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¿Debemos preocuparnos por los celos de nuestros hijos?

Amaya de Miguel

¿Debemos preocuparnos por los celos de nuestros hijos?

Amaya de Miguel

Educadora y escritora


Creando oportunidades

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“A veces me pongo en la piel de los niños y me doy cuenta de que están constantemente recibiendo instrucciones de adultos y, además, con hostilidad. Mi experiencia me dice que cuando damos instrucciones con amabilidad, con “disciplina juguetona”, los niños son mucho más receptivos”. Los juegos, cuentos, canciones y buen humor son claves para que los problemas cotidianos de convivencia desaparezcan.

Con este punto de partida, la educadora y escritora Amaya de Miguel propone un cambio en el modelo de crianza, para que la confianza y la relación con los hijos se vean reforzadas. Autora del libro ‘Relájate y educa’ y de la escuela online con el mismo nombre, su metodología ha inspirado a cientos de familias para mejorar su forma de comunicarse. ¿Cómo evitar los celos entre hermanos? ¿Es posible establecer límites sin llegar a la confrontación? Con más humor y amor presente, del que se nota, se puede vivir en armonía. Para ello, Amaya de Miguel propone una “mentalidad de familia”, que resuelve la pregunta clave: “¿Qué necesita cada una de las personas de este grupo en este momento, incluyéndome a mí? ¿Y qué tengo que hacer para conseguirlo?”.


Transcripción

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Amaya de Miguel. Soy Amaya de Miguel, autora del libro ‘Relájate y Educa’. Soy experta en acompañar a madres y a padres para construir una familia en armonía.

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Esther García. Hola, Amaya. Mi nombre es Esther, soy mamá de dos niñas y la verdad es que estoy encantada de estar aquí contigo hoy. Sé que eres experta en ayudar a familias a vivir en armonía y lo primero que me gustaría decirte es cómo podemos conseguirlo.

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Amaya de Miguel. Hola, Esther. Estoy encantadísima de estar aquí contigo. Seguro que tú conoces al flautista de Hamelín, ese personaje de cuento que toca la flauta y le siguen los niños y los ratones del pueblo. Es un personaje un poco controvertido, porque roba a los niños del pueblo, pero obviando esta parte, la parte controvertida, fíjate que el flautista toca una melodía porque sabe que esa es la melodía que tiene que tocar para que los niños le sigan. Y una de las cosas que hacemos en ‘Relájate y educa’, que intentamos hacer con las familias con las que trabajamos, es que cada uno de los adultos que tienen niños a su cargo encuentre esta melodía. Fíjate que el flautista no se da la vuelta y les dice a los niños: «Oye, ¿queréis que toque la flauta o preferís que toque el violín? ¿Toco esta canción o mejor esta otra? ¿Vamos por este camino o por este? No. El flautista sabe cuál es su melodía. Tiene un sentido de dirección, sabe cuáles son sus objetivos, hacia dónde tiene que ir y lo que tiene que hacer para conseguirlo. Él tampoco se da la vuelta y les dice a los niños: «Vosotros, los del final de la fila, que estáis hablando, castigados. Tú, tú ya no vienes. Ahora mismo os quiero a todos en silencio». No, tampoco hace eso. Y lo que tenemos que conseguir para que haya una familia en armonía es cambiar una serie de parámetros. Siempre desde el adulto. Yo estoy convencida de que el cambio empieza en los adultos. En cuanto los adultos empezamos a hacer las cosas de otra manera, la convivencia, el ecosistema familiar, nuestras relaciones empiezan a modificarse. Y hay un cambio, un cambio de mentalidad, que a mí me parece fundamental para conseguir construir una familia en armonía.

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Muchas veces cuando una de tus hijas, cuando uno de mis hijos, cuando un niño no hace algo que queremos que haga, no tiene la conducta positiva que esperamos, nosotros lo consideramos un problema. «Mi hijo no va bien en el cole, no hace los deberes…». Y eso se convierte en un problema para la familia. No quiere recoger la mesa, no se quiere lavar los dientes… Y de repente tenemos ahí un agujero negro. «El niño es un problema». Y a mí lo que me gusta es trasladar este pensamiento, «mi hijo es un problema», y convertirlo en: «Mi hija tiene una dificultad y yo soy su madre, o soy su padre, y mi objetivo es ayudarle». Ayudarle a vivir con esta dificultad. Hay dificultades que nos acompañan toda la vida. O a que esta dificultad cada vez se vaya haciendo más pequeña, más pequeña, hasta que, tal vez, ojalá, desaparezca. Y eso que ahora le resulta tan difícil de hacer se convierta en algo sencillo. Pero este cambio de mentalidad: «Mi hijo no es un problema, sino que hay algo que le resulta difícil y juntos, con mi acompañamiento, con mi guía, vamos a conseguir que sea más sencillo», cambia, modifica muchísimo las relaciones y la vida familiar.

¿Debemos preocuparnos por los celos de nuestros hijos? Amaya de Miguel
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Esther García. Has trabajado con muchísimas familias a lo largo de tu trayectoria y la primera pregunta que me gustaría hacerte es cuáles son nuestros principales errores. ¿En qué solemos fallar los padres con nuestros hijos?

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Amaya de Miguel. La verdad es que los padres cometemos muchísimos errores. Todos cometemos errores en la vida y está bien. El que cree que no comete errores no tiene espacio para crecer y para mejorar. Si yo considero que soy perfecta, me voy a quedar ahí, porque lo hago todo bien. Y tú y yo sabemos que es imposible que lo hagamos todo bien. Entonces, yo creo que es importante que cometamos errores, que los veamos y que digamos: «Uy, esto no me gusta, voy a modificarlo». Ahí es donde estamos creciendo, nos estamos fortaleciendo como personas, como familia. Pero sí que es verdad que hay algunas cosas que hacemos muchos y que es fácil dejar de hacerlas y perjudican de alguna manera a los niños. La primera de ellas, que seguro que la has oído muchas veces, es: no etiquetes. Etiquetamos muchísimo a nuestros hijos y sabemos que si le decimos a un niño: «Qué torpe eres» y se lo repetimos y se lo repetimos, su cerebro aprende que es torpe y se va a convertir en una persona torpe, porque eso es lo que el cerebro va a ordenar al niño. Que se comporte así. Pero tampoco deberíamos etiquetar en positivo. Yo he trabajado con muchas mujeres, muchas madres, que con 40 años, entre los 35 y los 50, me dicen: «Mira, Amaya, yo era tan buena. Me decían todo el rato que era una niña buenísima, la niña perfecta. Que me casé con el novio que a mis padres les gustaba. Porque, claro, a mí me estaban educando para complacer a mis padres. Estudié la carrera que mis padres querían que yo estudiara. Y seguía siendo una niña muy buena, aunque ya tuviera 20 años. Me quedé a vivir en el barrio que a mis padres les parecía bien. Era buenísima. Y ahora, con 35, 40, 45 años, no tengo la vida que quiero».

