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La ley del deseo

Gabriel Rolón

La ley del deseo

Gabriel Rolón

Psicoanalista y escritor


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Gabriel Rolón

Gabriel Rolón es psicoanalista, escritor y una de las voces más reconocidas del psicoanálisis en el ámbito hispanohablante. Su trabajo explora los grandes temas de la experiencia humana: el deseo, el amor, la soledad, el dolor y el sentido de la vida. Con sensibilidad y claridad, ha acercado el psicoanálisis al público general, convirtiéndose en un referente de la conversación emocional contemporánea.
Autor de numerosos libros superventas, entre ellos El precio de la pasión, Los padecientes y La felicidad, su obra combina rigor clínico, profundidad filosófica y una fuerte impronta narrativa. Sus textos y conferencias invitan a mirar hacia adentro, a cuestionar los mandatos que nos condicionan y a recuperar la fuerza que habita en nuestra historia personal.
Durante el evento de Aprendemos juntos en Buenos Aires, Rolón comparte un testimonio íntimo y conmovedor sobre el deseo como motor vital, la falta como condición humana y la soledad como territorio inevitable. Su mensaje es una invitación a construir sentido, a abrazar nuestras imperfecciones y a vivir con verdad, coraje y deseo.


Transcripción

0:03
Gabriel Rolón. Me presento. Mi nombre es Gabriel Rolón, soy psicoanalista y creo que he sido psicoanalista toda mi vida. Alguna vez me lo han preguntado. Porque yo, que he tenido vocaciones distintas de músico, de matemático, en algún punto me pregunté: ¿por qué el psicoanálisis? ¿De dónde me viene esto? Psicoanálisis, saben ustedes, es una forma de percibir lo que le pasa al otro, de escuchar y de velar en esas palabras: el dolor, la angustia, los misterios que habitan adentro de un ser humano. Y cierta vez recordé que, cuando yo era muy chico, mi papá, que era albañil, se levantaba muy temprano. Él se levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar y se iba. Yo no lo veía. Y después, volvía más o menos para la hora de la cena y algunas noches, en vez de irse a descansar, mi padre se quedaba dando vueltas en la cocina. Yo lo escuchaba desde mi cama y no sabía por qué, pero no me podía dormir. Yo no me podía dormir sintiendo que mi padre seguía dando vueltas por ahí. ¿Qué hacía? Escuchaba que prendía un cigarrillo, que calentaba el café… Y un día no aguanté más. Yo tenía cinco años. No aguanté más y me levanté. Y me senté, él estaba sentado a la mesa y yo me senté enfrente de él. Y me quedé mirándolo, ¿no? Y mi papá me miró y me dijo: “Vos te estarás preguntando qué está pensando el loco de mi viejo, ¿no?” Y yo, con cinco años lo miré y le dije: “¿Y qué estás pensando?” Esa fue la primera pregunta analítica que hice en mi vida. De verdad, yo no lo sabía. O sea, lo descubrí mucho tiempo después. Pero que había algo en él que ya convocaba mi escucha. Algo me hizo sentir que si escuchaba su dolor, en parte se iba a aliviar. Y ahí me empecé a enterar de muchas cosas. Mi padre me habló de su infancia durante nueve años en un hogar. Nueve años sin que nadie lo fuera a visitar ni un solo día. Me transmitió su soledad, sus miedos. Un hogar que por suerte tenía una biblioteca. Entonces, en medio de tanta soledad, mi padre, cuando se quedaba los fines de semana que los chicos se iban y él no, se metía en la biblioteca y leía. Entonces mi padre era un albañil que había leído a Tolstoi, a Kafka… Porque bueno, ese había sido un poco su mundo. Y me contaba las historias, y se hizo como un ritual. No voy a decir que una vez por semana, durante 50 minutos, lo escuchaba. No voy a mentir que fueron sesiones. Pero sí que se hizo como una costumbre esto de que cada tanto yo ya me levantaba, me sentaba y no decía nada. Y mi papá solo empezaba a contarme alguna cosa de su vida, de sus momentos de tristeza, de sus alegrías también, ¿por qué no? Es decir que el psicoanálisis me recorre desde que existo. Y yo soy muy feliz porque eso me ocurra. Porque me parece que me permite enfrentar la vida y acercarme a los demás desde un lugar en particular. Un lugar que siento muy propio, un lugar que siento muy genuino. Alguien dijo alguna vez que habitamos nada más que un oscuro planeta que gira alrededor del sol.

