“Necesitamos que la sociedad respete a los docentes”
Gilles Lipovetsky
“Necesitamos que la sociedad respete a los docentes”
Gilles Lipovetsky
Filósofo y sociólogo
Creando oportunidades
La importancia de la educación en la era del individualismo
Gilles Lipovetsky Filósofo y sociólogo
“Pensar libremente no es decir cualquier cosa”
Gilles Lipovetsky Filósofo y sociólogo
Gilles Lipovetsky
El consumo, la política, la sexualidad o la educación: el deseo de agradar a los demás -o según Gilles Lipovetsky "la seducción"- ha invadido todos los ámbitos de la vida social. Esa es la tesis que defiende el filósofo y sociólogo francés en su último trabajo 'Gustar y emocionar'. Reconocido internacionalmente como uno de los pensadores más originales e importantes del cambio de siglo, Lipovetsky publicó su obra principal en 1983: ‘La era del vacío: ensayo sobre el individualismo contemporáneo’, donde reflexiona sobre lo efímero y lo superficial.
Lleva treinta años observando y analizando el mundo presente. El ensayista por excelencia de la posmodernidad -que él prefiere tratar de 'hipermoderna'- examina el consumismo, la educación y la cultura como mercancías, los fenómenos de masas, la moda, el ecologismo o los mass media. Y lo hace de manera clara, con perspectiva histórica y alejándose de la óptica filosófica convencional. “Soy un sociólogo en la filosofía o un filósofo en la sociología”, rehúye de etiquetas Lipovetsky. Entre sus nutritivos libros, traducidos a más de veinte idiomas, se encuentran los superventas: ‘El imperio de lo efímero’, ‘De la ligereza’, ‘La tercera mujer’ o ‘La estetización del mundo’.
Lipovetsky actualmente es profesor de Filosofía en la Universidad de Grenoble. Ha sido nombrado caballero de la Legión de Honor -máxima distinción de Francia- y es doctor ‘honoris causa’ en media docena de universidades de varios países. Reclama para sus colegas docentes más formación y medios: “Los estados deben tomarse la formación de los profesores como una inversión, no como un gasto”, asegura. Cree en la educación como respuesta. “Nuestro destino depende del compromiso de la humanidad con la escuela”, sentencia.
Transcripción
Pienso que solamente una gran inversión, un esfuerzo considerable en la educación, puede dar solución a estos problemas. La educación moderna, para responder a la pregunta, hizo un gran trabajo. Básicamente, escolarizó. Y funcionó. Produjo una escolarización masiva. Enseñó a leer, a escribir y a sumar a las grandes masas de la sociedad. Y solía ser suficiente para trabajar en una fábrica, en el campo, en fin… Con eso bastaba. Pero ahora ya no. Hoy en día, necesitamos otras habilidades. Y surgen nuevos problemas. Acabo de mencionar el problema sanitario, el alimentario, el ecológico. Todo eso me lleva a pensar que estamos ante un nuevo desafío, un reto educativo, que me parece esencial. Creo que la salvación del ser humano depende de la educación. ¿Por qué? Porque la solución a nuestros problemas se halla en la innovación. Lo repito: no creo en una solución basada en la moral. Es decir, es la inteligencia humana la que puede resolver los grandes problemas. La inteligencia humana es la que puede inventar soluciones, y eso es lo que llamamos “innovación”. A través de la ciencia, las técnicas, los diferentes modelos, de todo lo que queráis. Inventamos nuevos productos, nuevas maneras de producir, nuevas formas de consumir. Pero esa inteligencia humana que inventa, que innova, ¿de dónde viene? Pues de la educación. Así que debemos comprender que nuestro destino depende de ella, del compromiso de la humanidad con la escuela, con la investigación de primer nivel, que desarrolla la inteligencia colectiva e individual, y luego con las universidades, la investigación, los laboratorios, en muchos sitios. Todo eso se basa en la educación. Si no formamos correctamente a los jóvenes, tendremos menos personas que se dediquen a la investigación. Y debemos multiplicar las fuentes de talento.
