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Montserrat Villar. Como antes os comentaba, en los cielos hemos sido capaces de distinguir estos ciclos que nos permitían medir el tiempo. Y esto se remonta a mucho tiempo. Y tenemos registros, o por lo menos evidencias, de un intento de medir el tiempo en huesos de animales, por ejemplo. En la cueva de Blanchard, en un abrigo, es decir, una cueva poco profunda al pie de un acantilado en Francia, se encontró, por ejemplo, una placa, un hueso, de unos 30.000 años de antigüedad donde se habían practicado más de 60 incisiones que iban cambiando de forma y que estaban claramente asociados con el ciclo de la Luna. Como dos ciclos de la Luna, algo que completaba esos dos ciclos de la Luna, desde la luna nueva hasta la luna llena, etc. Ya allí se intuye, todo este tiempo atrás, primero un registro del ciclo de la Luna y quizá un intento de medir el tiempo. Esos ciclos celestes, en distintas culturas a lo largo del tiempo, fueron la base de los primeros calendarios. Nuestro calendario tiene 365 días. El calendario oficial es el calendario gregoriano, que es heredero del calendario egipcio, donde ellos ya tuvieron un año de 365 días. Era un calendario basado en el ciclo del Sol, otros estaban basados en el ciclo de la Luna, y que se remonta al tercer milenio antes de nuestra era. Un caso muy, muy interesante es el de las culturas de Mesoamérica. Las culturas mayas en México, en distintas zonas de Centroamérica actual, donde tuvieron un conocimiento astronómico de los cielos muy profundo. Tenían su propio calendario, que también eran distintos tipos de calendarios basados en el Sol y en distintos conceptos, pero ya tenían una forma muy sofisticada de medir el tiempo. Y lo que es muy interesante es que ha quedado constancia de todos esos conocimientos del cielo en registros muy sólidos, por ejemplo, en relieves tallados en piedras, en construcciones, pirámides orientadas de cierta manera, en textos, en imágenes. Por lo tanto, muchas veces oímos hablar del calendario maya o de la astronomía maya, fue importantísimo, muy profundo y realmente fascinante. Entonces, los calendarios nos han permitido rastrear el tiempo por distintos motivos. Necesitábamos organizar la actividad agrícola, por ejemplo. O queríamos registrar eventos importantes en nuestra historia de las distintas sociedades. La Semana Santa actual, de la religión cristiana, está totalmente definida por el ciclo de la Luna, por la luna llena. O sea que esos ciclos del cielo han determinado nuestras necesidades de la actividad económica, política, religiosa, etc. También hemos querido medir el tiempo de una forma mucho más fina, en unidades más pequeñas, digamos, como el transcurso de las horas, y para eso inventamos relojes: relojes de agua, relojes de sol, que también vienen de la cultura egipcia, de civilizaciones muy antiguas. Ya construyeron sus propios relojes para medir el tiempo. El astrolabio fue el primer reloj portátil de la historia que permitía medir el tiempo mirando la posición del sol o de las estrellas. Podíamos medirlo por la noche, por el día, con la enorme ventaja de poder transportarlo de unos lugares a otros. Por tanto, ese astrolabio fue un instrumento de medida del tiempo muy, muy útil y muy utilizado. En la actualidad, esos ciclos del cielo, que se utilizaron en el pasado, se nos quedan un poco cortos. Siguen definiendo nuestro día a día, el día la noche, etc. Y nuestro calendario sigue siendo solar. Pero para medir la precisión que necesitamos para muchas actividades económicas, muchas actividades de distinto tipo, el funcionamiento del GPS mismo, necesitamos utilizar átomos que tienen una serie de vibraciones que se hacen con un ciclo muy muy fijo, muy rápido, de apenas una mil millonésima fracción de segundo, incluso más fina, muy muy bien cronometrada, medida. Y ese ciclo tan pequeño, ese tictac tan, tan breve, es lo que nos permite tener sistemas como por ejemplo el GPS. Los satélites de GPS tienen relojes atómicos. Y aún hoy se sigue intentando batir esos récords, sea con esas vibraciones de los átomos o con otros procesos atómicos incluso más breves todavía, que permitan ese tictac que cada vez nos va dando un reloj más y más preciso.