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“No basta con querer a los hijos, también hay que creer en ellos”

María Jesús Álava Reyes

“No basta con querer a los hijos, también hay que creer en ellos”

María Jesús Álava Reyes

Psicóloga


Creando oportunidades

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María Jesús Álava Reyes

Licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Psicología Pedagógica, María Jesús Álava Reyes ha dedicado más de 30 años a la investigación de la psicología en el ámbito clínico, educativo y del trabajo.

Es profesora de la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, y miembro del Consejo Asesor de la Fundación Española para la Promoción y el Desarrollo Científico y Profesional de la Psicología. En su trayectoria, reconocida con el Premio a la Mejor labor de Divulgación de la Psicología 2017, se ha especializado en áreas como control de estrés y ansiedad, motivación y felicidad, desarrollo de habilidades y resolución de conflictos, entre otros temas.

Conferenciante y colaboradora habitual en medios de comunicación, María Jesús Álava es autora, además, de libros como ‘La Verdad de la Mentira’, la enciclopedia ‘La Psicología que nos ayuda a vivir’, ‘La Buena Educación’ y ‘La inutilidad del sufrimiento’, que es una de las obras de no ficción más vendidas en España, Portugal y Argentina, con más de 500.000 ejemplares vendidos.

“Si nos conociéramos más, sabríamos relacionarnos mejor; sabríamos ser felices, que es el objetivo final que todos buscaríamos, y seríamos menos manipulables, que es, en definitiva, el gran objetivo de la educación. Hagamos niños, adolescentes, jóvenes, adultos que sean auténticos, que sean ellos, que no sean manipulables”, propone la psicóloga.


Transcripción

00:01
María Jesús Álava. Soy María Jesús Álava Reyes, psicóloga. He tenido la gran suerte de trabajar en todas las esferas de la psicología: clínica, educativa, del trabajo… Pero para mí la educación es la llave del conocimiento, es la antesala de la felicidad, es el principal pilar que nos permite ser personas auténticamente libres.

00:28
Alicia Polo. Hola, María Jesús. Soy Alicia, soy madre de un niño de 14 años. Está en una edad en la que a los padres nos inquieta muchísimo, la adolescencia. ¿Qué recomendaciones nos podrías hacer a los padres que tenemos niños en esta edad?

María Jesús Álava. Pues encantada, Alicia, encantada de estar aquí contigo. Y, efectivamente, los 14 años son unos años complicados. Fíjate que los psicólogos siempre decimos que de 13 a 16 años es la etapa más difícil, más conflictiva, que, evidentemente, coincide con esa especie de despertar de la adolescencia. ¿En tu caso? Pues en tu hijo estarás viendo que se produce una auténtica revolución. Es decir, por una parte, las hormonas, que están que se sienten, los pobres, como muy desquiciados. Por otra parte, esa necesidad que tienen de reafirmarse, de decir: «Oye, que ya tengo 14 años, que ya soy mayor, que ya no me tienes que decir lo que tengo que hacer». Esa necesidad, además, por separarse y alejarse un poco de la familia, es como sentirse más mayores. También es verdad que la influencia que tienen los amigos en este momento es muy distinta, pero todo es mucho más parafernalia de lo que es en realidad.

Alicia Polo . Ya.

María Jesús Álava. Es decir, 14 años. Oye, de repente cambian, tienen unos cambios muy bruscos de humor, son muy ciclotímicos y de repente se ponen muy retadores. Tú lo estás viviendo un poquito, Alicia.

Alicia Polo. Sí.

María Jesús Álava. Yo te diría, lo primero: paciencia, lo segundo es que tú sabes que es un periodo que va a pasar, afortunadamente. Y después yo te diría: mucha comprensión. Mucha comprensión con él, porque él mismo no se encuentra a gusto, no sabe muy bien dónde está, está buscando su sitio en el mundo, está intentando constantemente encontrarse. Entonces, ¿qué es lo que va a hacer? Comprometer, es decir, va a provocar muchísimas veces. Y lo importante que tiene que sentir es tu confianza, tu tranquilidad, que no pierdes el control. Ahí es un tema crucial, es decir, cuando vea que no entras en sus provocaciones, ahí vas a conseguir muchísima autoridad. Tú sabes que, aunque ahora mismo está diciendo como que no quiere nada contigo, en el fondo te sigue necesitando y sigue necesitando mucho ese afecto y ese cariño. En estos momentos de gran inseguridad, necesita también tu aprobación, necesita sentir que tú sigues sintiéndote orgullosa de él, que sigues pensando que es un chico realmente listo, que confías en ese punto que dices: «Bueno, este es mi hijo de siempre a pesar de que sea tan rarito en este momento». Con lo cual, yo diría: mucha confianza, mucha comprensión, mucha paciencia, muchísimo cariño, no pierdas el control, no caigas en su provocación, porque entonces perderías toda la autoridad. Descúbrele, estate muy atenta. Es decir, en estas edades empiezan a tener situaciones, vivencias muy diferentes. A veces, cuando nos queremos dar cuenta se nos han escapado un poco, se han metido en determinadas situaciones complicadas. Mira muy bien qué hacen, con quién, qué síntomas tienen las cosas que más te puedan preocupar, intenta escuchar mucho, observar enormemente y acercarte solo en aquellos momentos en los que él te lo va a permitir.

03:33
Alicia Polo. ¿Cuál crees tú que es la asignatura pendiente en nuestro sistema educativo o qué asignatura se podría mejorar? Porque es un tema que hablamos mucho los padres cuando nos reunimos.

María Jesús Álava. Fíjate, hay un referente para mí en educación que es Josefina Aldecoa y ella decía que nunca los padres habían estado tan preocupados como ahora por la educación de sus hijos, pero que nunca se habían sentido tan perdidos. ¿Cuál sería la gran asignatura pendiente? Enseñarnos a vivir, clarísimamente. Es decir, nos hubiera ido muy diferente… Yo soy psicóloga, y me ha servido muchísimo en la vida, y lo utilizo todos los días. Pero, ¿por qué tienes que ser psicóloga para que te resulte más sencillo? ¿Qué tal si hubiera una asignatura que se la pudiéramos enseñar a nuestros hijos que es cómo conocerte mejor? ¿Cómo conocerte para aceptarte realmente cómo eres? ¿Cómo sacar lo mejor de ti mismo? ¿Pero cómo conocer a la gente que tienes alrededor? ¿Cómo vas a actuar cuando tienes una persona muy positiva o muy agresiva? ¿Cómo ser mucho más sociable? ¿Cómo aprender a escuchar? ¿Cómo aprender a razonar? ¿Cómo aprender a pensar? Es decir, ¿cómo desarrollar esa inteligencia emocional? En definitiva, sería cómo aprender a vivir. Si nos conociéramos más, sabríamos relacionarnos, sabríamos ser felices, que es el objetivo final que todos buscaríamos, y seríamos menos manipulables, que es, en definitiva, el gran objetivo de la educación. Hagamos niños, adolescentes, jóvenes, adultos que sean auténticos, que sean ellos, que no sean manipulables.

05:10
Alicia Polo. Otra cosa que nos pasa a los padres es que cometemos errores, además, prácticamente los mismos. Cometemos errores comunes. ¿Qué podríamos hacer para evitarlos?

María Jesús Álava. Las principales en este momento, y te voy a dar unos datos además…

Alicia Polo. A ver si me suenan.

