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José Luis Trueba Lara. ¡Uh! ¡Toda! La historia no es otra cosa más que la literatura que hemos creado para decir quiénes somos. Piensa en la historia que tú y yo aprendimos en la escuela. Es una historia de buenos, inmaculados y malvados horripilantes. Digo, la lista de malvados puede variar, pero seguro que ahí está Victoriano Huerta, seguro que está Santa Anna. Muy probablemente Porfirio Díaz, está Moctezuma, Cortés, hombre. Y entonces estos malvados se enfrentan contra unos que son buenos e inmaculados. ¿Por qué es importante que haya esta lucha entre estos malotes y estos buenotes? Porque estos buenotes le dicen a la gente lo que esperamos de ella. Tú te tienes que sacrificar por la patria. Oye, ¿y por qué? Ve a los niños héroes, hasta se aventaron. Tú tienes que ser honrado no como Santa Anna, que vendió el país por un plato de lentejas. No, tú tienes que ser. Y alguien me diría oye, pero cuando me cuentas eso me estás contando un mito, sí, efectivamente, es un gran mito. Pero ese mito tiene una virtud, nos permite tener un pasado falso, pero en común. Y es como las canciones, yo te canto una de Juan Gabriel y tú me sigues, es este pasado que compartimos. A ti, a mí, y a la mayor parte de la gente nos contaron la historia de los grandes héroes, estos que son puro mármol y puro bronce. A mí esa historia no me gusta, me caen medio gordos, me parecen medio insoportables. A mí sabes qué historia me gusta, la de la gente común y corriente, la de los ciudadanos de a pie. Cuando encuentras en un archivo las cartas de amor de fulano a mengana o de mengana a fulano me parece más importante que toda la revolución de independencia. Esas dos personas, me revelan un mundo cercano al mío. Yo no soy Hidalgo, yo no soy Morelos, yo no soy la Corregidora, yo soy esas dos personas que en mitad de mil problemas en el país de balaceras y guerras y lo que quieras y mandes, se enviaban cartas de amor. Perdón, ellos están más cerca de mí, pero también está más cerca de mí la guisandera, no porque yo cocine, sino porque soy tragón y cuando la leo todas sus maravillas o me adentro en su recetario, descubro un mundo que está cerca de mí, porque esa guisandera del siglo XVIII, cuando preparaba sus chiles militares que son como los abuelitos del chile en nogada, cuando los preparaba seguramente lo hacía con cariño para alguien, me da igual quien sea. Pero también me gusta enterarme cómo bailaba la gente, no solo el a go-gó, sino más pa’ atrás, el rigodón o el vals. Y me da risa leer cuando las familias se escandalizaban porque su hija había bailado un vals, baile descocado, peor que el industrial y el embarration, una cosa terrible, me encanta. Me encanta ver ese pasado de la gente común, me gusta más. Pero no solo eso. A mí me gusta también una historia donde el mito cumple otra función, no la de mostrarte un hombre de mármol o un hombre de bronce, me gusta la historia mítica donde aparecen seres prodigiosos. Mira, te voy a contar un chisme. La mamá de Gabriel García Márquez, vamos, él sí sabía de escritura, decía que Gabrielito era un muy mal escritor porque contaba las mismas historias de su familia, nomás que las contaba chuecas. Eso que decía la mamá de García Márquez es bien importante, porque la historia también son esas historias, son eso que nos contaron. Cuando yo era niño mi abuela la asustabas y gritaba ‘waay’ con w.