4:17
Gabriel Rolón. ¿Sí? De un sol que es una estrella enana. Saben ustedes que el Sol es muy chiquito al lado de las otras estrellas. Es la nada misma en medio de millones de soles que habitan millones de galaxias y Nietzsche fantaseó con la idea de que alguna vez ese sol se apagó y los planetas que habitaban allí dejaron de tener un sentido. Y a mí me parece maravilloso eso, porque en este planeta oscuro que gira alrededor del Sol, en este cascote, surgió una especie que se preguntó acerca del sentido de la vida, acerca del amor, acerca de la ciencia o acerca del arte. Y que tomó un desafío que es encontrarle un sentido a una vida que a lo mejor no tiene ninguno. Cuando alguien me pregunta, por ejemplo: “¿Cuál es el sentido de la vida?” No lo sé. Hay tantos sentidos como seres humanos. Cada uno de nosotros debe hurgar, debe buscar, debe encontrar ese sentido que le da a su existencia un motivo de ser. Y yo creo que para eso existe un poco también el psicoanálisis. No para imponer lo que está bien, lo que está mal, lo que es sano, lo que es enfermo. Los analistas no hacemos eso. Los analistas escuchamos a alguien e intentamos, ¿saben qué?, que no cumpla su destino. Porque cada uno de nosotros está recorrido por voces que les vienen del pasado, ideales de otros que se volcaron sobre nosotros. Vos tenés que estudiar, vos tenés que ser jugador de fútbol, vos tenés que sufrir, vos tenés que ser feliz, vos tenés que tener una familia. Y vivimos en una cultura que también todo el tiempo nos habla y nos dice qué debemos hacer. A eso le llamamos mandatos. Y todos estamos recorridos por algunos mandatos. Y a veces esos mandatos son hermosos. Nos dicen: “Jugate por tu deseo. Si algo te gusta, intentalo”. Pero a veces esos mandatos nos dicen cosas como: “Vos no vas a poder, a vos no te va a salir, vos no servís para nada, esto no es para vos”. Y a veces no podemos desobedecerlos. Y cuando esa imposibilidad de enfrentar un mandato que hace mal nos enferma, ahí aparecemos los analistas. ¿Para qué? Para tratar de descubrir qué mandato oculto está siguiendo a alguien, qué mandato que lo lastima, que le impide alcanzar la felicidad. La felicidad es todo un desafío. La felicidad… ¿No es cierto que hemos venido al mundo para ser felices? Hemos venido al mundo para luchar, para ver si nos hacemos merecedores de la felicidad. A puro coraje, a pura verdad, a pura manera de ir enfrentando cada una de nuestras soledades. Porque la vida todo el tiempo nos va a colocar frente a situaciones de dolor. Y hay que entender algo. Nadie muere de dolor. Con dolor se vive. Porque el dolor es la manifestación psicológica de que le estamos dando batalla a la vida. Los griegos tenían la palabra ‘agón’. De ahí viene agonía. Pero no quería decir muerte, quería decir lucha. La vida es un lugar donde agonizamos, es decir, donde luchamos. Y me parece que lo más hermoso que puedo hacer a veces como analista es ayudar a alguien a que entienda cuáles son los deseos, los deseos profundos, a veces inconscientes, que tiene, que justifican, que transite esta vida dando una batalla permanente. Sin dejar de vivir antes de vivir. Porque la vida a veces semeja como un partido de fútbol. Y yo veo que hay gente que hace tiempo que está mirando al árbitro a ver cuando lo termina. Y a mí me encantaría que cuando llegara mi momento me encuentre en la situación de decirle al árbitro dame un minuto más. Es decir, poder ir deseando y luchando, agonizando para que mi vida tenga un sentido hasta el último segundo.

8:50
Gabriel Rolón. Y eso es lo que intento cada vez que estoy con un paciente. Por eso soy analista. Muchas gracias por esto. Y sé que hay por ahí algunas personas que tienen ganas de hacer algunas preguntas. Así que para eso estamos acá.

9:13
Javier. Bueno, vos nos hablás de la felicidad. Nos decías que la felicidad es imperfecta, que tiene huecos. Por eso te quería consultar: ¿qué pasa cuando alguien o algo nos hace falta? ¿De verdad podemos ser felices?

9:29
Gabriel Rolón. Vos sabes que yo escribí un libro que se llama ‘La felicidad’ justamente, ¿no? Un libro que yo pensé que no iba a poder escribir, de verdad. Debe ser el libro que más me costó escribir, porque justamente los analistas y la felicidad no tenemos una relación tan estrecha, ¿no? O sea, nadie nunca. Tengo 30 años de profesión, en 30 años nunca nadie me tocó el timbre para decirme que era feliz. Cada vez que alguien me viene a ver es porque me va a traer un dolor, una angustia, una tristeza, un miedo. Y cuando empiezan a ser felices no va que se van. Yo digo: “Pero para tantos años juntos me van… Soporté tu infelicidad tanto tiempo. Cuando empiezas a ser feliz, ya está, me voy”. Bueno, así es en nuestra vida como psicólogos, como analistas, en especial. Los seres humanos hablamos. Y eso es tan maravilloso como problemático. Porque estamos obligados a comunicarnos a través de las palabras. Y la palabra es imperfecta. La palabra nunca puede decirlo todo. Cuando alguien nos pregunta: “¿Vos me querés?” Uh. Nos metió en un problema, ¿no? Porque uno dice: “Sí, obvio”. O: “¿Qué sentís por mi?” “No, bueno, yo te quiero”. “¿Pero me querés o me amás?” “Bueno, te amo”. “¿Qué? ¿Pero cómo me amás?” Y uno empieza con las metáforas geográficas. “Bueno, hasta la luna ida y vuelta”. No sé. ¿Por qué? Porque las palabras no alcanzan a comunicar las emociones y entonces nos enredamos en el intento de ponerle nombres. Ponerle palabras a sentimientos, a estados de ánimo. Y a veces la palabra que utilizamos nos confunde. “Felicidad” es una de esas palabras. ¿Por qué? Porque, si yo les preguntara a algunos de ustedes que me dijeran una pequeña frase sobre la felicidad, digo: ¿qué es la felicidad para vos o para vos? Yo sé que empezarían con algunas metáforas, ¿no? “Para mí es ver felices a mis hijos”. “Para mí es estar con la persona que amo”. “Para mí es hacer lo que me…” No sé, cada uno va a encontrar frases y palabras que no van a alcanzar, a decir de verdad lo que es la felicidad. Pero tendemos a idealizar las palabras. Idealizamos la palabra amor, ¿no? ¿Les parece que el amor es algo hermoso? ¿Estamos de acuerdo? Bueno, no, no es algo hermoso. Ya la están idealizando la palabra. Yo les aseguro que hay amores que no merecen ser vividos. Que hay amores que lastiman. Que hay amores que son muy perjudiciales. Yo casi nunca he visto sufrir a alguien por otra cosa que no sea por amor. En serio, por amor a una pareja, por amor a un padre que ahora ha muerto, por amor a una juventud que se fue, por amor a la salud del cuerpo que la he perdido… No importa. Pero siempre que sufrimos, sufrimos por amor. Y hay amores que son maravillosos y hay amores que son muy malos. Pero decimos amor y ya la palabra tiene esa cosa idealizada, ¿no? Y con la felicidad pasa eso, Javier. Pensamos ser felices, ¿no? Bueno, ¿cómo hago? ¿Qué significaría ser feliz? Bueno, estar completo, que no me falte nada, que tenga todo lo que deseo.