Es a través de la educación que la creatividad humana puede encontrar milagros, entre comillas, aunque sean milagros basados en la razón humana. Por tanto, pienso que aquí tenemos algo fundamental que le otorga un nuevo lugar a la educación. Además, creo que hay un aspecto que no se remarca lo suficiente. Y es, me parece, que la vocación de la educación no se reduce a desarrollar la innovación humana a escala global, sino que también permite un desarrollo global del individuo. Por eso defiendo mucho la educación artística. Creo que debemos introducir en las escuelas, entre los más pequeños, cursos o… la sensibilización a la práctica del arte, al amor por el arte. Porque el amor al arte, como tocar música, cantar, pintar, hacer fotos, lo que sea, todas las formas del arte permiten al individuo hacer algo que le gusta y luego encontrar satisfacciones a lo largo de su vida. Creo que forma parte de una educación democrática, en el sentido de que la democracia no es solamente un régimen político, sino que también debe permitir la realización del individuo. Nos sentimos más realizados tocando música que comprando ropa de marca en un centro comercial. Creo que eso forma parte de los ideales democráticos.

“Nuestro destino depende del compromiso de la humanidad con la escuela”
El problema de nuestros tiempos es que educamos a los niños para que sean autónomos. Por ejemplo, para no esconderos nada, cuando yo era niño, o incluso adolescente, no tenía derecho a elegir la ropa que me ponía. Mi madre escogía por mí, sin consultarme, las camisas, los jerséis o los abrigos que me ponía. Y era lo normal. Ella organizaba mi vida, pero ahora, ningún padre se atrevería a hacer eso. Cuando el niño necesita zapatillas, lo llevamos a una tienda de Nike /NÁIK/ y le preguntamos: “Cariño, ¿cuáles quieres?”. El niño se pone a mirar y dice: “Estas no”, etcétera. Escoge él. Educamos a los niños fomentando su autonomía individual. Porque somos sociedades hiperindividualistas. Entonces, desde que son pequeños, les decimos: “Vamos a celebrar tu cumple. Dinos a quién quieres invitar. ¿Qué quieres que hagamos?”. Y el niño decide. “¿Y tu cuarto? ¿Cómo lo quieres decorar?”. Y es el niño el que dice: “No, quiero tal o tal póster”. Etcétera, etcétera. Decide él. Creo que el problema de hoy en día es cómo educar para la autonomía individual, preparar su autonomía, porque valoramos dicho modelo, no queremos hijos serviles, obedientes, sino niños que ejerzan su voluntad, su libertad individual, pero, al mismo tiempo, necesitan normas. La autonomía no puede ser una autonomía total. Ser libre no consiste en hacer cualquier cosa. Porque vivimos en sociedad, hay reglas, y, por tanto, todo el arte, digamos, educativo de hoy, debe ser eso: ¿cómo criar a un niño para que sea autónomo, pero estableciendo reglas? Y a este también se le agrega otro problema, que consiste en la ansiedad de los padres de cara a sus hijos, que no se traduce necesariamente en protección, sino en una especie de superabundancia de actividades. Entonces, hoy por hoy, los padres han integrado que los resultados escolares ya no bastan, y, por ende, hay una especie de fiebre por que los hijos tengan actividades extraescolares. Así que los mandamos a clubs, a aprender música, a hacer teatro, deporte, yo qué sé, toda clase de actividades, como si en cierto sentido buscáramos que los niños estén siempre ocupados, que en ningún momento estén sin hacer nada. Es la traducción, tal vez, de un sentido de responsabilidad de los padres. Creo que los padres están ansiosos por sus hijos, mientras que antes lo estaban mucho menos porque había modelos tradicionales. Las cosas eran así, la gente no se hacía tantas preguntas. No había grandes ansiedades como: “¿Lo estaré haciendo bien?”, “¿Me estoy equivocando?”. Era así y ya está. Hoy en día, para nada. Hoy lo que importa es: “¿Lo hago bien?”. “¿Qué tengo que hacer?”.