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No digáis a vuestros hijos que son muy buenos, sino que eso que están haciendo en ese momento está muy bien o que les va a ayudar mucho en la vida. Esa virtud que tienen, eso que saben hacer con seguridad. Te voy a poner un ejemplo. En lugar de decirle a tu niña: «Qué torpe eres», algo que ocurría en mi casa. Durante una temporada a uno de mis hijos se le caía el cubierto todos los días en la mesa. En el desayuno, en la comida, en la cena… Todo el rato. El cubierto estaba en el suelo. Una de las tendencias de los padres es decir: «Hijo, coge bien el cubierto. Se te cae todos los días. Es que estás muy torpe, ¿qué te pasa?». Pero ahí ya estábamos etiquetando y yo sabía que si le decía esto en el desayuno, en la comida y en la cena, hoy, mañana, pasado y al otro día, el tenedor se iba a seguir cayendo. De manera que un día, poniendo la mesa, dije: «No sé a quién le habrá tocado el tenedor saltarín, porque en esta mesa hay un tenedor saltarín todos los días». Y al niño se le cayó el tenedor. «Anda, te ha tocado a ti. Te ha tocado el tenedor saltarín». Al cabo de cuatro días el tenedor dejó de saltar. El mensaje había calado. «Oye, hay que tener cuidado con los cubiertos». Pero nadie habló del niño.

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Nadie le puso ninguna etiqueta. Pero consiguió manejar los cubiertos de otra manera. El segundo error que cometemos muchos con mucha frecuencia es comparar a los niños. Compararlos consigo mismos. No sé si te pasa a ti con tus hijas. «Jo, es que hace un año esto lo hacías bien y ahora mira cómo lo estás haciendo». Compararlas entre ellas, compararlas con amigos, con primos, contigo cuando eras niña… «Es que yo cuando era niña estudiaba, hacía los deberes. Mi madre no estaba encima de mí para que los hiciera». Y sabemos que comparar no es óptimo para los niños, porque es como si no tuvieran una entidad propia. «Yo no me defino por ser como soy, me defino en función de mi hermana, me defino en función de cómo mi madre era cuando era pequeña o en función de los primos o de las amigas». Y tenemos que transmitir el mensaje a nuestros hijos que son personas únicas, valiosas por ser como son. Y en el momento en el que les comparamos, eso ya lo están perdiendo, porque siempre tienen que estar mirando a otra persona para considerar si ellos son válidos o no. Primero somos los adultos los que les hacemos mirar a otra persona para ver si ellos son válidos, pero luego lo van a hacer ellos cuando sean mayores, porque han interiorizado esta manera de comportarse. De manera que mi segunda recomendación es: No les compares nunca. Si tienes una hija que come más rápido que otra, que hace los deberes mejor que otra, es que son dos niñas diferentes cada una de las tuyas y tienen realidades diferentes. Y está bien que sea así.

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El tercer error que cometemos muchísimos padres, y a veces porque nos resulta muy cómodo, es, cuando tenemos más de un hijo, fomentar la competitividad. Y luego decimos: «Es que están todo el día compitiendo. Es que son rivales». Se lo he enseñado yo. Por ejemplo, no sé si te pasará a ti, pero muchísimas veces, en muchas familias, hacemos esto: Es la hora de ir al cole. Hay que salir por la fuerza. No se han puesto los zapatos, no tienen las mochilas, no tienen el abrigo y el adulto dice: «Venga, chicos, a ver quién llega antes a la puerta». Es divertido, lo pasamos bien y yo consigo mis objetivos, que en 30 segundos estén. Pero estoy alimentando la competitividad. Ellos lo aprenden porque se lo estoy enseñando yo, que soy el adulto, y al final eso es lo que van a normalizar como relación entre ellos. Y no pasa nada por rivalizar para ver quién llega antes a la puerta, pero luego nos encontramos con que hay competitividad en todas las facetas de su vida. Y esto no ayuda a nadie, no es bueno, no nos gusta. El siguiente error. El siguiente error que cometemos muchísimos es no comprender en qué fase de su desarrollo están los niños y esperar comportamientos para los que no estén preparados. Esperamos que los niños recojan la mesa felices y contentos cuando su interés por recoger la mesa es cero. Tienen cosas muchísimo más importantes que hacer, como jugar, leer, pelearse con su hermano o no hacer nada. Pero todo eso es muchísimo más importante para un niño que recoger la mesa, recoger su cuarto, lavarse los dientes. O a veces ocurre con niños mayores, niños de 13 años.

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Yo no sé qué pasa a los 13 años que muchos niños dejan de lavarse los dientes. Se los han lavado toda la vida fenomenal. Cumplen 13 años y de pronto te das cuenta de que han dejado de lavarse los dientes. ¿Qué está pasando aquí? Bueno, pues te tienes que dar cuenta de que tiene 13 años y que en este momento su cerebro no registra que tiene que lavarse los dientes. O lo registra, pero como no le da ningún placer, no lo hace. Podemos elegir de qué manera actuamos cuando ocurre esto y normalmente yo veo que hay dos caminos. Hay un camino, que es el camino de la hostilidad. «Te he dicho que tienes que recoger la mesa y te lo dije ayer y no la estás recogiendo y todos los días me tengo que enfadar». «¿Otra vez te tengo que decir que te laves los dientes? Pero si tienes 13 años». Cuando elegimos este camino, que es el camino de la hostilidad y de la tensión, el niño, que ya tenía una resistencia, «me toca lavarme los dientes», tengo aquí un muro de resistencia. «Es que no me los quiero lavar». A ver cómo bajamos toda esta resistencia para que se los lave. Es difícil. Entonces, si yo comprendo en qué fase está el niño y sé que tiene una resistencia de cinco a lavarse los dientes, lo que voy a hacer es intentar rebajar esta resistencia. ¿Y eso cómo lo hago? Eligiendo el otro camino, el camino del buen rollo. Se tiene que lavar los dientes, comprendo que no le da placer inmediato. Comprendo que se resiste, pero como lo tiene que hacer, voy a ver si encuentro un camino para que este momento sea un momento más agradable. Y el último error, que lo he dejado para el final, pero es el más importante. El más importante de todos es no dar amor incondicional a nuestros hijos todos los días de nuestra vida, varias veces si es posible y que ellos lo noten. Fíjate que no hablo de querer a nuestros hijos. Los queremos. Los queremos todo el rato. Los queremos siempre, pero muchas veces no lo notan. Hay que dar un amor incondicional que se note, que la otra persona lo perciba. Porque es el único amor que vale, el que la otra persona nota.

11:48
Esther García. Amaya, he visto que parte de tu pedagogía se basa en la disciplina juguetona. ¿Me puedes explicar un poquito en qué consiste esa disciplina juguetona?