13:09
Gabriel Rolón. ¿Y sabes qué, Javier? Si esa es la idea que tenemos de la felicidad, la felicidad es imposible. Porque si yo dijera, a ver, de los que están acá, levante la mano aquella persona a la que no le falta nada o nadie. Ninguna. Todos, si yo les digo, piensen en este momento en algo o alguien que les falta. Todos tienen ya algo en la cabeza, ¿no? Bueno, porque a todos nos pasa eso. Vivimos en una permanente falta. Nunca vamos a estar completos. Ya nacer es caer a un mundo y es dejar de ser aquello que éramos antes. Es perder ese lazo que teníamos hasta biológico con nuestra madre. Ya caemos al mundo y, ¿por qué el chico llora? Bueno, porque le falta algo y porque lo tiene que pedir. Entonces como no sabe hablar, grita, llora. Es su manera de pedir ayuda, de pedir que venga alguien que lo quiera, que lo cuide, que le permita seguir vivo en un universo tan complejo donde solo no podría subsistir. Entonces, desde el momento uno nos falta algo. Entonces, si nosotros pensamos que vamos a ser felices cuando…, y le empezamos a agregar cosas, cuando tenga pareja, cuando me reciba, cuando me case, cuando me compre una casa… ¿Sabés qué? Dijo Freud que el destino de toda ilusión era la desilusión. Y es cierto. Si nos ilusionamos con que vamos a ser felices cuando tengamos esto o aquello, nos vamos a desilusionar mucho. Porque es parte de la condición humana que siempre nos falte algo. Yo estoy muy feliz en este momento. Haber sido convocado para este encuentro, que estén todos ustedes aquí y tener la posibilidad maravillosa de estar sentado acá compartiendo este momento con ustedes. Sin embargo, no saben lo que daría porque en esa silla estuviera mi papá. Estuviera mi papá para mirarlo, para mirar a ese hombre que durante tantos años trabajó y se esforzó tanto para que yo pudiera estudiar, para ayudarme y acompañarme en mis sueños. Cualquier cosa daría por que él estuviera ahí y decirle: “Llegamos, viejo. Lo hicimos. Hago algo que me gusta. Hago algo que amo. Tengo esta posibilidad increíble de comunicarme con la gente. De que a la gente le interese escuchar lo que yo tenga para decir. Estoy muy feliz. Pero me falta. Qué quieres que te diga. Miro ahí y mi papá me falta. Y cada uno de ustedes se va a estar cumpliendo años, se va a estar casando, va a estar teniendo un hijo, va a estar logrando un sueño, un proyecto, un ascenso, lo que quieran. Y yo les aseguro que si son sinceros y cierran los ojos en ese momento se van a dar cuenta de que, sin embargo, hay algo que les está faltando, ¿no? Entonces, no nos queda otra Javier, que ser felices a pesar de las faltas. No nos queda otra. ¿Por qué? Porque somos seres que convivimos con la falta. Por eso yo en ese libro acuñé un concepto que es el de “faltacidad”, que es la posibilidad de ser feliz a pesar de nuestras faltas. Créeme, si existe la felicidad, si existe una felicidad para vos, nunca va a ser una felicidad completa, siempre va a ser una felicidad imperfecta. Aunque te cumpla muchos sueños, esa felicidad va a tener que ser posible alojando todas las faltas que te recorren, que seguramente ya serán, aunque sos muy joven, unas cuantas.

17:35
Gabriel Rolón. Entonces, créeme, la felicidad y la falta son compañeras de viaje. Quien no entiende eso nunca podrá ser feliz, porque siempre estará poniendo la mirada en aquella imperfección que la vida tiene. Y no nos queda otra más que caminar en medio de esa imperfección en dirección a nuestros sueños, con la falta que nos habita.

18:11
Florencia. Hola Gabriel, yo soy Florencia. ¿Cómo estás?