María Jesús Álava. Efectivamente, muy claros para nosotros. Primero la sobreprotección. Es decir, es el gran error que estamos haciendo con las jóvenes generaciones. Les estamos sobreprotegiendo tanto…

Alicia Polo. Eso es verdad.

María Jesús Álava. Estamos intentando que su vida sea tan sencilla que, al final, les estamos anquilosando prácticamente. Es decir, siempre decimos: «Si les proteges tanto, no les preparas para la vida», al final van a andar en esta especie de carrera que es la vida, van a andar con muletas, no van a poder saltar los obstáculos con los que se enfrentan. Josefina Aldecoa también decía que los niños aprenden sus recursos practicándolos, viviendo sus situaciones, encontrando sus respuestas, solucionando los problemas que realmente tienen que tener. Se trata de estar a su lado, pero no para ir por delante, simplemente quédate atrás por si acaso en un momento determinado ves que se caen. La sobreprotección, Alicia, es un tema esencial en cualquier edad. Después, hombre, hay algo que es fundamental en la vida, que es ser padres. ¿Hay algo más importante, en tu caso, que ser madre?

Alicia Polo. Bueno, de momento no.

María Jesús Álava. Bien, ¿y tu hijo puede tener otra madre? ¿Por qué a veces los adultos intentamos ser niños, intentamos actuar como colegas? Esta es una de las mayores barbaridades. Esa madre, ese padre, es lo que él busca. Y, además, busca tu directriz y busca tu ejemplo, busca en qué mirarse. Es un papel que jamás va a poder sustituir nadie, no seamos colegas entonces. Luego, a ver, ahora todos decimos: «Tenemos que hablar mucho con los niños», por supuesto, ¿tenemos que dialogar?, sí; ¿tenemos que escuchar?, sí; ¿tenemos que pensar que con el diálogo todo se soluciona?, no. Alicia, esto es una gran mentira. Tú tienes un hijo de 14 años, que a veces te dirá: «Pero no me escuchas. Escúchame, fíjate». Bueno, tú sabes que cuando un chico, una chica quiere conseguir algo y está en medio de una obsesión o de una rabieta, no escucha, no es el momento de dialogar. Es el momento de poner unas normas muy claras y no dejarte llevar por esa aparente bonanza en la que todos pensamos: «Bueno, las cosas hablando…», cuando el otro realmente escucha. A ver, todos los niños necesitan pautas, normas, límites, es un error no ponérsela, como es un error pensar que bueno, que esto no es para tanto, y ceder para evitar males mayores. Esto es algo que vemos en muchos padres. Cuando tú les mandas hacer registros, cuando dices: «¿Por qué no anotas cómo actúa tu hijo? ¿Por qué no anotas cómo responde él ante tu respuesta?». Entonces, te das cuenta que muchísimas veces te toma el pelo. Y tenemos como ese mecanismo de defensa de decir: «Bueno, vamos a ceder». Te dicen aquello de: «Bueno, pero por favor, la última vez». No cedamos, no cedamos para evitar males mayores porque a veces cometemos grandes errores. Y tampoco hagamos que los hijos que se portan bien cedan en función de sus hermanos. No sacrifiquemos a unos porque casi siempre sacrificas al que mejor se porta, en función del otro que es el que tiene mayores dificultades, lo cual es una gran injusticia. Pero hay un tema fundamental que nos preocupa mucho, y es, por favor, enseñémosles a pensar, enseñémosles a razonar. Este es un tema crucial, y favorezcamos un poco. Digamos, una vida en la que ellos intenten ser generosos. Sabemos que la felicidad está en la generosidad. La mayoría de los niños de hoy les educan en el consumismo, y si les damos todo a cambio de nada, empiezan por no dar valor a las cosas y terminan por no dar valor a las personas. Esto es un gran drama. En definitiva, no seamos colegas, no les sobreprotejamos, no cedamos a veces para evitar males mayores. Pongamos una serie de pautas, de normas, de límites claramente establecidas, actuemos en función de cómo es cada niño y con esa singularidad unifiquemos criterios entre los padres. Este es un tema siempre esencial. Tratémosles de acuerdo a la edad que tienen y a la singularidad que ellos puedan transmitirte y démosles siempre confianza, confianza en ellos pero confianza en nosotros. Diálogo sí, pero cuando escuchas. Si no: «Soy tu padre y lo que te voy a ofrecer son unas pautas y unos límites que hay que cumplir».

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"La frustración es el camino del conocimiento y esa es la llave de la inteligencia"

María Jesús Álava

09:40
Alicia Polo. Por lo que estás diciendo, hay un tema que surge muy importante que es la frustración, que además puede ser beneficiosa o puede ayudarles a desarrollarse, es positiva.

María Jesús Álava. Fíjate, Alicia, que comentábamos: primer error, la sobreprotección. ¿Qué haces cuando sobreproteges a un nene? Dices, bueno, le estás quitando las posibilidades de que él experimente, le estás quitando las posibilidades de que se frustre. Un niño, una niña se tiene que frustrar para poder aprender, para elaborar recursos. Esto es uno de los grandes dramas que tenemos ahora mismo. Fíjate, en este momento en los centros de psicología, digamos la etapa, el periodo que más nos viene de gente son jóvenes, jóvenes de dieciocho a treinta años. Hace veinte años, los jóvenes no te venían nunca a un centro de psicología, te los traían los padres cuando estaban muy desesperados, pero no ellos por mutuos propios. ¿Ahora por qué te vienen? Porque no tienen recursos ante la vida, es decir, no han podido elaborar, realmente, no se han podido frustrar, no les hemos dado esa oportunidad. Es decir, ¿la frustración qué es? Imagínate un bebé, un bebé quiere empezar a caminar, ¿qué es lo que hace? Intenta levantarse, se cae. Si en ese momento se frustran, si tú al niño coges y dices: «Ay, pobrecito. Dios mío, por Dios y tal», ¿qué va a hacer? ¿Se va a quedar tres meses quieto hasta que sea capaz de sostenerse antes de empezar a andar? ¿Se va a perder todos esos aprendizajes? Es decir, la frustración, en realidad, es el camino del conocimiento, y esa es la llave de la inteligencia. Claro que te tienes que frustras, porque si no, no vas a vivir, porque tienes que experimentar, porque tienes que darte cuenta cuándo aciertas y cuándo te equivocas, y tienes que aprender, precisamente, de esos errores. Los niños que no se frustran no aprenden en la vida. En la vida van a tener circunstancias difíciles, momentos en los que no les vamos a ayudar, hechos en los que se encuentran realmente muy solos. Como no hayan elaborado esos recursos, lo van a tener muy difícil. A ver, la frustración es necesaria. Hay que quitarle esa fuerza, digamos, tan negativa, y lo tenemos que aprender como al contrario. Es decir, ¿qué haces como padre para que el niño no se sienta mal cuando tiene una frustración? Utilizar el sentido del humor en ese instante.

Alicia Polo. Qué bueno.

María Jesús Álava. Le sacas de la cierta sensación que pueda tener de fracaso, entre comillas, coge el aspecto positivo de lo que ha podido aprender y se siente, realmente, muy bien. Es decir, la frustración nos hace más personas, nos hace más humanos, nos hace más sensibles, nos hace más justos, nos hace más inteligentes. Dejemos que los niños se frustren con atención, con compañía, pero, desde luego, dándoles las oportunidades.

12:22
Alicia Polo. ¿A qué edad tendríamos que empezar a ponerles los límites?