Así que contratamos orientadores, leemos libros… Y además se complica, porque luego están las relaciones que señalaba antes, padres que se divorcian, relaciones entre los propios niños… ¿Qué es deseable? ¿Qué no lo es? Creo que, globalmente, nos dirigimos, inevitablemente, hacia un modelo ansiogénico, porque ya no tenemos modelo alguno. Simplemente, el modelo tradicional ha explotado. Y cuando la tradición explota… El modelo moderno, dentro de lo que cabe, era a la vez moderno y tradicional, era un modelo ambiguo, contradictorio. Pero ahora es hipermoderno, así que no hay más tradición. No queda ni rastro. Así que el precio a pagar es la ansiedad. La inseguridad parental. No tanto… porque haya que protegerlos, sino porque debemos hacerlos felices, los niños tienen que ser felices. Debemos desarrollarlos, darles todas las oportunidades. La inquietud es aún mayor. Porque la protección, en última instancia… Podemos vigilarlos a través del Smartphone, sí, hay algunos excesos, claro, por saber dónde están, qué están haciendo… De acuerdo. Pero el resto es ilimitado. Para el desarrollo… Y creo que… ahora las personas tienen que encontrar, que inventar, un modelo educativo, y eso no es fácil.
No se trata de algo inevitable. Antes decía que hay países como Noruega, como Singapur, Corea del Sur, que tienen resultados formidables. Pero tienen un cuerpo docente muy bien pagado, con mucha formación. Es muy importante. De hecho, eso es lo que pide el profesorado. Los profesores son personas que, en general, no están impulsadas por la pasión del dinero. Para eso mejor dedicarse a otra cosa. Son personas que aman su profesión. Les gustan los niños, les gusta enseñar. Antes se hablaba de vocación. Quizá ahora no tanto, tiene un lado un poco religioso. Pero bueno, más o menos. He visto y conozco a muchos profesores extremadamente escrupulosos, que se preparan las clases los domingos, incluso para niños pequeños. A menudo les digo: “Te lo sabes de memoria”, pero no, quieren preparárselas bien. Los profesores se esfuerzan por hacer bien las cosas. Pero las condiciones se han complicado porque los niños ya no son los mismos, las asignaturas han cambiado, ahora estamos en un mundo móvil. Las exigencias son mucho más elevadas. Creo, digamos, que… Desde los años 60, hemos privilegiado mucho la formación, la educación con relación a los niños, los jóvenes, con nuevas prácticas pedagógicas. Pero hemos descuidado la formación de los profesores. Mi amor por los libros, mi interés por los problemas del mundo se los debo a la escuela, a mis profesores. Pero ahora, Google nos da inmediatamente las respuestas que antaño hubiéramos pedido a los profesores. Porque no sabíamos dónde buscar las respuestas. Eso cambia el modelo por completo. ¿Cómo enseñar hoy en día en la era de internet? Porque los profesores son absolutamente necesarios. No es cierto que internet vaya a hacer prescindibles a los profesores. Hay teóricos que han desarrollado esa tesis. Yo estoy en contra de esa visión. Pienso que cada vez necesitamos más profesores. El factor humano es esencial en la formación. Todos lo saben, sobre todo los más pequeños. Tenemos a un joven de 12 años, el año pasado le iba muy bien en Historia. Al año siguiente, suspende. ¿Cómo es posible? La asignatura es la misma. Pero el profesor es otro. Los niños reaccionan enormemente a la relación pedagógica. Creo que los profesores lo entienden, lo saben. El problema es cómo manejar esto. Debemos, no ya inventar formaciones autoritarias, sino encontrar maneras para que los profesores se perfeccionen permanentemente, que es lo que piden.