18:13
Gabriel Rolón. Muy bien.

18:13
Florencia. Gracias por este espacio. Gracias por esta charla. Mi pregunta va en relación al deseo y un poco es lo que venís hablando hasta recién y es: ¿por qué a veces tenemos un objetivo que deseamos mucho, que trabajamos un montón en pos de ese objetivo, pero cuando lo logramos sentimos un vacío casi existencial a veces? ¿Por qué nos pasa eso?

18:39
Gabriel Rolón. Porque, a ver, Sócrates, mejor dicho, Platón le hace decir a Sócrates, cuando hablan del amor en el banquete… Sócrates define el amor como “hijo de la falta”. Hablábamos de eso, ¿no? “Amamos lo que nos falta”, decía él. Entonces el amor siempre es dolor hasta que encontramos lo que nos falta. Y como el amor es la búsqueda de lo que nos falta, cuando lo encontramos ya no lo amás. Fijate, esta lógica, ¿no?, interesantísima. Para mí hay un error de traducción, que es que no hablamos del amor, sino del deseo. Deseamos lo que nos falta. Schopenhauer decía que la vida de todo hombre no es nada más que un péndulo que va todo el tiempo de la angustia al aburrimiento. La angustia cuando nos falta lo que queremos y el aburrimiento cuando lo alcanzamos. Es siniestro, ¿no? Esta mirada es siniestra, perdón, la mirada. Pero creo que ambos se enfocan en qué es lo que nos pasa con el deseo. El deseo, claramente, nadie desea lo que tiene. Yo sé que es molesto eso, sobre todo para los que están en pareja, ¿no? Digamos lisa y llanamente se desea lo que falta. Digo yo no deseo un vaso de agua porque lo tengo. Puedo tener mucho deseo de tomar agua y después puedo sentir el placer de tomar agua. Pero si no estuviera acá el vaso, yo desearía que hubiera un vaso con agua. ¿No? Entonces, el deseo y la falta también son permanentes compañeros. ¿Sabes, Flor, que te vas a morir? ¿Sí? ¿Todos saben que se van a morir? Bien. ¿Y por qué no están llorando, a los gritos, angustiados? Sabiendo lo que los está esperando en el futuro. ¿Qué les pasa? ¿Por qué? ¿No les importa la vida? Sí les importa. ¿Pero cómo hacen entonces para mirar hacia adelante y no ver el final que más tarde o más temprano nos está aguardando? ¿Saben por qué? Porque ponemos cosas entre la muerte y nosotros. Ponemos velos. Esos velos son los proyectos. Nos inventamos proyectos para que cuando miremos hacia adelante, veamos lo que queremos alcanzar. Lo que nos falta por disfrutar, por conseguir, en lugar de ver la muerte. ¿Qué le pasa a una persona deprimida? Se quedó sin proyectos. Entonces, cuando mira adelante, lo único que ve es la muerte y por eso se angustia. Y por eso le decís: “Bueno, basta, levantate”. ¿Para qué? Salí de tu casa Si es inevitable. Entonces, por eso los analistas cuando trabajamos con alguien que está deprimido intentamos todo el tiempo que construya proyectos, ¿no? Primero breves. Bueno, este domingo podrías ir a comer a lo de tus hijos o a lo de tus padres. El otro sábado te puedes ir con unos amigos a bailar. O sea, algo que cuando mire adelante, aunque sea en breve, le de la posibilidad de ver otra cosa.

22:09
Gabriel Rolón. ¿Y qué es lo que moviliza los proyectos? El deseo. Por eso es tan importante que a nosotros haya cosas que nos falten. Nunca les pasó mirar a alguien que ha sufrido una tragedia, digamos, una persona famosa, sea un cantante, un deportista, que uno dice: “Si lo tenía todo…”, ¿no? Uy, lo internaron por depresión. Uy, se entregó a las drogas. Uy, se mató yendo en un auto a 300 kilómetros. ¿Por qué hizo eso? Si lo tenía todo… Justamente. Porque a lo mejor esa persona no se dio cuenta en su confusión llevada adelante por el éxito, por los logros o por lo que le dijeron los demás: “Lo tenés todo, lo tenés todo. Vos sí que lo tenés todo”. “No, no lo tengo todo por suerte”. Entonces tengo cosas que desear. Es realmente cuando alguien siente. Hay gente que, por ejemplo, boicotea sus proyectos solo por temor inconsciente a quedarse sin deseo. ¿No conocen a nadie que, justo cuando estaba por recibir, abandonó? Justo cuando consiguió una pareja después de tanto…, la engañó y lo arruinó todo. Justo cuando… Bueno, porque uno dice: “¿Por qué se hace esto? ¿Por qué se boicotea de esta manera?” Bueno, justamente porque esta gente… Freud habló de los que fracasan cuando triunfan, ¿no? Que están por llegar a algo muy querido, muy soñado y lo arruinan. Se sienten mal, dejan de perseguirlo cuando están a nada de alcanzarlo, porque tienen miedo a quedarse sin deseo, porque intuyen que si se quedan sin deseo solo se van a quedar en frente de la angustia. Pero lo que no están entendiendo es que el deseo es constitutivo para nosotros, los seres humanos. Y que no hay manera de que algún logro complete nuestro deseo. No importa lo que vos creas. No importa lo que pienses que se te juega en eso que deseas, no hay manera. Cuando lo alcances te vas a dar cuenta de que te sigue faltando algo. ¿Sí? “Voy a ser feliz cuando me enamore”, bueno, todos los enamorados decían otras cosas, ¿no? Y no hablo de otra gente, hablo de otros sueños. A veces otra gente también. Pero digo cosas laborales, cosas familiares, cosas personales. Entonces yo creo que es saludable esto que vos decís, siempre y cuando no nos convierta en personas insatisfechas, porque a diferencia del que llegó a un sueño y alcanzó el deseo, y dice: “Sí, pero ahora no era esto del todo”. Y sigue adelante. La persona insatisfecha no puede experimentar el placer de aquello que ha logrado. Entonces, si vos decís: “Bueno, mirá, yo quería enamorarme, me enamoré”. Bueno, sentí el placer, disfrutá el placer de este amor aunque te des cuenta de que con el amor no alcanza. Eso no quiere decir que te tienes que volver a quedar sola y salir desesperada. No, no, no, no, es simplemente decir: “Como nadie nos va a dar todo, como nada nos va a dar todo, siempre va a haber algo que nos falte, y por ende siempre va a haber algo que desear”. Eso es lo que le da sentido a nuestra vida, que tenemos la posibilidad de armar todo el tiempo algo más que justifique que sigamos caminando a este mundo a pesar del destino que sabemos que nos espera.