María Jesús Álava. A ver, Alicia, fíjate. Lo has marcado muy bien: «¿A qué edad?», desde bebés, desde bebés. Desde que nacen, y dicen: «Dios mío, ¿desde que nacen les vamos a poner pautas, normas, límites? Pobrecitos». No, pobrecitos no. Desde que nacen les tenemos que ayudar. A ver, en psicología, como en casi todo, ha habido teorías y algunas erróneas. Y una de las teorías más erróneas que más daño ha hecho en la educación con los hijos ha sido, precisamente, esa de que los niños no necesitan normas, no necesitan pautas, deben de vivir en absoluta libertad. Eso ha sido un drama, un drama. En Estados Unidos se dieron pronto cuenta, pidieron perdón, aquí en Europa nos llegó más tarde, y en España parece que nos ha costado darnos cuenta de esta realidad. Esas pautas, esas normas, esos hábitos tienen que ser de acuerdo a su edad. Es decir, tú, cuando tenga un año, le vas a poder pedir que, de repente, cuando corra y se dé contra su compañero y le muerda porque aún no sabe expresarse y tal, no le vas a regañar demasiado porque sabes que simplemente le vas a decir que no lo puede hacer, pero no lo está haciendo porque quiere, no controla su movimiento. Es muy distinto que tenga una agresividad con cinco años, que lo puede hacer. Es decir, ¿qué es lo que nos da la medida de las pautas? El sentido común, por favor, el sentido común. En cuanto cogemos un poquito de distancia, tú te imaginas la escena, te coges aquí arriba como si fuera un anfiteatro y dices: «A ver, ¿esto es lógico?», vas a ver cuándo el niño te está tomando el pelo, qué es lo que puedes hacer. Y, además, en última instancia, cuando tengas dudas, siempre tienes a la otra parte del equipo fundamental, que es el equipo educativo, al que le puedes pedir y le puedes ayudar. Pero, a ver, ¿pautas, normas son necesarias? Sí. ¿Algunas veces se puede negociar con los niños? Sí, depende, en función de las edades, precisamente para favorecerles, que vayan creciendo, que se vayan responsabilizando de ciertas cosas, pero los límites, Alicia, tenemos que tener muy claro que nunca se negocian. Si tú no puedes montar en una moto, no puedes montar en una moto. Si no puedes coger y fumarte un porro, no puedes fumarte un porro. Si te digo que tienes trece años y no es el momento de tener relaciones sexuales, no es el momento de tener relaciones sexuales.

Alicia Polo. Ya.

María Jesús Álava. Es decir, esas son las cosas que siempre tienen que quedar claras. Si hay que dormir por la noche, hay que dormir, no estés con la tablet ahí directamente en la cama. Entonces, pautas, normas, límites, hábitos desde pequeños, adecuados en función de la edad y las características y peculiaridades de cada niño. No es tan complicado cuando utilizamos ese sentido común, y cuando, a veces, si somos de los que somos muy exigentes, preguntamos de vez en cuando a la otra persona que es un poquito más blanda: «Oye, ¿no me estaré pasando?», y hacemos lo mismo si dices: «Probablemente soy muy blando, pregunto a la otra parte para ver». Pero la propia cara del niño, de la niña te está diciendo cuándo acertamos.

15:18
Alicia Polo. Sí, porque además están continuamente retándonos, poniéndonos a prueba. Eso es algo, para los padres, bastante complicado de gestionar. ¿Qué consejo nos darías?

María Jesús Álava. Tú fíjate que dices: «Hacen muy bien». Si realmente no nos estuvieran poniendo a prueba, si no nos estuvieran retando, no estarían aprendiendo. A ver, los niños al principio hay algunas cosas en las que nos aventajan. Nos aventajan en su capacidad de observación. Nacemos todos siendo muy observadores. Tú ves un bebé que aún no tiene un lenguaje, sin embargo es capaz de relacionarse perfectamente con su alrededor, ¿verdad? Porque está observando y en función de eso actúa, y te sonríe, te seduce, te chilla depende de lo que quiera en cada momento. Bien, los adultos llega un momento que dejamos de observar, dejamos de aprender y les damos a ellos en ese momento una gran ventaja sobre nosotros. ¿Qué es lo que tenemos que hacer? Volver a aprender a observar, y ante sus retos, efectivamente, no caer en la provocación, ser más perseverantes que ellos. Los niños no son más inteligentes, pero sí que es verdad que son más perseverantes. Y es verdad que son más pacientes a su manera. Pueden ser muy impacientes cuando quieren algo, pero, desde luego, si quieren conseguir algo, insisten una y otra y otra vez, y como te observan, saben perfectamente cuál es el día que estás tranquila, segura, confiada, cuál es el día que estás tensa, que estás con crispación, que vas a ceder a la mínima… Con lo cual, lo que tenemos que hacer es resetearnos un poco y decir: «¿Qué está haciendo? ¿Qué está diciendo mi hijo? Me está observando». ¿Qué voy a hacer yo? Observar. ¿Qué voy a hacer? Le voy a sonreír para coger y despistarlo un poquito, y luego voy a tener muy claro cuál es el objetivo, en las cosas en las que puedo ceder y dónde me voy a mostrar realmente firme.

17:06
Alicia Polo. Otro de los objetivos como padres, como padres educadores es que nuestros hijos se hagan adultos y se vayan haciendo independientes, seguros, autónomos… ¿Cómo podríamos ayudarles a conseguir este objetivo tan importante?