11:56
Amaya de Miguel. Yo a veces me pongo en la piel de los niños y me doy cuenta de que están constantemente recibiendo instrucciones de adultos. De sus padres, de los profes, de las actividades extraescolares, incluso a veces de padres que no son los suyos. Otros padres del parque, a la salida del cole… Y además, la realidad es que los adultos con mucha frecuencia estos mensajes los emitimos con hostilidad. Estamos en el «hay que hacer, hay que hacer, hay que hacer, tenemos que resolver». Tenemos nuestra lista de cosas que hay que sacar adelante. Y lanzamos la instrucción con dureza, con hostilidad, sin conexión, con poco cariño. Y mi experiencia me dice que, cuando tú las instrucciones, la comunicación con tus hijos, la haces con más amabilidad, con más alegría y, sobre todo, usando estas herramientas de disciplina juguetona, los niños son mucho más receptivos. Y la disciplina juguetona es hacer el payaso, reír con los niños, cantar canciones, contar cuentos… Cualquier tipo de estrategia que sea diferente al dar una orden directa. Y te voy a poner algún caso. Mi hija se deja… O tu hija se deja la mochila en el pasillo nada más llegar a casa. Y ahí está esa mochila. Se la dejó ayer también y se la dejó antes de ayer. Se lo has dicho muchas veces. Que la mochila no puede estar en la entrada de casa. Te molesta mucho y estás un poquito harta. Y entonces le vuelves a decir: «Estoy harta de ver esta mochila aquí todos los días». ¿Qué podríamos hacer desde la disciplina juguetona? «¡Socorro! ¡Auxilio! Aquí hay una mochila. Hay una mochila en medio del pasillo y mamá se pone a bailar la Macarena cuando ve una mochila en medio del pasillo. Por favor, necesito ayuda».

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Y si tus hijos están en una fase en la que te siguen el juego, se van a reír, lo van a pasar bien y van a retirar la mochila. Porque aunque tú seas un poco pesada con lo de la mochila y a ellos no les importa, como estás generando este clima de: «Estamos todos a gusto, estamos bien, disfrutamos, reímos, mi madre no va contra mí, no está siendo hostil». Le va a resultar mucho más fácil hacer lo que tú esperas que haga. Me contó también una de mis alumnas. Me dijo: «Mira, a mis hijas les cuesta muchísimo empezar la transición de la noche. Ir al cuarto de baño para lavarse los dientes es muy complicado, no lo consigo». Y entonces se nos ocurrió que fueran haciendo un tren. Algo tan sencillo como ir haciendo un tren. La transición tan complicada que solía ser: «Venga, vamos, niñas…», lo convirtió en un juego. Y desde que van en tren el problema ha desaparecido. Pero yo recuerdo, cuando mis hijos eran pequeños, llevármelos a la cama como sacos de patata, como carretillas, pegándonos como si estuviéramos con pegamento, teniendo que ir muy juntos… Y esto facilita muchísimo la vida de todos. A veces no sale de manera espontánea, es un músculo que hay que generar. Son herramientas diferentes que nos tenemos que proponer poner en práctica. Es un poco lo que decía antes. Tu hijo no quiere irse a la cama o no quiere lavarse los dientes o no quiere recoger la mochila. Y tú puedes elegir el camino de la hostilidad o el camino de la conexión, de la amabilidad, del cariño y del amor que se note. Y este camino con juego, con sentido del humor, con risas, haciendo el payaso, da buenísimos resultados.

¿Debemos preocuparnos por los celos de nuestros hijos? Amaya de Miguel
15:17
Esther García. Sí que es verdad que hay veces que a los padres nos cuesta mucho que no nos hagan caso a la primera y por eso recurrimos a los gritos. Y me gustaría saber cómo podemos intentar sacar esos gritos de casa.

15:30
Amaya de Miguel. Los gritos son un idioma que hemos aprendido. Y lo hemos aprendido los adultos y lo han aprendido los niños. Y es el idioma que hablamos en la casa. Para cambiar este idioma se necesitan dos cosas. Una, el compromiso. Sin compromiso no lo vas a cambiar. Si tú sabes que gritas pero estás cómoda con los gritos, vas a seguir gritando. El segundo ingrediente es tener herramientas, que es lo que estamos hablando ahora. «Bien, no quiero gritar y deseo no gritar. Y me levanto por las mañanas y digo: ‘Hoy no voy a gritar, hoy no voy a gritar, hoy no voy a gritar'». Pero a los 20 minutos, cuando está ocurriendo lo que ocurre todos los días, como no tengo herramientas, recurro a la única que tengo, que es la del grito, la amenaza, el chantaje, el premio… Y no lo quiero usar, pero es que no tengo herramientas. Cuando tengo ese compromiso, esa voluntad, y tengo las herramientas, entonces es cuando puedo conseguir no gritar. ¿Y cuáles son estas herramientas para sustituir el grito? ¿Por qué lo sustituyo? Pues yo creo que hay una muy importante, que es el tener una buena estructura en casa. ¿Qué es una estructura? La gente lo llama límites también. A mí me gusta llamarlo mapa. Que el mapa para ir del punto A al punto B siempre sea el mismo. Porque yo entiendo que en las familias, para ir del punto A al punto B, cada vez es un recorrido diferente, porque no tenemos esta estructura, no sabemos exactamente qué esperar, ni los adultos ni los niños. En el momento en el que creamos una estructura clara que los adultos conocemos y que los niños conocen, el nivel de conflicto se reduce.

17:06

En mi familia, por ejemplo, se juega a videojuegos los domingos por la mañana desde hace años. Si un martes uno de mis hijos me dice: «Mamá, ¿podemos jugar a videojuegos?». Yo ni siquiera tengo que responder. Con sonreír basta, porque saben que los videojuegos son los domingos por la mañana y los martes no. Entonces yo os recomiendo que lo que estamos diciendo ahora de las pantallas lo apliquéis a las comidas, si las comidas son un punto de conflicto. Cread un menú. Que todos los lunes haya más o menos lo mismo, aunque luego se cambien algunas cosas. Pero que todos los lunes haya puré, aunque un puré un día sea de una cosa, otro día de otra. Que todos los martes lo mismo. Se reducen muchísimo los conflictos con los dulces, con las actividades… Que se sepa. Que lo sepan los niños, que les da muchísima seguridad, porque entonces saben qué tienen que esperar, saben hasta dónde pueden llegar; y que lo sepamos los adultos, porque los adultos muchas veces estamos improvisando. «Les digo que sí, les digo que no». «Hoy sí, hoy no». Estamos tomando decisiones cada día. Eso es un peso mental. Tú lo tienes que saber bien como madre, es un peso mental brutal. Si todos sabemos a qué atenernos, es muchísimo más sencillo, pero no es suficiente. Lo primero, la estructura. Lo segundo, hay que anticiparse. Tu hijo está… O tu hija, perdona, está jugando a la Play o está viendo la tele y ya es hora de terminar. Y tú, desde otra habitación, desde la cocina que estáis preparando la cena el padre y tú: «Niñas, hay que venir a poner la mesa». Las niñas no te hacen ni caso, porque saben que tu volumen todavía va a subir tres escalones. Entonces este es, en el idioma que tenéis, este es el primer escalón.

