, ni en nuestra historia personal ni en la historia de la sociedad, de la humanidad, sino poder decir: «Esto no nos ha venido bien, en esto tenemos que evolucionar, pero esto nos sirvió y nos lo llevamos». Si hacemos un punto y aparte, al final estamos todo el rato como empezando de cero, sin aprender cosas o sin poder llevarnos cosas que realmente eran un regalo.

17:40

Si tú preguntas a las personas que tienen 50, 60, 40, 70 años, han tenido una buena infancia. Te van a decir que su infancia es una buena infancia, a no ser que hubiera situaciones traumáticas. Tendríamos que pensar: «¿por qué?». Porque no es una infancia que tuviera muchas cosas. No eran adolescentes que tuvieran muchas cosas materiales, tampoco que tuvieran facilidades para estudiar. Y estamos rodeados de excelentes profesionales ahora mismo, personas que han luchado, que se han esforzado, que han estudiado sus carreras trabajando, que tenían una ética, que tenían unos valores, que tenían un sentido de la familia, que escuchaban a sus abuelos. Había una jerarquía que ordenaba y que daba paz. Pensamos que el tener miles de opciones y el dar muchas opciones a los menores, por ejemplo, es algo positivo y, sin embargo, crea muchísima angustia. Cuando nosotros éramos pequeños e íbamos a la heladería, había tres sabores y elegías entre tres. Y ahora vas a una heladería y hay helado de, no lo sé, de violeta, que es una maravilla, pero hay 30 elecciones que tienes que hacer. Si todo en la vida y a lo largo del día son 30 elecciones, conectamos con ese lado narcisista en donde, si tengo tantas opciones y me equivoco, yo soy quien se equivoca. Si además a mí en las redes sociales y en la cultura social me dicen que equivocarse es imposible… Porque una cosa en la que estamos evolucionando es que podremos evolucionar en admitir que hay enfermedades mentales, que tenemos ansiedad, que tenemos depresiones. Pero no admite nadie que se equivoca. O sea, la equivocación, el rectificar, el pedir perdón, el admitir que no sabes de algo, que no eres especialista en esto, que no puedes opinar, que te has equivocado, que tuviste un mal día…

19:37

Pero legítimamente, no como se hace ahora. «Yo he tenido un mal día, que me lo aguante quien sea si no». No, he tenido un mal día y me hago responsable de las consecuencias de mi mal día. Me hago responsable de mi estado emocional, me hago responsable de las elecciones que tomo, me hago responsable de… Eso, que es una actitud madura y adulta, también la estamos perdiendo. También nos situamos un poco como en la infancia. Por eso al final los niños no pueden ser niños y los adultos hemos invadido la infancia con nuestras necesidades…

20:10
Jimena Cid. Que no son las suyas.

20:11
María Velasco. Que no son las suyas. O sea, ellos tienen unas necesidades muy específicas, porque está su sistema nervioso central en crecimiento, su aparato emocional, toda su identidad, toda su necesidad vincular, toda su necesidad de amor, de escucha, de mirada. Eso no se hace en cinco minutos. Tú no conectas con alguien en cinco minutos. No es verdad que el tiempo de calidad es suficiente. No es verdad. Desgraciadamente, eso no es verdad, porque las pequeñas cosas, las importantes, pasan en las cosas cotidianas, en la cercanía, en la complicidad que se establece entre dos personas. Y la crianza, por encima de todo, es una relación humana. Creo también que hay una profesionalización de la infancia, como si en nuestras facetas, esas tan divididas entre «soy mujer u hombre trabajador», o no sé qué, la crianza fuera un trabajo más. Tenemos que sacarle un rendimiento, tenemos que tener unas consecuencias favorables inmediatas. Es decir, si yo tengo cinco minutos contigo, que eres mi hija y voy a jugar contigo, tengo que ver claramente que lo he hecho bien. O sea, enseguida tienes que hacer lo que yo piense o lo que creo. Y claro, los hijos no son un objeto, son personas, personas con sus propias necesidades que tenemos que saber cuáles son. Y por mucho que estemos escuchando las nuestras, ellos van a seguir necesitando las mismas cosas. Y creo que en parte este sufrimiento que hay ahora mismo, esta soledad, este estar tan perdidos, tan angustiados y tan tristes, tiene que ver con que no se les está escuchando de verdad.

21:53
Jimena Cid. Hablas además del concepto de «latencia». ¿Nos puedes explicar qué es el concepto y por qué crees que es tan importante?

22:01
María Velasco. La infancia tiene sus etapas, y además son muy importantes, porque no podemos pasar a otra etapa, lo decía Piaget, sin haber aprendido esos ítems que tenemos que aprender primero. Lo tenemos muy claro, por ejemplo, en el desarrollo psicomotor. Todos entendemos que no podemos correr si no hemos aprendido a andar. Es imposible. Sin embargo, en cuanto a las emociones y al psiquismo, no lo tenemos tan claro. A partir de los seis años entramos en la latencia. Los niños, toda esa fuerza que tienen en la infancia, que comen hasta empacharse, que caen rendidos y duermen en cualquier sitio, que todo lo quieren saber, que todo lo quieren probar, que todo lo quieren disfrutar… De repente, si todo va bien, si les hemos ayudado a atravesar la época de la infancia, entran en la latencia. Y la latencia se llama «latencia» porque parece que toda esa fuerza que tenían ha desaparecido. De repente, los niños, si son niños y les dejamos ser niños, entran en un período en donde les gustan las cosas que estén organizadas, les gusta dibujar, les gustan los juegos de mesa, aprenden a estudiar, se quedan de repente viendo dos horas una película, les gustan las historias, les gusta acompañarte y ver lo que haces y aprender. Les gusta aprender mucho y es un periodo muy importante porque van a desarrollar una serie de cualidades que, si no desarrollan en la latencia, van a entrar en la adolescencia sin ellas. Entonces, la latencia es un período de la vida fundamental para aprender a estudiar, para aprender a aprender, para hacer amigos. Los niños y las niñas en esa época salen fuera, quieren tener amigos. Ya no es su padre y su madre o la persona que ejerce la función materna o paterna, sino que son los amigos. En los amigos aprenden otras cosas, aprenden cómo son ellos con los amigos, aprenden que hay otros tipos de familias.