María Jesús Álava. Un objetivo tan ambicioso que prácticamente no va a terminar nunca, nunca. De nuevo, hay mucha gente que dice: «¿Cuándo empezamos?», siempre es esto, cuando son bebés. Por favor, es decir, recordemos que en el primer año de la vida de un niño, por ejemplo, su cerebro el desarrollo que tiene es el equivalente al que va a tener el resto de su vida. Es decir, su plasticidad es tal que ahí ya aprende muchísimo, que aprende un poquito los pilares de lo que van a ser después determinadas conductas suyas posteriores. ¿Qué tenemos que hacer? Si queremos hacer a un niño seguro, autónomo, primero tenemos que pensar cómo es. Es decir, nacemos con un temperamento que es único, que cada niño es diferente. Podemos tener gemelos monocigóticos exactamente iguales físicamente, con la misma dotación genética, y sin embargo son muy distintos. Lo primero que tenemos que hacer es aprender a hacer un traje a medida. ¿Cómo es mi hijo? ¿Cómo es mi hija? Partiendo en ese punto, ¿cómo puedo yo hacer? Porque hay niños que nacen mucho más seguros, y niños que nacen mucho más intranquilos. Hay niños que nacen más inquietos, y otros que nacen relajadísimos. Punto de partida, y a partir de ahí empiezo a elaborar: ¿qué necesita un niño? Que tú le transmitas al principio tu confianza. Es decir, si queremos hacerles más seguros, el modelo que tienen que ver, que es lo que más les puede llegar, es que te vean una persona segura, que te vean una persona confiada, y, sobre todo, que te vean una persona porque confías en ellos. Es decir, los críos, dices: ¿Hay un momento que dejan de depender de la opinión, de la valoración de los padres? No, otra cosa es que te lo digan y que te digan que para nada, pero es cierto que jamás lo dejan. ¿Qué es lo que más les transmites? O tu confianza o tu desconfianza en ellos. Esto es lo que es más crucial. Para que confiemos en un hijo, ¿qué es lo que tenemos que hacer? Creer en él, no solamente quererle, tú le puedes querer y puedes no creer. Puedes pensar que no va a ser capaz de hacer determinadas cosas. Quererle queriéndole, es decir, ¿tú qué le demuestras a tu hijo? Te conozco muy bien, te conozco cómo eres y me encanta cómo eres y sé que tienes cosas maravillosas y te las pondero; y sé que tienes otras que se te darán peor y te las valoro. Es decir, lo importante es que sienta desde el principio que tu valor, su valor como persona es por cómo es él, no tanto por lo que hace. Tú le vas a ayudar siempre a intentar ser mejor persona, le vas a dar confianza diciéndole que estás completamente convencida de que va a intentar hacer las cosas lo mejor que sabe, perfecto. Y le vas a dar confianza diciéndole que sabes que es una persona sensible, muy bien; y que es una persona que puede ser generosa, vale; y le vas a dar confianza, no valorándole tanto por el resultado final, sino por el esfuerzo que realice. El éxito en la vida no es tan importante. A veces, el éxito es una casualidad, en ocasiones incluso es una injusticia. Lo importante es que ellos vean que tú les fomentes el valor y el esfuerzo. Si tú le dices: «Yo creo en ti», y ellos oyen que tú a otras personas les dices cómo crees en ellos, las cosas que más te gustan, se quedan muy tranquilos. Si ellos, cuando tienen alguna dificultad te sienten a su lado, sienten que tú confías en que van a poder solucionarlo, se quedan mucho más tranquilos. Si en esos momentos de más y más dudas que pueden tener, ellos ven que tú les ayudas a pensar, que les ayudas a reflexionar, que les ayudas a enfrentarse a sus miedos y a sentirse tranquilos porque los pueden superar, claro que son mucho más autónomos. Si ellos ven que tú confías en la vida, que a pesar de las injusticias que pueda haber les dices: «Mira, el ser humano, a pesar de todo, es sabio, e intenta,… a lo largo de la historia, ha habido situaciones infinitamente peores que se han resuelto». Hoy tenemos guerras, tenemos actos terroristas, confía en el ser humano, yo confío. A pesar de todo, seremos capaces de sacar lo mejor que tiene cada persona. De eso se dan perfectamente cuenta. Ponle pequeños caminos que tenga que ir recorriendo, pequeñas metas, trabajando sobre todo sus recursos. Haz que piense y que sea dueño de sus pensamientos. ¿Cómo conseguimos que un niño sea seguro? No pensando por los demás, no dejándose influir tanto por el medio que realmente les rodea, valorando sus propios pensamientos. Esa reflexión que necesita tener es lo que más le va a ayudar en su vida. Enséñale a que es bueno equivocarse, porque va a aprender mucho de su equivocación, porque si no, no tendría la oportunidad, a que en la vida hay que arriesgarse de vez en cuando, siempre cubriéndote un poquito, pero hay que arriesgarse en ese aspecto.

Alicia Polo. Ya.

María Jesús Álava. Que puedes ser valiente, que no quiere decir que seas impulsivo, que te puedes llegar a controlar. Enséñale a controlar al máximo esos impulsos para que sea libre, para que sea dueño de sus emociones y no sea esclavo, precisamente, un poquito de esa impulsividad que es lo que no controla. Pero, enseñarle a ser más autónomo es enseñarle a creer en la vida, a disfrutar cada día, cada momento, de cada experiencia, de cada cosa que realmente esté haciendo, sabiendo que tú tienes tu confianza, sabiendo que tienes tu apoyo, sabiendo que nunca le vas a dejar, sabiendo que le valoras por encima de todo, sabiendo que cuando lo pasa mal te va a tener ahí, y sabiendo que en las peores circunstancias es, seguramente, cuando más está aprendiendo.

23:05
Alicia Polo. Los adultos trabajamos, trabajamos muchas horas, y la mayoría de las familias trabajamos los dos, la pareja, y además nos traemos del trabajo mucha frustración, muchos problemas. ¿Esta situación cómo afecta a nuestros hijos?

María Jesús Álava. A ver, Alicia. Veo tu mirada con esa culpabilidad que muchas veces sentimos porque nos gustaría poderles dar más tiempo y poderles ofrecer lo mejor de nosotros mismos.

Alicia Polo. Sí.

María Jesús Álava. Es verdad que en España el tema de la conciliación no lo tenemos demasiado resuelto, y es un camino que está ahí aún por conseguir, por conquistar. Y es cierto que muchas empresas incluso a veces actúan de forma, un poco, poco sincera, es decir, por no decir hipócrita. O sea, aparentemente todo son facilidades, la realidad es distinta. ¿Qué es lo primero que tenemos que hacer? Analizar. A ver, cuando tienes hijos pequeños, normalmente estás en un momento de tu carrera profesional de muchísima exigencia donde, a veces, te exigen mucho esfuerzo, y eso significa que te exige, a veces, mucho tiempo, pero también mucha tensión y mucha presión. Lo importante es que tengamos claro: «A ver, yo voy a intentar darle a mi hijo lo máximo que puedo que es lo mejor de mí y lo mejor de mi tiempo, de mi tiempo». ¿Cuál es el tiempo que realmente termino y me queda al final? Hago las elecciones que sean, ¿pero cuál es el tiempo que me queda al final? Este. ¿Qué es lo que hago? No nos sintamos culpables. Es decir, los niños son inteligentes. A los niños no les vale tanto la cantidad como la calidad. ¿Qué es lo importante? Que cuando tú llegues a casa, el tiempo que tengas con tus hijos, efectivamente, sea un tiempo de calidad. Dices: «Pero es que llego con las preocupaciones del trabajo». Ahí sí que es crucial que cortemos, que cojamos y seamos capaces de coger y decir: «Ya está bien. Es decir, ya han llevado mucho de mi tiempo, de mi esfuerzo, de mi energía. Bien, ahora esto necesito dedicárselo a mi hijo. ¿Qué voy a hacer? Voy a cortar», lo que los psicólogos llamamos «parada de pensamiento», que se puede hacer, Alicia. Esto es un cierto entrenamiento que se consigue relativamente en poco tiempo, y lo que hacemos cuando llegas a casa, es que dices: «Bien, a ver, ¿qué es lo que yo necesito? Estar un tiempo con mi hijo, pero, sobre todo, lo que necesito es que mi hijo o mi hija sientan que para mí, ahora, cuando llego a casa, son lo más importante», y no voy a empezar aquí una especie de cuestionario: «¿Qué tal, cómo ha ido el día, no sé qué?». Tú sabes que los hijos hablan cuando lo necesitan, no a veces cuando les preguntamos.

Alicia Polo. Sí.

María Jesús Álava. Y para hablar y para abrirse lo primero que necesitan es sentirse bien. Cuando lleguemos a casa no empecemos con las preguntas, ¿por qué no empezamos más con un juego? ¿Por qué no empezamos más diciéndole: «qué ganas tenía de verte, qué alegría por fin de encontrarte»? Y te imaginas en función de la edad que es qué puedes compartir con él en ese momento, y las confidencias van a venir después, él te lo va a decir, y si no, sabes que tienes esas preguntas como muy abiertas. Les cuentas cosas tuyas que hacen que inmediatamente te cuenten cosas suyas. La culpabilidad te la notan, y si te notan culpable, se van a aprovechar y te van a poner en una situación muy límite, porque eso es algo que ellos lo captan. Si te notan tranquila, también. Y si estás tranquila, vas a transmitir paz y vas a vivir lo mejor de ti misma. Y cuando son pequeños, no vale decir: «Bueno, luego, dentro de unos años tendré más tiempo», no. Esa edad que ellos tienen no va a volver, y cuando más te necesitan es cuando son más pequeños. Y por supuesto que te necesitan en la adolescencia y con treinta años, pero con treinta años no tanto. Luego, entonces, vamos a darles lo mejor desconectando con aquello que tú has dado lo necesario, pero no lo fundamental en tu vida. Ese es un poco el reto. Si ellos te ven los ojos más cálidos del mundo, si se dan cuenta que disfrutas con ellos, que es la mirada más amorosa que puede existir, ese afecto, ese cariño hace que tú misma te sientas bien, no te sientas culpable y des lo mejor de ti.