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Y siguen viendo la tele, porque saben que hay un segundo escalón. Al cabo de un ratito, como las niñas no han venido, subís otro escalón. «Niñas que os hemos dicho ya que hay que poner la mesa y aquí no hay nadie». Pero saben que todavía pueden esperar. Tienen dos o tres minutos más de tele. Cuando subís al tercer escalón con gritos, con mal humor, con hostilidad, con una carga de agresividad, entonces las niñas ya saben: «Ah, ahora sí que hay que apagar». Apagan y se van a poner la mesa. ¿Qué pasaría si el adulto va donde están las niñas cinco minutos antes o 10 minutos antes y les explican? Les invitan a anticiparse para que la transición de: «Deja esta actividad que estás haciendo e inicia la otra actividad que no te gusta y no te interesa, que es poner la mesa», sea más sencilla. «Chicas, miradme». Yo les digo a mis hijos: «Me tenéis que escuchar con los ojos. ¿Me escucháis con los ojos?». Entonces ya te miran. «Ah, bien, genial. Me estáis escuchando con los ojos. Os quedan cinco minutos». Con niños pequeños, con los dedos. «Te queda esto». De lo que estén haciendo. Y cuando lo que están haciendo es algo que medirlo en función del tiempo es difícil… Pues si están leyendo un libro: «Te terminas el capítulo, pero no te empieces uno nuevo». Si están jugando a un videojuego: «Terminas esta partida, pero no empieces una nueva». A los cinco minutos vuelves. «Te queda este tiempo, te quedan cinco». A lo mejor tienes que volver a los tres minutos y, cuando ya se ha terminado el tiempo, vas y siempre con conexión, mirándolos, que te escuchen con los ojos, ya les dices: «Venga, ya nos tenemos que ir a poner la mesa». Con tu acompañamiento, con tu presencia y con tu conexión. Así es casi siempre muy fácil que los niños te sigan sin tener que gritar.

20:29
Esther García. Amaya, me gustaría ver si me podías dar alguna herramienta para el tema de los límites con los niños, porque muchas veces nos quedamos sin recursos y no sabemos por dónde tirar.

20:39
Amaya de Miguel. Cuando hablamos de límites, lo que queremos es que mis hijos tengan las conductas que yo quiero que tengan. Es decir, hablamos de conducta, qué tengo que hacer para que mis hijas se porten bien. Y yo no te voy a responder en función de la conducta. El principal ingrediente para que tus hijas te sigan, te escuchen, es que haya conexión con ellas, que haya amor. En realidad, yo de lo que hablo siempre creo que es de amor, de cómo conseguir relacionarte con tus hijos desde el amor. El amor viscoso. Me gusta hablar de amor viscoso, amor espeso, amor que interfiere, que está ahí en medio. Incluso, o sobre todo, en los momentos más difíciles, porque en los momentos fáciles es muy sencillo querer a un bebé que está en brazos tuyos, a una niña maravillosa de cinco añitos que te toca la carita o de nueve años estupenda como son tus hijas. Pero en los momentos difíciles, en los momentos de crisis, es más difícil que el amor esté presente, que se note. Y si tú quieres que tus hijas te sigan, lo más importante es que les des amor. Todos queremos a nuestros hijos, pero no paso tiempo con ellos, les regaño todo el rato, solo les doy instrucciones. No, no somos cómplices. No hay complicidad, no compartimos intimidad, no paso tiempo con ellos para que ellos se sientan valorados, no me río de sus bromas o no me río con ellos. Entonces, pues sí, les quiero. Pero es un amor un poco teórico, porque no está en la relación, no se nota, no se palpa.

22:10

Por eso, si tú lo que quieres es que tus hijas te sigan, lo más importante es que noten tu amor, porque cuando se percibe este amor se hace equipo, se hace piña. Y recoger la mesa siempre va a ser un rollo, pero es distinto recoger la mesa si soy un miembro del equipo y me toca, porque en este equipo todos tenemos que trabajar, todos tenemos que aportar, todos tenemos que participar. O si me toca recoger la mesa con el antagonismo y la hostilidad de mis padres, que me están mandando que la recoja. Una vez me invitaron a una mesa con periodistas y uno de los periodistas me decía que en este tipo de pedagogía, en estos modelos de crianza, ocurría que era como si fuera un partido de fútbol y uno fuera el defensa y otro fuera el delantero. Y entonces el defensa le dice al delantero: «Oye, por favor, ¿me pasas la pelota? Es que soy el defensa y no te puedo dejar marcar. ¿Serías tan amable de pasarme la pelota?». Y entonces el delantero le dice: «Vale, pues sí, toma, te la paso». Y yo le dije: «Bueno, esta es una concepción basada en dos equipos. Es la concepción del antagonismo. Somos antagonistas. Los niños están en un equipo, son el delantero que me quiere meter un gol, y yo soy el defensa del equipo contrario». Lo que queremos es cambiar esta concepción. Lo que queremos es ser delanteros y defensas del mismo equipo, tener el mismo objetivo, funcionar como una comunidad. Eso no significa que no vaya a haber conflicto o, como decía antes, que los niños vayan a hacer sus cosas. «Sí, claro. Me encanta lavarme los dientes. Sí, claro, me encanta hacer deberes». No. Pero si somos una comunidad fuerte, va a ser muchísimo más fácil que los niños nos sigan y que esa estructura, esos límites, se respeten. De manera que, si quieres que tus hijas te sigan, respeten los límites, te obedezcan, como lo quieras llamar, dales amor.

24:09
Esther García. En las familias que tenemos más de un hijo o una hija, muchas veces surgen conflictos que no sabemos muy bien cómo resolver. Sobre todo cuando llega el tema de los celos. ¿Cómo podemos enfrentarnos a eso? ¿Cómo podemos ayudarles para que esos celos se reduzcan?

24:28
Amaya de Miguel. En mi vida como madre, yo soy madre de tres hijos. En mi vida como madre, las escenas más duras que he vivido han sido las escenas de conflicto entre mis hijos. Son durísimas estas situaciones para unos padres. De hecho, antes de fundar… Mucho antes de fundar ‘Relájate y educa’, algunas de las escenas que veíamos en casa eran tan duras que yo me recuerdo en el cuarto de baño llorando, porque no sabía manejarlo. Ahora bien, la buena noticia es que sí se puede manejar, o se les puede enseñar a los niños lo que les ocurre, por qué les ocurre y cómo pueden actuar cuando tienen esta emoción de celos, de rivalidad, de competitividad tan fuerte. No es un trabajo sencillo. No hay un cambio de la noche a la mañana. Es un trabajo de goteo que exige mucha presencia del adulto, muchísima guía, porque las emociones que tienen los niños cuando son varios son muy fuertes y son muy complejas. El principal problema o la principal dificultad es que el niño quiere tu mirada solo para él. Cada una de tus dos hijas quiere tu mirada solo para ella. Está muy bien que tenga una hermana. A veces comparten cosas maravillosas, pero si mi madre es solo para mí, muchísimo mejor. Pero mi madre a veces es para mi hermana. Y ahí es cuando mis emociones, tan complejas, me juegan una mala pasada. Porque a mi hermana la quiero, pero también la detesto.