24:04

Desplazan un poco la idealización y la necesidad que tienen con nosotros a profesores, monitores, de deporte, de la asignatura que se les da bien. Aprenden a convivir, aprenden lo que es la convivencia. Por eso en esta época es tan importante todo el tema escolar. Y en la latencia, además, aprendemos una serie de valores éticos que son muy importantes: el pudor, la vergüenza, el asco, que son como unos diques que nos hacen poder vivir en sociedad. Es decir, el ser humano ha desarrollado muchas cosas a lo largo de toda su trayectoria, pero uno de los pilares que nos permiten vivir en sociedad son determinados límites para poder respetar a los demás. No todo vale. Este concepto de la libertad que implica que yo puedo hacer lo que quiera nos deshumaniza, porque no es verdad que yo puedo hacer lo que quiera. Yo lo puedo hacer hasta que te agredo a ti, hasta que te invado a ti. Porque, si vivimos en el mismo espacio, tengo que aprender a respetarte, tengo que aprender a vivir en sociedad, a saber dónde están mis límites. No todos mis deseos se van a cumplir, ni son órdenes para ti, ni tú tampoco eres un objeto que esté a mi servicio, ni lo que yo pueda sentir lo puedo expresar siempre. Tendré que aprender a expresarlo con respeto. Todas estas cosas se aprenden en la latencia, porque luego nuestros hijos y nuestras hijas llegan a la adolescencia, en donde van a tener una dificultad para la impulsividad, en donde sus emociones van a ser muy importantes, en donde la sexualidad llega y lo invade absolutamente todo, y tienen que poder tener ciertos límites para poder sobrevivir a la adolescencia y no entrar en un estado caótico en el que no logras conseguir desarrollar estas características importantes para poder tener una vida plena, que es poder trabajar, poder vivir en sociedad y poder tener un sentido por el que vivir.

26:10
Jimena Cid. Muy bien. Has hablado de los colegios. Por tu trato diario con niños y adolescentes que pasan gran parte de su vida formativa y también relacional en los en los centros educativos, ¿qué está pasando en los colegios?

26:30
María Velasco. Yo creo que en los colegios lo que está pasando es lo que podríamos decir que es el síntoma de lo que está pasando en las familias. Lo que está pasando es en las familias y a nivel social. Y eso se demuestra en los colegios, porque en los colegios es donde conviven nuestros hijos. Los problemas más graves que está habiendo ahora mismo, que son el poder esforzarme y poder estudiar, el poder convivir, el respetar al otro, el que la agresividad no sea una opción, el que desarrollemos la capacidad de hablar, de poder expresar lo que sentimos con respeto, el poder desarrollarnos a muchos niveles, el poder convivir, eso se hace en el colegio. Si no aprendemos a hacerlo en casa, si no nos enseñan, si no se les da valor a estas cosas, llegamos al colegio y no vamos a saber hacerlo. Y los profesores no pueden enseñar a los niños. Es verdad que la figura del profesor es imprescindible. Yo conozco muchos menores y adolescentes a los que les ha salvado la vida un profesor o una profesora. Me parece una figura importantísima en la vida de determinadas personas que no han podido tener una familia, una madre o un padre, porque estaban deprimidos, porque estaban a otra cosa, y ha aparecido una figura que ha creído en ellos y que en espejo les ha devuelto que son valiosos, que pueden hacerlo. A mí me parece que la figura de un maestro o de una maestra es fundamental, pero no podemos poner en los colegios, ni en los profesores ni en los maestros, ahora mismo la solución de un problema que está en la familia. Si tú a tu hijo en tu casa no le pones unos límites, llega al colegio y no va a respetar a los profesores. Si no respeta a los profesores, ¿cómo va a pensar que algo tiene que aprender de los profesores? ¿Cómo va a respetar el ritmo de la clase? ¿Cómo va a respetar que hay que estar en silencio para poder aprender? ¿Por qué va a querer crecer si ya lo tiene todo? ¿Para qué va a aprender algo si lo que le espera es todo peor?

“Los niños deben aprender a frustrarse”. María Velasco, psiquiatra infantojuvenil
28:33

Hablamos antes de la actitud victimista de los adultos. ¿Para qué van a querer crecer los niños si nos ven todo el día protestando? Si nuestra vida es espantosa. «Ay, el trabajo», «ay, es que no llego», «ay, es que llego tarde», «es que el atasco…» Nos ven y dicen: «bueno, esto de ser mayor es un auténtico desastre. Yo me quedo aquí donde estoy, que por lo menos tengo muchas cosas, tengo tiempo, tengo…». Creo que este problema de frustrar a los niños, de enseñarles a frustrarse con deportividad, se confunde con el maltrato. Está todo el mundo como muy confuso, pensando que el decirle a un niño «no» o «espérate» o «más tarde» o «no puede ser» es traumatizarle. Creo que esta palabra se emplea con una ligereza increíble, cuando el trauma, un trauma psicológico, un trauma emocional, es algo muy grave, muy importante en las vidas de las personas que sufren un trauma. Y me parece más traumático que no te digan nunca un «no», porque eso significa que vas a llegar al colegio y que no vas a aprender. No vas a poder aceptar el «no» de un profesor. Vas a decir: «me quiero ir al patio a jugar» y el profesor te va a decir: «no, porque estamos en matemáticas» y no vas a poder gestionarlo, no vas a saber. Yo hablo mucho con profesores, porque en salud mental estamos muy coordinados con los profesores, y me cuentan la profunda impotencia que sienten de poder trabajar con su alumnado. No hay una jerarquía, no hay una validación de nuestra autoridad. ¿Cómo vamos a enseñar, a dirigir una clase si no tenemos autoridad? ¿Cómo vamos a poder trabajar con unos adolescentes que están con la atención en otra cosa, tirándose papelitos, si no hay autoridad, si no hay nunca una consecuencia a su comportamiento?