25:57:00
Gabriel Rolón. ¿Y sabes qué? Aquel que pretende que su deseo, cuando lo alcance, lo colme por completo, va a ser una persona muy injusta con los demás. Va a ser esa persona que le dice a su pareja, por ejemplo: “Vos no me completás”. Obvio, sos un ser humano, no un rompecabezas. O sea, yo no te completo, nada te va a completar. Dejame hacer lo más que puedo para parecerme lo más que pueda a aquello que te va a hacer feliz. Pero sabés que siempre va a haber algo que ni vos ni yo nos vamos a dar mutuamente. Hay que romper la ilusión que genera el amor de hacer de dos uno. Que genera ese encuentro donde por un ratito sí, viste el enamoramiento. Nosotros digo: “Ah, ya está, yo mientras esté con vos no necesito más nada. Listo, ya está dura tres meses”. Por suerte, porque entonces tengo que empezar a armar sueños con vos también. Bueno, nos mudamos, nos casamos, hacemos un viaje. Bueno, vamos a empezar a desear. Y lo más lindo que te puede pasar cuando alcanzas un deseo es vivir placenteramente en ese lugar del deseo encontrado mientras tu falta te mueve a que generes un nuevo deseo que te mueva en la vida.

27:31:00
Verónica. Hola, Gabriel. ¿Cómo estás?

27:32:00
Gabriel Rolón. Muy bien. ¿Cómo estás vos?

27:33:00
Verónica. Mi nombre es Verónica. Re bien. Estoy muy feliz, la verdad, de poder estar acá y poder conocerte. Así que muchísimas gracias por este espacio.

27:40:00
Gabriel Rolón. No, a vos.

27:41:00
Verónica. Mi pregunta tiene que ver con algo que mencionas en tu libro que habla acerca de la soledad. Decís que la soledad no es una desgracia, sino que la tenemos que ver con algo que forma parte de nosotros, de lo que somos. Entonces mi duda es: ¿por qué entonces nos cuesta tanto aceptarla?

27:58:00
Gabriel Rolón. Bueno, hablábamos al principio de las palabras, ¿no? Y decíamos que así como hay palabras que tienen una muy buena prensa, amor, felicidad, hay palabras que tienen mala prensa y soledad es una de ellas. Mirá, te está hablando un hombre solitario. A mí me recorren todas las soledades del mundo. La soledad del enamorado, la soledad del padre que a veces no sabe cómo responder, la soledad de la persona que se sube a un escenario y dice: “¿Y ahora qué hago? ¿Y qué me van a preguntar? ¿Y estaré a la altura?” Y la soledad del que tiene sueños y la soledad del que tiene miedo. Me recorren como a todo el mundo, porque cada uno de nosotros es recorrido por sus distintas soledades, ¿sabés? Vos pensá que nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Nadie puede nacer por nosotros, nadie puede vivir por nosotros, nadie puede amar por nosotros, nadie puede morir por nosotros. La soledad es una experiencia. Es una experiencia que muchas veces nos va a encontrar a lo largo de la vida. ¿Y qué hacemos con eso? ¿Cómo nos paramos frente a esa experiencia? No tiene por qué ser algo malo. No tenemos por qué pensar que si estamos solos es que algo está mal. El mundo está pensado para que no estemos solos, un poco. No sé si se dieron cuenta que alguien nos invita a una fiesta o a una obra de teatro y dice: “Bueno, te dejo dos entradas”. “Bueno, gracias. Somos uno, pero bueno, listo, estaré más cómodo, ¿no?” ¿Pero, por qué? Porque ya damos por sentado de que siempre estamos con alguien. Bueno, el ser humano es gregario, necesitamos de otros seres humanos. Necesitamos. ¿Por qué? Porque cuando no lo necesitamos, lo tenemos que inventar. Porque somos sujetos de la palabra. ¿Recuerdas la película ‘El Náufrago’? La película de Tom Hanks. Bueno, ¿qué hace él cuando se encuentra solo, para no enloquecerse? Inventa a Wilson. ¿Sí? Dibuja los ojitos, la boca, la nariz y le habla. Y le responde como si Wilson también le contestara, ¿no? Él le hace una pregunta, después dice: “No, Wilson, no, no es así”. Bueno, ¿por qué? ¿Por qué ubica afuera a alguien que representa la posibilidad de hablar? Porque si no nos volveríamos locos o moriríamos. Los seres humanos no podemos estar solos y sin embargo no dejamos de estar solos. Esta es la ambivalencia inevitable que tiene la soledad, que es que, por un lado, siempre estamos un poco solos. Por esto que decíamos, nadie nos puede completar. Nadie puede quitarnos esa soledad existencial que nos recorre por ser humanos. Esa soledad que en el libro yo llamé “Soledad” con mayúscula. Esos momentos que hacen que estamos en una reunión, por ejemplo, y nos vamos a un rincón. ¿No les pasó? Tarde, algo, uno agarra una copa de vino y se sienta y piensa o sale al jardín y viene alguien y te dice: “Che, ¿qué hacés acá?” “No sé, qué se yo. Necesitaba, en medio de todo esto un espacio para mi soledad”. ¿Sí? Rodeado de gente, estamos solos. Y cuando más solos estamos, a veces, no dejamos de estar acompañados por nuestras voces, por nuestros miedos, por nuestras angustias, por nuestra historia.

