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El pensamiento adolescente

Javier Valverde

El pensamiento adolescente

Javier Valverde

Pedagogo y orientador educativo


Creando oportunidades

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Javier Valverde

Egoístas, imaginativos e invulnerables. Así son, según el psicopedagogo Javier Valverde, los adolescentes. Lleva más de treinta años trabajando con ellos. En particular, con familias con jóvenes que presentan dificultades de aprendizaje y con las que -a través de la orientación educativa- promueve la integración socioafectiva tanto en casa como en la escuela.

Licenciado en Ciencias de la Educación en la Universitat Autònoma de Barcelona y con una maestría como Formador de Formadores, Valverde recomienda la empatía para entender las características del pensamiento adolescente. “Sintámonos también contentos de tener un joven rebelde”, sostiene Valverde. El educador asegura que este peculiar momento de la vida “es lo que nos hace únicos en el universo: la narrativa, la fábula que nos construimos como adolescentes”.

El educador propone pautas educativas y de comportamiento en ‘40 marrones con hijos adolescentes y cómo afrontarlos con cariño’. Un libro-guía para hacer frente a la incertidumbre ante los hijos que inician el tránsito a la vida adulta. Javier Valverde invita a los padres no olvidar su 'yo' adolescente. “Si perdemos esta parte del adolescente que fuimos, perderemos la capacidad de asombro, la alegría de vivir, la improvisación, perderemos vida en el fondo”, concluye.


Transcripción

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Javier Valverde. Me llamo Javier Valverde, soy orientador educativo. Me gustaría hablaros de los adolescentes, de sus preocupaciones, de la convivencia en familia y, sobre todo, de lo que pueden hacer madres y padres delante de este periodo tan trascendental para la vida de las personas, que es la adolescencia. Muchos padres ven en sus adolescentes una especie de alien que llega a la familia… y esto supone unos retos para los padres. Los cambios físicos, el inicio de la secundaria…, genera en ellos muchas incertidumbres. Y muchas veces no se eligen bien las batallas importantes con los adolescentes, porque la adolescencia es un caos, es un caos para ellos, por una cuestión, digamos, neurológica y también social. Y creo que es más importante que tengan bien ordenada la cabeza y no tanto que tengan bien ordenada la habitación. Eso llegará cuando vean las comodidades y las ventajas de tener las cosas en orden. Pero creo que a veces ponemos el foco en cuestiones que realmente no son tan importantes. Es más importante tener la cabeza bien amueblada, que no tanto la habitación ordenada.

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Los cambios de humor en el adolescente en el fondo tienen una explicación neurológica. Toda la parte cerebral del sistema límbico que se encarga de las emociones; las amígdalas, que se encargan de, diríamos, de los estados de alarma…. Todo esto está madurando y está plenamente activo durante la adolescencia. La parte que controla estas conductas, la parte prefrontal del cerebro, aún debe madurar. El adolescente entra en una montaña rusa, porque los estrógenos y las hormonas se disparan, y esto le provoca una labilidad, una variabilidad en los estados de ánimo. No hay que entenderlo como una provocación o que ellos quieran, diríamos, incordiarnos, sino que hay que entenderlos en esta medida. Hay que respetar que esto sea así. Tenemos que desdramatizar estas situaciones. Desde mi punto de vista, los padres a veces vemos gigantes donde solo hay molinos de viento y muchas veces tenemos creencias erróneas, muy condicionadas, posiblemente, por los medios de comunicación y la imagen que se proyecta socialmente sobre los adolescentes. Y esto nos carga de bilis, nos carga de cortisona y no permite la liberación de oxitocina, que es la encargada del placer.