30:32

Porque claro, los profesores a lo mejor intentan tener autoridad, pero luego llegan los padres al colegio y los desautorizan. «Mi hijo tiene que ser tratado en el colegio como en casa, con un trato superespecial, porque si no le vamos a traumatizar». Este discurso lo oigo todos los días en la consulta. Entonces, claro, si tú quieres que tu hijo llegue a clase y sea el centro del universo, hay 40 centros del universo en un aula. Y ¿qué hace la maestra? ¿Cómo lo gestiona eso? Eso es imposible. A mí me parece que lo primero que tenemos que pensar es qué autoridad y reconocimiento tienen los profesores, cuántos alumnos tienen, cuántas gestiones administrativas tienen que hacer además de dar clase. Porque, por ejemplo, vamos a hablar del tema del acoso escolar. Cuando hay un caso de acoso escolar en un colegio, el profesor tiene que rellenar una cantidad de papeles…

31:30
Jimena Cid. Así es.

31:31
María Velasco. …que ya no tiene tiempo de gestionar el acoso, directamente, porque ya son tantos papeles, tanta burocracia, que no puede gestionar el acoso escolar. La violencia ha aumentado en los menores, porque se les expone más a la violencia en las redes sociales y están más solos. Yo siempre lo digo: los padres y las madres no se dan cuenta de que hay tres elementos educando a sus hijos, ellos e Internet. La violencia es una actitud, es una acción, no es una emoción. Tú puedes ponerte violento porque tienes un tumor cerebral. Tú puedes ponerte violento porque tienes una esquizofrenia, pero puedes ponerte violento porque estás en una hipoglucemia. Pero puedes ponerte violento porque estás enfadado, porque estás con sueño, porque estás triste. Hay muchas cosas detrás de la violencia. Pero estamos justificando mucho las actitudes violentas ante el malestar emocional. Es decir, como yo no me encuentro bien, expreso violencia. Y eso estamos tolerándolo muchísimo. Como yo me enfado, expreso violencia. Como cada vez más cosas me enfadan, porque tengo menos tolerancia a frustrarme y estoy cada día más frustrado porque nadie me está enseñando a frustrarme, porque si me enseñan a frustrarme, me están traumatizando, yo no tolero ninguna frustración y al final me siento muchas veces mal a lo largo del día y en vez de comprender que es parte de la vida y saber gestionarlo, lo que hago es ser violento. El acoso escolar es más violento. Además, ha entrado el ciberacoso, que es, además de poder acosar con una pantalla y grabarlo, que eso sea un reto y que tengas más «likes» y que al final lo importante es ser famoso y tener muchos «likes» en vez de ayudar a los demás, ser un buen alumno, tener buenas notas o ser el que mejor actúa en teatro, da igual. O sea, cada uno tiene una capacidad. O ser el más divertido, cada uno lo que sea.

33:96

Al final es ser famoso y tener «likes». Ya pagamos cualquier precio por tener un «like» y uno de ellos es el grabar la violencia y que eso se difunda y que eso se comparta. El acoso escolar es una cosa que pasa en todos los colegios, en todos, y que ha pasado siempre.

33:54
Jimena Cid. Sí, así es.

33:56
María Velasco. Pero ahora pasa también cuando nuestros hijos están en su habitación y pensamos que están tranquilos, porque a través del móvil están acosándoles, están insultándoles. Esto del acoso, que es una cosa muy grave y que está llevando a que sea una de las razones de los suicidios, no se le puede pedir ahora mismo, como están organizadas las cosas, a los colegios… No son los responsables los colegios, pero sí que creo que es el sitio de prevención. Sí que creo que la salud mental y la educación tienen que ir de la mano totalmente. Creo que los profesionales de la salud mental tenemos que entrar en los colegios y ayudar a los maestros en prevención de la violencia, en prevención de que los menores sepan conocerse, sepan vivir en comunidad, aprender a decir lo que piensan con respeto, la empatía, tantas capacidades humanas. Creo que el sitio común de la infancia está en los colegios desde primaria, una asignatura en donde poder trabajar el aspecto humano de las personas, la convivencia, los valores éticos, que se trabajase de manera activa, por así decirlo, práctica y teórica. Creo que el cambio y la prevención sí que están en los colegios, pero la responsabilidad está en las familias.

35:22
Jimena Cid. Totalmente de acuerdo. Vamos un poquito atrás para, por favor, que le digas a todo el mundo, de una forma clara y para siempre, que tolerar la frustración es bueno.