27:15
Alicia Polo. Ya. Lo que pasa es que, ¿qué hacemos los padres con ese sentimiento de culpabilidad del que hablas? Porque, al fin y al cabo, pensamos que no nos estamos implicando todo lo que queríamos y es muy difícil controlarlo. ¿Qué consejos nos podrías dar?

María Jesús Álava. Claro, Alicia, la culpabilidad es como una insatisfacción interna y es como algo que tenemos ahí que nos está constantemente… una campanita que te está diciendo: «Oye, oye». Bien, siempre decimos: «A ver, somos personas, y como personas tenemos limitaciones y podemos cometer determinados fallos y tenemos circunstancias que nos pueden influir más o menos». Bien, esa culpabilidad, ese sentimiento que a veces tienes es muy humano y es bueno. Cuando yo escucho a un padre, a una madre que me dice: «Me siento culpable, creo que no le estoy dando lo mejor a mi hijo», digo: «Qué bien, qué bien», porque realmente demuestras lo que te importa tu hijo, lo que te interesa, el lugar fundamental que está ocupando en tu vida, y a partir de ahí va a ser más sencillo, porque lo que haremos es decirte: «A ver, igual que a los niños les decimos que se tienen que acostumbrar a una realidad, tú tienes que vivir de la mejor forma tu propia realidad, sabiendo dónde están los límites, dónde están las cosas importantes y dónde vamos a poner ese foco». El miedo, la culpabilidad, la inseguridad, todo eso nos quita mucho en relación a nuestros hijos. Todo eso les ofrece casi lo peor de nosotros. Eso es lo que no podemos hacer. ¿Qué hacemos cuando tenemos a nuestro hijo, nos sentimos culpables? Entonces, a ver, ¿a mí me gustaría estar el mayor tiempo posible con ellos? Sí. ¿Puedo? Bueno, pues voy a intentar dentro de lo que es el resto de la vida y dentro de la importancia que tiene mi hijo, estar lo máximo posible. ¿Tanto cómo a mí me gustaría? Seguramente no voy a poder. Vale, ¿me tengo que sentir culpable? ¿Qué hago, me doy con un látigo permanentemente? No, no es necesario. Si tú das lo mejor a tus hijos en el tiempo que puedes realmente estar con ellos, no te sientas culpable. Disfruta, porque eso también se transmite. ¿Sabes lo peor? Lo peor es cuando un padre lo que transmite a su hijo es infelicidad y es tensión y es estrés y es culpabilidad. Eso sí que es algo que lo tenemos que trabajar. Transmite confianza, transmite ilusión, transmite alegría, transmite pautas. A veces tendrás que hacer cosas que te cuestan un poquito, ese es el cariño auténtico, lo otro es lo que tenemos que mejorar. Hay algunos padres que también se nos quedaron un poco en la adolescencia. Un hijo merece un padre adulto.

29:58
Alicia Polo. Hay otro aspecto que también les afecta mucho a los niños y son los cambios. Y, claro, en la vida es inevitable o mudarte o, a veces, les tienes que cambiar de colegio, y ellos se estresan, llevan muy mal el tema de los cambios. ¿Cómo podríamos hacer en este caso?

María Jesús Álava. Fíjate, Alicia. Esta es una pregunta que no suelen hacer demasiado los padres y, sin embargo, es muy importante. En este punto, fíjate, los psicólogos tenemos claro que un cambio, por ejemplo, de casa, de domicilio es el equivalente al nacimiento de un hermano, fíjate si es impactante realmente en la vida de un niño que, a veces no nos damos cuenta y que además con mucha frecuencia decimos: «Pero si es un cambio a mejor». Es decir, si antes tenía una habitación muy pequeñita y ahora va a tener una habitación para él mismo y va a tener más espacio, resulta que tal, y dices: «No, no». A ver, a un niño le da mucha seguridad su espacio, y le da mucha seguridad lo conocido, y aunque su cuarto fuera pequeñito y su habitación no fuera tan maravillosa, y la casa no fuera tan deslumbrante, es donde él se sentía feliz y se sentía cómodo. ¿Qué hacemos ante un cambio, por ejemplo, de domicilio? ¿Hay que avisarlos? Sí, pero hay que avisarlos sabiendo que lo va a pasar mal. Hay que avisarlo intentando motivarle.

Alicia Polo. Ya.

María Jesús Álava. Pero hay que avisarlo luego estando a su lado, es decir, cuando llegue el momento decirle: «A ver, sé que echas en falta tu cuarto y tu cama o tu escritorio o tu ventana o lo que veías en el patio, sí que lo echas en falta», para que él se sienta reconfortado, se sienta escuchado en ese momento, y en ese instante le dices: «Yo también, ¿qué podemos hacer para sentirnos mejor?». Haz que se implique desde el primer momento para que lo viva en un intento de superación y de encontrarse bien, eso es lo principal. En el colegio, fíjate, el colegio es algo parecido. Imagínate, por ejemplo, cambios que desde la psicología son cruciales. Cuando un niño, por ejemplo, ha estado en una escuela infantil y cambia al colegio, que puede ser a veces a los tres, a los cuatro o a los seis años, muy pequeñitos siempre, ¿qué es lo que pasa? Pasas de ser el mayor de la escuela infantil a ser el pequeño del colegio. El que tú lo dominabas todo, te encuentras ahí como una especie de hormiguita. Es un cambio esencial, claro que sí. Si le acompañan compañeros, amigos es más fácil, sí, pero no siempre se da. ¿Qué hacemos de nuevo? Estar a su lado, pero estar a su lado, sobre todo, en esos momentos de fragilidad y acompañándole y diciéndole: «Ya sé que vas a echar en falta a tus amigos o a tu profesora, es normal», coméntaselo, háblalo con el profesor, vamos a ver cómo le podemos favorecer, vamos a buscar niños puente. Eso es otra cosa que cuando cambiamos a un niño de colegio, y, sobre todo, cuando dices: «Es el que llega nuevo». Imagínate, dices: «Todos empiezan con tres años», pues vale. Pero es el que llega nuevo y se encuentra a todos hechos. Esto es fundamental, que favorezcamos ese cambio. Hablemos con el profesor, digámosle: «Mi hijo es de esta manera, ¿cómo le podemos ayudar?». ¿Niño puente qué es? Aquel niño o niña que es especialmente sociable que diríamos que tiene muy buena fama entre todo el resto, que es un niño o una niña muy acogedor y que le va a encantar ese papel de coger y llevarle de alguna forma y favorecer un poquito su adaptación. Tengamos muchísima paciencia. Lo pasan mal, pero ojo, que cuando cambien, por ejemplo, a los doce años, once o doce años, cuando pasan de la primaria a la secundaria, del colegio, muchas veces, al instituto, de nuevo son muy pequeños, muy pequeños; de nuevo lo pasan mal; de nuevo pasan a encontrarse allí como: «Dios mío, con los de dieciocho años», que, a veces, además se divierten pues haciéndoles determinadas gansadas. En ese instante también pasa lo mismo, y ahí tenemos que recordar siempre que los profesores son nuestra principal muleta, nuestra principal ayuda, y el equipo que tenemos que formar con ellos es crucial, y al principio estemos mucho, estemos muy atentos a los primeros signos, porque, efectivamente, para ellos pueden ser, a veces, auténticos dramas.