El factor humano es esencial en la formación. Todos lo saben, sobre todo los más pequeños. Tenemos a un joven de 12 años, el año pasado le iba muy bien en Historia. Al año siguiente, suspende. ¿Cómo es posible? La asignatura es la misma. Pero el profesor es otro. Los niños reaccionan enormemente a la relación pedagógica. Creo que los profesores lo entienden, lo saben. El problema es cómo manejar esto. Debemos, no ya inventar formaciones autoritarias, sino encontrar maneras para que los profesores se perfeccionen permanentemente, que es lo que piden. Eso cuesta dinero. Los estados deben tomarse la formación de los profesores como una inversión, no como un gasto. Es una inversión para el futuro. Tenemos las herramientas, podemos crear toda clase de herramientas, formaciones, reflexiones, para que los profesores vean otros modelos, ver qué funciona, divulgar los nuevos métodos que los profesores inventan en todo momento. Creo mucho en eso. No creo en la ciencia pedagógica. La pedagogía… Puede haber una ciencia de la educación, desde luego, pero la pedagogía no es una ciencia; es un arte. Y creo que podemos perfeccionarla con modelos. Tenemos que aprender a observarnos mejor, ver lo que hacemos, ver por qué algo no funciona, cómo corregirlo. Creo que ese es el futuro.
Nunca hay que contentarse con una sola fuente. Hay que buscar otras y comparar. En segundo lugar, hay que enseñarles a los niños que hay fuentes que no tienen la misma… digamos, dignidad intelectual, por decirlo así… Un blog personal está bien, pero conviene ser prudente. Es mejor recurrir a sitios web o periódicos oficiales que firman con su nombre, y no bajo pseudónimo, lo cual permite decir cualquier disparate. El espíritu crítico, en concreto, significa eso. Significa desarrollar el espíritu de prudencia, el espíritu de análisis, de comparación. Ya sería muchísimo. Cuando vemos los sondeos, es increíble. Pensábamos que la modernidad haría retroceder las supersticiones, las creencias absurdas… Pero no, regresan. ¿Y por qué regresan? Porque muchos usuarios de las redes sociales no recurren más que a un solo sitio, el que tenga ideas más afines a las suyas, al menos en apariencia. El espíritu crítico exige pluralismo. No podéis tener libertad de pensamiento si solo disponéis de una fuente. Eso no existe. En principio, si leéis algo que solo aparece en un sitio, conviene desconfiar. Eso no quiere decir que sea falso, pero conviene ser escéptico. Tenemos que desarrollar el escepticismo, no como objetivo, sino como medio. El objetivo no es el escepticismo. No hay que dudar de todo. No hay que dudar de que la Tierra sea redonda.
No hay que dudar de la evolución de las especies. En todo caso, tenemos, imperativamente, más que nunca, que desarrollar eso, porque antes eran las religiones y las grandes ideologías totalitarias las que amenazaban el espíritu libre, el espíritu crítico. Actualmente, la gran amenaza es otra. La amenaza viene de las redes sociales, de las “fake news”, y en esto la escuela es esencial. Si les damos buenos reflejos, enseñándoles a los niños, mediante ejercicios… Hay toda una pedagogía posible relacionada. Y es esencial. Si no, los niños no lo saben, leen algo y se lo creen. Hay que decirles: “No, no te lo tienes que creer. El buen método es contrastar con otros sitios, cruzar la información, preguntarte: ¿Es esto cierto? Ese es el primer acto. Lo que estoy leyendo, ¿es cierto? ¿Podemos confirmarlo? ¿Lo confirman buenas fuentes?”. Es una tarea colosal la que hay que hacer, una tarea de salvación pública.

“Ser libre no consiste en hacer cualquier cosa, porque vivimos en sociedad y hay reglas”
Podemos decir que hay dos grandes categorías de civilización en la historia de la humanidad. Básicamente, ha habido sociedades previas a la modernidad que podemos llamar “holísticas” o “tradicionales”. Y aparte, las sociedades modernas.