35:34
María Velasco. Tolerar la frustración es imprescindible, porque estamos todo el día frustrándonos. Nacemos con un narcisismo. Venimos de la tripa de nuestra madre. Allí no tenemos ninguna necesidad. Existimos en una sensación de bienestar completo y de ahí para adelante. De ahí a salir a este mundo, en donde hace frío, en donde hay ruidos, en donde tenemos hambre, en donde no podemos ni cambiarnos de postura, no podemos ni cambiarnos de postura en la cuna, imagínate. Tenemos que aprender a tolerar la frustración, a desarrollar capacidades para crecer en la adversidad. No todo lo que nos hace sentir mal es negativo. La tristeza es importante, la rabia es importante, la frustración es importante. Nos enseña cosas de nosotros, nos ayuda a desarrollar capacidades que nos permiten adaptarnos a la vida, porque tenemos que poder adaptarnos. Un bebé sobrevive porque su madre le cuida, pero un niño sobrevive porque se adapta, porque es capaz de adaptarse a la vida. Y la adaptación es el secreto. No es «crezco y vivo los días para ser feliz». Vivo para tener un sentido, para estar lo más adaptado posible, para poder, aunque es una palabra que a ti no te gusta, renunciar…

36:56
Jimena Cid. Ahora ya sí.

36:57
María Velasco. Ahora ya te gusta, ¿no? Para poder renunciar a lo que no me sirve, para poder tener una visión más realista de dónde puedo llegar, qué me pueden dar los demás y qué puedo esperar de los demás y qué puedo agradecer de los demás y qué cosas no. Poder vivir en el mundo real. Todos tenemos un mundo interno en donde somos los protas. De nuestro mundo interno, de nuestros sueños, de nuestras pesadillas, de nuestros miedos. Somos los protagonistas. Y luego está el mundo externo. Y el equilibrio entre ese mundo interno y ese mundo externo nos lo facilita la capacidad para frustrarnos. Si no sabemos frustrarnos, vamos a vivir mucho en nuestro mundo interno, en nuestro yo, en nuestro narcisismo, etc. Si tampoco sabemos… Por ejemplo, las personas que viven mucho en la sumisión, que viven todo el rato como para el otro, para saber qué estado emocional tiene el otro, para estar pendiente de la reacción del otro, en donde se anulan completamente, para ser en función del otro…

38:00
Jimena Cid. Sí, para aceptar.

38:02
María Velasco. Para aceptar, para ser aceptados. Todo lo que sea muy extremo nos hace enfermar, y la intolerancia a la frustración es una de las características que definen los trastornos de personalidad, que son personas, algunas de ellas con un sufrimiento muy grande y, principalmente, muy desajustadas a la vida, que no son capaces de tener relaciones humanas, de trabajar, de adaptarse. A los niños hay que enseñarles a frustrarse. ¿Cómo? Frustrándoles. Yo sé que estoy diciendo una cosa que no está bien vista, pero es que soy psiquiatra y estoy tan dolida con ver lo que supone para una persona no saber frustrarse, las vidas que sesga, directamente, y los talentos que sesga la intolerancia y la frustración, que digo: «Dios mío, por favor. Madres, padres, personas que están al cuidado, y no estoy hablando del profesorado, sino al cuidado de cualquier menor, hay que enseñarles a frustrarse, frustrándose». Es decir, en esas emociones negativas de tristeza, de rabia, de frustración, aprendemos a mentalizar, es decir, a poder pensarnos con distintos estados emocionales que son consecuencias a situaciones internas, a veces pensamientos, o externas, y a podernos ver como desde fuera, a podernos pensar, a poder saber qué tengo que hacer para manejar esto, para manejarlo sin agredir, para manejarlo sin agredirme. Por ejemplo, detrás de tantas autolesiones que tenemos ahora en los adolescentes, de tantos cortes, puede haber una intolerancia a la frustración. Puede haber una mezcla de idealización de la vida en donde yo pienso que voy a tener un cuerpo esculpido a base de cirugía estética y de filtros, como me enseñan en las redes, y yo aspiro a eso. Como no lo tengo y no tengo una vida y no me van bien las notas, tampoco tengo un éxito social como parece que tiene todo el mundo, porque todo el mundo sale con unos planes y tal, pues yo ¿qué hago?

40:05

No lo tolero y en vez de pensar lo actúo, porque no me han enseñado a pensar en la frustración o a saber esperar a que se me pase esa emoción de miedo, de inseguridad, de incertidumbre, de rabia, etc. y luego poder pensar estrategias, sino que lo actúo y me corto.

40:25
Jimena Cid. Paso directamente a la acción, sí.

40:26
María Velasco. Efectivamente. Es muy importante enseñar a los niños, y no a cualquier edad, sino cuando les toca, que es dos, tres, cuatro años, a tolerar la frustración de manera gradual, de una manera tolerable. O sea, tampoco vamos a hacer que un niño de dos años tenga una frustración inmensa. Son frustraciones tolerables pero progresivas. No aprendemos solos a frustrarnos. No aprendemos solos a ser empáticos tampoco. La empatía es una capacidad humana. La tenemos, tenemos la capacidad, pero si no nos ayudan a desarrollar la empatía, no vamos a ser empáticos. Nos va a dar igual el otro, le vamos a ver como un objeto que viene a saciar nuestras necesidades. Por eso es tan importante frustrar, porque dentro de la frustración hay un límite, hay un «hasta aquí puedes llegar. También existo yo». «Hasta aquí puedes llegar. También existe este niño. Hay que prestarle el cubo». «Hasta aquí puedes llegar. No hay dinero para todo. ¿Qué le vamos a hacer? No te puedo comprar esto. Te tienes que aguantar». Y eso desarrolla muchas capacidades, no solo la frustración, sino la empatía y otras.

41:32
Jimena Cid. María, tú has comentado en un momento a lo largo de la entrevista que Internet es como el tercer…

41:39
María Velasco. Elemento.