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Pero sintámonos también contentos de tener un joven rebelde. Esto, ya digo, no estará siempre presente, se irá modulando, pero creo que el adolescente se construye por oposición y es así como se autoafirma. La rebeldía forma parte de la adolescencia. Ahora bien, si esta visión pesimista vemos que se mantiene en el tiempo, podría ser indicativa de algún problema, pero la rebeldía forma parte de su proceso de maduración. No serían adolescentes si no fueran rebeldes. Hay un rasgo del pensamiento adolescente que es el egocentrismo. Y es así, la naturaleza del pensamiento adolescente tiene un componente egocéntrico, importantísimo, que si no lo consideramos, si no lo tenemos en cuenta, pues vamos a perder mucho fuelle con ellos. No los vamos a entender. El adolescente piensa que él es el centro de atención del mundo. Y esto a veces da lugar a falta de empatía por parte del adolescente. Y el padre dice: “Ay, es que mi hijo no me entiende”. Bueno, es que tu hijo adolescente está centrado en él, en él mismo. Desconecta de la familia porque necesita conectar continuamente con él, con quién es él. No tener en cuenta el egocentrismo, pues puede provocar conflictos de baja intensidad en el día a día y esto puede tensar la relación familiar, la dinámica familiar.

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Otra característica del pensamiento adolescente es su imaginación, muy ligada con el egocentrismo. Pero el adolescente piensa no solamente que es el centro de atención de los demás, sino que además los demás piensan sobre él. Él es el protagonista de la historia, y esto es maravilloso. Esto nos constituye como personas individuales, porque nos creamos nuestra narrativa. Y es importante que los padres seamos conscientes de esta potencia que tiene la imaginación sobre ellos mismos. Se están construyendo un relato de quienes son. La fábula personal es otra característica del pensamiento adolescente. Esa imaginación que tiene le lleva, como decía, a pensar que no puede ser entendido, a pensar que nadie lo va a entender. Se construye una narrativa, una fábula. Pero es magnífica, es magnífico que esto sea así, porque es aquí donde van a estar las diferencias entre cada uno de nosotros, es lo que nos hace únicos en el universo: la narrativa, la fábula que nos construimos. Yo creo que es importante tenerlo en cuenta.

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Y otro aspecto muy básico del pensamiento adolescente es la ilusión de invulnerabilidad. El adolescente cree que las cosas malas solo le pasan a los demás, que a él nunca le va a pasar nada malo. Y aquí hay un riesgo que no hemos de dramatizar. Hemos de acotarlo y valorarlo en su justa medida, pero es cierto que esta ilusión de invulnerabilidad puede dar pie a la aparición de adicciones o de hábitos tóxicos, porque es una ilusión: que nada le va a pasar. Pero esto es magnífico también, porque esto da fortaleza al adolescente. Tendremos que, o tendrá que considerarse hasta qué punto esta ilusión de invulnerabilidad puede llegar a constituir un riesgo en cada adolescente, pero es magnífico, esto da atrevimiento. Y deben considerarse la fábula, la imaginación, la invulnerabilidad, deben considerarse absolutamente normales y hay que tenerlas en cuenta. Si queremos ser empáticos, hemos de tener en cuenta estas características de su pensamiento. Con ello evitaremos darles la chapa y que afronten la juventud que les viene encima con seguridad y con confianza.

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Pero no cuentes con que el adolescente sea empático contigo. Ni su egocentrismo ni su imaginación se lo van a permitir. Pero bueno, tenemos buenos aliados, por otra parte: podemos mejorar la comunicación con nuestros hijos, sobre todo mejorando la escucha. Y por otro lado, la madurez biológica, la madurez emocional, mental… esto acabará llegando, sin duda. A diferentes ritmos, por diferentes caminos, pero llegará. En este sentido, quiero transmitir un mensaje de confianza a los padres. Entre libertad y límites, el equilibrio se encuentra en la responsabilidad que hayamos sabido educar en nuestro adolescente. Y la responsabilidad se educa de forma progresiva: no podemos imponer por decreto, por imposición. Si lo hacemos, corremos el riesgo de dificultar la relación. Yo soy más partidario de informar, de pactar, antes de poner límites. El adolescente, si ve una imposición, un límite, su propia naturaleza le va a llevar a rechazarlo.