Las sociedades holísticas son aquellas en las que el “todo” prima más que la “parte”. Es decir, la organización de la sociedad escapa a la libertad de los hombres. Concretamente, esto incluye nuestras leyes, normas, modos de actuar, de hablar…
Todo eso nos llega del pasado, de los ancestros o de los dioses. Como veis, el modelo se basa en que los hombres no son dueños de su destino. Se inscriben en un mundo heredado que los filósofos llaman “heterónomo”, por los dioses, los antepasados…
Y debemos reconducir las cosas. Concretamente, significa que las personas comen, trabajan, bailan, cantan… reproduciendo los modelos. Y me diréis: “Eso ha cambiado”. Claro que sí. Desde el paleolítico, los hombres no han dejado de cambiar. Pero rechazaban el cambio y pensaban que no cambiaban. Como veis, es una cuestión cultural. El modelo de entonces son sociedades en las que el rey es el representante de Dios en la Tierra y, por tanto, está ahí para hacer que se respete la ley divina, que no proviene de los hombres. Dicho esto, podemos considerar que, desde el siglo XVII, algo se fractura. Lo que sucede, en definitiva, es que las sociedades modernas van a establecer tres dispositivos completamente nuevos. Uno, una lógica tecnocientífica. Dos, una lógica de economía de mercado. Y tres, una lógica que podemos llamar “de individualismo democrático”. El primer modelo lo encontramos, perdón por la referencia, en Descartes /DEKÁRT/, es decir, a comienzos del siglo XVII. La idea es que, mediante la ciencia, el hombre puede convertirse en maestro y dueño de la naturaleza. Esta idea es profundamente moderna. Cuando leemos a los antiguos, los griegos o anteriores, no encontramos la idea de que el hombre pueda convertirse en el amo del planeta. Somos sociedades cada vez más tecnocientíficas, con la idea de que el ideal humano no es someterse a la naturaleza, sino cambiarla para vivir mejor. Esta dinámica empezó muy lentamente, empezó a acelerarse en el siglo XVIII, XIX, y en el siglo XX alcanza una amplitud considerable. Y, como ya sabéis, actualmente nos encontramos con la inteligencia artificial, la nanotecnología, la conquista del espacio.
El segundo modelo es, como he dicho, una economía de mercado, una economía liberal, porque, desde siempre, los hombres han tenido formas de economía, pero la economía estaba integrada en reglas sociales que hacían que los intercambios y la producción estuvieran controlados. En el siglo XVIII, se produce la invención del paradigma que llamamos “la mano invisible”, la idea de que, dando plena libertad a los deseos de enriquecimiento de los hombres, así como a las pasiones egoístas, iremos hacia un mundo mejor. Ese el modelo de “la mano invisible”. Los vicios privados… Todos quieren ganar dinero, todos se quieren enriquecer… Pero, en realidad, de manera invisible, esto beneficia a toda la colectividad. ¿Por qué? Porque genera competencia, competición y, por ende, innovación. Entonces, desde el siglo XIX, se pone en marcha una economía de mercado que va, evidentemente, a transformar completamente el mundo en el que vivimos, generando desigualdades, una división entre personas muy pobres y muy ricas… Finalmente, el tercer modelo es el modelo cultural o ideológico-político del individualismo democrático. Este punto es extremadamente importante y es el que más me ha preocupado en mis investigaciones. Las sociedades modernas han inventado… cómo decirlo, un paradigma que plantea que todos los hombres son libres e iguales. Es la primera vez, porque, en las sociedades antiguas, los hombres no son libres ni iguales. Hay nobles, hay aristócratas, hay castas en la India… Los hombres no son iguales, no tienen los mismos derechos. Y, sobre todo, no se les reconoce libertad.
Voy a daros algunos ejemplos concretos para que lo entendáis. En las sociedades de la antigüedad, los matrimonios eran concertados. Desde siempre, desde siempre. El matrimonio no era algo libre. En ocasiones, había matrimonios concertados por la familia antes incluso de que nacieran los novios. Para que veáis. Y era algo legítimo, no eran unos bárbaros. La costumbre era esa. A las personas no se les reconocía autonomía ni soberanía sobre sus propias vidas. Así que el modelo que establecen las sociedades modernas es radicalmente opuesto, y se concreta, por ejemplo, en los derechos humanos. Entonces… este modelo es completamente revolucionario, evidentemente. Porque, concretamente, ¿qué supone? Supone que el hombre se convierte en el amo de su propia vida.