41:40
Jimena Cid. El tercer elemento educador, consciente o inconsciente, de los niños. ¿Nos podrías dar algún consejo sobre cómo gestionar, sobre cómo limitar o cómo hacer un buen uso de esas tecnologías, de los accesos, los tiempos…?

41:57
María Velasco. Yo creo que tenemos que, primero, aceptar el riesgo que tienen nuestros hijos cuando acceden a Internet o a una pantalla, lo que están perdiendo, desde esa capacidad de poder vivir en la inocencia, de que el mundo adulto no les invada a través de Internet, desde que puedan desarrollar la creatividad porque se están aburriendo y tienen que crear y tienen que poder jugar con una caja de cartón. Todo eso queda inhibido. Es decir, hay unas capacidades humanas que solamente podemos desarrollar en un determinado momento de nuestra vida. Si seguimos avanzando y cumpliendo años y no las hemos desarrollado, no las vamos a desarrollar. Las pantallas producen una falta de desarrollo de determinadas habilidades imprescindibles para que las personas sean capaces de desarrollar todo su potencial y adaptarse. Además, producen una hiperestimulación visual y auditiva y los niños luego están muy nerviosos, no saben cómo gestionarlo. Producen problemas de insomnio, producen problemas relacionales. Ahora mismo los adolescentes… Hacer una llamada de teléfono para ellos es algo muy invasivo porque no están acostumbrados a tener que tolerar la respuesta inmediata del otro. Prefieren mandar un audio, recibirlo, ver cómo lo responden, no lo responden. Al final estamos perdiendo la capacidad de poder ser naturales de una manera increíble. Estamos renunciando a una libertad que antes teníamos, a una espontaneidad, a una conexión genuina, a poder mostrarnos como somos, sin filtros, sin medirnos, y aceptando mucho más el riesgo que conlleva el que el otro nos rechace, el otro no nos haga mucho caso, el otro no pueda, el otro… Tenemos que saber qué tienen de bueno las nuevas tecnologías. Que puedes acceder a información. Pero ¿es información veraz? Porque antes tenías una enciclopedia. Estaba contrastada.

43:54

La gente que escribía una enciclopedia tenía que tener una titulación. Había una legislación, no podía escribir cualquier persona cualquier cosa. Y nuestros hijos ahora buscan en Internet creyendo que pueden acceder a un gran contenido, pero no sabemos quién lo ha escrito ni quién se lo ha dado ni qué titulación tienen. ¿Es por estimulación? Pues no. ¿Es por más conocimiento? Tampoco. ¿Es porque facilita la conexión? Depende de cómo la utilices. Si estás muy lejos y puedes hacer videollamadas, entonces claro. Pero si estamos hablando de mensajes, si estamos hablando de grupos en donde te excluyen o no… A mí me parece difícil dar unos «tips», pero sí tengo claro que, según están las cosas, las nuevas tecnologías para la infancia son como el tabaco en el siglo XVIII. Se pensaba que era bueno, porque no habíamos tenido las consecuencias. En cuanto empezamos a ver que había consecuencias por fumar, porque la gente se moría, de repente nos dimos cuenta de que el tabaco era negativo. Estamos viendo ya consecuencias negativas en nuestros menores y nuestros adolescentes. No hablemos, por ejemplo, de la escritura, de lo importante que es para la memoria escribir. Si todo lo teclean, se va a perder la escritura, que es una de las herramientas más humanas que existen, la lectura y la escritura. Hay unas consecuencias que estamos empezando a ver, pero que todavía no podemos medir. Pero, entre los beneficios de las pantallas y las nuevas tecnologías y el daño que pueden hacer a nuestros hijos, claramente el daño es mayor. Tendremos que pensarnos cuándo les dejamos acceder y cómo de progresivamente y a qué contenido, sabiendo siempre que el riesgo siempre es mucho mayor que el beneficio ahora mismo, porque no está regulado lo suficiente.

45:52

Porque en Internet hay demasiadas cosas, porque el control parental se queda un poco corto a la hora de manejar… Porque nosotros, nuestra generación como padres, no estamos al día. Hay un salto generacional inmenso entre ellos y nosotros. Ellos saben quitar las búsquedas que han hecho en Internet. O sea, nos hacen trampas porque van mucho más avanzados que nosotros. El aprendizaje tampoco es mejor porque haya nuevas tecnologías, porque los niños hagan los deberes en iPad. De hecho, los padres y las madres están muy angustiados porque no saben si sus hijos están estudiando, si no están estudiando, si están mirando vídeos, el profesor ya se comunica con los niños. Tú te quedas, como padre y madre, muy excluido de esa cadena que era el aprendizaje. Creo que hay que frenar. Creo que hay que plantearse mucho las cosas, entender que las consecuencias las vamos a tener que asumir nosotros como madres y como padres de nuestros hijos, y que tendríamos que poder tener el valor y el sentido común de no sumarnos un poco a lo que nos están contando.

“Los niños deben aprender a frustrarse”. María Velasco, psiquiatra infantojuvenil
47:01
Jimena Cid. O sea, que sería un poco pensar primero qué y para qué, como siempre ha sido, por otro lado.

57:06
María Velasco. Y proteger. La infancia es una edad de proteger. Y a los adolescentes también hay que protegerlos, que muchas veces creemos que ya lo saben todo por su actitud y que ya lo pueden todo y, sin embargo, siguen necesitando muchísimo que sigamos siendo sus madres y sus padres. Entre el riesgo y el beneficio, yo me decanto por ser más restrictiva ahora mismo en cuanto a pantallas y redes sociales, porque si me quedo corta no le daño, pero si me paso sí que hay un riesgo que voy a tener que asumir.