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Lo vivirá como una limitación. El adolescente tiene necesidad de conocer, de experimentar. Poner límites a un adolescente es complicado porque finalmente el límite se lo tiene que autoimponer él. Este es el mejor límite que hay, imponer límites es como atarle los pies a un nadador, hará lo posible por quitarse las ataduras. Yo soy más partidario de informar, de formar, de compartir y de pactar. Pactar es una variable clave en la relación con los adolescentes. Y pactar pocas cosas y muy claras, pero que en ese pacto ellos participen también. El pacto es pacto, no es imposición. Hemos de considerar que no es el mismo adolescente cuando tiene doce años, que cuando tiene quince, que cuando tiene dieciocho. Por tanto, podemos pactar siempre, pero en cada edad, en cada situación, en cada contexto, tendremos que ajustar ese pacto.

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Por ejemplo, en el uso del móvil, que es uno de los principales problemas en las relaciones familiares con los hijos. Pues está muy claro que en el caso del adolescente de doce años este pacto se puede hacer, considerando sus necesidades. Pero si vemos que hay un riesgo, ese pacto puede incluir una cláusula que diga que a partir de cierta hora, o en determinadas condiciones, el móvil no se puede utilizar. Y razonemos por qué no se puede utilizar: porque dificulta la conversación, porque es una falta de respeto estar con un móvil en una relación cara a cara… En cambio, y esto posiblemente lo aceptará a regañadientes, pero lo acabará aceptando. Con quince años lo vamos a tener más difícil, sobre todo si no le hemos dicho nada cuando a los ocho años ya tenía móvil. No pretendamos ahora que con quince tenga un control sobre el móvil, cuando tú lo has educado, le has estado dando de comer en los restaurantes con el móvil entreteniéndolo y, sin querer, ha generado en él una adicción. El móvil es pernicioso, el uso inadecuado del móvil es pernicioso. El móvil en sí mismo es una herramienta, es el uso el que hay que educar. Y con dieciocho años pactar el uso del móvil, pues será realmente difícil y complicado. Por tanto, cada edad requiere un tipo de pacto diferente.

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Con doce años podremos, diríamos, delimitar más su uso. Con quince, la situación se puede complicar si no lo hemos hecho ya con anterioridad, pero aun así se puede llegar a acuerdos para limitar su uso en determinadas situaciones. Y con dieciocho ya… A veces es difícil tutelar. A los dieciocho años ya hemos alcanzado, en muchos casos, en la mayoría, una madurez que le permite al individuo, le permite a la persona, al adolescente, gestionar más y de manera más autónoma, tiene más recursos, también, el uso que hace de las tecnologías. Creo que es importante hablar con ellos, dialogar con ellos en un plano de igualdad, en un plano de aceptación de sus puntos de vista. Pero creo que hay una idea que hay que ir trabajando, reflexionando con ellos, y es que la realidad no es lo que nos pasa, la realidad es lo que hacemos con lo que nos pasa, aquello que decidimos hacer a partir de lo que vivimos. Esto creo que es una idea que hay que seguir trabajando con los adolescentes.

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Posiblemente las soluciones que nosotros les proponemos no les sirvan hoy a ellos, pero las soluciones que ellos proponen seguramente serán las soluciones de mañana. A ellos sí les servirán. Hemos de desdramatizar la relación con los adolescentes, los hemos de ver como aliados y no como enemigos. Hemos de equilibrar nuestros argumentos. Y si equilibramos nuestros argumentos, les ayudaremos a que ellos equilibren los suyos. Hemos de opinar de forma realista, de forma útil, hemos de ofrecerles perspectiva. No es cierto que los padres no influyamos en los hijos en esta edad. Ellos podrán decirnos que no entendemos, que qué sabemos nosotros, pero sí que nuestras advertencias, y eso está estudiado en diferentes universidades, nuestras advertencias tienen un calado. Los padres son la principal fuente de referencia para los adolescentes en cuestiones de tipo moral y ético. Aunque pensemos que no, sí tenemos ascendencia. Es una percepción errónea pensar que no la tenemos y tiene un riesgo. Y el riesgo es que dejemos de opinar, que dejemos de dar la chapa.