34:08
Alicia Polo. Sí, porque uno de los cambios que se produce todos los años es la vuelta al cole. Es algo que altera a toda la familia, todos los años lo mismo, los hijos han estado sin normas, relajadísimos, acostándose a la hora que quieren… Deberíamos saber gestionarlo, pero todavía, vamos, yo me pierdo, hablo con otros padres, y no sabemos cómo hacerlo.

María Jesús Álava. A ver, leí un tema que es crucial: cuando tú ves que al niño le cuesta primero… Oye, no anticipemos demasiado. Es decir, a veces lo tememos tanto que ya a mediados de agosto estamos diciéndole: «Acuérdate que el tres de septiembre o cuatro tenemos que ir al colegio y entonces no sé cuántos…». Hombre no, por Dios. Es decir, no le amarguemos innecesariamente. Es decir, ¿cuánto tiempo necesita de adaptación? Poquitos días, poquitos. Lo que sí que tenemos que ir adaptando nosotros los adultos son sus horarios, que eso le ayuda mucho. Es decir, que empiecen a acostarse a una hora más parecida a la que se van a tener que acostar después, levantarse mucho más temprano y empezar a tener pequeñas normas, y después del desayuno: «Oye, pues vamos a leer un poquito, vamos a hace esto…», es decir, algo que en esos hábitos le vayan ayudando. ¿Pero después qué es lo fundamental? Yo siempre digo que hay una prueba del algodón, y es cuando el niño o la niña te dice: «No quiero volver al cole», y le dices: «Pues me parece muy bien, ¿y qué más?», y se te queda así y dice: «Pues no voy a volver», y le dices: «Claro, oye, estupendo, ¿y entonces qué vas a hacer? ¿Todo el día solo o sola? Porque claro, los otros amigos, tus compañeros, el resto sí que van a volver. Es decir, yo vuelvo a trabajar, los otros vuelven al colegio, los profesores vuelven a dar clase. Entonces tú te vas a quedar aquí». Imagínate que dices que estás en un lugar de veraneo, estás en un pueblecito que a los niños les encanta, y dice: «Me quiero quedar en el pueblo». Y dices: «Vale, muy bien. Tú solo, sin mamá, sin papá, sin niños, sin amigos, sin nadie, aquí en la casa en invierno, cuando a las cinco de la tarde…». Es decir, que se den cuenta un poco que es algo que es normal que nos lo pidan pero que es una irrealidad, no se puede hacer. Trátalo con mucho sentido del humor. Cuando se pongan así les dices: «Demuestras que eres una persona inteligente, me parece muy bien», ¿cómo vamos a demostrar el siguiente paso inteligente? Coge tú ahí recursos de las cosas que sabes que sí que le gustan. Es decir, con la vuelta al cole también suenan determinadas actividades que le pueden encantar o volver a ver a determinados amigos o amigas que van a estar felices de la vida. Ve sacándole eso poco a poco, pero sobre todo que te vean que lo utilizas con mucho sentido del humor, y que tengan la confianza de decir: «Me va a dar lo mismo, me puedo coger y quejar diecisiete mil veces que mi padre y mi madre no es que no se preocupen, es que se ríen», eso es lo que más lo desactiva.

36:58
Alicia Polo. Hay un tema que a todos los padres nos preocupa y que ha dado mucho debate, y es si podemos ayudarles a mejorar la inteligencia, ¿podemos?

María Jesús Álava. Podemos, y fíjate, a mí no me gusta tanto la palabra «deber», pero podemos y debemos.

Alicia Polo. ¿Sí?

María Jesús Álava. ¿Por qué? Porque lo van a necesitar. Pero en este punto es crucial que hagamos algunas matizaciones. Hay personas que piensan que inteligencia es sinónimo de conocimientos, y no se trata de eso. No se trata de que sea el típico niño o niña que tenga muchísimos conocimientos, dos carreras, tres másteres, cuatro idiomas y tal, y puede ser con una inteligencia muy flojita. No. Inteligencia, inteligencia son habilidades y recursos para vivir. Es inteligencia emocional, básicamente. Que eso quiere decir, ¿cómo lo podemos desarrollar? Enseñándoles a conocerse bien, en profundidad; enseñándoles a quererse. Es decir, los adultos, a veces, cuando nos sentimos mal, tenemos que aprender a perdonarnos. Normalmente, los niños aprenden a perdonarse bastante bien, pero, sin embargo, no saben a veces tanto quererse. Enseñándoles a quererse, enseñándoles a conocer a las otras personas y enseñándoles a reaccionar en determinadas circunstancias, esta es la parte fundamental: conocimiento y relación con los demás. ¿Qué haces? Lo decíamos al principio. ¿Qué haces en un momento cuando tienes un niño muy agresivo o un compañero especialmente ambicioso o tienes un profesor que dices: «No me siento bien, me siento muy incómodo»? ¿Cómo puedes reaccionar en esas circunstancias? Y, luego, en función de cómo es el niño o la niña dices: «¿Qué características tiene?». Vale, ¿qué es lo que le voy a enseñar? ¿Qué es lo que voy a favorecer? Le voy a entrenar para que pueda dar al máximo, para que desarrolle al máximo sus habilidades o sus competencias, pero también para que asuma sus puntos más débiles. Ese es el desarrollo de la inteligencia. Es lo máximo que tú puedes dar siendo como eres para obtener la máxima felicidad en tu vida teniendo los máximos recursos ante el montón de dificultades que, sin duda, te vas a encontrar. ¿Cuál es la mejor inteligencia que le podemos enseñar a un niño? Le tenemos que enseñar a disfrutar, a disfrutar de lo que hace cada día, a disfrutar cuando estudia, cuando se relaciona con otros niños, cuando hace deporte, cuando le preguntan, ante un examen, a disfrutar. Cuando a un niño tú le enseñas a disfrutar, le enseñas a vivir y desarrollas al máximo su inteligencia, y, a veces, se nos olvida. Y hay niños que les ves y te dicen: «Fíjate, qué resultados, qué estudios», y yo miro en profundidad y veo un niño infeliz, y pocas cosas me dan tanta pena que ver a un niño infeliz ante las circunstancias de vida que le estamos creando. Claro que le podemos enseñar el desarrollo de la inteligencia. Los psicólogos eso lo hacemos mucho, los niños además lo aprenden muy rápidamente, pero teniendo muy claro cuál es el objetivo: disfruta, disfruta al máximo, desarrolla tu potencial siempre, controla tus emociones, piensa y razona por ti mismo, y serás una persona libre, serás una persona feliz y serás una persona con recursos.

40:10
Alicia Polo. Entonces aparece el concepto ahí de «autoestima». Los padres lo oímos mucho y ¿qué podemos hacer? La autoestima, tienen que tener autoestima, ¿qué podemos hacer los padres, de nuevo la misma pregunta, para ayudarles a conseguir tener una autoestima buena?