47:42
Jimena Cid. Pues seguimos un poco con los consejos, pero si te parece ahora un poco más general. Con los adolescentes, ¿qué consejos podrías dar o querrías dar para acompañarlos en esta etapa tan bisagra y bestial que es la adolescencia?

47:59
María Velasco. A mí me apasionan los adolescentes. Creo que tienen una verdad, que son muy valientes, pero no muy valientes porque hagan cosas inconscientemente, sino porque conservan una serie de ideales y de valores y de capacidad de lucha a la que los adultos hemos ido renunciando.

48:24
Jimena Cid. Una pureza, ¿no?

48:25
María Velasco. Una pureza, efectivamente, a la que hemos ido como renunciando, como manchando, como no dándole valor. Pero también son muy frágiles. Tienen unas defensas enormes, o sea, ellos se muestran como si fueran irrompibles, autosuficientes. Son grandes luchadores, los adolescentes, y un adolescente que no lucha no es un adolescente, no está en la adolescencia, es un latente que se está desarrollando físicamente. Un adolescente muy bueno, muy dócil, muy estable, muy responsable, no es un adolescente, porque la adolescencia es un duelo.

49:03
Jimena Cid. Sin duda.

49:04
María Velasco. Es un duelo. Tienes que renunciar a la infancia, a los ideales de la infancia, a papá y a mamá perfectos, a todo lo que me han contado, al cuerpo que yo pensé que iba a tener, a las capacidades mentales que también pensaba que iba a tener, a lo que yo creía que merecía y que me iba a llegar así, caído del cielo. De repente, paso a darme cuenta de que no, a tener problemas sociales, a temer ser excluido. Mi primer consejo para los padres y las madres es que recuerden su propia adolescencia. Y no es tan diferente la adolescencia de nuestros adolescentes a la suya, pero parece que es otra cosa la adolescencia de ahora. Yo creo que nos hemos buscado una supermegaexcusa para, cuando nuestros hijos son adolescentes, ya no tenemos nada que hacer, ya están criados. No, los adolescentes son adolescentes y necesitan una función materna y una función paterna en un momento crucial de su vida. Necesitan límites, necesitan que digamos que no, necesitan que mantengamos la jerarquía. Ellos tienen un follón emocional y mental increíble, y, aunque protesten, nuestra seguridad y nuestra jerarquía les dan seguridad.

50:13
Jimena Cid. Pues vamos a entrar en la jerarquía, ¿no? La relación entre padres e hijos no es una relación igualitaria y no es deseable que lo sea. No lo fue nunca y no lo es.

50:23
María Velasco. Creo que la palabra igualdad la compramos como si fuera, no lo sé, el tesoro más increíble del momento actual, y la hemos confundido con la equidad, por ejemplo. Hay una imagen en donde se ve a tres niños intentando mirar al otro lado de un muro. Hay uno que es muy pequeñito, otro que es mediano y otro que es alto. Y entonces la igualdad es darles a los tres el mismo cajón. Y los pones a los tres encima del mismo cajón. El pequeño sigue sin ver, el mediano ve un poquito y al mayor le sobra para ver. La equidad sería darle al pequeño un cajón grande, al mediano un cajón mediano y al alto un cajón pequeño. Y entonces los tres podrían ver igual. Esto de la igualdad lo hemos confundido con la equidad. Mezclado con nuestro propio narcisismo, con nuestro yo infantil que potenciamos, al final, en casa no se sabe quién desempeña la función materna y la función paterna, y nuestros hijos, por mucho que nosotros queramos ser adolescentes, estar en la juventud, aspirar a todo, no renunciar a nada, ser maravillosos y vivirlo todo, siguen teniendo las mismas necesidades que han tenido siempre los niños y los adolescentes, que son amor y límites. Siempre es una balanza en donde hay dos factores. Que no haya una jerarquía implica que no hay unos límites, que no hay nadie al mando, que nadie sabe hacia dónde vamos, que todos decidimos. Puede ser una falta de responsabilidad o puede ser una falta de interés por parte de los padres. Puede ser un agotamiento importante, porque estamos a tantas cosas y todas son igual de importantes para los adultos, porque no queremos renunciar a nada, que al final llegamos a casa agotados. Y lo último que podemos hacer es poner un límite.

52:16

Es muchísimo más fácil: «mira, tú ya eres un adolescente. Tú ya sabes». O: «mira, vale, ponte con la “tablet” y a mí déjame descansar, que menudo lío he tenido en el trabajo o en mi relación de pareja». También tenemos una idea tan idealizada de lo que es la vida que parece que cualquier circunstancia difícil o contraria o frustrante es un dramón, la verdad. En vez de: «pues bueno, esto forma parte de la vida y yo tengo que seguir con mi responsabilidad y ejerciendo mi responsabilidad». La crianza es una relación humana, íntima y especial, pero en donde hay una jerarquía para que pueda haber esa función materna de cuidar, sostener, ser tu fan número uno, apoyarte, incentivarte. Y esa función más paterna… Que no es que las ejerzan la madre y el padre, sino que son como dos funciones distintas que las puede ejercer una misma persona, pero que yo creo que es importante dividirlas en dos conceptos para tenerlas claras. Y esa función paterna son límites, es decir «tú puedes», es decir: «levántate y aprieta los dientes, que esto es la vida. Y lucha y ten voluntad y pospón las gratificaciones. Y no todo es fácil, no todo es inmediato, no todo te lo mereces. Los sueños no caen del cielo, hay que luchar e incluso luchando hay veces que no llegan». Y para que eso funcione así, la relación tiene que ser jerarquizada.