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Hay que tener en cuenta también que un adolescente no aparece de la noche a la mañana. El adolescente ya tiene un recorrido, se llega a la adolescencia con una mochila, una mochila que hemos ido cargando durante la infancia, y esto creo que es importante tenerlo en cuenta. Si durante la infancia le hemos cargado la mochila con aspectos importantes, importantes pero de poco peso, como la responsabilidad, los hábitos saludables, la autonomía, la seguridad, la autoestima correcta… Tendremos mucho ganado. Si no lo hemos hecho o creemos que es insuficiente, aún estamos a tiempo de ir cargando su mochila con estos valores y estas habilidades para afrontar la vida. No debemos tirar la toalla, pero tampoco podemos pretender que lo que no hemos cargado durante la infancia lo carguemos ahora con cuatro chapas que le demos. No hay que esperar a la adolescencia para educar en valores. Esto es algo que se cuece ya desde la infancia. Y se cuece desde la vivencia, desde la experiencia que se tenga respecto a esos valores.

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¿Qué valores son importantes? Sería un atrevimiento por mi parte decir uno u otro, pero sí que tal vez haya valores que no merece la pena recuperar, porque han quedado obsoletos. Valores asociados a estructuras patriarcales muy rígidas, valores asociados a la xenofobia, la discriminación, valores asociados al capitalismo salvaje. Creo que estos valores no merecen recuperarse. A mí me inspiran pensadores como Lévinas, o como Martin Buber, o como Gandhi. Me inspiran valores de una ética, una ética de la alteridad, de la importancia del otro, de la colaboración, de la colaboración del: “Yo soy, en tanto que tú me haces”, una ética del agradecimiento a la vida, una ética del encuentro, la ética de la diversidad, de la inclusión, de entender la diferencia como algo que nos enriquece. Una ética respetuosa con la vida, con la naturaleza, con la ecología. Sí, siempre es muy interesante hablar con los hijos, con los adolescentes, de este tipo de temas, a veces aprovechando cualquier circunstancia que pueda darse: una noticia de televisión nos puede dar pie a hablar sobre solidaridad.

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Lo que nosotros podemos aprender de los adolescentes es mucho. Aprenderemos más en la medida en que estemos dispuestos a escucharlos y a valorar lo que nos presentan, lo que nos proponen. La imaginación del adolescente, su rebeldía, su idealismo, sus miradas nuevas… Estoy seguro de que crearán un mundo mejor. Estoy seguro de que las generaciones futuras buscarán más el equilibrio con la naturaleza. Yo soy optimista en este sentido. La juventud, decía el poeta, el divino tesoro. La juventud es la esperanza de la humanidad. Y aunque maduremos, todos conservamos una parte del adolescente que fuimos. Si perdemos esta parte del adolescente que fuimos, perderemos la capacidad de asombro. Perderemos la alegría de vivir, perderemos la magnífica improvisación, perderemos vida en el fondo.

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Yo me considero un poco adolescente y quiero conservarlo, este adolescente, no quiero renunciar a él. Me gustaría decir también algo a los padres para los que he escrito el libro. El proverbio africano que dice que la Tierra y cuanto ella contiene es un préstamo que los hijos nos hacen a los adultos, a los padres. Creo que deberíamos pensar en ello. Seguramente ayudaremos a que el futuro sea más esperanzador y lo afrontaremos con más confianza. Aprenderemos de nuestros adolescentes en la medida en que queramos nosotros volver a ser un poco adolescentes.