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Amaya de Miguel. Porque me está quitando la mirada de mi madre, que la quiero solo para mí. Lo primero que hacemos en ‘Relájate y educa’ es intentar comunicar a los niños lo que les ocurre, poner en palabras lo que sienten. Tengan la edad que tengan. Pero claro, ¿cómo le dices a una niña de dos años, de tres años que tiene celos de su bebé, del hermano bebé? Se puede decir. Nosotros usábamos, en mi casa, el lenguaje… Hablábamos de hadas. Y decíamos: «Es que veo que cuando estoy dando de mamar a tu hermana vienen las hadas de quitar el chupete, las hadas de romperle el cuento, las hadas de dar una patada a mamá…». Lo que hagan los niños. Lo bueno de usar un lenguaje simbólico, metafórico, es que las hadas vienen y se van. No es: «Eres celoso». Es: «Tienes ganas de hacer esto que haces, pero eso se te va a pasar». ¿Cómo se le pasa? «¿Qué podemos hacer para que estas hadas se vayan antes? Porque la verdad es que nos lo hacen pasar un poco mal». Y le damos alternativas. «¿Qué te parecería si te quedas aquí conmigo leyendo un cuento y, en cuanto tu hermanito termine de mamar, lo leemos juntos? ¿Qué te parece si en cuanto yo termine hacemos este plan que tengo preparado?». Estamos nombrando la dificultad del niño y le estamos dando algo de nuestro amor. «Ahora mismo no puedo darte ese amor que tú necesitas o esa mirada. Tienes que esperar un poquitín, pero te la voy a dar». Si los niños son más mayores, se les puede seguir hablando igual sin usar esta figura de las hadas. Algunos alumnos míos hablan de superhéroes, hablan de mariposas, hablan de duendecillos… El duendecillo de pegar patadas, el duendecillo de reírse, el duendecillo de los besos.

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«Y a veces viene el duendecillo de dar patadas a mi hermano, ¿pero qué puedo hacer para que venga el duendecillo de las risas? ¿Pido ayuda a mis padres cuando tengo esta emoción tan grande?». Y les enseñamos a los niños qué pueden hacer cuando tienen esa emoción fuerte, negativa, y no les estamos juzgando. No les decimos: «Qué malo eres. ¿Cómo no quieres a tu hermano?». Y tampoco les decimos lo que tienen que sentir. Porque muchas veces, un niño nos dice: «Hubiera preferido que mi hermano no hubiera nacido. Yo estaba mejor cuando era hijo único. Ojalá se muera mi hermana». Y los padres sentimos que nuestro corazón se encoge, lo pasamos fatal y le decimos al niño: «Pero tú a tu hermano le tienes que querer». Pero yo no puedo obligar a nadie a que quiera a otra persona y no puedo determinar los sentimientos y las emociones que va a tener mi hijo. Cuando mi hijo tiene estas emociones, yo tengo que ponerles un poco de sordina. Tengo que contextualizarlas. «En este momento, a este hijo mío le sobra el hermano, pero, a lo mejor, dentro de 10 minutos ya no». No son pensamientos y sentimientos definitivos. Son puntuales. Y yo eso, el adulto, lo tengo que saber. Y tengo que hacer un ejercicio de traducción. Cuando mi hijo me dice: «Ojalá mi hermano no hubiera nacido», lo que tengo que pensar es: «En este momento necesito la mirada de mis padres solo para mí. En este momento me sobra mi hermano». Pero ojo, es en este momento, no es algo definitivo. Es muy útil que los niños puedan vivir en la fantasía lo que no tienen en la realidad. «¿Te gustaría que tu hermano no hubiera nacido? Claro, porque es que, si no hubiera nacido, estarías todo el rato con papá y mamá, no compartirías habitación, el pastel sería entero para ti, podríamos hacerlo todos juntos…».

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Y se puede construir un universo ficticio muy exagerado. Sobre todo, lo tiene que construir el niño o la niña, aunque tú le des el pie, donde vive una realidad que no tiene en realidad. Esto les ayuda muchísimo, porque pueden procesar lo que les ocurre, sin necesidad de vivirlo en la realidad. «Yo me imagino que no existe mi hermano y, de alguna manera, mis emociones se apaciguan, se tranquilizan». Además, como en realidad los niños lo que necesitan es más del adulto, de los adultos, vamos a intentar dárselo. Vamos a darles amor incondicional. Vamos a pasar tiempo con cada uno de los niños, si se puede, de manera individual. El mayor tiempo posible. Cuando tienes dos, tres o cuatro hijos muy pequeños, pues va a ser poco. Pero todo lo que puedas. Todo lo que puedas, se lo tienes que dar a cada uno. ¿Para qué? Para que sientan que tienen ese vínculo. Y también nos cambiamos las gafas. Esto es algo que muchos padres han aprendido a hacer. Hemos aprendido a hacer, yo también. Porque muchas veces hay cosas que rechazamos de nuestros hijos que no nos gustan y ellos lo perciben. «Claro, es que valora más a mi hermano que a mí, porque hay cosas mías que no le gustan». Y muchas veces cambiarse las gafas y ver a ese niño que tiene aspectos que no nos gustan tanto o con los que no conectamos, por las razones que sean, se pueden convertir en cosas positivas. Imagínate que tú, una de tus hijas, es introvertida, un poco tímida, discreta… Y tú a veces piensas: «¿Y si fuera más echada para adelante? ¿Y si fuera más dicharachera?».

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Pero si te cambias de gafas vas a ver a una niña observadora, reflexiva, con un gran mundo interior, que probablemente tiene cosas muy importantes que ofrecer a los demás. Y en el momento en que tú empiezas a apreciarla de esta manera nueva, te vas a dar cuenta de que esa niña tiene un montón de tesoros, que los cuida, los protege, están ahí. Y tú con tus gafas nuevas lo vas a saber ver y se lo vas a decir, se lo vas a comunicar. Tal vez no diciéndole: «Qué cualidad tienes». Pero ella lo va a percibir, que tú la valoras, que es una niña que tiene valía. Y si la niña vale para ti, ya no compite tanto con la hermana, porque siente que tiene esa mirada enriquecedora de sus padres. Y ahora qué ocurre entre ellos, porque todo esto que he dicho hasta ahora es entre cada uno de tus hijos o cada una de tus hijas y tú. ¿Pero qué pasa cuando ellos están en el conflicto, en la pelea? Los adultos tenemos que intervenir. Yo creo que es importante intervenir. ¿Pero cuándo intervenimos? Hay que diferenciar, porque hay una parte del conflicto que es necesaria. Los humanos somos mamíferos, somos como los leoncitos o los cachorros de cualquier animal que se van peleando para prepararse para la vida futura. Los niños igual. Nos peleamos, tenemos conflictos y estamos aprendiendo una serie de habilidades de negociación, de asertividad, de defensa de nuestro territorio, conceder cosas que a lo mejor no concederíamos de otra manera… Son habilidades que vamos a necesitar en el futuro. Pero cuando empieza a haber, o cuando intuimos los padres, que lo vemos enseguida, que va a haber un daño físico o emocional, ahí hay que intervenir y cuanto antes mejor.