31:52:00
Gabriel Rolón. Mirá, cuando yo era muy joven trabajé en un geriátrico. ¿Sí? En un hogar de ancianos. Y yo iba dos veces por semana a visitar a todas las internas que había en el lugar. Era un geriátrico para mujeres, y visitaba a todas menos a una. Porque tenía 98 años y yo decía: “¿Qué le voy a ir a hinchar a esta mujer, qué la voy a molestar?” Digo: “A conversar… Y la dejo tranquila”. Y cuando hacía unos dos meses que yo iba, me manda llamar, ¿sabes? Entonces yo voy y le digo: “Hola, sí, ¿qué tal?” Y le digo: “¿Cómo le va, abuela?” Me dice: “¡Qué abuela voy a ser si ni hijos tengo!” Me dice: “Yo no soy abuela, apenas sí soy vieja”. Ya me recibió y ya me empezó a enseñar cómo era esto del psicoanálisis y de no querer hacerme el dulce… Listo, con la verdad. Yo era muy joven en aquel momento, ¿no? Y le dije: “Bueno, usted me mandó a llamar”. “Sí”, me dice: “Usted viene acá y habla con todas”. “Sí”, le digo. Dice: “Conmigo no”. “No…” Me dice: “¿Porque usted cree que porque soy muy vieja no tengo nada que decir?” “No”, le digo. “No, no, no es eso. No, lo que pasa es que no la quería molestar”. ¿Y sabes qué me dijo? “Yo quiero que venga y me moleste porque necesito hablar con usted para estar un poco más sola”. “Si es que no…” “Sí”, me dijo. “Porque cuando no estoy con nadie, no aguanto tantas voces, tantos recuerdos, tantos reproches, tantos miedos”. Me dijo: “No puedo estar en paz. Necesito estar con alguien para estar un poco más sola”. Fíjate qué fuerte, ¿no? Como ella definió esta soledad imposible que tenemos los humanos a la vez que hablaba de esa soledad existencial que es inevitable para cada uno de nosotros. Y yo fui, ¿sabes? Y la empecé a visitar ya ahí no solo una vez por semana como a las demás, sino dos. Los martes y los jueves, los dos días iba a verla. Y compartimos casi un año de charlas, porque después murió. Y cuando estaba muy mal ya yo fui igual a verla, le di la mano, apenas podía hablar, ¿no? Y entonces le dije: “¿Cómo se siente?” Y me hizo señas para que le quitara la máscara de oxígeno y me dijo: “¿Le puedo hacer una pregunta?” “Sí”, le dije. Y me dijo: “¿Esto fue todo?” Y a mí me recorrió una angustia porque ahí entendí por qué no quería quedarse sola. Por qué no podía estar sola cuando estaba sola. Porque con esa frase ya sabés que me dijo que su vida no había valido la pena para ella. Y ahí uní de las cosas de las que me había hablado, sus culpas, sus reproches por haber tenido miedo, por no habérsela jugado, por no haberse separado de alguien que no amaba, para animarse a estar con alguien que sí amaba.