53:47

Otra cosa que, por ejemplo, les aconsejaría a los padres de adolescentes es que no intenten ser los colegas de sus hijos, porque nuestros hijos adolescentes ya tienen muchos amigos, pero una madre y un padre solamente tienen uno. Necesitan un faro, necesitan un límite, necesitan una atención, una escucha, una mirada adulta que les diga: «sé que estás metido en una vorágine emocional, instintiva y mental increíble, pero yo me mantengo fuera. El adolescente eres tú. Yo sigo fuera, ejerciendo mi papel, ayudándote a crecer y pendiente de ti». Esto muchas veces lo hacen los padres y las madres, porque dicen que tienen mucho miedo de poner ese límite y que ese límite los separe de sus hijos. «Es que si no estoy muy cerca no me voy a enterar de los problemas». Y yo siempre les digo: «pero ¿y si te enteras de todo? ¿Qué vas a hacer?» O sea, si te enteras, por ejemplo, de su primera relación amorosa o sexual, si te enteras de algún suspenso que ha tenido que está intentando remontar… No puedes seguir el día a día de tu hijo o de tu hija, porque ellos también necesitan crecer fuera de ti, encontrar otras soluciones, otras miradas, equivocarse, rectificar, pedir otras opiniones. Y, como ellos son adolescentes, se van a separar. Otro consejo que les daría es, cuando tu hijo y tu hija se separen, cuando intenten buscar otros referentes, cuando te lleven la contraria, cuando te digan que no, no te lo tomes como un fracaso personal, no pienses que lo has hecho mal o que es desagradecido contigo después de todo el tiempo y el desgaste personal que has hecho en un hijo. Es normal que se quiera separar para encontrarse. Los hijos intentan simbólicamente matar a sus padres y a sus madres en la adolescencia. Se alejan, se terminan de construir en cuanto a su identidad y regresan. Y esto necesitan hacerlo.

55:50

Si nosotros nos lo tomamos como algo personal, vamos a entrar en reproches. «Con todo lo que yo he hecho por ti. Desde luego, es que fíjate en cómo me lo devuelves». Nuestra hija o nuestro hijo va a tener solamente dos opciones: o pelear todavía más fuerte o quedarse a nuestro lado por miedo a perder nuestra relación, una relación que necesitan para sobrevivir. Y esto es otra cosa que yo les diría a las madres y a los padres: vosotros también tenéis que vivir un duelo de un hijo y de una hija que ya no es un niño y una niña, que ya es un adolescente. Tenéis que renunciar a una etapa de vuestra vida, a la de la juventud. Porque la adolescencia de los hijos suele caernos encima cuando nosotros también estamos entrando en una época diferente, que es la de la madurez, en donde notamos cambios físicos también. Entonces, nos puede resultar difícil. «Bueno, no, tú vas a seguir siendo niño, yo voy a seguir siendo tu madre y tu padre, porque así yo me mantengo en mi juventud». Tenemos que hacer un duelo personal de otra etapa de la vida, tenemos que hacer un duelo de que nuestra niña y nuestro niño ya no son nuestra niña y nuestro niño, sino que son adolescentes. Y eso requiere también un trabajo personal que tenemos que poder hacer, si estamos en pareja, en pareja y ayudándonos, y, si no, pues con amistades o con quien sea, pero que es difícil a veces.

57:14
Jimena Cid. Háblanos un poco de la proyección de los padres hacia los hijos y por qué no es tan buena.

57:22
María Velasco. Hay determinadas vivencias que tenemos, cada uno las nuestras, que nos pueden hacer que hagamos proyecciones masivas. Con los hijos, hacemos proyecciones. Es imposible no hacerlas, imposible. Desde queremos que cumplan sueños que nosotros no hemos podido cumplir, a hacer proyecciones, bueno, más normalizadas, pero podemos hacer proyecciones muy negativas, podemos poner a nuestros hijos mucho odio, podemos poner en ellos figuras que nos han hecho daño, podemos poner en ellos el castigo que creemos que merecemos. Y estas proyecciones son muy importantes, porque todas, las buenas, las malas, o sea, las que les van a ayudar a crecer en libertad o las que les van a robar su propia identidad, les van a construir. Las proyecciones nuestros hijos las van a asumir, no se van a poder defender de ellas. Si tú eres mi hija y yo pienso que eres un ser maravilloso, creativo, libre, tú vas a creerte esto aunque yo no te lo diga con palabras y tú vas a creer que eres válida, que puedes, y que a lo mejor tu diferencia con los demás es un regalo que te ha tocado porque eres diferente y porque tal. Ahora, si yo pienso, por ejemplo, que tú eres como mi hermana, que siempre me quiso quitar el puesto, y por eso lloras tanto, porque quieres llamar la atención, tú vas a pensar que tu llanto es por llamar la atención, vas a creer que tus necesidades son negativas, que a mí me hacen alejarme de ti. Entonces, te callarás tus necesidades, no pedirás las cosas, te someterás a esa proyección.