María Jesús Álava. Tú fíjate si es un tema crucial que muchos adultos nos pasamos la vida intentando mejorar nuestra autoestima, ¿verdad? Hay mucha gente que te dice: «Esto de la autoestima parece como una moda». No, la autoestima es esencial, es esencial para vivir y para sentirnos bien. Si la autoestima, en realidad, ¿qué es? Que un niño se acepte, ¿verdad? Que un niño se quiera, que se quiera a sí mismo, que un niño confíe, confíe en cómo es él, que tenga capacidad de reacción ante las dificultades, que sea un niño resiliente, que en momentos complicados y tal salga adelante bien. ¿Es fácil? No es fácil. Hay algunos niños que la tienen desde pequeños, es decir, tú ves a niños que dicen: «Qué maravilla». Es decir, qué maravilla, es un niño con una autoestima fantástica, se relaciona muy bien con las personas que realmente tiene alrededor, se quiere mucho, es un niño con estabilidad emocional, ¿pero qué haces para favorecerlo? De nuevo, siempre es: enséñale, enséñale realmente cómo es, y además al niño y al adolescente, ojo, no hay nada que más le guste que hablar sobre sí mismo. Enséñale cómo es en profundidad, recuérdale cómo era de pequeño, recuérdate lo que más te llamaba la atención, lo que más le querías, lo que más le admirabas y, a partir de ahí, le vas diciendo todas las cosas fantásticas que ha ido haciendo a lo largo de su vida, y todas las cosas que tú sabes perfectamente que puede hacer. Y la autoestima es quererte como eres. Dile en qué es singular, en qué es especial. A ver, cada niño es único, lo decíamos. Si él aprende a conocerse, aprende a quererse y aprende a aceptarse, claro que va a tener una autoestima alta. Pero, al principio, es mucho lo que nosotros le podemos transmitir, constantemente transmitamos esa confianza. Incluso cuando le tenemos que poner un límite, cuando le tenemos que poner una norma y cuando le tenemos que decir que eso no se puede hacer, la confianza y la autoestima en ese momento es decirle: «Yo sé que aunque no quieres hacerlo y te gustaría hacer esta otra cosa, tú lo puedes hacer y lo puedes conseguir».

42:41
Alicia Polo. Te voy a plantear una situación que también, bueno, yo la he vivido y creo que se ha vivido siempre, se sigue viviendo, y es cuando nuestros hijos nos cuentan que en el recreo, por ejemplo, han estado solos, jugando solos, porque no les han aceptado en un grupo, les han rechazado, les han marginado de alguna manera. Por un lado, queremos que sean ellos capaces de resolver esa situación, por otra parte no queremos transmitirles nuestra preocupación, que la tenemos, porque son seres sociales y esto nos entristece muchísimo. Entonces, ¿qué nos recomiendas? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué les decimos?

María Jesús Álava. ¿Qué hacemos en esa circunstancia? A ver, siempre volvemos a decir lo mismo: tenemos que ver la edad que tienen, tenemos que ver cómo es ese niño, cómo es esa niña. Es decir, no es lo mismo… Y tú me vas a decir, Alicia, no te vas a sentir preocupada si es un niño que habitualmente juega sin ninguna dificultad, a si es un niño que tú sientes que constantemente está como aislado, como que tiene poca relación con los demás, o los otros le terminan rechazando un poquito. Bien, ahí, en función de eso, lo que tenemos que hacer siempre es cómo le preparamos para superar esa situación. ¿Cuál es la tentación? La tentación es ir al colegio inmediatamente, decirle al profesor: «Cómo es posible, no se ha dado cuenta, mi hijo pobrecito…». Hay muchos padres que llaman a los padres de otros niños: «Oye, por favor, mi hijo tal…». No, no se trata de eso. Sí que podemos ir al colegio, debemos ir al colegio, pero para coger al profesor y decir: «A ver, ¿cómo podemos hacer? Él, ella lo está pasando mal en estas circunstancias, ¿cómo es el niño, cómo es la niña? ¿Cómo podemos favorecer esa relación con otros niños o con otras niñas?». A veces, precisamente, se siente más aislado porque le pueden tener cierta envidia, ocurre. A veces, sencillamente, tienen otra forma, es decir, son niños como más maduros o más maduras, entonces están como reflexionando más, no les gusta tanto lo que están haciendo los otros, puede haber como un pequeño desfase, entre comillas, en el que tenemos que ver cómo tendemos, de nuevo, un poquito esos puentes. Pero, a ver, cuando el niño viene y te dice que lo ha pasado muy mal, ¿qué es lo primero que tenemos que hacer? Alicia, ¿qué crees?

Alicia Polo. Bueno, pues intentar quitarle importancia, quizás. O simplemente escuchar cómo se ha sentido. Bueno, ¿cómo te has sentido? Para que se desahogue.

María Jesús Álava. Eso es, intentar quitarle importancia.

Alicia Polo. Y también quitármela yo, ¿no?

María Jesús Álava. Y sonreír. O sea, tú imagínate. A un niño, cuando está mal, ¿qué tenemos que hacer? Sorprenderle. Tienes que reaccionar de forma que él no espere. Cuando él piensa y te está diciendo: «Fíjate lo que me ha pasado», cree que tú vas a poner una cara de tristeza enorme. Si tú en ese momento sonríes, dice: «Caray, pues si mi madre me quiere y sonríe es que no es tan grave», primer punto importante. Y a partir de ahí le dices: «Bueno, venga, vamos a ver, ¿y entonces qué es lo que pasaba?», le vas sacando información que termina siendo crucial. Porque, a lo mejor, lo que ocurre es que se acababa de pelear con un niño o con una niña, no tiene mayor importancia, él cogió se sintió ahí… Es decir, vas viendo un poco cómo actuar. Pero, de nuevo, ¿qué es lo que se trata? De sacar recursos. Si tú conoces a tú hijo, tienes la obligación de conocer bastante a los niños y las niñas con las que está, y si les conoces le puedes ayudar diciendo con qué niño o con qué niña le va a resultar más sencillo, y le das determinados recursos. Le dices: «Oye, ¿y tú qué crees? ¿Qué podrías hacer para que mañana Fulanito o Menganita…?», pero que sea él, ella quien lo piense, quien lo razone, quien lo ponga en práctica. Y, además, cuando te venga y no haya resultado, que de vez en cuando ocurrirá, tú dices: «Fantástico. Venga, ¿qué aprendemos de esto?», y le enseñas a aprender de eso que aparentemente ha sido un fracaso, sintiéndose de nuevo mejor, y además diciéndole: «Esto te va a hacer crecer, esto te va a hacer sentirte mucho más importante. Te va a hacer sentirte mucho más mayor. De verdad, vas a ser capaz de superarlo». Los niños, cuando tú transmites esa confianza, se llenan tanto de ella que se vuelven, también, como mucho más atractivos para el resto de niños.

Alicia Polo. Para los demás, ¿no?

María Jesús Álava. Y resulta más sencillo. Pero, de nuevo, no asustarte, sonreír mucho, ayudarle a pensar y a reflexionar, a que él mismo o ella misma busque posibles alternativas, dar un empujoncito, hablar con el profesor en un momento determinado para que esté atento y lo facilite, y confiar en él. Porque si tú confías en él, él va a confiar.

47:15
Alicia Polo. Otra situación que suele ocurrir, además, todas las semanas: llega el fin de semana, tú quieres descansar un poco, y resulta que tus hijos tienen otro ritmo vital y a las siete de la mañana pues se te meten en la cama, te despiertan, y tú: «¿Qué hago, me levanto? Estoy agotada, pero si no me levanto, otra vez el sentido de culpabilidad». No sabemos muy bien cómo comportarnos.