35:30:00
Gabriel Rolón. Pero tenía 98 años. En su época, si te separabas, olvidate. No te hablaba ni tu familia. Entonces pobrecita. Y se lo reprochaba todo y llegó a ese final diciendo: “¿Esto fue todo?” Pero esta vez yo estaba preparado para la verdad. Entonces le dije: “Sí, esto fue todo”. Entonces me hizo así, le puse esto, nos quedamos de la mano, media hora más, y no la volvió a dar, porque cuando volví a la otra semana ya había muerto. Pero siempre me quedaron esas palabras, ¿sabés? Y siempre me hablo a mí mismo y me digo que no es una posibilidad que tengamos que darnos la de irnos de este mundo diciendo: “¿Esto fue todo?” Y para que eso no ocurra, tenemos que poder con nuestras soledades. Tenemos que soportar esos deseos que aunque los consigamos, nos van a dejar con alguna falta. Tenemos que intentar esa “faltacidad” de la que hablábamos, Javier. Digo, ¿por qué? Porque hay algo que sé como analista. Ahí me viene a ver mucha gente trayendo un dolor, como les dije. Y como analista tengo la obligación de hacer algo por ellos. De ayudarlos a que no los destruya el dolor, a que puedan caminar sus duelos, a que puedan reconstruir deseos para que puedan construir una vida que tenga sentido. Para eso sirve la construcción de un deseo, para construir también una vida que tenga sentido. ¿Y sabes qué? Esa vida no va a ser sin soledades, va a ser con muchas soledades que nos recorren. Como te digo, te vas a encontrar sin respuesta ante tus hijos, ante tu pareja. Te vas a encontrar con miedo ante situaciones. A veces vas a perder un ser querido y te vas a decir: “Yo no voy a poder seguir, no voy a poder seguir, siento que no voy a poder seguir sin tal o cual persona”. Pero en esa soledad hay que reencontrar un deseo. ¿Sabés?, Astor Piazzolla, uno de los músicos más grandes de la historia argentina, probablemente el más grande y uno de los más importantes del mundo. Cuando estaba en Estados Unidos y no podía vivir de la música, un amigo le consiguió trabajo en un banco. Pero él no tenía la vocación que tienen muchos de ustedes de estar ahí, que los veo que son felices. Para él, él quería ser músico. Y entonces, el día que tenía que presentarse llegó hasta la puerta y la mujer dice que a los 45 minutos volvió a la casa y dijo: “Sentí que si entraba iba a estar muy solo para siempre. Sentí que la única manera en la que yo puedo ser feliz es con la música, aunque no me consuma nadie y aunque el público me deje solo”. Fíjate qué interesante esta vuelta de alguien que en su soledad pensó en qué soledad no quería y qué soledad sí estaba dispuesto a soportar para encontrarle un sentido a la vida. Entonces yo los invito a pensar en esto, en las soledades con minúscula, es decir, la soledades sin otros, la soledad del que fue abandonado por un amor o perdió a un ser querido.

38:59:00
Gabriel Rolón. Son soledades que hay que soportar. Y soledades con mayúsculas, esa soledad existencial que nos recorre solo porque somos humanos. Una, a veces hay que elegirla, a veces es necesaria, a veces hay que evitarla porque es padecida. Digo la soledad del depresivo del que hablábamos. De ahí hay que salir. Ahora la soledad del que está haciendo un duelo porque lo abandonó un amor, bueno es necesaria. Dale. Soportá esta soledad, transitala, resolvela, y te va a preparar para el amor que viene. Y soledades existenciales con las que hay que aceptar que siempre, siempre, vamos a convivir. Porque, como dijo Octavio Paz: “El único instante más solitario que ese momento en el que nos desprendemos al nacer para venir a la vida, es el momento en el que nos desprendamos de la vida para irnos no sabemos donde”.

40:07:00
Agustina. Bueno, hola, ¿qué tal? Mi nombre es Agustina, es un gusto estar acá con vos Gabriel y poder conocerte. Mi pregunta también viene alineada con esto de la soledad y lo que vos decís que la soledad puede doler, pero que sin embargo es inevitable que en algún momento de la vida lo podamos transitar o lo tengamos que transitar. Entonces, te quería preguntar: ¿qué nos puede enseñar la soledad sobre quiénes somos y cómo amamos?

40:36:00
Gabriel Rolón. ¡Qué linda pregunta! ¡Qué linda pregunta! Es cierto que le tenemos un poco de miedo a la soledad, ¿no? Muchos. Ahora, yo les pregunto: ¿qué hay en la soledad? ¿Qué hay en la soledad? Más que nosotros mismos. ¿No? La persona que le tiene tanto miedo a la soledad es porque no quiere mirar hacia adentro. A lo mejor es porque tiene miedo de reconocer quién es, porque no le gusta lo que ve, porque no soporta ese momento de intimidad consigo misma. Pensemos esto primero. Eso es la soledad. Un espejo que nos refleja algo que a veces nos gusta, a veces un poco y a veces directamente no nos gusta nada. Pero entonces, lo que puede enseñarte la soledad, en primer lugar, si sos sincera, es quién sos. ¿No? O quién estás siendo, mejor dicho, porque quién somos lo podremos dirimir el último instante de nuestra vida. Porque como decía alguien, todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro, ¿no? Podemos estar haciendo las cosas bien después de haber pasado momentos difíciles o, por qué no, equivocados. Y al revés, tenemos, mientras estamos vivos, la posibilidad de revertir un poco nuestra historia, de cambiarla. Vos dirás: “¿Cómo cambiar la historia?” ¿No? “La historia ya está”. No, la historia no está. Los analistas trabajamos con alguien, lo podemos ayudar porque podemos cambiar su historia. Lo que no se puede cambiar es el pasado. El pasado son una suma de hechos que ocurrieron hace un tiempo y, como decía Aristóteles, el pasado está allí, ni los dioses lo pueden modificar. Pero la historia sí. Porque la historia es la apropiación que cada uno de nosotros hace del pasado que tuvo. Y allí vos hablás con dos hermanos que compartieron más o menos un pasado y te van a dar visiones distintas. Uno va a decir: “¡Qué difícil que era mamá!” Y el otro va a decir: “Mamá era una santa, papá era insoportable”. Bueno, cada uno armó su historia con elementos de ese pasado común, ¿no? Pero te voy a contar algo. Mirá, una vez tuve un paciente que… un tipo muy exitoso, un empresario muy exitoso y que tenía un tema con sus padres. Él los amaba, los adoraba, pero siempre, eran tres hermanos, siempre él se sentía el hijo no querido, ¿no? Y entonces yo le pregunté por qué sentía eso y me contó que cuando él era un adolescente los padres que eran muy humildes, que vivían en una casa muy chiquita, y en un momento en el patio lo vio una vez al padre levantando una piecita con maderas, con chapa. Y un día viene y le dice: “Bueno, a partir de hoy vos dormís acá”. Es decir, lo sacó de la casa donde estaban los padres y los hermanos y lo mandó a lo que él llamaba la pieza del patio. “Vos vas a vivir acá a partir de ahora, vos dormís acá, vos te levantás acá, venís a comer, después te vas, te quedás allá… Y él me lo contaba con mucha angustia y me decía: ”Yo tendría 15, 16 años y me echaron, me echaron, se quedaron con mis hermanos y me echaron”. Y después de trabajar mucho con algunos sueños repetitivos que tenía, que aludían a este tema, le dije: “Bueno, me parece que llegó el momento de hablar con tus papás y de preguntarles por qué te echaron”.