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Pero no intervenimos para dar la razón a uno y quitársela al otro. No es bueno intervenir como jueces. Lo ideal es intervenir para separar, para parar ese momento crítico y, si es necesario, para mediar entre ellos y que ellos lleguen a acuerdos. Porque una de las cosas que veo en familias es que están tan habituados los hermanos a relacionarse a través de los padres, que son los que siempre dicen: «Tú bien, tú mal. Tú tienes que hacer esto, tú tienes que hacer esto otro». Que cuando los padres ya no estamos, no se relacionan, porque no han tenido la oportunidad de relacionarse entre ellos. Y ojalá un día yo no esté y mis hijos sí estén. Y si ese día llega, yo quiero que se sigan viendo en Navidad. Quiero que sigan haciendo planes juntos, quiero que tengan una comunicación propia. Y si yo estoy interviniendo constantemente no van a ser capaces de desarrollar esto, porque yo no les voy a dar la oportunidad. Entonces es importante que les mostremos el camino para que ellos saquen sus conclusiones. Las suyas. Para que tengan una relación propia. Y yo a veces no voy a estar de acuerdo. No pasa nada. Son sus propias conclusiones. Y el último, la última patita. Porque esto de las relaciones entre hermanos es como un puzle. Hay muchas piezas, muchas piezas. Es complejo. Pero hay una pieza que también es importante, y es enseñarles a los niños qué les pasa cuando tienen una emoción negativa hacia su hermano. Por ejemplo. No sé si les pasará a tus hijas. A mis hijos les pasa todo el rato y estoy segura de que a mí me pasaba de niña.

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«Me aburro. ¿Qué hago? Pues voy a molestar a mi hermana, porque es lo más entretenido que hay, no se me ocurre otra cosa». Entonces yo, como adulto, le puedo decir a mi hija: «Oye, es que me he dado cuenta de que cada vez que te aburres vienen las hadas de… Ir a hacer lo que sea con tu hermana». Y si son más mayores y ya no quieres usar las hadas: «Me he dado cuenta de que cada vez que estás aburrida quieres ir a molestar a tu hermana. ¿Qué podemos hacer? ¿Por qué no te vienes conmigo? Vente conmigo y hacemos algo juntas. En lugar de molestar a tu hermana, búscame a mí». Y cuando ellos no son capaces de buscarte y tú detectas las primeras señales del aburrimiento, se lo dices: «Uy, el aburrimiento está aquí. Anda, ven, vamos a hacer algo juntas». Y si no puedes estar con ella, que a veces no vas a poder, ya se lo vas a decir: «Oye, el aburrimiento está aquí. Tienes que hacer otra cosa. Molestar a tu hermana no es una solución». Y esto que ocurre con el aburrimiento se lo podemos enseñar en los otros escenarios en los que surja el conflicto. De manera que de esta manera los niños se dan cuenta de lo que les pasa, se dan cuenta de cómo suelen reaccionar y tú les abres otro camino. «En lugar de reaccionar enfrentándote a tu hermana, vamos a buscar otras maneras de actuar que no sean tan reactivas».

¿Debemos preocuparnos por los celos de nuestros hijos? Amaya de Miguel
35:37
Esther García. Amaya, otra de las conversaciones que salen con los padres y las madres de los niños… Bueno, de los amigos de mis hijas. Es la hora de irse a dormir, que parece que está todo en calma, que hemos terminado de cenar, que está todo recogido y todo perfecto, y justo llega el momento de que se tengan que ir a la cama y se activan. Entonces, ¿qué podemos hacer en esos momentos para conseguir que se vayan tranquilos a la cama?

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Amaya de Miguel. Las transiciones son difíciles. Entonces yo puedo pensar: «Si sé que esto es una dificultad de mis hijos…». No es que sea un problema, como decíamos antes. Es una dificultad. La transición, porque irse a dormir es de estar activo a estar inactivo, de estar en grupo con otras personas a estar solo, porque aunque esté en una habitación con los demás, es muy solitaria la noche. De estar con luz, a estar a oscuras, de estar en vertical a estar en horizontal, de estar con ruido a estar en silencio. Es la transición más fuerte del día probablemente. Esta y la de levantarse. Si yo comprendo que mis hijas tienen una dificultad en esa transición, puedo pensar: «¿De qué manera puedo hacer que esta transición sea más fácil? A lo mejor les tengo que llevar a la cama de otra manera. Lo puedo convertir en un juego. Puede haber algo bonito que va a ocurrir cuando estemos en la cama». En mi familia, el ratito de conexión durante mucho tiempo, desde hace unos meses ya no, porque los niños son más mayores y ya no nos lo piden. Pero durante años, en mi casa, hacíamos una especie de rotación de cama en cama los padres, el padre y yo. Uno se mete en la cama con un niño y estamos un cuarto de hora y el otro estaba en otra cama con otro niño y luego cambiábamos y cambiábamos. Era un proceso muy largo, pero era uno de los momentos más bonitos del día. Cada uno de nuestros hijos nos pedía una cosa diferente y en distintas etapas, distintas cosas. Contar un cuento, hacer sumas, contar adivinanzas. Lo de las adivinanzas… Me las tenía que preparar antes. Estar en silencio, dar masajes, charlar sobre cómo había ido el día en el cole.

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Una de mis hijas se sabe toda mi vida, porque cada noche me decía: «Cuéntame algo de tu vida, mamá». Ya no tenía más anécdotas que contarle. Me conoce mejor que ninguno de mis hijos, porque durante meses, cada noche, le contaba alguna anécdota de mi vida, infantil y adulta. De todas mis etapas. Si conseguimos construir un momento bonito y tranquilo. No un momento bonito de locura, sino tranquilo, sosegado, si es posible ya con las luces apagadas, va a ser algo que ellos esperen y va a ser más fácil para ellos. También es verdad que en muchísimas familias, en muchísimas, acostamos a los niños demasiado tarde. Y cuando se van a la cama se reactivan porque el momento natural de… Si fuera una curva de actividad, ellos están en la parte baja de la curva y están tranquilos, sosegados, pero aguantamos un poco más, aguantamos un poco más y entonces se tienen que reactivar para mantenerse despiertos. Y una vez que se han reactivado, es como una bici a tope. Hay que frenar esa bicicleta. En mi casa decíamos: «Chicos, hay que frenar las bicis, a ver cómo lo hacemos, que estamos a tope con estas bicicletas. Hay que frenarlas». Pero si conseguimos acostarlos cuando las bicis de manera natural ya están a punto de pararse, es mucho más sencillo. En mi experiencia, y trabajo con cientos de familias, adelantar la hora de irse a la cama, a veces media hora, 40 minutos, tiene unos efectos alucinantes, porque es cuando los niños de verdad están cansados. Además de esto, sabemos que cero pantallas dos horas antes, o tres, de irse a la cama, porque tienen un efecto despertador. Nos despiertan, nos activan.