59:16

Siempre hacemos proyecciones con los hijos. A veces, si tenemos varios, lo vemos, porque claro, depende del momento en que han nacido, cómo hablan, el sexo que tienen, en el momento en que… vamos a proyectar unas cosas u otras. Lo importante es ser conscientes de las proyecciones. Y si veo que hay un hijo que me saca de quicio voy a pedir ayuda profesional porque es una proyección que estoy poniendo en él. Hay algo que se me está escapando que hace que yo interprete a mi hijo de esa manera. Y además le devuelvo esa proyección, y esa proyección va a construir la identidad de mi hijo. Es decir, yo he visto padres y madres que me han contado que su hijo era un psicópata y el niño ha acabado siendo un psicópata para cumplir esa proyección de los padres. O sea, no la podemos resistir. Cuando las madres y los padres proyectan algo sobre nosotros, es una fuerza contra la que no vamos a poder luchar. Sobre todo si es masiva, si es la única proyección que recibimos. Si el padre y la madre se alían y hacen la misma proyección, ahí va a ser muy doloroso y muy difícil. Ya si tenemos más, una familia, una abuela que nos mira diferente, un profesor que nos mira diferente, dudaremos. «A lo mejor no soy esta persona…». Y los padres no es que quieran hacer proyecciones, sino que tienen sus propias vivencias, historias que no se han curado, infancias difíciles y complicadas, y las proyectan inconscientemente en sus hijos. Por eso yo digo, si hay un hijo que te hace sentir mal, pide ayuda, porque es algo difícil de hacer consciente. Y, sin embargo, en cuanto se hace consciente, se desanuda esa relación y se puede tener una relación con un hijo o una hija maravillosa.

1:01:08
Jimena Cid. María, una cosa que parece muy importante también es los estilos educativos. ¿Nos podrías hablar de ellos y del estilo que tú crees que es el más apropiado o el más beneficioso?

1:01:21
María Velasco. Yo creo que es importante hablar de esto, porque ahora mismo las madres y los padres están como muy exigidos con un estilo educativo que además va un poco como por modas. Sí, la crianza respetuosa, pero nadie explica bien qué es la crianza respetuosa o es difícil enterarse bien. Al final, yo creo que es importante poder hacer reflexionar sobre qué estilo educativo tienes tú, para que sepas distinguirlo de lo que necesita tu hijo. Podríamos decir que hay un estilo educativo que se parece más a una función materna, que sería un estilo de crianza protector.

1:01:54
Jimena. Sí.

1:01:55
María Velasco. El estilo de crianza protector es un estilo en donde tú potencias a tu hijo o a tu hija, le miras, le escuchas, le entiendes, tienes mucha disponibilidad. Le proteges, entiendes que es un niño, que no es un adulto. Un estilo muy de cuidados. El estilo educativo autoritario sería más el de los límites, el de «tienes que levantarte y continuar, esfuérzate para conseguir las cosas». Una crianza sana sería un estilo educativo balanceado entre estos dos estilos de crianza. El problema, y para eso separamos estos estilos educativos, es si avanzamos. Es decir, si el estilo protector se convierte en un estilo educativo sobreprotector, que es el que ahora estamos viendo que es la causa del aumento de las consultas en psiquiatría. ¿Por qué? Porque es un estilo en donde el niño está supercuidado. Se atienden mucho sus necesidades físicas y talentosas, por así decirlo. Es decir, que esté muy estimulado, que vaya a muchos sitios, que tal no sé cuántos, que no se aburra nunca, que no sienta malestar, pero luego no hay unos límites. «Te apago la luz», «te quito el teléfono si veo que no son horas», lo que son unos límites. Este estilo de crianza tiene una consecuencia muy importante y es incapacitar a los niños para desarrollar todas esas fortalezas que les ayudan a sobrevivir a la vida. Y además potencia ese narcisismo en donde yo me creo el centro del universo, en donde creo que todas mis necesidades van a ser escuchadas y tenidas en cuenta y en donde los demás son, además, objetos. Es decir, no desarrollo la empatía, no desarrollo la mentalización, no desarrollo la asertividad. Monto rabietas, no sé controlar mis emociones. Y luego llego a la vida adulta en donde hay muchos problemas, en donde hay muchos retos, y no me llena la vida. Y ¿para qué voy a vivir así, si solo siento malestar?

1:03:57

El otro estilo educativo, que estaría yendo más allá del estilo autoritario, sería un estilo educativo que fuera ya una tiranía. Es decir, el no escuchar a los niños, el que los niños fueran objetos, el que tú mandas. Y ese estilo educativo, que es una negligencia, es el que más conocemos. Pero solo tenemos en mente ese estilo educativo como negligencia. Y, sin embargo, se nos está escapando que la sobreprotección es una negligencia y que es la negligencia de nuestros días, y que además hace que nuestros hijos crezcan sin la salud mental suficiente. ¿Para qué criamos a nuestros hijos con salud mental? Para que puedan desarrollar esas fortalezas que les van a ayudar a estar integrados en el mundo. Y eso se desarrolla con una crianza equilibrada, en donde hay límites y en donde hay amor. Ahí es donde vamos a ayudar a nuestros hijos, no a que sean felices, sino a que crezcan con salud mental. Y para eso nosotros tenemos que poder tener una suficiente salud mental. Por eso es importante revisar en qué mundo vivimos, a qué nos hemos sumado, qué estilo de vida llevamos, si nosotros somos cuidados, si nos cuida también alguien, si nuestra pareja es nuestro competidor o nuestro acusador, o nuestro compañero o compañera que nos ayuda a poder sentirnos cuidados, cómo nos llevamos con la familia, si nuestro yo infantil ha madurado lo suficiente y podemos asumir esas responsabilidades. Y todo esto son cosas que podemos trabajar como adultos, que podemos trabajar en compañía, en familia o si no en una terapia. Pero las tenemos que trabajar para poder criar con salud mental y ayudar a nuestros hijos a crecer con la suficiente salud mental.

1:05:42
Jimena Cid. María, muchísimas gracias por esta maravillosa entrevista. Estoy segura de que va a ser de gran ayuda para los padres y madres que la escuchen. Ha sido un placer enorme charlar contigo.

1:05:54
María Velasco. El placer es mío, de poder hablar y contar lo que tantos años de experiencia me han enseñado y el que pueda eso ayudar a tantas familias.

1:06:03
Jimena Cid. Gracias.