44:30:00
Gabriel Rolón. “No…”, me dice. “Pero ya son muy grandes. ¿Para que los voy a lastimar? Yo los amo”. Bueno, digo, justamente son muy grandes, no tienen mucho tiempo para responderte. Si no lo preguntás ahora, no lo vas a saber nunca. Y te guste o no, esa es tu verdad. Y vos tenés que conocer tu verdad si querés saber quién sos. Y entonces, después de una semana, se animó y viene a una sesión, se sienta y empieza a llorar. Y me dice: “Hablé con mis viejos y, ¿sabes qué?” Me dijo: “Yo estaba equivocado”, me dice. “Porque esperé el domingo que se fueran mis hermanos, mis sobrinos, me quedé solo con ellos y les dije: ‘Necesito que me digan algo, ¿por qué me echaron? ¿Por qué no me quisieron?’” Y el papá se puso a llorar pero así, de un modo desconsolado, ¿no? Y la mamá, entre lágrimas, dijo: “¿Qué decís?” “Sí”, dice, “porque ustedes me mandaron allá a la pieza del patio…” Y la mamá le dijo: “¿Y vos piensas que nosotros hicimos eso porque no te queríamos?” Entonces se le acercó la mamá, lo abrazó, y mientras el papá lloraba, la mamá lo acariciaba y dijo: “Nosotros hicimos eso porque nos dimos cuenta de que vos eras el que iba a llegar. A vos era el que había que apoyar con todo. Tus hermanos eran buenos, se distraían, pero vos eras distinto. Nosotros íbamos a apoyar a todos nuestros hijos, pero eras vos. Y por eso mismo, para allá, para que no te molestaran cuando jugabas, para que estudiaras tranquilo, para que tuvieras tu espacio”. Y él mira y me dice: “¿Vos te das cuenta?” Me dijo: “Yo no sé si hicieron bien, si hicieron mal, pero renunciaron a que yo estuviera todo el tiempo con ellos por amor a mí. Y yo pensé que no me amaban”. Y fijate cómo ese paciente, después de esa charla, yo no juzgo la actitud de los padres, no soy quién. No sé si hicieron bien, si hicieron mal. Pero lo que sí sé es que él, después de esa charla, cambió su historia. Con el mismo pasado tuvo una historia distinta. Se dio cuenta de que esa soledad a la que lo mandaron era una soledad para que él creciera, para que él estudiara, para que él estuviera tranquilo, para que pudiera apostar por sus sueños. Entonces hablamos de la felicidad, hablamos del deseo, hablamos del amor, hablamos de la soledad. ¿Sí? Cada ser humano es un universo en sí mismo. Un universo habitado por faltas, habitado por deseos, deseos que no se concretarán nunca, deseos que a veces se concretarán y aún así nos van a dejar con sabor a que faltó algo. Cada uno de nosotros habita un mundo recorrido por soledades. Soledades que nos imponen otros. Soledades inevitables porque somos humanos. Soledades que a veces nos generamos nosotros mismos. Y en medio de todo este universo de soledades y deseos, tenemos la opción de intentar la felicidad. ¿Por qué amamos? ¿Por qué deseamos? ¿Por qué queremos intentar ser felices? Porque nosotros somos esos seres que habitan en un oscuro cascote que gira alrededor del sol sin ningún sentido. Y tenemos el deseo de que eso esté mal. Queremos desafiar al universo y decirle: “Toma, mi vida sí tuvo un sentido.” Y yo los invito a eso, los invito a que en un gesto de rebeldía contra el universo, peleemos por nuestros deseos, aceptemos nuestras faltas y construyamos nuestras “faltacidades” para haber pasado por este cascote diciendo: “Mi vida sí tuvo sentido”.

48:25:00
Gabriel Rolón. Muchas gracias. Muchas gracias, de verdad. Gracias.