María Jesús Álava. ¿Qué haces? ¿Los coges? ¿Te levantas? ¿Los matas? Que a veces te darían ganas de hacerlo.

Alicia Polo. Claro, y un día dices: «Bueno, pues le voy a poner la película», pero un día, tampoco lo puedes hacer habitualmente, permanentemente, todos los sábados. ¿Qué recomendación nos harías?

María Jesús Álava. A ver, ahí siempre tenemos que coger y tener un pelín de flexibilidad. Tenemos que saber, primero: los niños tienen una energía casi ilimitada. Si les hace ilusión el coger, levantarse el sábado y el domingo, que, por cierto, podemos acostarles un pelín más tarde el viernes y el sábado por la noche, domingo no, pero viernes y sábado por la noche sí. Pero si les hace ilusión levantarse porque quieren ir a la cama, porque quieren jugar contigo o porque quieren ponerse a hacer no sé qué, ahí tienes que evaluar muy bien y decir: «A ver, ¿han dormido lo suficiente? Sí. ¿Qué quieren? Estar un ratito aquí en la cama jugando y tal», disfrútalo, disfrútalo. No hay nada más tremendo que cuando tienes a unos niños desbordantes de energía que quieren meterse en la cama de sus padres y que quieren pasárselo bien, que vean que uno de los dos se levanta y les intentas enchufar la tele o les pones algún jueguecito para que estén ahí, porque lo que más valoran es tu tiempo, es tu presencia, es poder jugar en ese momento con su padre y con su madre o con quien esté en casa directamente con ellos. Con lo cual, yo te diría: primero disfrútalo, porque va a llegar una edad en la que no van a ir a la cama, y después dices: «A ver, ¿qué hago?». A partir de ahí… Hombre, también quiero un poquito de intimidad y quiero que ellos se acostumbren a no tener siempre todo lo que quieren en el momento, este es uno de los principales aprendizajes que podemos hacer para que empiecen a controlar un poco sus impulsos. Bueno, en función de la edad, busquemos algo que sea bastante razonable. ¿Qué es lo razonable? Te dejo jugar un poquito, y luego ya desayunamos. Pero te dejo jugar un poquito no con la maquinita, a lo mejor con esto otro, o que tú escribas o que pintes o que hagas una redacción o que hagas una novela. Es decir, no se trata de jugar siempre a lo que tú quieras, si no, a lo mejor, también un poco a lo que conviene, en ese punto, durante un tiempo determinado, que vendrá marcado por la edad que ellos puedan tener, antes de seguir con el resto de las rutinas. Pero no empieces el día…

Alicia Polo. Amargada.

María Jesús Álava. No empieces el día de mal humor, no empieces el día diciendo: «¿Qué haría yo con estos niños?». Empieza disfrutando, porque eso también lo notan. Y cuando notan que disfrutan es más fácil que tú llegues a un pequeño acuerdo con ellos y les digas: «Bueno, y ahora yo, como soy un poquito más mayor y no tengo tanta energía, voy a dormir un poquito, y tú mientras vas a hacer esto, ¿te parece?». Depende de la edad, hasta les puedes pedir que por favor que hagan el desayuno, que van a estar, seguramente, bastante encantados. Tú vas negociando, si estás bien, si ellos se sienten que les has querido, asumido, que has jugado y tal te va a ser mucho más sencillo, pero yo diría: disfrútalo y no vayas contra la naturaleza. Tienen mucha energía, no quieras que estén en la cama cuando ya no es su lugar, puedes querer que estén tranquilos, haciendo un jueguecito tranquilo que es diferente, pero no pidamos algo que les resulta imposible.

50:53
Alicia Polo. Muy bien, pues María Jesús, he disfrutado muchísimo, he aprendido muchísimo y no tengo nada más que preguntarte.

María Jesús Álava. Pero, fíjate, Alicia, yo te diría: primero, a ver, se nota que eres una persona sensible, y esto es fundamental. Porque, a veces, cuando tratamos temas, por ejemplo, adolescentes, en el que hay una situación muy complicada, y primero nosotros siempre trabajamos con los padres, siempre. Trabajamos una serie de pautas y les mandamos hacer registros sobre las conductas del niño, de la niña para ver un poco cómo tienen que actuar, digamos que les entrenamos. Luego viene el niño o la niña y una de las cosas que más te dice es que yo a mi padre, a mi madre la veo confundida, o a mi padre o a mi madre no le importo nada. Esto es lo peor. A ver, en tú caso, ¿qué se ve? Que estás volcada, realmente, en la educación de tus hijos, y eso tu hijo de catorce años lo nota perfectamente. Se ve una sensibilidad, que dices: «¿Qué es lo que peor le puede pasar? ¿Cuáles son los momentos más difíciles?», y eso también lo notan. Cuando tienen ese acompañamiento de verdad, cuando sienten que tú siempre estás ahí, cuando sienten que actúas con generosidad, aprenden además a actuar ellos con esa generosidad. Cuando ven que tú disfrutas haciendo las cosas, que eres una persona feliz, que sonríes, que te ríes, que tienes sentido del humor, es algo que ellos intentan también fomentar. Siempre Josefina Aldecoa decía que hay dos sentidos fundamentales en la vida: sentido común y sentido del humor. A veces los perdemos los dos en la educación con nuestros hijos.

Alicia Polo. Es verdad.

María Jesús Álava. Una de las cosas fundamentales que tenemos que recuperar. Y luego no pensemos que porque haya situaciones muy difíciles ya va a ser insuperable. En la vida hay crisis, con los hijos también, faltaría más, pero esas crisis, normalmente, van a hacer que terminemos más fuertes, que terminemos más unidos, que, a pesar de esas aparentes diferencias que puedes tener en determinados momentos, cuando el cariño es auténtico, cuando eres una persona sensible, cuando te ocupas, te preocupas y estás ahí, eso al final siempre termina venciendo. No desesperemos, no desesperemos pero no dejemos de estar atentos. A mí me parece muy bien las preguntas que te haces, los problemas que te planteas, porque lo peor que nos puede ocurrir es cuando un padre o una madre te viene al psicólogo y te dice: «Mi hijo, mi hija era maravilloso hasta hace dos meses y desde hace dos meses ha cambiado por completo, y no lo reconozco y me siento fatal y le siento infeliz». Bueno, eso es porque no hemos estado especialmente atentos. Los niños siempre tienen pequeños cambios. Los pequeños cambios los hacen primero en casa que en el colegio, habitualmente. Es fundamental que estemos atentos, porque cuando estemos atentos podremos intervenir, podremos intervenir para favorecer esa felicidad, esa inteligencia emocional que siempre buscamos. Porque, al fin y al cabo, dices: ¿qué queremos? Queremos que sean felices. ¿Y ellos que quieren? Encontrarse a sí mismos. Vamos a ayudarles en ese camino, donde podemos ser la mejor ayuda, la mejor compañía, haciendo siempre de padres. No sobreprotegiendo, como decíamos al principio, dejando de vez en cuando que se frustren, creyendo permanentemente en ellos y haciendo ese crecimiento conjunto de ser mejores personas a la vez.

Alicia Polo. Muy bien, María Jesús. Qué bien que te he conocido, muchas gracias.

María Jesús Álava. Muchas gracias, Alicia, de verdad.