A él le corresponde organizar su propia vida según su voluntad, sus ideas, y, a la vez, es al hombre a quien le corresponde diseñar sus leyes. Es decir, la sociedad se convierte en la obra, en principio, de la soberanía popular, de la democracia. La democracia es el poder del pueblo, el poder del pueblo, es el pueblo el que rige sus leyes. Como ya he dicho, antes no era así. Las leyes las recibíamos de ahí arriba o del pasado. Pero ya no. Los hombres pasan a ser los que deben hacer las leyes. Hacen las leyes y también pueden cambiarlas. Como veis, es un modelo de posesión, de gobernanza de uno mismo y del mundo en el que uno vive. Por simplificar, en los años 80, más o menos, este modelo, en mi opinión, se radicalizó. Cuando propuse la idea de “hipermodernidad”, había un gran debate en la vida intelectual de entonces: la cuestión acerca de la posmodernidad. Y es una forma de criticar ese concepto. No creo que estemos en sociedades posmodernas. “Posmoderno” significaría que la modernidad se ha terminado. Y creo que podemos demostrarlo de una manera muy sencilla, mostrando que estos tres modelos de los que acabo de hablar no han hecho más que radicalizarse. La tecnociencia es evidente: todos los días, las sociedades humanas registran miles de patentes. Las proezas científicas nos asombran cada día más. Respecto al primer modelo, es fácil de entender. Basta con ver los progresos tecnocientíficos.
El segundo modelo requiere también ciertas aclaraciones. Como decía antes, el modelo del mercado se establece en el siglo XVIII, pero sobre todo en el XIX, aunque aún se le ponen límites. Por ejemplo, el deporte, los museos, la escuela… Todo eso estaba al margen del mercado. Ahora, el mercado está en todas partes. Se habla de mercado futbolístico, de mercado deportivo. En lo educativo, muchas universidades son ahora privadas. La cultura, el saber, entran en el modelo del mercado. El mercado no ha hecho más que engordar, crecer. Se ha radicalizado. Lo que antes estaba todavía separado o protegido del mercado es incorporado al mercado. Por último, el tercer… Lo mismo sucede con el tercer paradigma. El individualismo se introduce en el siglo XVIII, aproximadamente. Pero, por ejemplo, el modelo no se aplicaba a las mujeres. Se aplicaba, esencialmente, a los hombres. Los hombres son libres e iguales, tal vez, pero, durante bastante tiempo, las mujeres no. Y creo que, desde los años 80, entramos en una lógica nueva que hizo explotar ese modelo. También en esto, vemos que todos los cerrojos saltaron por los aires, y por esa razón propuse el modelo de una “hipermodernidad”.

“La pedagogía no es una ciencia, es un arte”
Luego están las relaciones amorosas. Cuando rompemos con la persona a la que queremos, nos convertimos en los más desgraciados del mundo. La felicidad no está en nuestras manos. Creo que los hombres tienen mucho poder sobre el mundo que les rodea. Podemos hacer muchas cosas. Podemos mitigar las enfermedades, los virus, ahora vivimos más tiempo… Ahora tenemos una esperanza de vida de 75 años, de 80 para las mujeres, etcétera.
En fin, es un progreso enorme a nivel material, pero no hemos progresado de la misma forma con respecto a la felicidad. El progreso material es incuestionable, incluso si hay mucha desigualdad… Sí, claro, pero aun así, el progreso material es innegable. Pero respecto al progreso de la felicidad, no estoy convencido en absoluto. Vivimos más tiempo, pero vivir más tiempo y de manera más sana no significa vivir más felices.
La felicidad no es una cosa. La felicidad es un sentimiento. Un sentimiento de ligereza. Cuando somos felices, estamos en una nube. Cantamos, bailamos, tenemos ganas de saltar… Cuando aprobáis un examen, os ponéis a saltar, llamáis por teléfono para compartir vuestra felicidad, etcétera. Son momentos fugaces en la vida. Todos vivimos momentos de felicidad, momentos, pero una vida de felicidad permanente… Me cuesta creer que exista. La felicidad no es un estado estable.