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Hacen sentir al cerebro que es de día. Entonces cero pantallas, cero actividad física también, porque el cuerpo, otra vez, la bici empieza a ir a toda velocidad. Y en las casas donde realmente es difícil y tenéis luces que se pueden modular, las luces bajas ayudan muchísimo. A mí no se me olvidará un día que se nos fue la luz en casa. Vivíamos en Washington. Y había un temporal y nos quedamos sin luz en toda la parte de la ciudad donde yo vivía. Y estuvimos con velas. Nunca se acostaron mis hijos tan temprano, porque el estímulo luminoso ya no lo tenían. Entonces el cuerpo, de manera natural, se prepara para ir a la cama, para acostarse, para dormirse. Yo sé que adelantar la hora de irse a la cama es difícil, porque hay muchas extraescolares, hay muchos deberes, cenamos tarde… Pero hay que introducir pequeños cambios en la vida y decidir qué es lo importante para mí, no qué es importante para el resto de familias del colegio, o qué es lo que hacen mis hermanos. Qué es lo que me funciona a mí, a nosotros, como familia. Y a lo mejor en esta etapa de tu vida lo que te funciona es: que no haya extraescolares, cenar a las seis de la tarde como hacen en tantísimos países en lugar de cenar a las ocho. Y es raro en algunos países cenar a las seis, pero a lo mejor es lo que nos va bien. Pues vamos a ser valientes. Vamos a introducir los cambios que nos acercan a vivir la vida que yo quiero vivir, la vida que nos va a permitir estar en armonía. Aquí sí que es verdad que tengo que hacer un pequeño paréntesis y es que a veces es imposible porque los padres terminan de trabajar muy tarde. Pero aun así, cuando los padres terminan muy tarde y se llega muy tarde a casa, se puede tener la cena preparada. Se puede tener la mesa puesta desde el desayuno si nadie va por casa desde entonces. Se puede simplificar para que el proceso de la noche, la parte logística, sea lo más corta posible y poder acostar a los niños cuanto antes.

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Esther García. Hemos hablado de herramientas que podemos utilizar, de errores que cometemos, de un montón de cosas. ¿Pero cuál debería de ser nuestra prioridad como padres a la hora de educar a nuestros hijos?

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Amaya de Miguel. La prioridad de los padres con respecto a los niños, yo creo que también en cualquier relación importante, no solo con los niños, es la conexión. Que haya un buen vínculo con tus hijos. A diario. Varias veces al día. Mira, hay una pregunta que yo hago mucho en las charlas que doy, en las clases… Y a veces hay mucha gente. Y siempre pregunto esto: «En la relación diaria, en tu familia, con tus hijos, ¿cuál es el porcentaje de instrucciones y cuál es el porcentaje de conexión?». Y me responden en porcentajes. Hay gente que me dice 50-50.

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La mayor parte me dicen 80 % de instrucciones, 20 % de conexión. «Solo instrucciones», me dicen algunos. 70 % de instrucciones. El objetivo, el objetivo que tenemos que tener es 80 % de conexión. Cuando nos levantamos por la mañana y decimos: «Hoy no voy a gritar, hoy no voy a gritar, no voy a gritar», eso hay que sustituirlo. «Hoy voy a conectar con mis hijos. Hoy voy a fortalecer el vínculo. Hoy voy a compartir complicidad. Hoy voy a hablar con ellos. Voy a jugar con ellos. Voy a acariciarlos. Voy a compartir el silencio». Es que tampoco se necesita hablar para estar en conexión con una persona. Por eso el principal objetivo tiene que ser la conexión. Es lo más importante para que las cosas en familia vayan bien, para que tú te sientas satisfecha. Porque muchos de mis alumnos, antes de ser mis alumnos, se van a la cama con muy mal cuerpo, llorando. «Qué mal lo he hecho, he gritado, estoy tratando mal a mis hijos…». Con una carga de culpa que no ayuda a nadie. No vale la pena. Si te centras en crear este vínculo fuerte, incluso cuando hay conflicto, tú te centras en el vínculo, te centras en la conexión, intentas alimentar esa relación, le das de comer a la relación, te vas ir a la cama tranquila. «Hoy he conseguido duplicar el vínculo con mis hijos». De manera que yo te invito a que esta semana lo dupliques con tus niñas y la siguiente semana dupliques lo que ya has duplicado.

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Se puede conectar mientras las peinas, mientras vais al cole, mientras estáis haciendo la higiene personal: lavándoos los dientes, preparándoos para las duchas… Se puede conectar haciendo las tareas domésticas. Es que no significa que vamos a estar todo el día jugando. No. Significa que recogemos la habitación con música y bailando. Significa que, mientras estamos recogiendo la mesa, te cuento dos chistes que me he preparado antes, porque yo no soy chistosa, pero sé que tú sí. Entonces me los preparo para alimentar esa conexión. Significa, como decíamos antes, que si un niño de 13 años no se quiere lavar los dientes, lo llevo arrastrándolo por los tobillos. ¿Estoy dando instrucciones en ese momento? Pues tal vez, porque le estoy diciendo que se tiene que lavar los dientes. Pero lo que prevalece, lo que pesa ahí, es el vínculo. Estoy construyendo vínculo.

¿Debemos preocuparnos por los celos de nuestros hijos? Amaya de Miguel
44:34
Esther García. Por último, quería preguntarte, que nos centramos siempre a lo mejor mucho en los niños y en los pequeños. ¿Y qué consejos nos darías a los adultos que no podemos descuidar?

44:44
Amaya de Miguel. Mira, una de las cosas que yo intento compartir con mis alumnos en ‘Relájate y educa’ es que tengan una mentalidad de familia. Y en la mentalidad de familia, para construirla, para definirla, nos hacemos esta pregunta: «¿Qué necesita cada una de las personas de este grupo en este momento, incluyéndome a mí? ¿Y qué tengo que hacer para conseguirlo?». Porque otra de las preguntas que hago en las clases que imparto es, a los padres y a las madres que vienen: «¿Qué lugar ocupas tú en tu lista de prioridades?». Y el 95 % me responden: «Yo no estoy en la lista». «Estoy la última. Estoy la última». Y eso no funciona, porque si lo que queremos es tener un buen ecosistema, un buen modelo de familia, un grupo sano, todos tenemos que estar bien. Hay muchas madres, sobre todo, que me dicen: «Yo con los niños lo estoy haciendo bien, pero yo estoy fatal. Estoy destrozada, estoy triste, no estoy satisfecha…». Entonces algo no funciona. ¿Qué modelo les estoy dando a mis hijos si yo no estoy bien? En cualquier caso, yo creo que uno tiene que estar bien, no solo por sus hijos, tiene que estar bien por uno mismo. Yo tengo que estar bien porque me quiero cuidar, porque para mí es importante vivir una buena vida. Pero en el contexto familiar es importante que todos los que componemos el grupo estemos bien. En grupos de dos, en grupos de siete, con abuelos… Sean los que sean los que están en ese grupo, cada uno de nosotros tiene que estar bien. Los adultos somos el árbol. Yo me imagino que yo soy un árbol y que en mis ramas estoy sosteniendo a la familia.

