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Gabriel Rolón. Bueno, hablábamos al principio de las palabras, ¿no? Y decíamos que así como hay palabras que tienen una muy buena prensa, amor, felicidad, hay palabras que tienen mala prensa y soledad es una de ellas. Mirá, te está hablando un hombre solitario. A mí me recorren todas las soledades del mundo. La soledad del enamorado, la soledad del padre que a veces no sabe cómo responder, la soledad de la persona que se sube a un escenario y dice: “¿Y ahora qué hago? ¿Y qué me van a preguntar? ¿Y estaré a la altura?” Y la soledad del que tiene sueños y la soledad del que tiene miedo. Me recorren como a todo el mundo, porque cada uno de nosotros es recorrido por sus distintas soledades, ¿sabés? Vos pensá que nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Nadie puede nacer por nosotros, nadie puede vivir por nosotros, nadie puede amar por nosotros, nadie puede morir por nosotros. La soledad es una experiencia. Es una experiencia que muchas veces nos va a encontrar a lo largo de la vida. ¿Y qué hacemos con eso? ¿Cómo nos paramos frente a esa experiencia? No tiene por qué ser algo malo. No tenemos por qué pensar que si estamos solos es que algo está mal. El mundo está pensado para que no estemos solos, un poco. No sé si se dieron cuenta que alguien nos invita a una fiesta o a una obra de teatro y dice: “Bueno, te dejo dos entradas”. “Bueno, gracias. Somos uno, pero bueno, listo, estaré más cómodo, ¿no?” ¿Pero, por qué? Porque ya damos por sentado de que siempre estamos con alguien. Bueno, el ser humano es gregario, necesitamos de otros seres humanos. Necesitamos. ¿Por qué? Porque cuando no lo necesitamos, lo tenemos que inventar. Porque somos sujetos de la palabra. ¿Recuerdas la película ‘El Náufrago’? La película de Tom Hanks. Bueno, ¿qué hace él cuando se encuentra solo, para no enloquecerse? Inventa a Wilson. ¿Sí? Dibuja los ojitos, la boca, la nariz y le habla. Y le responde como si Wilson también le contestara, ¿no? Él le hace una pregunta, después dice: “No, Wilson, no, no es así”. Bueno, ¿por qué? ¿Por qué ubica afuera a alguien que representa la posibilidad de hablar? Porque si no nos volveríamos locos o moriríamos. Los seres humanos no podemos estar solos y sin embargo no dejamos de estar solos. Esta es la ambivalencia inevitable que tiene la soledad, que es que, por un lado, siempre estamos un poco solos. Por esto que decíamos, nadie nos puede completar. Nadie puede quitarnos esa soledad existencial que nos recorre por ser humanos. Esa soledad que en el libro yo llamé “Soledad” con mayúscula. Esos momentos que hacen que estamos en una reunión, por ejemplo, y nos vamos a un rincón. ¿No les pasó? Tarde, algo, uno agarra una copa de vino y se sienta y piensa o sale al jardín y viene alguien y te dice: “Che, ¿qué hacés acá?” “No sé, qué se yo. Necesitaba, en medio de todo esto un espacio para mi soledad”. ¿Sí? Rodeado de gente, estamos solos. Y cuando más solos estamos, a veces, no dejamos de estar acompañados por nuestras voces, por nuestros miedos, por nuestras angustias, por nuestra historia.