Hay un verso de un poeta francés que hace pensar. Es de Louis Aragon, y dice: “Los que hablan de la felicidad suelen tener los ojos tristes”. Eso significa. Está bien que la filosofía dé a conocer lo que los hombres piensan de la felicidad, los modelos de felicidad, particularmente la filosofía griega. Está muy bien, porque hace reflexionar acerca de muchas cosas, pero solo es una herramienta más. No es la solución. Yo creo que no hay una sola solución para la felicidad. Solo existen soluciones. Fugaces, efímeras, cambiantes. La prueba es que lo que nos hace felices a los 15 años no es lo mismo que nos hace felices a los 75. Entonces, ¿cuál es la solución para la felicidad? No hay ninguna. Hay que inventarla cada vez, hay que encontrarla, y está bien dar herramientas para hacerlo. Para poder pensar. Básicamente, ¿cómo separo yo ambas cosas? El bienestar material está, relativamente, a nuestro alcance. Al menos en nuestros países. La felicidad, no me creo tanto que esté a nuestro alcance.
Pero eso no quiere decir que no debamos hacer nada, sino que hay que aceptar la idea de que no es grave no ser feliz en todo momento. No es grave, es normal. No debemos intentar ser felices todo el tiempo. Si fuéramos felices todo el tiempo e inmediatamente, no haríamos más nada. Ejemplo. Quizá a algunos de vosotros os guste tocar música. Imagino que sí, alguno habrá. Os hace felices sentaros ante el piano y tocar un tema que os gusta. Os da un momento de felicidad. Una felicidad pequeña, pero felicidad igualmente. Pero llegar a él os habrá costado esfuerzo. No son muy felices los momentos de entrenarse, practicar, no son divertidos. Hay que aprender. Y después llegan los momentos de felicidad. Si queremos ser felices siempre, entonces… Es lo que pasa en la educación. “No, cariño, no hagas eso. Si no te gusta, no lo hagas”. ¿Cómo va a progresar alguien así, cómo va a acceder a esos momentos de felicidad? Lo mismo sucede con el bailarín. La gracia del baile, etcétera. Exige mucho sufrimiento, mucho entrenamiento llegar a dominar el cuerpo. Pues eso. Creo que debemos enseñar algo distinto a la felicidad. La felicidad no es una materia que se pueda enseñar. Tenemos que enseñar herramientas. Tenemos que enseñar lo que os haga pensar. Lo que os dé… Lo que os permita ampliar vuestra gama de elecciones en la vida. Eso no da la felicidad, pero puede contribuir a ella.
No creo que los hombres de hoy en día, de la hipermodernidad, sean más egoístas que en el pasado. Para nada. No es cierto que las sociedades contemporáneas ya no tengan valores, ya no tengan un rumbo, sí que lo tienen. Seguimos creyendo en la libertad, en la igualdad. Combatimos la injusticia. Lo que pasa es que somos sociedades libres. Entonces, hay desacuerdos, y eso es normal, porque si todos estuviéramos de acuerdo, eso significaría que hemos impuesto una única verdad. Entonces, volviendo a la pregunta, pienso que, en la medida en que no estamos condenados a una decadencia moral, no hay razón para perder la esperanza. Tenemos razones para luchar, para movilizarnos, para alertar, pero no para desanimarnos. Podemos actuar, eso está en nuestra mano, la felicidad no. Pero vivir mejor, vivir juntos mejor, luchar contra la desigualdad, todo eso lo podemos hacer. Mejorar los sistemas educativos es algo que podemos hacer. Y ser pesimista, ¿de qué sirve? El pesimista se dice: “De todas formas, todo irá siempre a peor. Así que me quedo aquí sentado. No tengo por qué esforzarme”. Para actuar, hay que creer. Hay que pensar que nuestras acciones sirven de algo. Si no, ¿para qué? Así que soy un optimista de voluntad porque es necesario para la acción, y también soy un optimista moderno, quizá, y no hipermoderno, porque creo en la ciencia. No creo que sea el gran lobo feroz. Y no creo que la dinámica del individualismo conduzca al naufragio moral. Listo. Os agradezco mucho vuestra presencia y atención. Ha sido un verdadero placer hablar con vosotros. Y os deseo a todos, no la felicidad, sino momentos de felicidad. O al menos, en la mayor cantidad posible. Gracias otra vez. Gracias a todos.