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De hecho, no solo sostengo la familia. Sostengo muchísimas más cosas. Tengo que llevar el coche al taller… Tengo que hacer muchas más cosas. Pero, entre ellas, estoy sosteniendo a mi familia. Si este tronco está seco, está quebrado, está con las raíces arrancadas, va a acabar partiéndose. Así no puedo sostener a nadie. En cambio, si el tronco está fuerte, sólido, bien arraigado, flexible, me va a resultar muchísimo más sencillo sostener a la familia, sostenerme a mí misma y hacer todo lo que tengo que hacer que no se limita al núcleo familiar. Por eso en ‘Relájate y educa’ una de las cosas que hacemos es transformar al adulto para que sea capaz de estar bien. Porque cuando yo estoy bien, primero, estoy bien, y esto ya me parece un fin en sí mismo. Y segundo, las personas de mi alrededor van a estar muchísimo mejor, porque yo soy piedra angular de esta familia. ¿Y qué podemos hacer para conseguirlo? Uno, simplificar nuestras vidas. Hay mucha gente que tiene espacio para simplificar. Me decía una alumna que ella, cuando llegaba a casa y veía la cesta con ropa para planchar, se ponía muy nerviosa, con mucha tensión y enseguida tenía que planchar la ropa. En lugar de estar con sus hijos, que es lo que le apetecería. Y además no le gustaba y estaba muy malhumorada. Cuando consiguió simplificar su vida, decidió comprar ropa que no tuviera que planchar. Y planchar menos ropa. Y las sábanas antes las planchaba y dejó de plancharlas.

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Decidió simplificar. Y el tiempo que ganó lo utilizó para estar en familia, que es lo que a ella le daba placer y le hacía sentirse bien. Otra alumna me dijo un día: «Mira, Amaya, yo de mi infancia no recuerdo lo ordenada que estaba mi casa. Yo lo que recuerdo eran los buenos ratos que pasaba con mis hermanos y con mis padres. Eso es lo que recuerdo de mi infancia». Y yo creo que lo que nos dijo ella es clave. Al final, como se van a construir tus hijos, no es por ver un salón impecable. Tiene que haber orden, tiene que haber limpieza. Pero eso no puede ser lo prioritario. Que esté todo impecable no puede ser lo prioritario. Lo prioritario tiene que ser que entre nosotros haya unas buenas relaciones. Y para eso simplificar es fundamental. Quita los cojines del salón, ponles unas fundas. Que se manchen. No pasa nada. Dentro de 10 años las quitas y tienes tus sofás maravillosos con los cojines de nuevo. Pero ahora a lo mejor no es el momento. A lo mejor tienes que dejar de comer primero, segundo y postre y hay que empezar a hacer platos únicos o dos cenas frías a la semana. Si son sanas, no pasa nada. Simplificar, cambiar nuestras prioridades y empezar a priorizar lo afectivo, lo emocional, el bienestar interno. No solo lo externo. El sofá es externo, mi bienestar es interno. Regalarnos micro placeres, porque los grandes placeres, cuando tienes hijos y sobre todo si son pequeños, va a ser muy difícil que los tengas. Pero a lo mejor sí puedes tener microplaceres, pequeñas cosas, pequeñas capsulitas que te hacen sentir bien. Yo te voy a contar cuáles son las mías.

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A mí hay dos cosas que me hacen estar muy bien. Me producen mucho bienestar y las considero mi responsabilidad, porque yo quiero estar bien por mí y por los demás. Entonces no son una elección, no son un regalo, son una prioridad. Me responsabilizo y he establecido un sistema para poder hacerlo. Me encanta la lectura, soy una gran lectora. Y mi momento de la lectura es por la noche en la cama. Pero si me iba con el móvil a la cama: «Ay, voy a ver si me ha escrito algún alumno». Yo vivo en el extranjero. «Ay, voy a leer los periódicos del país en el que vivo, de otros países donde he vivido antes y de España y luego leo». Pero es mentira, luego no leo, porque el móvil es superadictivo. Se hace tarde. «Buf, hoy tampoco me ha dado tiempo a leer». Algo que me da mucho bienestar no lo hago porque tengo el móvil. ¿Qué hice? Me compré un despertador analógico. Y el teléfono no entra en mi dormitorio. De manera que, cuando yo me meto en la cama prontito para poder tener un ratito para mí, como no tengo móvil, tengo libro y leo. Y los periódicos los leo en otro momento del día y a los alumnos los atiendo en otro horario. Pero he necesitado implantar el sistema. He necesitado el despertador analógico, porque la fuerza de voluntad no es suficiente para mí y para casi nadie. Hay que establecer buenos sistemas. Te voy a contar la segunda cosa que me da muchísimo placer. Siestas muy cortas de 15-20 minutos, con despertador. Me recargan y me devuelven la energía y me hacen estar fenomenal toda la tarde. Pero a veces estoy trabajando y estoy muy bien. Y está muy fluido todo.

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Entonces, ¿parar ahora para echarme una siesta de 15 minutos? Y paro. Paro, porque sé que la prioridad es mi descanso para luego seguir a tope. Porque si no, dos horas más tarde, me duele un poquito la cabeza, estoy más cansada o estoy más malhumorada. No siempre, a veces. No siempre me echo la siesta, pero intento que sea bastante frecuente. Hay alumnas que me dicen: «Me encanta bailar, es que me encanta, pero el dinero que me tengo que gastar para ir a bailar, alguien que se quede con los niños, ir a la discoteca, con el COVID no podemos ir a ningún sitio… Pues no bailo». Pero puedes bailar en tu casa, puedes bailar en tu cocina. Puedes bailar el martes a las nueve de la noche. Si tienes pareja, con tu pareja, o sola. Puedes bailar el sábado por la mañana con tus hijos. Y lo puedes poner en tu calendario para crear ese sistema. Para ser responsable. Entonces yo os invito, te invito, a que recuperes estos microplaceres que no tienen por qué ser grandilocuentes, que no necesitan cambios estructurales grandes, que los integres en tu día a día, pero que establezcas el sistema. Los martes a las nueve cita con mi pareja en la cocina para bailar en cuanto los niños se acuesten. «Ay, no me apetece, me da pereza». «No pasa nada. Es el día de baile. Te va a dar pereza cinco minutos». Después vas a estar desatada bailando en tu cocina pasándotelo muy bien. Y riégate. Cuídate. Tienes que saber qué es lo que te hace sentir bien y acercarte a ello. A lo mejor no lo consigues de la manera óptima como te gustaría, porque tus circunstancias con una niña de nueve años y una de cinco son las que son, pero te puedes acercar.

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Hay gente que me dice: «A mí es que me encanta hacer ejercicio, pero veo que no voy al gimnasio». No vayas al gimnasio. ¿Vives en un tercero con ascensor? Deja de usar el ascensor. ¿Vas en coche al trabajo? Aparca el coche dos manzanas antes, bájate del metro dos paradas antes. Vete caminando, vuelve corriendo, llévate una comba al parque cuando vayas con tus niñas. ¿Qué puedo hacer en mi día a día para integrar cosas que me hacen sentir bien, que son buenas para mí y que me dan placer? Vamos a ser creativos, vamos a ser valientes y las vamos a integrar. Y esto nadie lo va a hacer por ti. Y no es optativo. Yo creo que es una responsabilidad y cuando lo hacemos mejoramos nosotros y mejora toda nuestra comunidad, todo nuestro grupo.

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Esther García. Pues nada, Amaya. No tengo más preguntas. Ha sido un placer conocerte y pasar este rato contigo. He aprendido un montón e intentaré poner en práctica todo lo que has comentado aquí, porque seguro que me va a servir.

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Amaya de Miguel. Esther, para mí ha sido un auténtico placer estar aquí contigo. Me han encantado las preguntas. Muchísimas gracias y espero que tengas una estupenda familia.

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Esther García. Muchas gracias.